La frase antes dicha

La lectura puede ser una tabla de salvación, nos dice el joven narrador mexicano Marco Antonio Toriz en esta entrega de «Caminos de la lectura».

Marco Antonio Toriz Sosa (1996), narrador mexiquense, estudia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue dos veces becario de verano en la Fundación para las Letras Mexicanas y en el Festival Interfaz «Los signos en rotación». Cuentos y poemas suyos se han publicado en CuadrivioCírculo de Poesía, Rojo Siena, Primera Página, Palabrerías Punto de partida, donde ha sido premiado un par de ocasiones.

 

 

Aunque escribir requiere una total entrega a la soledad, leer es un acto grupal. En mi casa, la lectura siempre fue un acto apoteósico, una conexión espiritual, una aspiración, más que un motivo para ponerme a dormir. A mí nunca me leyeron cuentos para tener que soñar: mi madre, periodista de profesión y profesora por vocación, ha insistido siempre con el hecho de que la lectura es, más que una herramienta, un gusto. Y así me lo hizo saber a lo largo de mi infancia. Aprendí a leer, no por completo, a los tres años. Mi mamá fue la culpable: ella me enseñó las vocales, el abecedario y las sílabas desde antes de entrar a preescolar y siempre me regalaba un libro distinto cada semana. Gracias a este acto inocente me convertí, sin quererlo, en el alumno que la directora del Jardín de Niños Marie Curie ocupaba como muestra a la hora de enseñar a los nuevos padres de familia una ficción: que en ese kínder los niños ya podían leer y tomar dictado.

Mi papá solía pedirme que le leyera fragmentos de Español Lecturas, el famoso libro del perrito, el proporcionado por la SEP. Llegó a creer, incluso, que me lo había aprendido de memoria y me sometió a un ejercicio de lectura salteada para comprobar que, en efecto, sabía leer. El hecho de maravillarme por los libros es algo que me ha acompañado desde niño. Para fortuna mía, mi mamá abandonó su oficio de periodista y, siendo yo la evidencia de su éxito como educadora, decidió estudiar pedagogía para después abrir su propia escuela. Esta escuela estuvo activa a lo largo de quince años, que para mí significaron visitas constantes a las librerías en donde podía sumergirme entre las páginas de muchos ejemplares.

Mi primer libro, mío de verdad porque yo lo escogí, fue tremendo: un ejemplar de Los mejores cuentos de los Hermanos Grimm, ilustrado por Anastassija Archipowa, pasta dura, en una edición grande y perfecta. Un libro que a la fecha me parece hermoso y es el único libro que no sale de mi casa. Recuerdo el cuento de «Los músicos de Bremen» como mi cuento favorito, lo leí hasta el cansancio y después tomé a «Juan con suerte» como mi predilecto. Me parecía hilarante leer las peripecias de un muchacho que hacía truculentos trueques para después quedarse sin nada; pero eso fue importante para mí: Juan con suerte me había enseñado que la verdadera felicidad está en nosotros y no en lo material. Esa fue la primera anotación de la literatura en la portería de mi vida. Me sorprendí a mí mismo concientizando lo leído como en un aprendizaje glorioso. Y de ahí surgió una extensa veta de curiosidad que no me abandona. Cuando descubrí que en lo leído uno podía aprender algo, me supe feliz. Con siete años, veía frente a mis ojos un sinfín de mundos y de posibilidades.

Mi padre conservó muy pocas cosas después de casarse. Entre ellas, una afeitadora, un par de lámparas viejas con forma de ancianos japoneses, un reloj que hacía juego con las lámparas y, finalmente, una enciclopedia que figuraba entre el botín como la joya de la corona: El nuevo tesoro de la juventud. A ratos me gustaba sentarme en la mecedora en la que hoy escribo esto y, tomando del librero un número al azar, me entregaba a jornadas extenuantes de lectura en donde mis secciones favoritas tenían que ver con el funcionamiento de las máquinas, los datos curiosos y las grandes narraciones de la literatura universal. Estas secciones eran «El libro de la ciencia», «El libro de los por qué» y «Libros célebres», respectivamente. Esta enciclopedia, que hoy se encuentra en los botaderos de Donceles, fue una parte esencial de mi formación como individuo interesado en la lectura y en la vida. Me gustaba también la sección de «El libro de la poesía», en donde se comentaban, de la manera más escueta posible, algunos poemas de la tradición romana y griega. Ahí conocí uno de mis libros favoritos: La Odisea, de Homero. Leí aquel texto del poeta de poetas como si fuera una novela en una edición resumida para niños que suprimía pasajes enteros dejando al texto como una oveja trasquilada. Tardé ocho años en leer la versión íntegra y es uno de mis placeres más memorables hasta ahora.

Sería injusto decir que en mi familia solo mi mamá leía. Mi abuelo materno, José Avelino Néstor, gozaba de la lectura muy a su manera: gustaba de leer El Libro Vaquero, un placer al que yo me entregué con devoción y morbo con cada visita dominical en las que, sin que nadie lo notara, entraba al baño a leer el ejemplar de la semana mientras hacía mis necesidades. Ese es un placer que aún practico, pues soy de los que apoyan la idea de que entrar al baño con un libro entre las manos hace que las cosas salgan con mayor delectación. Y esa es una actividad que jamás pienso abandonar, dejaré de hacerlo solo hasta que me dé un prolapso rectal o me salgan hemorroides. «El estreñimiento promueve la lectura», escribió Paco Ignacio Taibo II en Muertos incómodos, y yo le creo.

Es compleja la manera en que la mente hace analogías e hila recuerdos de la manera más arbitraria posible. Sentado frente a esta página que ya no está tan en blanco, noto que nunca había reflexionado sobre la manera en la que me quedé atrapado entre las letras. Y si me hubiesen preguntado antes de este ejercicio por qué siento predilección hacia la ciencia ficción y hacia lo fantástico, no habría sabido qué responder. Pero aquí está mi respuesta a la pregunta que nadie hizo: durante mi estancia en la primaria (una escuela de monjas, bastará decir) tuve el privilegio de tomar clases con un gran profesor: Hugo Márquez. El profesor Hugo fue quien se encargó de acrecentar mi acervo literario. Fue él quien compartió conmigo algunas lecturas de las que hoy me avergüenzo un poco y, a su vez, me prestó algunos otros libros que hoy recuerdo con añoranza y gusto. Gracias a él leí la saga entera de Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, o la trilogía de El señor de los anillos, del grandísimo Tolkien. Fue en esa época que conocí los libros de Harry Potter, de los que, no me avergüenza decirlo, prefiero las películas. También conocí la obra de Isabel Allende, principalmente con una novela que, me apena un poco reconocerlo, figuró entre mis favoritas a lo largo de muchos años: La ciudad de las bestias.

La extraña fijación de Hugo de fomentar el gusto por la lectura en sus alumnos lo orilló a crear su propio rincón de la lectura con libros donados (en las escuelas privadas nos privan de tener los Libros del Rincón, pero, en su defensa, consiguió una dotación de libros por parte de SM y Scholastic) y revistas de interés científico. Recuerdo una secuencia de varios recreos en los que me privaba a mí mismo de jugar futbol para, en cambio, leer las aventuras de Clifford, el gran perro rojo o los casos de El Capitán calzoncillos, o de Ricky Ricotta y el poderoso robot, ambos creados por el gran Dav Pilkey. También me entregué a la lectura de revistas de divulgación como Conozca más, QUO o National Geographic, que generaron en mí un interés enorme por el espacio, el universo y, mucho después, por la física cuántica y los cuentos de Sci-Fi escritos por Philip K. Dick, Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Harlan Ellison o K. Le Guin.

Desde la primaria no leía tanto como lo hago ahora. Tuve un intermedio de algunos años en que no me acerqué a ningún libro y suplanté el placer de la lectura por el mundo del cine y la música. En toda la secundaria no leí más de veinte libros en total, entre los que figuraron Robert Louis Stevenson, Bram Stoker, Richard Matheson y una ristra de pseudoliteratura que mi profesora de español nos hacía leer. Gracias a ella sé de qué tratan porquerías como Los ojos de mi princesa, ¿Quién se ha robado mi queso? o ¿Por qué a mí?

Todo ávido lector se pregunta en algún momento si es que, acaso, puede escribir una novela o un poema o un cuento. Hay que ser un buen lector para ser buen escritor, como dijo Borges. En mí, la escritura comenzó como imitación. Entrar a la preparatoria es, para un joven de un barrio en donde la secundaria es el promedio alcanzado por sus habitantes, todo un logro. Pero en la preparatoria el miedo está siempre presente, la inseguridad crece, y todo parece ser más complicado. En ese punto ya me interesaba en realidad por los autores, dejé de ser un lector pasivo. Aprendí los nombres de los escritores que me parecían imprescindibles para después recomendarlos, investigaba las fechas y el motivo por el cual se habían escrito las cosas que leía y, en ese entonces, me volví un aficionado al «dato curioso» de la literatura. De esa época surgieron varios intereses, como investigar a qué edad había publicado cierto autor su primer libro, o de buscar las primeras ediciones de mis libros favoritos. En la prepa conocí a un tal Juan Rulfo, que escribía sobre un lugar llamado Comala en donde vivía un tal Pedro Páramo. Lo he leído muchísimas veces, no sé cuántas. Craso error no empezar con El Llano en llamas, pero Pedro Páramo siempre me llamó más la atención.

En esa época, el gusanito de la escritura se apoderó de mi cabeza. Como he crecido con la oralidad de mis abuelos, quise poner estas historias en papel; pero había un gran problema: desconocía que el cuento existía como un género independiente. En mi defensa puedo argumentar que los únicos cuentos que había leído eran de los hermanos Grimm, de Hans Christian Andersen o fábulas de Esopo. En mi ilusa percepción de lo literario, el cuento era un producto netamente programado para los infantes. Desconocía la importancia del que, para mí, es el mejor género de la literatura.

Salí de la ignorancia con la ayuda de un grande: José Emilio Pacheco y su libro El principio del placer, que escondía en su estructura una grata novedad para mí: lo contado eran historias independientes, eran cuentos, y no cuentos infantiles. No sé cómo pude desconocer tantos años la existencia de los cuentos como género literario. Después de Pacheco vinieron más: Rulfo, Cortázar, Borges, Ponce, Elizondo, Ibargüengoitia, Bolaño, Chéjov, Tolstoi, Dostoyevski, Serna, Parra… Todos ellos consagraron/consagran gran parte de su obra literaria a la perfecta brevedad del cuento. A partir de ahí me dediqué a imitar a los grandes. La cercanía de lo contado por mis abuelos me empataba más con Rulfo que con cualquier otro autor. «El rulfismo es cabrón», como dijo Vicente Leñero en su cuento «La cordillera». Tardé cerca de dos años y ocho cuentos en desprenderme del influjo rulfiano que permeaba la razón de mis creaciones. Pero me quedé con la fractura: la realidad que se pervierte y da pie a que lo fantástico entre en lo real: el realismo mágico. Después, Pacheco y Carlos Fuentes se encargaron de pulir mis intereses alrededor del relato fantástico.

La lectura es lo mejor que pudo pasarme en la vida y, a pesar de que a veces uno quiera alejarse un poco de la lectura, siempre me parece imposible y vuelvo como un pecador al atrio de la literatura para obtener su redención. La literatura me ha salvado la vida. Es una frase preciosa y sencilla, ¿por qué? Porque es algo que ya se ha dicho cientos de veces antes de que yo lo hiciera, hay una atemporalidad escondida en esa frase. Sin dudarlo, puedo decir que hay escritores que han dicho que la literatura salva vidas, aunque el hecho no esté registrado. Tal vez Proust lo dijo. Dostoyevski pudo decirlo justo después de salvarse del fusilamiento. Eso es un hecho que me maravilla: es una frase que esconde, en siete palabras, todo un mundo. Decir hoy que «la literatura me ha salvado la vida» es decir que, en veinte años o más, quizá, alguien más dirá la frase y eso solo significa que la literatura seguirá salvando vidas.

 

 

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Posted by Marco Antonio Toriz

Marco Antonio Toriz Sosa (Estado de México, 1996) es narrador y poeta. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en el séptimo Curso de Creación Literaria 2015, así como del Festival Interfaz «Los signos en rotación» 2016 en Acapulco. Cuentos y poemas suyos se han publicado en Osario, Primera Página, Círculo de Poesía, Palabrerías y Punto de Partida.

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