La «futbolicidad» del futbol

Cuánto no es odioso y criticable de la gran maquinaria que hace del futbol un negocio frívolo y ajeno a la auténtica experiencia del deporte. Pero, ¿no hay también, por encima de la jugada comercial, una esencia simple y fascinante de agarrar maestría pateando latas en la calle, haciendo equipo y afición, gozando del buen juego? Gamaliel González dribblea al futbol para sacarle eso que nadie compra y nadie usurpa: la pura futbolicidad.

futbol_by_nasnisretCuánto no es odioso y criticable de la gran maquinaria que hace del futbol un negocio frívolo y ajeno a la auténtica experiencia del deporte. Pero, ¿no hay también, por encima de la jugada comercial, una esencia simple y fascinante de agarrar maestría pateando latas en la calle, haciendo equipo y afición, gozando del buen juego? Gamaliel V. González dribblea al futbol para sacarle eso que nadie compra y nadie usurpa: la pura futbolicidad.

Gamaliel Valentín González

 

Dos argentinos, padre e hijo, dialogan en un restaurante de Madrid. El menor pregunta: « ¿No extrañás, nunca te dieron ganas de volver?». El mayor replica: «Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso es un verso. No se extraña un país, se extraña el barrio en todo caso; pero también lo extrañás si te mudás a diez cuadras. El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos y eso sí se extraña; pero se pasa». El diálogo anterior, de la película Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997), suena duro y resulta tan atrevido que seguramente a varios los pone como gallos de pelea. Lo traigo a cuento para decir una cosa: la selección nacional de futbol es un invento. ¿En qué sentido lo es? Bueno, así como la idea de patria ha sido empleada para intentar crear una identidad nacional, hermanando a individuos que nunca se han visto ni se verán; la selección mexicana de futbol aprovecha el mismo principio para encausar a millones de aficionados hacia la idea del triunfo colectivo: el triunfo de la patria, el triunfo de todos, de los que ven y de los que juegan.

Este ensayo no pretende desdeñar al futbol, sino discernir en él su futbolicidad de aquello que lo rodea, eso que distrae al individuo. Entiéndase futbolicidad como futbol en estado puro; no como un producto mercantil. Hoy existen varios clubes cotizando en las bolsas de valores —Tottenham, Ajax, Borussia, Roma, etc. —, mismos que agotan todas las posibilidades de venderse. Saben que un jugador atractivo, sea por sus habilidades o por su aspecto físico, convoca aficionados y vende souvenirs. Los que no llegan a tanto pertenecen a empresas o instituciones que los mantienen con vida, como en el caso de México. Así pues, los equipos buscan el talento para desarrollarlo, proyectarlo y venderlo. La mayoría de éstos promueven una identidad vinculada a cierta comunidad, pero son pocos los que juegan con futbolistas de la misma. Por ello un club no representa los valores ni las tradiciones de una región —mucho menos los de un país—; sino a la empresa a la cual pertenece. La selección mexicana no puede ser otra cosa que un aglomerado de jugadores extraídos de alguno de los procesos formativos de la Federación Mexicana de Futbol, que también es una marca que se vende y promueve.

Todo lo anterior es parte del futbol profesional, es decir, del que puede pagar al que lo practica, volviendo al juego su profesión. Pero la futbolicidad es menos compleja. Está en el ánimo del que patea cualquier cosa por la calle, se junta con los amigos —su patria auténtica— y sufre en carne propia los embates del enemigo o goza el artilugio colectivo. Puede ser fácil jugar; pero no es lo mismo jugar que jugar bien, con maestría. Debe educarse la pierna, el cuerpo, ha de desarrollarse la intuición, saber ser uno con la pelota y aprovechar el espacio vació para sorprender al otro. Sortear al rival es labor de mimo y oficio de malabarista. En alguno de sus libros, Vladimir Dimitrijević emparenta al futbol con el ballet y la danza en su grado de perfección «con la diferencia de que, en aquellos, la especialización total se articula sin excepción con el canon estético. Incluso la fealdad es estilizada. De buen tono, aristocrático como un diablo, el ballet es el emblema del buen gusto. Y el buen gusto, es la convención perfecta. El futbol no es la aristocracia, es la nobleza. Hay en él una igualdad que yo llamaría cristiana». La igualdad de la que habla el autor serbio representa el punto de arranque de la universalidad del futbol, fenómeno que no distingue escalafones intelectuales. Quienes en aras de mostrar su sorprendente raciocinio le atribuyen la facultad de atrofiar la conciencia humana, no hacen más que repetir un cliché. Se desmarcan sin opinar por sí mismos. Su alto grado de reflexión se anula al repetir lo que otros, sapientes como ellos, dicen.

No se trata de glorificar al futbol, pues en esencia no es distinto de ningún otro deporte, ni mejor ni peor; pero su sencillez no requiere de los implementos de la esgrima o el polo, y en esto radica su popularidad. La jerga con que se traduce es poco educada y equivoca, sí; mas, ante todo, el futbol es metáfora de la vida cotidiana, metadiégesis de una ficción global. La pelota es enajenante, estúpida y reconfortante, humaniza y animaliza, es vergüenza de sociedades y catarsis de las mismas. No pasan inadvertidos Albert Camus ni Karol Woytyla, guardametas cuando jóvenes, el primero dijo por allí: «Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha». Entonces, el futbol también enseña. Jaques Derrida, nacido en Argelia, quiso ser futbolista; pero devino penseur, porque tenía buena cabeza. En cambio, Zinedine Zidane, argelino también, del que no se sabe si haya querido ser penseur, devino futbolista, porque también tenía buena cabeza, pregúntenle a Materazzi si no es así.

El futbol se ha convertido en una maquinaria exorbitante. Su práctica y la comercialización de ésta van de la mano. Lo que exaspera es que haya quien después de mirar un juego todavía observe su resumen una y otra vez, las mejores jugadas, el error más horroroso. Fastidia encontrar publicidad de patrocinadores hasta en la sopa. En este punto resulta tan aberrante como las telenovelas, alabadas por miles de personas dispuestas a verlas en vivo, repetidas y discutidas en programas donde trasmiten adelantos de otros capítulos. Todo como parte de un círculo vicioso tejido por quienes sí ganan y pierden —dinero, por supuesto— con las victorias y derrotas de un club. La futbolicidad no tiene que ver con este insoportable eco. La maestría para jugar se trabaja, no la da una marca. Cuando el jugador se vuelve profesional puede perder o ganar destreza, igual que si no lo fuera, todo depende del trabajo que dé a sus piernas. El profesionalismo lo volverá popular y vendrán las opiniones en favor o en contra, con ellas la creación de una burbuja de irrealidad que no pertenece a la esencia del futbol. El discurso manipulado va más allá de este deporte, está en la política, en la religión, etc. Al aficionado se le inculca que la selección de futbol es un escuadrón nacional y el que no asiste a su llamado debe ser condenado por traidor a la patria. Nada más falso. El público permanece cautivo tanto de las victorias como de las derrotas. Se alaba el nivel del futbol nacional cuando un club derrota al extranjero, aunque haya sido con dos goles argentinos y uno brasileño. El telón de este show está hecho de billetes. Con todo, la futbolicidad se manifiesta en una gambeta, un caño, un taco, etc. La pierna educada se antepone al disfraz mercantil, lo dribla. No hay nada de qué preocuparse, cuando el tiro con arco esté al alcance de todos, mandaremos a una selección a la guerra, tacharemos de ignorantes a los arqueros y atribuiremos a éste deporte las desgracias nacionales.

¿Acaso ha llegado el momento de guardar las banderas? No del todo. Cada quien construye el signo futbolístico con diversos significados. Cuando se logra abstraer de la futbolicidad todo lo vacuo, es posible percibir el goce. Todo lo que nos rodea en ese instante queda fijado en instantes que irán construyendo la filiación a unos colores. El club preferido es el depositario de todos esos instantes, compartidos con los padres y los camaradas. Quizá por lo mismo no es sencillo mudar la afición, porque no se trata de dejar una camiseta y ponerse otra, sino de abandonar pedazos de vida. La selección es un invento, reitero. Uno puede disfrutar el buen juego venga del país que venga. Pobres de aquellos que empeñan su existencia en la esperanza del triunfo nacional. Los que pierden y ganan son quienes invierten en la maquinaria futbolística. Para el resto es poco más que divertimento. Es historia que se anula a sí misma en cada juego callejero y profesional. De nada vale haber ganado cinco, diez o veinte encuentros consecutivos; el día que se acaba la magia se es el peor y la estafeta queda en manos del otro. Aunque se viva del pasado, sólo vale el presente, el último marcador. En medio de tanta ligereza enajenante, se agradece el brillo de la futbolicidad, la jugada maestra capaz de avivar el recuerdo que disloca el presente, lo usurpa, se vuelve él mismo. El desdén es palabrería superflua. Hace falta meter un gol para darse cuenta. A pesar del barro acumulado en torno suyo, «la pelota no se mancha». Lo dijo Diego.

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Gamaliel Valentín González (Ciudad de México) cursa la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado ensayos, narraciones y entrevistas en Avispero, Chilango, Regitromx y México Time Out, entre otros medios. Recuerda haber metido unos cuantos goles en su vida. lenguaomuerte@gmail.com

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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