La falla de San Andrés

Se dice que un espantoso terremoto se acerca, un azote que lo destruirá todo. ¿Cómo prepararse para recibirlo? Una respuesta en este relato de Edmée Pardo.

Edmée Pardo

 

Desde que soy niña se prevé un gran terremoto. Entones la idea me aterraba, pero la gente hablaba con naturalidad sobre la falla de San Andrés y el cataclismo esperado para que se desprendiera Baja California de mi país. Ya había ocurrido la sacudida de 1957 en la capital, la noche que se cayó el Ángel y media ciudadanía se enteró de que el Ángel de la Independencia tenía pechos y era Angélica. Habían pasado también otros temblores, antes y después, uno de ellos definitivo, en el que a mi abuela le creció el gusto por las pijamas elegantes.

De mi abuela recuerdo muchas cosas, la evoco con cariño y distancia. Nunca dejó de maravillarme, y también de dolerme, su afán de que las cosas y las personas fueran perfectas. Decía que mi abuelo, en los más de 50 años que vivieron juntos, nunca la vio despeinada. Lo decía porque era verdad y para ver si lograba domar el espíritu rebelde de mi cabello que nunca ha conocido más que su propio orden. Esa imagen suya de perfección me repelía y fascinaba al mismo tiempo, sobre todo en su ropa de dormir. Ponía la bata a los pies de la cama, perfectamente doblada, debajo acomodaba las pantuflas que combinaban con ese modelo, y ella se metía a la cama con un camisón satinado, elegante, que olía a perfume. A la mañana siguiente, muy temprano, pues no se daba el permiso de la pereza, salía de entre las sábanas, vestía la bata y parecía una modelo, sin arrugas ni muestras del mundo confuso del sueño.

—¿Por qué usas ropa tan elegante para dormir, abuela?

—Por los temblores, hija.

No entendí a lo que se refería. Ocupada en otras cosas, como siempre estaba, me contó que cuando era niña una noche tembló y todo mundo salió a la calle. Ahí fue cuando la imagen de los vecinos se vino abajo con algunos edificios cercanos. El señor, que era un dandi, dormía en calzoncillos y camiseta blanca; la señora, dama fina, lucía tubos en la cabeza y un vestido de algodón viejo y transparente. En esa noche de miedos y vulnerabilidades, pasado el susto del temblor y con la confianza de que no había daños en su casa, regresó a su cama convencida de que solo usaría ropa exquisita para dormir. A la mañana siguiente comentó a su madre que quería ir de compras. Cuando seleccionó un camisón de precio tan alto su mamá le soltó un bofetón. ¿De dónde había sacado su hija tan altas pretensiones? Cuando mi abuela empezó a trabajar, a la edad de quince años, lo primero que se compró fue un juego de bata y camisón. Ensayó muchas veces poner la bata al pie de la cama y no tirarla mientras dormía, practicó ponérsela de inmediato apenas salida de entre las sábanas. Una vez que tuvo domesticado el tema, se la pasó rezando para que por favor, Diosito santo, temblara y ella pudiera salir a la calle a lucir su pijama. Esto último lo dijo con risa, ella misma sorprendida del absurdo de sus deseos y yo me reí con ganas porque en general fue algo que la vi hacer poco: reírse.

La falla de San Andrés, según mis averiguaciones, pasaba exactamente a dos calles de mi casa y no en el norte de la república a miles de kilómetros como en verdad sucede. Mis pesquisas eran no del todo simples: la Ciudad de México es una zona sísmica. Desde esos años aprendí un concepto tan rebuscado, y a dos cuadras de mi casa, justo debajo del letrero que designaba la calle como callejón de San Andrés una jacaranda había levantado la banqueta y había producido una falla, una ruptura de la tierra. Mi miedo crecía cada vez más porque el tan esperado día que la falla de San Andrés se sacudiera, la tierra se iba a partir en dos exactamente entre mi casa y el parque. Tardé en comprender que la verdadera falla de San Andrés era un conjunto de fisuras en América del Norte y que su extensión de casi dos kilómetros no llegaba, ni queriendo, a mi casa ni al parque, aunque sí a mi país y hace miles de años en una de esas sacudidas se desprendió del continente lo que hoy es Baja California.

Se han producido temblores tremendos en la zona de San Francisco y Los Ángeles, pero aun así, entre ciencia y misticismo, se sigue esperando, unido a las predicciones de fin del mundo, otro terremoto que desgaje San Diego, San Francisco, Santa Bárbara y Los Ángeles y los hunda debajo de las aguas del Pacífico.

A pesar de mis errores de cálculo geográfico, había concluido con absoluta certeza que el santo al cual había que encomendarse para protección de temblores era el mismísimo san Andrés. De ahí su nombre, era obvio. También descubrí años después que san Andrés fue el primer discípulo de Jesús, anterior seguidor de Juan el Bautista y que cuando fue el bautismo en el cual se abrieron los cielos y quedó señalado el Mesías, Andrés, que entonces no era santo ni discípulo, fue el primero en seguir a Jesús y murió martirizado en una cruz de brazos iguales que se llama, precisamente, cruz de san Andrés. Y que hasta entonces nadie lo había invocado para terremotos, sino más bien como patrón de pescadores.

En 1985 hubo un temblor horrible en mi ciudad. Dicen que más de 30 mil estructuras fueron afectadas y que hubo más de 40 mil muertos. Recuerdo que el estadio de beisbol se usó para juntar y reconocer cadáveres y que se aplicaba hielo para retrasar la descomposición de los cuerpos. Hubo gente rescatada hasta diez días después del derrumbe. Hice mi servicio social en un módulo de ayuda pro damnificados, que fue una muestra más de todas esas ayudas entusiastas, pero sin dirección, que no podría decir bien a bien en qué terminaron. El terremoto del 85 sacudió la conciencia, la cara y el espíritu de mi país. Y aun así no alcanzó a sacudir el miedo por completo y siguió hablándose, tiempo después, del terremoto por venir: el tremendo, como si ese no hubiera sido suficiente.

A 22 años de aquello, catástrofes mundiales varias de por medio, empezó a extenderse el miedo de otro terremoto en la ciudad. Acostumbrada al miedo colectivo del terremoto, al error de mis cálculos desde la infancia, no hice caso porque además a esas alturas de mi vida ya sabía que contra la fatalidad nada se puede. Sin embargo, una amiga querida decidió ir a dormir con su mamá la semana que estaba prevista la tragedia porque como vivía en el piso más alto del edificio temía, en caso de que aquello ocurriera en el momento en que estuviera en casa, no salir librada. Otro conocido compró dos garrafones de agua y comida en lata como previsión; era claro que él sí pensaba sobrevivir, con todo y alacena: la tragedia era una cosa y otra el hambre. Supe de un chamán que, después de una estancia con los indios del desierto, regresó con la predicción en los labios, atento al servicio que tendría que dar por esos días.

¿Y si ahora sí tiembla cerca de mi casa y se cae el edificio donde vivo? ¿Y si regresa el desastre y si…? Empecé a preguntarme de manera obsesiva. La mayoría de la gente aceptó esa posibilidad no solo por el antecedente, sino porque estaba en boca de todos la destrucción inminente del planeta: deshielo, calentamiento global, y todo eso que nos hace sentir angustiados pero no responsables. Finalmente el miedo se apoderó de mí y hasta soñé que temblaba. En mi sueño era de noche, me ponía de pie y esperaba un poco en el marco de la puerta de mi recámara, como aquello no cedía caminaba como si estuviera sobre un barco en altamar hasta la entrada de mi departamento y debía bajar las escaleras donde estaban los vecinos en franca evacuación. ¿Y la viejita del departamento frente al mío?, me preguntaba y entonces tocaba la puerta para avisarle que debía bajar y como a su edad no escucha bien y camina con dificultad yo me debatía entre salvarme y llevarla a ella. Finalmente bajaba sola por las escaleras del edificio hasta llegar a la calle, donde el temblor cesaba. Recordé el sueño a la mañana siguiente, en la oficina, cuando pregunté si había temblado. No había registro alguno de sismo. Me asusté más porque en mis años de experta temerosa nunca había soñado con algo así y esto podría ser el cúmulo del miedo o finalmente una predicción.

Investigué los planes de conciencia sísmica que se desarrollaron a partir de la tragedia de 1985. Incluían prácticas para evacuar escuelas y oficinas, proyectos para evitar construcciones sensibles en tal zona de riesgo y mejorar los procedimientos de respuesta. No pude saber qué quería decir aquello de «mejorar la capacidad de respuesta y su planificación».

Según los expertos y rumores, el temblor se espera para el día 25 de este mes. Escribo esto el día 23. Ya compré una garrafa de agua y diez latas de atún, por pura previsión, junto con una pijama satinada color rojo, que combina perfecto con bata y pantuflas que, a diferencia de mi abuela, espero no presumir a los vecinos.

 

N. del E. «La falla de San Andrés» pertenece al libro Encender el mundo (UAM, 2017), con el que Edmée Pardo obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2009.

 

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Edmée Pardo Murray, narradora mexicana, promotora de la lectura y creadora del programa «Leer para sanar», es socióloga por la UNAM, posgraduada en Santa Bárbara, California. Entre otros reconocimientos, ha recibido el Premio INBA San Luis Potosí de Cuento y el Internacional de Narrativa UNAM-Siglo XXI. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte en 2012 y ha publicado 30 libros de cuento, novela, ensayo y literatura infantil y juvenil.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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