La condición popmoderna

Para bien y para mal, lo «pop» se ha convertido en el referente obligado del panorama cultural del siglo XXI. ¿Cuáles son las manifestaciones de esta gran transformación, del predominio paulatino pero contundente de los gustos masivos en nuestra percepción del mundo? Luis Reséndiz ofrece algunas respuestas en este texto.

Para bien y para mal, lo «pop» se ha convertido en el referente obligado del panorama cultural del siglo XXI. ¿Cuáles son las manifestaciones de esta gran transformación, del predominio paulatino pero contundente de los gustos masivos en nuestra percepción del mundo? Luis Reséndiz ofrece algunas respuestas en este texto.


Luis Reséndiz

 

Habitamos una realidad pop. ¿Quién puede negarlo?

Curioso es que, antes de que el año 2010 llegara, ya habíamos visto una versión previa en el cine: la cinta de Peter Hyams aparecida en 1984. El pop dominó de manera abierta la visión mediática: el affaire de Julian Assange y su lucha cibernética contra potencias mundiales recordó a más de uno de los espectadores a 1984, de George Orwell, o a la saga Jason Bourne.

Las inundaciones en Monterrey no tardaron en traernos a la memoria a Jumanji y sus desastres naturales con animales sueltos por doquier. Hasta Mark Zuckerberg, creador de Facebook, apareció en el cine con una inmediatez escalofriante, encarnado por un tipo que muestra un extraño parecido al chico que mataba zombies con cierta dosis de comedia en Zombieland.

Los nombres en esta era pop se difuminan y se convierten en títulos de películas. En otros casos, los títulos de películas dan a luz a nombres de personas que, con suerte, años más tarde serán la inspiración de posteriores filmes.

¿Cristiano Ronaldo, con su nombre heredado de Ronald Reagan, les suena de algo? Aquí, la identidad se difumina entre los límites del presente, el pasado y el futuro –o de la ficción, ya que en esas estamos–.

Barack Obama como presidente de los gringos no nos sorprendió porque ya habíamos visto a Morgan Freeman hacer lo mismo en Deep Impact. La sorpresa fue verlo aparecer junto a Spiderman.

El pop se repliega sobre sí mismo, regocijado y devora su larga e interminable cola de monstruo del saber popular, se erige como amo y señor de la realidad –distorsionándola, deconstruyéndola y, sobre todo, alimentándola o motivándola– y en la mayoría de los casos, funciona como un Nostradamus multimedia, hydra de cabezas interminables y predicciones infinitas.

¿Qué sucesos no han sido vistos ya antes en la televisión, en el cine, en la música, en el cómic? ¿Quién no dio de brincos (de susto o de gusto, según sea el caso) durante la contingencia de la influenza? ¿A poco no se sentían en su own private 28 days later? Incluso los dioses han llegado primero a nosotros vía el cine.

La condición popmoderna nos lleva también al reciclaje infinito. Elementos que se retoman, una y otra vez, desde distintas ópticas. Si de algo nos ha servido este último siglo es de recordatorio del ingenio casi infinito del ser humano. Aquel que diga que ya no hay nada nuevo bajo el sol, que se le arroje un disco de mash ups, pues la creatividad durante este período se democratizó y popularizó.

El arte y la cultura[1], gracias al advenimiento del internets, han llegado al gran público como nunca antes. YouTube le dio carte blanche al cineasta que muchos llevamos dentro para dar a conocer su trabajo; MySpace nos dijo que sí, que podíamos ser rockstars; Twitter nos dio a todos la posibilidad de ser creadores de one liners de lujo.

El internet, primo hermano del pop, contribuyó a derribar las barreras entre lo que se conoce como alta y baja cultura. La música clásica se encontró de pronto en el mismo terreno y al mismo nivel que el rock, el electro, el punk, el jazz, el house y una multitud de géneros más –innombrables e inclasificables mayoritariamente– y no necesariamente ganaba la batalla.

La literatura, el periodismo, el cine, prácticamente todas las ramas del saber y el arte estuvieron, de golpe y porrazo, confrontadas con las producciones de miles de amateurs, aficionados o simples curiosos. Y no siempre ganó el stablishment.

Al final, la democratización de la que ha sido objeto la cultura en general desde finales del siglo pasado nos benefició a todos. El acceso a la información que pregonaban los cyberpunks desde hace veinte años se hizo al fin realidad[2] en mayor o menor medida, con sus debidas excepciones vistas en los gobiernos totalitarios, e incluso en los supuestamente liberales, como EUA, pero, en general, en Occidente podemos disfrutar de un amplio repertorio de información, y no veo de qué manera este proceso pueda ser detenido.

Esta democratización del conocimiento hubiera sido impensable sin la rueda que echó a andar la cultura popular. El internet, visto desde esta óptica, es un producto aún más libre del pop. Uno permitió al otro y en la actualidad su relación es plenamente simbiótica: internet nutre a sus memes, a sus foros, a todas sus expresiones, de las manifestaciones culturales que el pop le provee diariamente; la pop culture, por su parte, se nutre del feedback de internet y aprovecha sus posibilidades para expandir sus terrenos.

Lo que sigue es la liberación de prejuicios. Ya el pop nos demostró que las barreras y fronteras de cualquier tipo son inútiles y obstaculizadoras, y que lo que sigue es la libertad de credo en todos los campos. La realidad creativa se encuentra en caminos de convertirse en un mash up, y el único criterio válido que funcionará allí será el de la calidad, la creatividad y lo auténtico. Anquilosados, por favor háganse a un lado: el popmodernismo ha llegado para quedarse.

 

 

NOTAS


[1] Al decir «arte y cultura», me alejo totalmente de las nociones elitistas de estos conceptos: tanto es arte y cultura una cinta independiente de hombres lobos en motocicletas como un cuadro de Jackson Pollock (antes bien, preferiría poner en tela de duda la autenticidad o validez de los manchones sobre el lienzo de este último que los de los licántropos sobre ruedas).

 

[2] «Information Wants to be Free», clamaban los hackers en los ochenta.

 

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Luis Reséndiz (Coatzacoalcos, 1988) es escritor y crítico. Colabora en Nexos, La Mosca en la Red, Indie Rocks!, el blog de cine de Letras Libres y Revista Replicante. Tiene un blog: http://lapetitemachine.blogspot.com

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. Gracias a ambos. A Joaquín: en efecto, la cultura popular nos hacer libres como sociedad. Internet (que es, como digo en el texto, producto y generador de la cultura popular) es el gran catalizador de todo esto. Y respecto a lo que dice Pablo, sin duda, el próximo paso debe ser la asimilación de la popmodernidad como parte innegable de nuestra realidad, pero sin olvidar nunca todo lo que la precede o alimenta.
    Saludos!

  2. Lo que me parece interesante en tu ensayo es la palabra “democracia”, que las usas en sus variantes un par de veces en el texto. Quizá es cierto, lo que dice el Dr. Ray Browne: La cultura popular hace a a las sociedades verdaderas democracias.

  3. Gran texto como siempre, Luis. Sin duda la presencia de esta popmodernidad es cada vez más palpable, aún cuando muchas personas no sean conscientes de ello. Lo interesante y quizá hasta cierto punto preocupante son las consecuencias de esto. Me refiero por ejemplo a las preocupaciones que ya ha señalado Patton Oswalt con lo que él llama ETEWAF (Everything That Ever Was – Available Forever), ¿juega en nuestra contra esta capacidad de acceder a virtualmente cualquier cosa y reversionarla, mezclarla y adaptarla? ¿podría atrofiar nuestra capacidad de crear?. Hay una parte de sus argumentos que cobran cierto sentido a la luz de, por ejemplo, las incontables secuelas y reboots de Hollywood, mientras que otras parecen completamente exageradas. En cualquier caso, valdría la pena discutir cual es el siguiente paso para aquellos que nos asumimos como popmodernos.

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