La crítica de cine a debate

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El ejercicio de la crítica, en cualquier área, siempre ha sido polémico. No sólo por la dificultad de determinar qué es la buena crítica, sino también porque implica la búsqueda de criterios que se adapten a los cambios que los medios o productos culturales van desarrollando. En este díptico, dos jóvenes críticos de cine examinan su materia: Alonso Díaz nos dice que una buena crítica cinematográfica supone un compromiso con el cine mismo, con su forma, con su historia, aun si eso significa destrozar el «sueño» de alguien; en tanto que Sergio Huidobro se interroga sobre los cambios en la forma de ver el cine y sobre el papel que actualmente desempeña el crítico.   

 

 

Sueños en llamas: la crítica y sus lectores

 

 

Alonso Díaz de la Vega

 

Eran casi las diez de la mañana de un viernes 5 de febrero, de este mismo año, por cierto. Demián Bichir llegó tarde, tomó asiento y Ciro Gómez Leyva me presentó nomás como un joven crítico de El Universal al que no le gustó Los ocho más odiados (The Hateful Eight, 2015). Bichir, que venía a promover la película, me preguntó: «¿Eres de los frustrados?». Más adelante me advirtió que si Quentin Tarantino, quien dirigió la película, me escuchara atacando su obra, me golpearía; además mencionó que para los críticos es muy fácil despedazar el trabajo de otros, escondidos detrás de un teclado. Yo añadiría a su perspectiva que también para los programadores es sencillo desestimar el esfuerzo de directores, guionistas, fotógrafos, actores, productores, gaffers, sonidistas y demás. Después de todo, ellos ignoran las casas hipotecadas y los coches vendidos, y deciden el futuro de un cineasta en los festivales de cine. Pero no estoy de acuerdo con la perspectiva de Bichir, que comparten, probablemente, millones de personas.

Al fin y al cabo, no es un secreto a voces, cómo le expliqué a Bichir, que a Tarantino le falta lucidez para abordar temas políticos e históricos; se lo dije en persona y en radio FM (todavía se puede encontrar en YouTube este encuentro). Sí, creo posible que Tarantino me querría golpear si me oyera. Cuando el periodista Krishnan Guru-Murthy le insistió –mañosamente, no hay que negarlo– en hablar de la violencia en sus películas, Tarantino, más desesperado que amenazante, le dijo: «I’m shutting your butt down!». No estoy convencido de si me golpearía propiamente, pero estoy completamente seguro de que no es fácil despedazar lo que hacen otros, no si se hace profesionalmente. De hecho, los profesionales no despedazan, entienden y, aunque juzgan, no lo hacen con la crueldad del carnicero sino con la desilusión del admirador. Ningún crítico quiere ver mal cine en las pantallas; los programadores menos todavía.

He tenido el honor de participar en la programación del Festival Internacional de Cine de Morelia y de Ambulante: Gira de Documentales. De la primera experiencia, recuerdo algo que me dijo Daniela Michel: «Estas películas son el sueño de alguien». Son esa casa hipotecada, ese coche vendido. En ocasiones, cuando rechazo una película con la convicción thatcheriana de que eso es lo que hay que hacer, me imagino al cineasta hablando con su familia como a veces lo he hecho yo mismo sobre proyectos inciertos. «Ay, ma, ya mandé la película al festival, tengo mucha fe en que la van a escoger». Me conmueve. Yo sé que por mal hecho que esté un cuadro, por reventado que esté el sonido, por mal actuado que esté un papel, detrás hay un ser frágil hecho de amor por todo tipo de cosas, desde las más tiernas a las más perversas, que basa su vida en representarlas en el cine. Los mejores cineastas, siempre, son los que aman al cine mismo, los que entienden su lenguaje y lo saben hablar, pero no soy indiferente a los cineastas que quieren expresarse aunque sea de manera estéticamente pobre. No por nada Originalmente pirata (Be Kind, Rewind, 2008) tiene un culto alrededor de sí, pues la película nos muestra una voluntad infantil de hacer cine aunque su nivel de producción no exceda pedazos de automóviles para simular androides. Lo importante es crear.

Pero el amor del crítico no se entrega a los cineastas y a su voluntad sino al cine mismo. Los malos críticos se forman en la incomprensión de esta dinámica; los prejuicios y estereotipos sobre la crítica se basan en los malos críticos. Convencidos de que su trabajo no es entender y evaluar mediante el dominio del lenguaje formal y a veces pelear con los cineastas por diferencias ideológicas, los malos críticos ven su labor como unos churros y un chocolate gratis –como los que hace no mucho me ofrecieron en una función–. También lo ven como la posibilidad de, si no tocar, al menos respirar del mismo aire que Ben Affleck o Charlize Theron. Los más atrevidos les dan la mano sudorosa y fría a los actores que éstos aceptan profesionalmente, es decir, fingiendo que la agradecen. Los malos críticos no entienden que en buena medida son periodistas a los que algún mal editor les permitió escribir crítica. El actor Jesse Eisenberg describe a este tipo de personaje en un cuento que se publicó el año pasado en The New Yorker. El relato An Honest Film Review se trata de un inadaptado que, en vez de ver la película de la que debe escribir, se pregunta cómo salir con una practicante de la distribuidora. Yo conozco a esos críticos y los condeno.

Pero también conozco a otros críticos, como Richard Brody, Jonathan Rosenbaum y Philip Lopate, que utilizan sus conocimientos de arte, de historia, de política y obviamente del cine mismo para extraer un significado o lanzarse violentamente sobre una falacia. Conozco a Carlos Bonfil, que también estudia, pero prefiere la ironía y la ambigüedad para dirigir los ojos del espectador y enseñarle a mirar. Conozco a Jean-Luc Godard, François Truffaut, Wim Wenders, Miguel Gomes, cineastas que empezaron escribiendo sobre cine y anularon la idea del crítico como cineasta frustrado porque para ellos, más bien, el crítico es un cineasta en construcción. Lo que me pregunto es por qué el actor más popular de México no los conoce. Y si los conoce, ¿por qué asumió que yo no era uno de ellos sino de los otros? Porque estaba en plena promoción de su película, porque la película no me gustó, porque no quería verse más débil que un crítico de 26 años. Quién sabe. Lo importante es que si él no conociera a estos críticos no sería el único cineasta en ignorarlos. Ni sería la única persona en juzgarlos a todos antes de siquiera escucharlos.

Pienso que el dilema del crítico está en la mera naturaleza del cine dramático, es decir, ese cine que no se expresa tanto en imágenes y sonido como en actuaciones y trama. La mayoría de los espectadores ve películas de este tipo, y de entre esas películas prefiere las que lo miman cumpliendo todas sus fantasías y le dan el enorme placer de identificarse no con lo que es sino con lo que quisiera ser. Siempre es molesto que nos despierten en medio de un sueño erótico; estamos a punto de besar, de tocar, a esa persona bellísima que reaparece en la irrealidad de nuestras fantasías cuando un hermano entrometido, un amigo, nuestra madre a la hora de ir a la preparatoria, nos despierta. El crítico hace eso: es el aguafiestas que nos explica cómo funciona el mago y nos impide creer en la serendipia, en lo divino, en lo inasible; es el científico del arte que revela el misterio de la creación cinematográfica. En el cine no hay magia, sólo un grupo de gente que nos miente –en los mejores casos– para decirnos la verdad. Pero el gran crítico no es meramente eso, sino un traductor que descubre esa verdad en el lenguaje de la forma; es un defensor de tradiciones que los espectadores ignoran; es un explorador en cinematografías inéditas; es un maestro que nos explica, en la naturaleza del cine, la naturaleza de la realidad. O también lo contrario.

Por supuesto que este es un retrato ideal, romántico, si se quiere, pero es a lo que aspira el crítico, no a tomarse una selfie con las celebridades o a confundir las entrevistas en bares o restaurantes con salidas entre amigos. Los estereotipos no son invenciones pero sí exageraciones, y depende de la propia crítica desvestirse de ellos. Mi generación lo está intentando seriamente pero temo por el futuro de su revolución. ¿Instalaremos nuevas caricaturas donde despojemos a las viejas? Probablemente, pero el ideal es que esa caricatura se base en la admiración y no en el desprecio de millones de espectadores –y cineastas– que, con cierta razón, nos ningunean. Para ellos el cine es otra realidad y nosotros la incendiamos.

 

 

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Alonso Díaz de la Vega es crítico de cine para El Universal y el programa de radio Por la mañana de Ciro Gómez Leyva. Miembro del comité de selección del Festival Internacional de Cine de Morelia y del comité de preselección en la Gira de Documentales Ambulante. Profesor de crítica cinematográfica en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. En 2015, fue el primer crítico cinematográfico mexicano invitado a Berlinale Talents, la cumbre de jóvenes talentos del Festival Internacional de Cine de Berlín. En 2014, fue finalista del Primer Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. Ha escrito sobre cine en Excélsior, Milenio Semanal, Frente, Tierra Adentro, Butaca Ancha y Cuadrivio.

 

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Sobre la crítica de cine

 

 

Sergio Huidobro

 

En un texto reciente, aparecido en el verano de 2015 como editorial de Film Comment, Gavin Smith advirtió rasgos de una desprofesionalización de la crítica de cine que rara vez se admitía, o incluso comentaba, en público. Ya Godfrey Cheshire –como también recordaba Smith– había pregonado una supuesta decadencia del pensamiento fílmico a finales de los 90, más o menos al tiempo que Susan Sontag y Peter Greenaway diagnosticaran, cada uno por enfermedades distintas, la muerte próxima de aquello que llamábamos cine. No del cine mismo, sino de los moldes teóricos que sostenían a su aparato crítico.

Todos parecían coincidir, ayer como ahora, en la conversión digital del medio como eje articulador de todos estos cambios, derrocamientos o revoluciones. La irrupción de lo digital en el cine nos hizo sentir, al menos fugazmente, eso que Phill Collins cantó sobre los años 60: «todo lo que sucedía estaba sucediendo por primera vez». Para buena parte de la crítica, asentada desde hacía varias décadas en una zona cómoda de estructuras teóricas, terminología anquilosada y lugares comunes, la creciente realidad digital obligó a reformular a trompicones un oficio que rara vez se había planteado su vigencia, frescura o capacidad para adaptarse al cambio.

Casi dos décadas más tarde, si bien la crítica ha sido destronada de su púlpito y ha sido empujada a enfrentar una realidad informativa como la del internet, la prensa digital o las redes sociales, se encuentra en un limbo más profundo en cuanto a su identidad como práctica profesional. ¿Cuál es el marco teórico para la crítica fílmica? ¿Es equivalente al de la crítica de arte o la literaria? ¿Existe una tradición de pensamiento propia? ¿Necesitamos una? ¿La comunicación con áreas adyacentes, como la narratología o la semiótica, es invasiva o inevitable? Un espacio dedicado al ejercicio cotidiano de la crítica fílmica, sea una sección en línea, un suplemento, revista, timeline o columna tendría, según me parece, que partir de inquietudes como éstas para legitimar y consolidar su permanencia en un entorno caótico, incierto y polifónico que se resume en: «Everyone’s a film critic». Al mismo tiempo, un público interesado en el fenómeno fílmico más allá de los espejismos del espectáculo o el ocio, tendría que dialogar con estos espacios críticos a través de esas preguntas.

Volviendo al editorial de Smith, algo parecido puede reprochársele al ejercicio cotidiano de la crítica que se asume profesional: la que se acredita en festivales, atiende funciones de prensa o firma artículos. La mejor relación posible entre un crítico y un cineasta, Ayala Blanco dixit, es no tener relación; éste es un chiste a medias, que apunta hacia las camarillas y los vicios de compadrazgo que históricamente han viciado o condicionado a la crítica cinematográfica mexicana. Más dañina aún resulta la eficacia con la que opera una crítica desligada del periodismo de investigación, que se acerca a su objeto de forma intuitiva o improvisada, que se alimenta de lugares comunes o que prioriza la mediación de terceros –entrevistas anteriores, crítica de otros festivales– antes que el acercamiento a la fuente directa. Se trata de una crítica que, reacia a definirse como ensayo, o como periodismo, o como texto de opinión, evade las responsabilidades y las tradiciones inherentes a los tres.

Una de las transformaciones más evidentes contraídas por la explosión digital, es que tanto la crítica como el circuito global de festivales han relativizado con sorprendente rapidez la experiencia del visionado en salas, en formatos adecuados a pantallas grandes y proyectores. No es secreto para nadie que la industria corre al compás de ligas de Vimeo, descargas en Torrent y copias en Blu-Ray, todo con un ritmo de adaptación y de reformulación de paradigmas estéticos que harían palidecer a Walter Benjamin. ¿Hay un canal de comunicación válido, si el emisor es un crítico que ve la película en un iPad, y escribe para un público que acude a salas? ¿Son experiencias equivalentes? Quizá sí. O no. En todo caso, la pregunta debe formularse en cada oportunidad.

A estas crisis se encadenan otras dos, mayores y más generales: la rentabilidad de la prensa escrita y la reestructuración de identidad de los festivales de cine como nodos de la industria. Los 23 millones de euros que el Festival de Berlín tiene como presupuesto anual, o los 20 del de Cannes, se sostienen gracias a la dependencia simultánea de patrocinadores y subsidios gubernamentales, además de la venta de entradas y de acreditaciones, que cada medio se costea con medios propios. En el caso mexicano, festivales mayores como Morelia o Guanajuato, e incluso los de proporción más modesta, destinan una parte importante de su presupuesto a pagar la estancia completa de una prensa acostumbrada a cubrir festivales, muestras y estrenos no como un deber, sino como un viático o prestación. En medio quedan los críticos, que ocupan un lugar frecuentemente inestable en este vaivén: ¿cuáles son los tabuladores de salario para su trabajo? ¿En qué régimen fiscal deberían pagar impuestos? ¿Qué debería decir la tarjeta de presentación de un crítico de cine?

Mientras en el ensayo contemporáneo sobreviva la vocación de entender la imagen, lo audiovisual, a través de la escritura, habrá vertientes fecundas para la crítica, a pesar de los múltiples desafíos que se le presenten como campo profesional más o menos remunerado, más o menos estable o redituable. Bienvenidas sean, pues, todas las ventanas abiertas, físicas o digitales, para el ejercicio continuo y periódico de una crítica independiente y de calidad, que sepa abordar, cuestionar y explicar el entorno audiovisual de nuestros días con el profesionalismo que amerita la tarea; que no renuncie a la ironía, al humor ni a la denuncia crítica, y sobre todo, que nunca ejerza uno en demérito de los otros. Después de todo y a pesar de todo lo anterior, los críticos sabemos bien que ver películas seguirá siendo el segundo mayor placer de esta vida. ¿El primero? Escribir y leer sobre ellas, por supuesto.

 

 

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Sergio Huidobro es licenciado en Comunicación y maestro en Letras Latinoamericanas, ambas por la UNAM. Colaborador regular de las revistas La Tempestad e Icónica. En 2014 formó parte del Jurado Joven de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes y, recientemente, del programa Berlinale Talents Press del Festival de Cine de Berlín.

 

 

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