La evaluación académica

A todo académico le llega el momento, burocrático y lleno de intereses extraoficiales, de ser evaluado. La filósofa Paulina Rivero Weber comparte su experiencia y reflexiones sobre los criterios y procedimientos de evaluación que hacen poca justicia al trabajo académico.

Dilemas, mentiras y verdades

 

En la vida de todo académico llega el momento, burocrático y lleno de intereses extraoficiales, de ser evaluado. La filósofa Paulina Rivero Weber comparte su experiencia de la evaluación académica y reflexiona sobre este sistema, donde los criterios y los procedimientos hacen poca justicia al trabajo académico; pero también nos hace notar la razón de ser que les subyace.

 

 

Paulina Rivero Weber

 

Cualquier académico que quiera permanecer intelectualmente vivo y creativo, no puede sujetarse a parámetros ajenos a sus deseos e intuiciones. Esto toma particular importancia cuando se trata de la filosofía: nadie puede ordenarle a nadie qué pensar y cómo pensar, y menos a un filósofo: la libertad es la tierra donde la filosofía puede nacer y crecer.

Pero también hay que comer, y por lo general se debe alimentar una familia. La única manera de lograrlo es trabajar en lo que una desea sin hacer caso de las calificaciones, simplemente dejando que ese trabajo sea evaluado y esperar un poco de justicia. Si se trabaja duro, el resultado por lo general es bueno, aunque no siempre es así. Existen académicos muy connotados que, para nuestra sorpresa, son calificados con grados bajos, mientras que hay académicos mediocres que obtienen calificaciones elevadas. La única opción es trabajar rigurosamente en lo que es de nuestro interés y reclamar con la misma dureza cuando se comete una injusticia contra ese trabajo.

Mis ideas en torno a este tema comenzaron a tomar forma cuando aún no era yo profesora de tiempo completo en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Por esos tiempos comenzaron a realizarse las evaluaciones académicas de un modo «más consistente». Al respecto recuerdo con toda claridad dos eventos que sólo más tarde fui capaz de comprender. Uno fue un escándalo que se hizo público a través de algún periódico, otro un evento cuyo protagonista fue un profesor de mi Facultad. Comienzo mi reflexión a partir del relato de este último, para luego narrar el escándalo periodístico. Finalmente, haré una reflexión en torno al modo de evaluar a los académicos en nuestras instituciones.

Resulta que a un viejo profesor se le exigió entregar su informe académico. De acuerdo con el nuevo formato evaluativo, esto implicaba semanas enteras de buscar papel por papel, desde aquel que indica cuándo y dónde se nació hasta el que da constancia de cada evento académico al que se ha asistido, indicando fecha, lugar, duración de la plática o curso… en fin: todo, absolutamente todo. Lo único que se puede omitir –decían de broma en la Facultad– es el color de los calcetines que se llevaban puestos en cada evento académico. El profesor en cuestión tomó in situ una hoja de papel y escribió: «He dado clases, he estudiado y he escrito mucho». A continuación la firmó y la entregó diciendo: «Este es mi informe académico».

A mí me impresionó esta historia por varias razones. Si en verdad el profesor había dado sus clases, si había estudiado y escrito mucho, no tenía porqué pasar semanas de tormento «demostrando» que eso era verdad. Pero si no lo había hecho, si acaso ni siquiera había asistido a sus clases, ¿cómo saberlo? A la institución le resultaba apremiante acabar con el ausentismo e incentivar a sus académicos a trabajar más. No sé en qué paró ese asunto, pero hasta donde entiendo el profesor nunca entregó el formato oficial y ganó la mitad de lo que hubiera podido ganar por el resto de su vida. Me imagino que, siendo soltero y sin hijos, fue un lujo que pudo darse, uno que la mayoría de los profesores no pueden ni soñar.

El otro evento involucra a tres profesoras de mi Facultad. Dos de ellas eran evaluadoras de sus colegas, y calificaron su propio trabajo y el de sus allegados como muy bueno, mientras que a una profesora a quien no querían del todo bien, la evaluaron muy por debajo. Esta profesora se molestó tanto que simplemente renunció de manera pública a ser evaluada y a la remuneración correspondiente, quedándose únicamente con su sueldo base. Eso implicaba más o menos ganar la mitad de lo que podría haber ganado aceptando la evaluación. En su renuncia, exponía a sus evaluadoras como académicas corruptas e injustas, e indicaba que ese era el tipo de situaciones que se generaban a causa de la forma en que se calificaba a los profesores.

Ahora quisiera reflexionar en torno a estos eventos: ¿porqué tuvimos que ser evaluados de esta manera? Se trata de una tendencia mundial que responde, en última instancia, a la capacidad de mentir. Si el ser humano no pudiese mentir no haría falta «comprobar» si lo que dice es verdad: los currícula pasarían a mejor vida. Las evaluaciones pretendían que la universidad contara con profesores más activos, que asistieran a sus clases, leyeran, publicaran y organizaran eventos: eso es lo que significa un trabajo de tiempo completo.

Sin embargo, surgieron dos problemas que han sido ejemplificados en los relatos anteriores. Primeramente, para muchos esto era un verdadero insulto: aparte de trabajar sin parar, ahora había que demostrarlo. La neurosis de las tres semanas previas a la entrega de la documentación al SNI (Sistema Nacional de Investigadores) o al PRIDE (Programa de Primas al Desempeño del Personal Académico de Tiempo Completo) comenzó a dejarse sentir. Y en efecto, quienes lo hacemos sabemos que parte del proceso de entrega de documentos supone una crisis vocacional con sus respectivas preguntas: «¿Qué estoy haciendo? ¿Para esto estudié filosofía? ¿Para rellenar formularios y demostrar lo que hago? Y todo ¿para qué?» Los psicólogos y psiquiatras conocen muy bien los síntomas «SNI», «PRIDE» y demás. Algún día escribiré un libro que se llamará Cómo ser académica y no morir en el intento.

Con la pregunta anterior surge el segundo gran problema. En efecto: ¿para qué? Si en la dictaminadora hay alguien justo, el trabajo será evaluado de manera justa. Si hay alguien a quien la justicia le tenga sin cuidado, habrá injusticias. Si encima hay alguien que sienta un poco de envidia, pues ya se tiene el panorama completo: adiós vanas expectativas.

Por otro lado, como mujer lamento decir que el machismo sigue reinando: de entrada hay que hacer el doble de lo que hace cualquier hombre para ser reconocida. Pero eso está cambiando y creo que seguirá cambiando en la medida en que las mujeres no nos quedemos calladas. Todos los que vivimos en el medio académico conocemos perfectamente esta frase: «Todo depende de la dictaminadora que te toque». Pues no todo debe depender de ello: hay que saber reclamar el lugar que consideramos merecer por nuestro desempeño.

Hoy por hoy, esa es la realidad y no podría ser de otro modo. Si a todo lo anterior agregamos que se evalúa ante todo la cantidad del trabajo, y que es difícil evaluar la calidad, pues ya podemos perder toda esperanza de encontrar un medio más justo para evaluar el trabajo de un académico: Heráclito nunca hubiera entrado al SNI. ¿Cómo evaluar la calidad y dejar de lado la cantidad? Si alguien en verdad entregara a evaluación los fragmentos de Heráclito a un grupo que no los conociera, estoy segura de que Heráclito reprobaría. Pero ¿no puede ser de otro modo, en verdad? Yo temo que la capacidad humana para mentir, y como ya acusaba Baruch Spinoza, la inclinación a obtener siempre su más preciado bien, esto es, su propio provecho, hizo necesarias las evaluaciones. Estas no han servido como debieran: no hemos encontrado un sistema justo para evaluarnos y evaluar a nuestros pares. La envidia y el egoísmo, hermanos gemelos, tienen su caldo de cultivo en la academia y estorban para una buena evaluación. Es necesario evaluar porque lamentablemente hay quienes declaran hacer lo que en realidad no hacen: por eso ahora hay que «demostrarlo». Pero la realidad es que no hemos encontrado el sistema ideal para evaluarnos, y los académicos estamos sometidos a muchas arbitrariedades. Me pregunto, ese sistema ideal ¿existirá?

 

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Paulina Rivero Weber es Doctora en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde es profesora de licenciatura y posgrado. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel II, y forma parte de la Asociación Filosófica Mexicana y de la Friedrich Nietzsche Society de la Manchester Metropolitan University. Es autora de Alétheia: la verdad originaria (UNAM, 2004) y  Se busca heroína (Itaca, 2007), entre otros.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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