De la expiación o cómo aprender a no morirse

Marco Toriz escribe sobre «El emisario o la lección de los animales», novela de Alejandro Vázquez Ortiz publicada por el sello Caballo de Troya.

Alejandro Vázquez Ortiz, El emisario o la lección de los animales, México, Caballo de Troya, 2017, 281 pp.

 

 

 

 

And now, O Lord, this man of God, […]

 Take him, Lord –this morning–

Wash him with hyssop inside and out,

Hang him up and drain him dry of sin.

 James Weldon Johnson

 

 

A decir verdad, pocas cosas son las que realmente importan. Podemos afirmar sencillamente que todos estamos muertos. O que igual nos vamos a morir. O que no importan ni nuestra existencia, ni la identidad que decimos poseer, pues no somos más que un simple chivo que expiará las penas de nuestro pueblo: «[…] me di cuenta de que los muertos no se van. Que se quedan aquí. Que todos están muertos». Así nos lo hace saber Alejandro Vázquez Ortiz en El emisario o la lección de los animales.

La novela se sostiene en una respuesta íntegra apoyada en el suspenso: la trama nos revela desde el inicio lo que va a pasar y, aun así, queremos saber qué es lo que acontecerá en las páginas siguientes. Así, pues, la novela responde a una clasificación muy complicada: no precisamente una novela del narco, pues el eje temático, la trama, no gira en torno a la acción delictiva de este tipo de grupos, sino que, más bien, apela a una introspección del narrador que mira a la delincuencia con un ojo crítico, voraz. ¿Es una novela negra? Sí, y de lo mejor que se ha hecho en México recientemente. Pero, ante todo, es una novela introspectiva que a ratos alcanza registros altísimos, dotados de una poética callejera que va mucho más allá: no la simple descripción de un habla específica, pues aquí la metáfora surge de lo más cotidiano para hacer del ambiente una imagen casi surreal que funciona y de verdad nos hace estar en el lugar de los hechos. La prosa de Vázquez Ortiz es fuerte, altiva. Es evidente que el autor conoce su terreno y, al igual que el protagonista de la novela, es un «observador participante» que participa mucho más de lo que observa.

Hablar de tópicos como la vida y obra del narcotráfico se ha vuelto moneda corriente en la literatura de un país que convive diariamente con noticias sobre una guerra mal librada: «¿Crees que a esta ciudad la mueve el dinero? ¿Que esta guerra, muerte y sangre es por poder? ¡No! Es sólo vacío, aburrimiento y miedo», dice uno de los personajes principales de la novela. Ante toda esta manida vacuidad es necesario renovar el género y Alejandro Vázquez lo ha hecho con una novela que, además de narrar, denuncia: las aventuras de un hombre que suplanta a su hermano no son más que un pretexto para denunciar la alevosía quepermea en los círculos delictivos.

A ratos El emisario nos sabe más a novela existencial que a thriller. El protagonista, cuya identidad siempre está velada por la de su hermano, el Coralillo, y no se revela sino hasta el final de la historia, nos habla de su fútil existencia viviendo a la sombra de uno de los más queridos narcotraficantes de su generación: un tipo ambicioso y galán, con grandes dotes para la florería y los madrazos. Un tipo de cuidado. Él, un lector voraz más bien parco para los deportes, las mujeres y los golpes, decide que, al morir su hermano gemelo, puede ser él, metiéndose, literalmente, en sus botas. A partir de este hecho comienza una historia que se va elevando conforme la lectura avanza: después de una entrega de droga que sale mal, nuestro narrador se verá inmerso en una serie de eventos turbulentos que, además de malograrlo, lo llevarán a descubrir una verdad aterradora que nos demuestra que no podemos estar a salvo ni de la gente en la que más podemos (o creemos) confiar.

En la novela todo el tiempo hay un ambiente que parece estar cubierto por una pátina que no nos deja vislumbrar más allá de lo que Alejandro nos narra: todo es, pues, una sorpresa digna de ser mencionada. La tensión nunca decae, al contrario: se incrementa al igual que la lluvia del histórico huracán Álex (personaje dinámico de la novela) que arrecia, destrozando a su paso la ciudad de Monterrey y, al igual que en Taxi Driver, de Scorsese, limpiando toda la escoria de una ciudad llena de pecado: «Algún día una lluvia de verdad se llevará toda esta basura de las calles». Es esta lluvia la que no nos deja ver, y se agradece, pues nos permite sorprendernos con el desenlace de las peripecias de un narco venido a menos que solo busca una manera de justificar sus acciones volviendo siempre al pasado. Estas digresiones nos ayudan a nosotros, como lectores (observadores participantes), a hacernos una idea de la vida del protagonista y, más importante aún, de su relación con su madre, una mujer que poco a poco se volvió loca, amante de los pájaros; con su padre, un hombre serio y tacaño y, principalmente, con su ya mencionado hermano gemelo, el Coralillo, pues solo entendiendo el pasado es plausible justificar el presente.

Pero hablemos de los animales: pájaros, cabras, bisontes, perros, serpientes: coralillos y lecheras. La novela, extraño zoológico urbano, plagada de animales variopintos, nos revela que la verdadera naturaleza del hombre es puro instinto y nada más: el protagonista actúa siempre por impulso, sin saber realmente por qué hace las cosas que hace; así sea escapar de la muerte o matar hombres en aras de conservar su vida, nunca parece ser consciente de lo que hace, al menos no del todo.

Desde la primera línea («Imaginaré que la frente en la que se posa el acero frío del cañón de esta pistola no es la mía») Alejandro Vázquez nos da el indicio, el hilo existencial de nuestro protagonista: da igual su muerte, él no es más que un reemplazo «mandado a la verga» de su propio hermano. Esto lo exenta de la muerte, pues ha reemplazado a un personaje que ya está muerto. No se puede morir dos veces. La propia rebelión de nuestro narrador hacia el final de la novela adquiere un cariz místico cuando entendemos el origen de la frase «chivo expiatorio».

Hay siempre una tensión evidente en la relación de los hermanos: una ambivalencia que puede responder al tema del doble, aunque de un modo distinto: el hecho de que ambos sean gemelos no implica que deban ser iguales. Es esta dicotomía la que más sobresale en el texto: el constante deterioro de la relación familiar hace que el final de la novela nos resulte impactante, mas no impredecible. A pesar de ello, la trama nunca decae, al contrario, hay una batalla final que revela la verdadera identidad de los responsables: no es posible confiar en nadie, salvo en nosotros mismos. Puedo afirmar que los personajes principales, el narrador y su hermano, tienen una composición psicológica muy bien lograda, pues es fácil distinguir al uno del otro, sobre todo en pasajes específicos, como en la ocasión en que el narrador debe hacerse pasar por su hermano en una fiesta llena de traficantes y capos. El autor hace de sus personajes una muestra de la lucha de identidades: los gemelos son una representación de la dualidad, un espejo que no refleja lo mismo aunque sea, en apariencia, semejante. No.

No basta con decir que El emisario o la lección de los animales es una buena novela. Bastará, quizá, con decir que es un texto que se atreve a contar cosas que pocos se atreverían y que, además, es un próximo clásico contemporáneo: un referente de la novela negra actual del país. No miento: poco se puede escribir sobre El emisario que eleve (aún más) la novela, pues el texto habla por sí mismo: no hacen falta reseñas que la levanten, pues Alejandro Vázquez Ortiz puso la batuta muy en alto. Solo queda decir: «No hay observación participante». Y: quisiera que las manos que escriben esta reseña no fueran las mías.

 

 

 

 

 

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Posted by Marco Antonio Toriz

Marco Antonio Toriz Sosa (Estado de México, 1996) es narrador y poeta. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana en el séptimo Curso de Creación Literaria 2015, así como del Festival Interfaz «Los signos en rotación» 2016 en Acapulco. Cuentos y poemas suyos se han publicado en Osario, Primera Página, Círculo de Poesía, Palabrerías y Punto de Partida.