La escritura que reconstruye un rostro

Yeni Rueda escribre sobre «Procesos de la noche», libro en el que Diana del Ángel reconstruye el rostro de Julio César Mondragón y documenta la opresión del sistema judicial mexicano.

Pocas veces un libro ha hecho tan latente la importancia del lenguaje, la escritura y la memoria, ya sea como herramientas fundamentales para los movimientos sociales y la búsqueda de la verdad, ya para ocultar información, simular procesos de justicia y borrar las realidades incómodas que afectan a los sistemas gubernamentales. Procesos de la noche, de Diana del Ángel, es un libro urgente, necesario, un punto de partida para la crítica de un sistema absorbido por el desdén burocrático, pero también para el análisis de la participación de los escritores dentro del agitado entorno social y político de nuestro país.

Durante las últimas horas del 26 de septiembre y la madrugada del 27 de septiembre de 2014, cientos de personas fuimos testigos a través de nuestras computadoras de un nuevo acto de impunidad orquestado por organismos gubernamentales, militares y criminales. La información comenzó a darse a cuentagotas para luego convertirse en un río sin caudal: publicaciones en Facebook, videos de mala calidad tomados con celulares, algunas fotografías. El rostro de la barbarie que sucedía en Iguala alcanzó uno de sus puntos álgidos cuando comenzó a circular, impunemente, la fotografía de Julio César Mondragón Fontes, que en ese momento era solo un cuerpo con el rostro desollado, borrado. El cuerpo torturado de Julio César Mondragón, la muerte de seis hombres y la desaparición forzada de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, nos recordó que vivimos en una simulación de legalidad y democracia. El consecuente proceso para encontrar a los estudiantes secuestrados, la imputación de responsabilidades por los homicidios y la creación de una «verdad histórica», evidenciaron un sistema judicial vergonzoso que ni nos protege ni nos defiende de la fuerza demoledora del crimen. Y Procesos de la noche nos confirma que la burocracia es el vehículo ideal para socavar cualquier esfuerzo para el esclarecimiento de los crímenes y la ejecución de la debida condena, ya sea de manera premeditada o por omisión.

Evitar nombrar a las víctimas forma parte de una estrategia en la que se convierte a un humano en una estadística más, en un anónimo, un cadáver, que nada tiene que ver –aparentemente– con nosotros y que por eso debe dejar de preocuparnos. Por ello, muchos activistas, ciudadanos y familiares afectados insisten en la necesidad de nombrar, de darle forma y rostro a los caídos para no olvidar que ignorar el dolor del otro es olvidarnos a nosotros mismos. Este ejercicio de memoria es el que ha caracterizado a todos los esfuerzos que surgen después de un ataque frontal a los movimientos sociales y el caso de Ayotzinapa no fue la excepción. A pocos días de la pavorosa tragedia un grupo de ilustradores creó piezas que daban nombre y rostro a los estudiantes. En el caso de Julio Cesar Mondragón Fontes también se formó un colectivo –«El rostro de Julio»– conformado por abogados, familiares, artistas y ciudadanos que buscan justicia para el esclarecimiento de su muerte, una condena para sus asesinos y confrontar la segunda borradura que pretendía ejecutar el sistema gubernamental sobre Mondragón Fontes. La herramienta para encontrar esa verdad –que evitaría la revictimización de Julio César– era la exhumación. Lamentablemente, en un sistema creado para inhibir las demandas de los afectados, esta fue inevitable. Dentro de este panorama desalentador, la palabra escrita se convierte en la mejor manera para evidenciar una estructura viciada.

En las 22 crónicas que conforman Procesos de la noche, se da cuenta de cada una de las peripecias que Sayuri Herrera, Marisa Mendoza y sus acompañantes tuvieron que realizar en juzgados de Guerrero y de la Ciudad de México para llevar a cabo la exhumación del cuerpo de Julio César, el posterior análisis/lectura de las huellas en su cuerpo por el Equipo Argentino de Antropología Forense y luego la devolución del mismo para ser enterrado por segunda vez. De esos textos escuetos, directos, absorbentes, que van del punto de vista objetivo de la escritora a la reacción emocional de la mujer que lo atestigua, supura el pudrimiento de un sistema que es ineficaz, pero que también desea serlo.

En una de las primeras escenas que Diana del Ángel nos muestra podemos ver a la abogada Sayuri Herrera llegar a una «sala» en donde yacen algunos archivos de las diligencias del Primer Juzgado del Tribunal Superior de Justicia de Iguala, incluida la investigación de Ayotzinapa. Legajos regados, manchados con suciedad de la intemperie, en donde las letras parecen no significar nada, prueba dura de la protección de los culpables. Los actos violentos en contra de la memoria no se detienen ahí. El lenguaje también puede ser una herramienta criminal. ¿O acaso no es criminal que el aparato de justicia esté conformado por una terminología tramposa, ambigua y poco conocida por los ciudadanos de a pie? Si Marisa Mendoza hubiera emprendido el viaje sola, probablemente se hubiera encontrado con un obstáculo impasable: el extraño idioma de los juzgados y de los ministerios públicos.

Al conocer a través de las crónicas de Diana del Ángel el desdén de los funcionarios, su interés por la promoción pública de su persona, su prioridad de mantener sus relaciones personales por encima de su obligación como funcionarios, así como sus enredos burocráticos de lenguaje, no se puede sentir más que la frustración y el desamparo que miles de víctimas encaran día con día, cuando con cierta esperanza, se acercan a una ventanilla para pedir el esclarecimiento de cualquier delito. Y, aunque el ritmo narrativo de la crónica es bastante fluido, la autora es capaz de trasladar el desconcierto que provoca un sistema judicial que no solo sabemos de antemano corrupto, sino que también resulta incomprensible. Lo que debería ser un remanso se vuelve castigo. Esa falta de dominio del lenguaje judicial será usada, sin chistar, en contra de la víctima.

Pero la escritura también puede ser reconstrucción. Si las autoridades en los juzgados se negaban a recuperar el rostro de Julio César Mondragón, Diana del Ángel hace su parte como vehículo entre la voz de quienes lo conocieron y los lectores. El retrato de Julio intercalado con las crónicas no solo nos permite sentir empatía por el estudiante, su familia y su ausencia, sino que nos lo muestra en todos sus matices. No era un hombre perfecto. El evitar caer en la romantización es algo que se agradece, pues tomar la vía de la exacerbación de sus virtudes sería arrancarlo de su humanidad, crearle un rostro falso.

Procesos de la noche se ha convertido en parte de un aparato que busca dignificar la memoria de un normalista fallecido y ultrajado, pero hay un elemento en su lectura y análisis que me parece importante no perder de vista; si bien el trabajo elaborado por Diana del Ángel es encomiable, no debemos alejarnos del punto medular del libro: Julio César Mondragón, el dolor de su familia y el violento ataque de un poder judicial que debería velar por la seguridad de todos ellos. Es muy fácil para algunos escritores caer en la coyuntura, e incluso abrazar posturas más cobardes haciendo de su «activismo» y su «registro literario» de problemáticas sociales un estandarte mercadológico que los hace vender más libros, enarbolarse como «figuras de autoridad» y enriquecerse cultural y económicamente a costa del dolor ajeno.

En todo caso, como la misma Diana del Ángel lo ha señalado en diversas entrevistas, el viraje de su trabajo poético a la crónica, del registro personal al proyecto literario, obedece a diversas necesidades: la primera, ofrecer un poco de claridad sobre el cansado proceso para buscar el esclarecimiento de un crimen atroz, de un cuerpo; evidenciar la cancerígena burocracia del sistema judicial y la reconstrucción de un rostro, no solo para su familia, para su esposa o su hija, sino para todos aquellos que hemos observado la tragedia desde la distancia. A través de la lectura del libro y el esparcimiento de nuestras opiniones, pensamientos o reflexiones sobre el mismo, no solo activamos el proceso literario propuesto por Diana del Ángel, sino que contribuimos, de cierta manera, a la reconstrucción del rostro de Julio Cesar Mondragón Fontes.

 

(Visited 137 times, 1 visits today)

Posted by Yeni Rueda

Yeni Rueda López es narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette «Tres gotas de agua» (Simiente, 2013).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.