La divinidad del deseo. Las beatas mexicanas del siglo XVIII

Las beatas fueron un estallido de rebeldía y erotismo en la asfixiante atmósfera del México novohispano. Paulina Soto escribe sobre estas fascinantes mujeres.

«Yo no soy mujer», decía Martha de la Encarnación durante uno de sus testimonios, que hallé entre los centenares de procesos contenidos en el Archivo de la Inquisición de México como parte de una búsqueda anárquica contra la negación de la presencia de la mujer en la historia.

«Yo Soy la mujer fuerte del Apocalipsis», corrigió Martha de la Encarnación a su confesor y a sus seguidores, mientras el que la confesó esperaba el relato exacto del acontecimiento por el que la condenaban.

Martha vivió en México hacia comienzos del siglo XVIII y fue una mujer muy influyente en su comunidad. Pero no estuvo sola, hubo miles de místicas como ella que deambulaban perseguidas por adeptos o por envidiosos. Se las llamaba beatas. Frecuentemente pertenecían a castas inferiores. En el contexto del México colonial, eso significaba que por las venas de estas mujeres corría una «sangre impura», conformada por la combinación de una o más razas (blanca, india o negra). Quizás no podían casarse, pues necesitaban una dote. Probablemente, alguna quiso ser monja y enfrentó el mismo obstáculo. Lo cierto es que los datos varían: muchas no tenían los medios para ser esposas o monjas; otras sí y, sin embargo, optaron por la libertad fuera del matrimonio y del convento. Al ser beatas podían permanecer solteras, vivir solas y generar sus propios ingresos.

Sus actividades comprendieron rezar por las almas del purgatorio, por la resurrección y la venganza. Eran intercesoras de los hombres ante Dios. Por sus devotas plegarias recibían remuneraciones económicas que les permitían mantenerse independientes de la tutoría de un marido o del convento. La cuestión era ganar adeptos, los más posibles, y algunas lo lograban fácilmente con sus discursos místicos de comunicación y unión directa con Dios. Pero, además, eran las reinas del disimulo. Como beatas, sin los votos de castidad ni de fidelidad a los que se ceñía la gran mayoría de las mujeres, tenían la holgura suficiente para explorar la sexualidad y hasta tener amantes. Se decían receptoras de visiones, mensajes y visitas directas del mismísimo Cristo.

Sus propios confesores –incluso los que fingían cierto escepticismo hacia el don de intermediarias de estas mujeres– no podían más que escucharlas, ofrecerles asilo y alimentación en sus casas, además de propagar –azorados– sus visiones. Algunos llegaban a caer llenos de celos frente a «las visitas» que decían recibir del niño Jesús, ese niño cuya divinidad en la mística de las beatas deambulaba entre la encarnación de una inmaculada pureza infantil y la de una demoniaca sexualidad.

Uno de los confesores de Martha de la Encarnación escribió por años al dictado las visiones de las beatas, sin sospechar que sus pudorosos cuadernos serían exigidos después por los tribunales de la Inquisición. Llevado por la sed de posesión de esta mujer, llegaba incluso a dudar de la santidad de Cristo. La beata le susurraba:

 

Padre Vega, es fuerza decirle a usted lo que me ha sucedido, como a mi confesor, por que usted lo remedie: la noche que estuvo aquí aquel niño, como yo me había acostado se levantó a encender un cigarrillo, así que se durmió […], apagó la vela, se me echó encima, y no sé qué hizo conmigo porque se me oscureció todo el cuarto.

Pues mujer, ¿por qué no gritasteis?

Porque me tapó la boca con la suya y no pude… y me dijo que ya no tenía remedio, que me callara, que él no me había hecho nada, y así yo no sé si estoy perdida o no lo estoy. Yo aquella noche, le dije que estaba perdida y preñada.

 

Pronto las beatas se convirtieron en personajes populares, demasiado populares, en el México del siglo XVIII. Y se volvieron incómodas para el poder. Algunas fueron perseguidas y condenadas por la Inquisición. Una de ellas fue Martha de la Encarnación. Apresada y sometida soportó interrogatorio tras interrogatorio sin perder su talante, hasta que la precariedad de las cárceles del Santo Oficio y el abandono de sus devotos la terminaron mermando. Los cuadernos de Priego, su confesor, parecen corregidos, expurgados.

Priego comienza intentando defender su propia ortodoxia y, para hacerlo, paradójicamente, da cuenta de la naturalidad de la existencia de las beatas, su popularidad y sexualidad. En declaraciones posteriores, asegura sobre Martha, sus amantes y «las visitas del niño» que:

 

Estándola apretándola con preguntas sobre las visitas del niño, le dijo ella que estaba de dos meses, pero que le rogaba mucho no se lo dijera a la Señora. Luego que me lo comunicó a mí, lo decía a gritos delante de todos, con tal desenvoltura, que la mujer más experimentada no diera más indicios, para probar el estar encinta…[1]

 

Ellas no sentían miedo de ser perseguidas por el pecado histórico femenino: la lascivia, esa libido incontrolable que padecían las mujeres. El discurso del México novohispano dictaba que el cuerpo de las mujeres era naturalmente impuro y un objeto de atracción y propagación del pecado. Pero las beatas se convirtieron en la personificación de la duda sobre si María había concebido en pecado o no. Las beatas lograron reinscribirla. A través de su erotismo místico, ellas resucitaron la fecundidad edénica emanada de la representación de la Virgen María siempre tan cercana a Eva, tan próxima a un Edén de tentación, pero también de fecundidad y bienaventuranza. Hay que recordar que la gestación inmaculada solo se decretó como dogma entre escolásticos a partir del siglo XIX.

Martha de la Encarnación «no quería que le dijeran doncella ni mujer»,[2] como declaraba a quien quisiera escucharla, porque tenía una razón concreta. Ella era María y Eva a la vez, pureza, fecundidad y sexualidad; condensando las dos figuras bíblicas, resultaba ser, de cualquier forma, redentora.

En este punto entre la imagen de María y Eva, ella era la vencedora del mismo infierno. En palabras de San Ramón, patrón de las embarazadas, niños y personas acusadas falsamente, la beata era una mujer que vence la caída, la impiedad y el retraso del Reino, y lidera el camino hacia un porvenir promisorio, pidiendo por el bienestar de las personas más influyentes de su sociedad. Ellas eran «palancas», «mujer fuerte, valerosa, vencedora del infierno», que pedía a Dios por su avance y bienestar.[3]

En realidad, hubo tal abundancia del oficio de estas mujeres que los oficiales de la Inquisición deseaban desestimar su fama. Ni siquiera se asombraban de los testimonios que incluían tocamientos a los genitales viriles. Era su popularidad la que se volvía problemática en una sociedad que se creía heteronormada. Después de todo las beatas fueron mujeres que, por encima del castrado deseo colono, se hicieron líderes.

Estudiar a las beatas hoy implica interrogar los ecos de la Inquisición. Ser mujer y beata mística en el siglo XVIII implicaba reinscribir la clave –el logos– de la fundación de una cultura que pretendía controlar el deseo y sus inquietantes desbordamientos. Entre sus rezos, arrobamientos y palpitaciones, generaban, regulaban y lideraban el descontrolado deseo. Arrasaban contra todo dictado.

Pero pese a toda la prueba, la apropiación de la sexualidad femenina por parte de las beatas aún se niega y las páginas de la historia todavía las quieren borrar. Sin embargo, sus figuras –sin importar lo que diga letra impresa– no desaparecerán.

 

NOTAS

[1] Proceso de Marta de la Encarnación. Declaración de Francisco Xabier de Priego, AGN, Inquisición, volumen 788, expediente 24, foja 146.

Es interesante que el confesor, cuyo cometido central era velar por la castidad de sus confesas, haya desestimado los alardes de la beata. De alguna forma, concebía la variable performativa de tales afirmaciones. En las palabras de Vega: «Yo le decía, no digas que los vómitos son porque estás preñada, que siempre los padeces, no, Señor, son estos de ahora de otra manera, como yema de huevo, y hablaba con grande alegría en esta materia, con tal malicia, que nos confundíamos todos… (foja 146; subrayado en el original).

[2] Proceso de Marta de la Encarnación, 1725, AGN, Inquisición, volumen 788, expediente 24, 2ª parte, foja 369.

[3] Proceso de Marta de la Encarnación. Diario del confesor, 1725, AGN, Inquisición, volumen 788, expediente 24, 2ª parte, foja 193.

 

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Posted by Paulina Soto Riveros

Paulina Soto Riveros, chilena, es doctora en Estudios Literarios por la Universidad Potsdam, Alemania. Docente, editora literatura y consultora educacional (Editorial Planeta, Universidad de Chile). Se especializa en estudios de género, literatura y artes.

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