La grieta

Más de seis meses después, la ola de empatía y solidaridad provocada por el terremoto del 19 de septiembre en México parece haberse extinguido. En este relato, la joven escritora Mariana Rosas Giacomán revive la tragedia para recordarnos que, a pesar de todo, nada volverá a ser igual.

La grieta en el techo me observa como un ojo entreabierto. Los míos siguen abiertos, rojos y cansados. Dolorosamente abiertos.

Fue rápido, por unos segundos mis pies se desprendieron del piso que todos los días cruzaba con desgano. Esa mañana iba a ser igual a las demás. Iba, por supuesto. Llevaba puestos los audífonos, las botas rojas, la playera anudada de siempre, tarareando las canciones de siempre y apretando en mi bolsillo mi encendedor de la suerte. Llegué tarde, saludé, saqué mis cuadernos. Pensé «ya me quiero ir», bostecé, escuché al profesor hablar sobre Platón. Como siempre. Como en cualquier otro día que se vive sin cuestionar.

Entonces -en medio del silencio cotidiano- el estruendo y los gritos. Antes de que pudiera entender lo que estaba sucediendo, ya estaba corriendo para salir de ese edificio que se tambaleaba como la aguja de un metrónomo. Alguien que no alcancé a reconocer me llevaba de la mano entre los empujones y la oscuridad.

Tropezones, gritos, respiraciones agitadas. No miramos atrás por miedo a lo que podríamos encontrar, incluso cuando entre el caos pude sentir mi encendedor caer del bolsillo de mi suéter. El que me había regalado mi mejor amiga en un concierto. El que creía firmemente que si llevaba a todos lados, nada malo me habría de pasar.

Las horas posteriores fueron tan largas como varios días cosidos entre ellos. Seis personas nos apiñábamos en la parte trasera de un auto de aire pesado y caliente. Compañeros de banca, amigos recién conocidos que ahora eran mi única certeza. El presidente hablaba en la radio, pero no lo escuchábamos. En nuestras mentes retumbaban varias voces, las que decían están asaltando afuera de la escuela, se derrumbó un edificio en mi calle, mi familia no contesta los mensajes, mis amigos no saben que estoy bien, se cayó la ciudad. Vi de reojo a uno de ellos persignarse e hice un esfuerzo por contener las lágrimas que amenazaban por desbordarse en mis ojos.

Al bajar del auto, en lo que después se sintió como una eternidad, nos encontramos con un gran hormiguero de ciudadanos que iban de un lado a otro, cada uno ayudando en lo que podía. Aunque caía la noche, la jornada solo empezaba. Las calles estaban llenas, transitadas por grupos que marchaban en silencio cargados de palas y picos. Personas que no se conocían, pero ahora se acompañaban e incluso se querían. Por momentos no decían más de lo necesario, solo debían verse a los ojos o hacer un pequeño gesto para entender lo que el otro quería transmitir. De la misma manera, nosotros nos volteamos a ver. Asentimos y nos unimos a la fila que iba pasando piedra por piedra de un edificio derrumbado. La garganta me ardía de sed y antes de poder manifestarlo, una niña que pasaba me ofreció una botella de agua que me tomé de un trago. Guardé su tapa en mi bolsillo como una especie de nuevo amuleto.

Antes de dormir pienso en la mano anónima que me guio entre la multitud, en la mano que se persignaba en silencio, la línea de manos que cruzaba calles enteras pasándose cajas de ayuda y la mano pequeña que me dio una botella de agua.

No logro descansar más de un par de horas. El sol del nuevo día ya se asoma por mi ventana y salgo sin los audífonos, sin tararear, sin la playera anudada que ahora descansa sucia y desgarrada al pie de mi cama. Aprieto en mi puño la tapa de la botella de la misma forma que lo hacía con el encendedor y voy rumbo a poner mis manos junto con todas las demás.

Acompaño a esos nuevos amigos en la nueva cuidad, la que creíamos fantasmal pero que lucha inagotablemente por vivir.

El «como siempre» no volverá a existir.

 

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Posted by Mariana Rosas Giacomán

Mariana Rosas Giacomán nació en la Ciudad de México en 1998. Ha publicado cuentos en blogs culturales como «El Cenicero de Ideas» y «El Ojo de Uk». Obtuvo una mención honorífica en el Concurso Preuniversitario de cuento Juan Rulfo en 2015. Escribe una columna en «La Línea de Fuego» y artículos sobre literatura y cine en «Cultura Colectiva». Actualmente estudia Ciencias Políticas y escribe en el largo trayecto de la escuela a la casa.

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