La crítica, y punto. Una conversación con Rafael Lemus

Diego Armando Arellano entrevista a Rafael Lemus, joven crítico cultural mexicano.

Rafael Lemus. Foto: © Lorena Marrón

Rafael Lemus. Foto: © Lorena Marrón

 «¡La crítica, esa aguafiestas, recibida siempre como el cobrador de alquileres, recelosamente y con las puertas a medio abrir!», escribió Alfonso Reyes en 1941 –y no exageró. La crítica, en cualquier ámbito de las artes, es una de las labores más denostadas pero también más difíciles de ejercer. Diego Armando Arellano conversa en esta ocasión con Rafael Lemus (ciudad de México, 1977), un crítico que poco a poco se ha ido ganando un lugar especial entre lectores y editores gracias a la lucidez de sus análisis, a la falta de (auto) complacencia que caracteriza a sus escritos y, sobre todo, a que es uno de los pocos autores que no conciben la literatura como una actividad ajena a la historia y a las relaciones de poder, y que por eso escribe –con idéntico rigor– lo mismo reseñas de novelas que ensayos sobre movimientos sociales o sobre la ideología que se oculta tras el «aséptico» lenguaje de Enrique Peña Nieto.

Diego Armando Arellano

 

 

 Rafael, te agradezco que hayas aceptado esta charla

Gracias por la invitación.

La primera vez que supe de Rafael Lemus estaba leyendo la cuarta de forros de un libro. Después era común encontrar tu nombre en las solapas de un ejemplar. Parece que tu nombre pesa.

No sé, y tampoco importa. Si mi nombre aparece por ahí de vez en vez será, sobre todo, porque hay poquísima gente haciendo crítica literaria en México –somos unos cuantos, aunque en diciembre a medio mundo le da por hacerla de crítico, o de lo que ellos entienden por crítico, y repartir abrazos y coscorrones en sus listas de los mejores libros del año.

 

¿Las editoriales te preguntan si pueden incluir fragmentos de tu crítica?

 No. Nunca.

 

Me ha tocado conocer gente, compañeros, que desacreditan un libro sin haberlo leído sólo porque leen lo que reseñaste.

 ¿En serio?

 

Sí. En serio… Por cierto, ¿qué desencadenará que un montón de ojetes proliferen como reseñistas en varias revistas?

¿Cuáles son esas revistas? Nada más para saber de qué hablamos.

No voy a llamarlos por su nombre… Eso sí, me llama la atención que son jóvenes no mayores de 35.

No me voy a poner yo, que he escrito tantas reseñas adversas y más o menos brutales, a condenar la ojetería de los otros y a exigir ciertas reglas de etiqueta. Lo que sí te puedo decir, ya que quieres hablar de problemas, es que la crítica literaria juega hoy un papel apenas marginal –y tal vez por ello, para hacerse notar, es que de pronto grita y se extrema. Ya sé, ya sé: suena a la eterna cantaleta del crítico, siempre quejándose, un tanto vanidosamente, de su marginalidad, pero es más que eso. No es sólo que las publicaciones concedan hoy poco espacio a la crítica literaria y que en los festivales y ferias del libro se prescinda ya casi enteramente de la figura del crítico. Es, sobre todo, que los procesos de legitimación de las obras y de los autores ya rara vez pasan por la crítica. Antes una buena o mala reseña importaba: resaltaba o hundía una obra en un determinado campo cultural. Ahora, y desde hace algunos años, un autor se cotiza ya no gracias a los comentarios críticos sino por medio de entrevistas, traducciones, invitaciones a éste o aquel evento, apariciones en ésta o aquella antología, apapachos de autores ya cotizados. A eso súmale que las novelas y sus autores están cada vez más integrados a un circuito editorial trasnacional y que los críticos siguen ejerciendo su oficio desde un rincón: aquel periódico en Cochabamba, aquella revista en Asunción.

 

 ¿Habría algún «consejo» para la gente que quiere hacer «crítica»?

¿Consejos? Ninguno. Ahora: me parece que los críticos –y aquí me refiero a los que ejercen la crítica en medios periodísticos y no académicos– han encarado esta crisis de dos maneras.

Uno: adaptándose servilmente a las circunstancias. Como el mercado manda, acompaño al mercado, reseño puras novedades, me apunto en toda presentación de libros y me sumo, feliz, a las campañas publicitarias de las editoriales. Como buena parte de la discusión ocurre ya en Twitter, me ahorro intervenir en otros medios y reparto elogios y censuras en 140 caracteres. Como las editoriales esperan no reflexiones sino blurbs, salpico por aquí y allá adjetivos y frases dizque pegadoras.

O dos: resistiéndose a los hechos y fingiendo que no pasa nada. Es decir: no se acepta que la literatura y la crítica literaria ocupan hoy espacios muy distintos a los que ocupaban hace años (espacios distintos dentro del campo cultural, el mercado, la discusión pública) y se sigue escribiendo crítica al viejo estilo, arrastrando los tópicos de siempre, rechazando toda teoría contemporánea y leyendo las prácticas culturales de hoy como si fueran decimonónicas.

 

Entonces cuál es el camino…

Si me preguntas, el camino es otro: ni apocalípticos ni integrados. Para empezar, el crítico debería advertir las transformaciones del objeto que estudia y en el que participa, la literatura, y renovar en consecuencia sus recursos, no para acompañar dócilmente a esa literatura sino para mantenerse en tensión con el presente. Vamos, todo ha cambiado en las últimas décadas: el público, el mercado, el concepto de autoría, las formas de circulación de los textos, la función de la literatura, su relación con otras artes y escrituras –todo, y por eso el lenguaje crítico también debería transformarse radicalmente.

¿Por qué la crítica, la revisión y la reseña como tu prioridad? Es evidente que te apasiona.

No, no. No me apasiona la crítica literaria, al menos no como se suele entender en nuestro campo literario –comentario de novedades, lectura cercana de textos, arrobo ante «lo literario». Me interesa otra cosa: la crítica, y punto. La crítica cultural, si quieres. No tanto los textos aislados como la relación de los textos con otras instancias: la política, los públicos, las artes.

Interesante que lo aclares.

Ésa es otra cosa que urge: que los pocos críticos mexicanos que hay despeguen la nariz de los libros, den un par de pasos atrás y hagan un intento por entender las obras particulares al interior de un continuo de libros y de otras prácticas culturales.

 

Al convertirte en crítico, te conviertes en enemigo. ¿Cómo lo afrontaste las primeras veces? ¿Cómo lo contrapones ahora?

Puede que suene a mentira pero lo digo en serio: me da exactamente lo mismo. Tampoco me importa si otros escritores me quieren o respetan porque yo he escrito más o menos bien sobre alguno de sus libros. Me da lo mismo. Aunque ellos lo crean así, no escribo sobre ellos. Uso sus textos para discutir ciertos asuntos que me importan, para participar a mi manera en ciertas discusiones en progreso.

Entiendo

Oye, pero para que esto no sea una conversación tan dispareja, dime mejor qué opinas tú de la crítica literaria. ¿Para qué sirve? De veras me interesa.

 

Mira, te voy a decir algo. Soy un buen lector. Me fascina la lectura. Y una vez en un periódico me dijeron: Haz reseñas, cabrón. «Crítica». Hice una y fue lo peor. La crítica respetable no la hace un buen lector. Ni siquiera el mejor lector. En serio. Se necesita gente con otro instinto. Que te apasiones, insisto.

Borges decía que por cada diez personas que pueden producir un efecto estético, hay una capaz de analizarlo. O algo así.

 

Ahora, ¿tú crees que haya algo en particular que deba leer alguien que aspire a ser crítico?

Para acabar de una vez con este asunto: hay otro prejuicio, bastante idiota, que circula en nuestro mundillo literario –esa idea de que la crítica es una actividad (un comentario, una interpretación, un uso, lo que sea) que viene después del texto. Habría que desmontar esa tontería: las cosas no ocurren así, una detrás de otra, sino dialéctica, simultáneamente. La crítica, la teoría, muchas veces viene antes de la creación: abre puertas, reactiva ciertas tradiciones, habilita ciertos recursos que ya luego los narradores y poetas explotarán. ¿Te imaginas cuántos cuentos y novelas y poemas se han escrito a partir de / en diálogo con / después de Benjamin y Barthes y Butler y Spivak y Rancière y demás? O para no ir tan lejos: ¿cuántos escritores latinoamericanos –irremediablemente contemporáneos de sus críticos– no han retocado coquetamente sus páginas con la intención de seducir a Rama o Rodríguez Monegal o Sarlo o Echevarría o Christopher?

 

La mayoría de las personas no «entendemos» (me incluyo) que la crítica o la teoría debe venir antes de la creación, como lo apuntas. La dinámica es: lee el libro y haz crítica.

De paso, ese es otro lastre en nuestro mundillo: la persistencia de la figura del escritor romántico, intuitivo, genial, en teoría dueño de una voz única y creador de una obra original e inexplicable. Bah. Mejor sería que nuestros narradores y poetas fueran entendiendo que no son individuos excepcionales sino sujetos sociales y que, como todos, están inscritos en determinados contextos y manejan imágenes y lenguajes comunes y participan en ámbitos que los rebasan.

Eso se ve en varias de las entrevistas que has hecho aquí a algunos escritores mexicanos: ¡se creen tan originales! ¡Todos son tan interesantes! ¡Todos se inventaron a sí mismos! Hablan y hablan de su rutina diaria y de sus hábitos de escritura y de sus gustos y de sus caprichos y de su sensibilidad única y casi ninguno se detiene a hablar de lo que de veras importa. Su clase social. La ciudad en que viven. Las universidades en que estudiaron. Las becas que tienen. El aparato cultural en que participan. Las editoriales que los publican. Los públicos para los que escriben.

 

Mi responsabilidad es preguntar. No voy a esconder el ego de nadie.

Supongo que ésa es una de las funciones de la entrevista: exponer a quien entrevistas. Pero en serio. No se me ocurre alguna pregunta que podría sorprender a los escritores que entrevistas. Al final, para un escritor es muy fácil, casi mecánico, responder a las preguntas que se le plantean. Es sencillo, de veras. Al fin y al cabo hay un repertorio muy limitado de estereotipos de escritor y uno adopta uno u otro y repite los gestos que vienen con el rol. Está el marginal, está el romántico, está el comprometido, está el intelectual público –y algunas más. Ya ves que yo también estoy interpretando pobremente un papel y que estoy tecleando las aburridas respuestas que ese papel exige. Mejor acabar de una vez.

 

¿Cómo separar al autor de su obra? ¿Cómo calificar su trabajo y no su personalidad?

No sé. Supongo que uno nunca termina de desprender al autor y a la obra. Una estrategia para separarlos un poco es esa de la que hablábamos: objetivarlo un poco, verlo no como un tipo particular sino como un sujeto social que escribe una obra que, aunque única, está en contacto con otras muchas obras y discursos y estructuras sociales.

Rafael, creo que te estoy robando más del tiempo que me permitiste

Tengo unos cinco minutos más.

Bien. Y cuéntame ¿vives en el extranjero?  

Vivo en Nueva York desde hace dos años y medio y estudio un doctorado.

¿En qué?

Literatura hispanoamericana. En Graduate Center, parte de la universidad pública de la ciudad.

Ayer que revisaba tu biografía, me di cuenta de que eres modelo 77. Eres muy joven. Te confieso que las primeras veces que te leía pensé que eras cinco años menor que Carballo.

Qué espanto. Cinco años menor que Carballo. Ja, ja.

Ja, ja, no, es verdad. Te agradezco otra vez. Se nos terminó el tiempo.

A ti. Fue un gusto conversar contigo.

 

 

 

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Diego Armando Arellano (ciudad Guzmán, 1984). Periodista y narrador. Ha publicado en la revistas Punto en Línea, La Hoja de Arena, Luvina y Palabras Malditas, entre otras. Es colaborador de la revista Cuadrivio.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. Me parece qué Diego Armando Arellano pudo haber estructurado mejor sus preguntas. Aun así, hay líneas muy interesantes que dan mucho para pensar. Coincido con Lemus: el mundo entero ha cambiado, ¿por qué no el crítico o la crítica?

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