La estrella blanca de la selva

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La divulgación de la ciencia está de vuelta en Cuadrivio. En «Cisma», columna que hoy inauguramos, Manuel Ochoa incursionará en los entresijos de la evolución bilógica y la filosofía de la ciencia para cuestionar la forma en que se construye el saber científico.

 

 

Manuel Ochoa

 

«Una planta así no podría existir», fue la respuesta que recibieron Esteban Martínez y Clara H. Ramos cuando, en 1987, enviaron un artículo para su publicación en la revista Annals of the Missouri Botanical Gardens, una de las más importantes del medio. En el manuscrito proponían que la planta colectada años antes en Chiapas pertenecía a un nuevo género, pues, aunque encontraban algunas similitudes con otras plantas de la familia Triuridaceae, tenía rasgos únicos. Con incredulidad, el artículo fue rechazado; sin embargo, los análisis de la anatomía de la planta, realizados en la Facultad de Ciencias de la UNAM, continuaron. Fue hasta 1989 cuando, después de fotografías con microscopio electrónico y una minuciosa descripción anatómica, el artículo fue finalmente publicado. La planta fue presentada como la única especie de una nueva familia, lo cual fue un acontecimiento poco usual en la ciencia, que no sucedía desde hacía casi 50 años.

Existen alrededor de 250,000 especies de plantas con flor descritas en el planeta. Salvo una sola especie, todas ellas mantienen la misma estructura en sus órganos sexuales: los carpelos (la parte femenina) se localizan al centro de la flor, mientras que los estambres (órganos masculinos) se encuentran alrededor de los carpelos. La excepción se llama Lacandonia schismatica: aquella planta descubierta por Esteban Martínez durante una colecta en la Lacandona, cerca de Bonampak. Cuando observó con atención la hojarasca, descubrió una planta minúscula, de flores con forma de estrella que miden 4 mm: apenas el tamaño de una lenteja. En un primer momento, al analizarla por primera vez, incluso parecía tratarse de un hongo; los habitantes de la localidad donde se distribuye no la conocían.

Lacandonia es una completa locura. Si el cuarto de millón de especies de plantas que existe en la Tierra tiene acomodados sus órganos sexuales de un mismo modo, esta los tiene al revés: al centro los estambres y alrededor los carpelos. Si la mayoría de las plantas es verde y hace fotosíntesis, Lacandonia es blanca como el unicel, y se alimenta gracias a su asociación con un hongo. Si una gran cantidad de flores se expone a los polinizadores para producir semillas, esta, al abrir, ya está polinizada. Es una planta sumamente difícil de investigar, porque no se puede cultivar en condiciones de invernadero, ya que no se sabe prácticamente nada sobre el hongo –alojado en sus raíces– que necesita para vivir.

 

Cisma: la arqueología de la evolución

Cisma, del griego, significa división, ruptura. De ahí surgió el nombre Lacandonia schismatica, pues la planta representó para la botánica precisamente eso: un claro problema en lo que respecta, de entrada y concretamente, a la clasificación de esa especie; pero también, en otro contexto, a la forma en la que comúnmente imaginamos las plantas y su evolución, lo cual no es poca cosa. Los cismas son así: acontecimientos que cimbran y provocan un sinnúmero de nuevas preguntas, principalmente de porqués, y nos ponen a pensar, a resignificar. Los cismas desplazan lo que se da por sabido, por conocido, y ponen al descubierto los problemas de aquello que entendemos como sólido o incuestionable. Si los expertos sugerían que «una planta así no podría existir», ¿qué tenían en las manos Esteban Martínez y Clara H. Ramos en aquella década de los ochenta? Y sobre todo ¿de dónde salió y qué implica?

Esta columna pondrá a discusión la evolución biológica y la filosofía de la ciencia, vistas como pasajes que nos permitan revisar no solo casos concretos de la historia y la actualidad científicas, sino también lo que cada uno de estos casos significa para nosotros como humanos, en lo que se refiere a los discursos que se construyen alrededor del mundo en el que vivimos.

En ese sentido, los textos que aquí se leerán serán una arqueología de la evolución, porque pretenderán indagar esos caminos tomando la historia como síntoma del presente para preguntarnos y problematizar, una y otra vez, cómo se constituye el saber y cuáles son sus matices.

 

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Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988) es maestro en Ciencias Biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

 

 

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