José Antonio Meade o la continuidad del neoliberalismo de guerra

¿Qué representa José Antonio Meade, candidato del PRI a la presidencia? Una versión extrema del modelo económico responsable de la concentración excesiva de la riqueza, la precarización laboral y la corrupción, sostiene Alejandro De Coss.

Un Registro Nacional de Necesidades de cada persona. Podría parecer una ocurrencia más, dicha en un discurso cualquiera que será olvidado más temprano que tarde. No lo es. En la página que sintetiza las propuestas (o promesas) de José Antonio Meade, candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la presidencia, esta idea ocupa un lugar central. Este hecho no me parece fortuito. Creo que habla más del candidato de lo que parece a simple vista. Ignorar la idea por inviable o fantasiosa sería un error. Aquí propongo, como ejercicio inicial, tomarla muy en serio y preguntarnos qué tipo de sociedad imagina el José Antonio Meade con esto.

El centro de la promesa de Meade es simple: el gobierno tendría un registro de cada persona y de lo que desea. Con base en ese registro, asumimos digital, el gobierno podría darle a cada uno lo que ha solicitado. A cada uno según su deseo, que aquí queda equiparado a su necesidad. Esta operación tecno-política implica un cambio fundamental en la relación entre gobierno y gobernado. Ya no hay necesidad de mediar entre uno y otro; la distancia desaparece y el ciudadano se convierte en un cuerpo perfectamente legible, que se entrega de voluntad propia al estado que gobierna sobre él. Ya no hay necesidad de pensar en intermediarios colectivos de ningún tipo. Ni los sindicatos, ni los grupos vecinales, ni los partidos políticos, ni las clases sociales, ni las familias: todos somos individuos, iguales ante las tecnologías de poder del estado mexicano imaginado.

El Registro Nacional de Necesidades es una máquina neoliberal absurda. Es el sueño de un tecnócrata que quisiera convertir todo en un número para leer (Scott, 1998; Mitchell, 2002). Es la continuación extrema del proyecto de la economía moderna, que consiste en la medición del mundo y en su codificación total. Es la conversión del individuo en la medida primera y última de la existencia política y social. Es prometer el fin de la sociedad como parte de una campaña presidencial y ofrecer una medida tecnológica para lograrlo. Es la clara consecuencia de mirar al mundo como una serie de operaciones económicas y no como un espacio complejo formado por colectividades en disputa y por individuos que siempre forman parte de procesos más amplios, que transforman al tiempo que les forma. Es la materialización soñada del perfecto individuo neoliberal y del perfecto estado neoliberal, juntos en una relación de simbiosis. No hay desigualdades, no hay opresiones, no hay una guerra que cubre la tierra de sangre en México. Las necesidades de la mitad de la población que vive en pobreza son idénticas a los deseos del 1% que controla la industria, las telecomunicaciones, la política y la producción cultural en México.

Visto así, el Registro Nacional aparece menos como una ocurrencia cualquiera y más como la consecuencia de una forma de mirar al mundo. Esa forma, el neoliberalismo, ha sido también la manera de gobernarlo por los últimos 30 años. Como Fernando Escalante muestra en Historia mínima del neoliberalismo (2015), esta palabra denota tanto un sistema de ideas como una forma de producir la economía a través de la acción del estado. El neoliberalismo requiere que el mercado que defiende como medida última de la libertad sea creado por el estado; lo mismo con los individuos neoliberales que pueblan ese mundo. Personas reducidas a una individualidad extrema imposible, rota de todo vínculo colectivo, preocupadas solo por la realización propia. Una forma de ser perfecta para un país brutal y desigual, como México.

Durante los sexenios en los que José Antonio Meade fue funcionario federal, este proyecto siguió profundizándose. Las consecuencias son muy claras: 54% de la población vive en la pobreza, el 10% de la población posee dos terceras partes de la riqueza del país y las formas de acumulación se han vuelto cada vez más violentas. Mientras supervisó las carteras de Hacienda, Desarrollo Social y Relaciones Exteriores, México se afianzó como proveedor de mano de obra barata, de recursos naturales a bajo costo y de mercados ilegales que alimentan de maneras múltiples a la economía formal. La acción de Meade como funcionario fue parte central de este proyecto; nada hay en sus escuetas propuestas que indique lo contrario. Conviene, de cualquier manera, ir por partes. Así, primero haré un recuento de la forma en la que el neoliberalismo y sus infraestructuras han producido espacios de desigualdad y violencia en México en los últimos sexenios. Después, argumentaré que las propuestas de Meade son una continuación de este proyecto.

En la anterior entrega hablé sobre las Zonas Económicas Especiales (ZEE) (GeoComunes, 2018), el proyecto del gobierno de Peña Nieto para producir enclaves para la explotación de recursos naturales y mano de obra de forma barata en México. Las ZEE son espacios administrados en su totalidad por compañías privadas, con un régimen fiscal que les favorece ampliamente. La promesa, como en el resto del proyecto neoliberal, es que la riqueza, de alguna forma, se derramará. Más de 30 años de incremento de la desigualdad dicen lo contrario. Esta evidencia no es suficiente para Meade, quien como secretario de Desarrollo Social defendió abiertamente este proyecto. En él, ese individuo neoliberal perfecto es uno que puede ser explotado por empresas transnacionales a bajo costo, a sabiendas que existen otros, innumerables, detrás de ella. Como ya he argumentado, este proyecto es uno que construye espacios materiales de explotación y desigualdad. Es un proyecto político, al tiempo que tecnológico y material. Es una forma precisa de construir espacios de neoliberalismo en México.

Durante su periodo en la Secretaría de Energía, José Antonio Meade también supervisó las primeras concesiones privadas en Petróleos Mexicanos (PEMEX). El proceso privatizador ahí apostó a volverse atractivo ante los altos precios del petróleo que existían entonces, y que hoy han decaído ante el incremento en la producción de hidrocarburos no convencionales en Norteamérica. Sea como fuere, el proyecto de reforma energética es otro que plantea una transformación del territorio en México. Un ejemplo relacionado a la reforma energética es el de la servidumbre de paso, o la capacidad que tiene el gobierno de obligar a propietarios de tierras, sean comunales o privadas, a permitir que oleoductos y gasoductos crucen por sus terrenos. Esto bajo la idea de que el interés de privado es idéntico al interés público. Misma cuestión ocurre, por ejemplo, cuando tierras comunales en Oaxaca se transforman en parques eólicos que no resultan en ningún desarrollo local, sino en la subordinación de estos espacios a lógicas capitalistas globales.

El papel de José Antonio Meade en estas transformaciones no puede ser hecho a un lado. Ha sido miembro del gobierno mexicano desde principios de los 90, cuando estas transformaciones estaban ya en marcha. Su andar por las instituciones gubernamentales puede ser visto como una muestra de la lógica igualadora de las políticas públicas neoliberales. En cualquier lugar es posible afirmar al individuo como la instancia última y única de lo social, la superioridad de lo privado por encima de lo público, o la idea de que la riqueza, sin más intervención, se derrama. Esto no quiere decir que Meade se convierta en pieza insustituible del neoliberalismo en México. Me parece que es, en todo caso, un cuadro ideal del proyecto, con la trayectoria educativa típica de las élites tecnocráticas que todavía gobiernan el país. Economista (y abogado), con un posgrado en la misma disciplina en el extranjero, específicamente en Estados Unidos, donde la ortodoxia económica gozaba, y aún disfruta, de una excelente salud. Una visión que reorganiza al estado para convertirse en garante de lo privado y de los propietarios de empresas, territorios y recursos en el país. Una garantía que se da a través de la fuerza y de las leyes, y que transforma sociedad y espacio.

En México, esta forma de producir el territorio tiene una forma peculiar: la corrupción. De ninguna forma es esta un proceso exclusivo a México, una especie de mal endémico del país que puede ser eliminado por la educación, como algunas voces inocentes claman. Es, en lugar de eso, un proceso político y económico, en el cual el estado es también un actor central. Los lectores tendrán presente que el mismo Meade está en el centro de los presuntos desvíos que se realizaron desde la Secretaría de Desarrollo Social durante la administración de Rosario Robles. Ya fuera como secretario de esa dependencia o de Hacienda, Meade ha sido no solo testigo, sino parte integral de la promoción y la protección de la corrupción. Esta, como indiqué apenas, no es una desviación, sino una norma. Un proceso a través del cual las elites del país afianzan su control sobre él, incrementan su riqueza, sus contactos y su influencia. La corrupción es, simultáneamente, una forma de crear y reproducir a las élites y de producir el espacio.

No en vano Meade ha intentado parecer firme contra la corrupción, aunque ha tenido mucho cuidado de no mencionarla. Tal vez piense que, si no la invoca, no aparecerá. Estas, sin embargo, son simples especulaciones. Lejos de ellas, Meade ha propuesto, por ejemplo, un Comité de Ética al interior del PRI. Este podría investigar el comportamiento de actuales candidatos, pero no iría tras los que ya han sido gobernantes. Un mundo nuevo para el PRI, que depende de que un país completo olvide el pasado inmediato y el presente, a cambio de más promesas vacías de un futuro imposiblemente mejor. Además, Meade plantea perseguir a los corruptos, confiscarles sus propiedades y obligar a los funcionarios a presentar sus declaraciones patrimoniales. Estas ideas repiten la misma carencia que otras tantas de los demás candidatos presidenciales. Miran a la corrupción como una cuestión moral o ética, como un problema de cultura o de comportamiento. No indagan en sus funciones económicas y materiales. La separa de los procesos de acumulación capitalista y de profundización de la violencia y la desigualdad que existen en México hoy. La corrupción permanece en un estado de sombra, cobijada por una élite que se debe a ella. Permanece como una debilidad de lo público y no como un proceso que siempre está vinculado a lo privado en torno al capital.

La separación entre las propuestas económicas y las que se refieren a la corrupción en el discurso de Meade indica que esta confusión instrumental básica se sostiene. Para el candidato del PRI, el tema de la economía sigue siendo uno que se centra en la continuidad de la austeridad fiscal, la creación de más normas que favorezcan al capital y a los capitalistas, acompañadas de medidas de promoción de la infraestructura. En la narrativa de Meade, la construcción de infraestructuras es una vía para materializar inversiones privadas en el espacio, convirtiendo a México en un puente logístico mundial. Acaso se trata de emular su lugar en el tráfico de drogas, donde esto ya es un hecho. La idea es continuar posicionando al país como un lugar para que el capital se realice, transformando el territorio y profundizando las dinámicas de acumulación que ya han sido esbozadas aquí y en el texto previo.

Las demás propuestas de Meade a menudo muestran una idea perversa que existe en México sobre las posibilidades de desarrollo económico. Se asume que la base de la economía mexicana es una fundamentada en la mano de obra barata, en la apropiación de recursos naturales y en la competitividad que viene de la progresiva privatización de todos los espacios, incluida la vida cotidiana. Sobre esa base, otras formas de producir se enaltecen, enarboladas a menudo como una panacea democrática. Me refiero a la idea del emprendimiento y la conversión de cada individuo en un potencial capitalista. Absortos en la idea del individuo como única verdadera instancia de humanidad y vida, hacen a un lado las desigualdades de capital, entendido tanto como una cuestión monetaria y financiera, como un asunto social y cultural. En esa narrativa, el acceso a fondos, contactos, medios y discursos que las élites mexicanas tienen es idéntico al de las poblaciones más pobres del país. Solo falta querer triunfar para hacerlo, sin importar que existan estructuras de iniquidad profundas, que no pueden ser atacadas mediante voluntarismos neoliberales.

Lo que Meade parece proponer, entonces, es la continuidad de este México contradictorio. Uno donde el 1% de la población concentra el 95% de la riqueza, operando en una economía abierta, que les beneficia de formas exponenciales. Detrás, otro 9% aspira a su ascenso a las cimas de la élite mexicana. Este edén en la tierra existe, materialmente, sobre la explotación de obreros que sobreviven con salarios equiparables a los de 1960. Esta explotación también significa la producción de un espacio subordinado a lógicas globales de acumulación, hecho privado a través de entramados legales, políticos y de seguridad que el estado ejecuta y sostiene. Además, el proceso implica la conversión de las obreras explotadas, de quienes sobreviven apenas en una economía informal profunda y siempre ignorada, y de comunidades originarias marginadas, y a menudo perseguidas, en individuos homogéneos. Unos que pueden ser leídos a través del Registro Nacional de Necesidades, esa biblioteca soñada donde cada cuerpo y cada deseo han sido codificados para beneficio del estado y de los actores privados que operan a través de él.

Estos espacios contradictorios están, por supuesto, conectados. Los flujos de capital que no distinguen entre legal e ilegal los unen, a menudo a través de lo que denominamos corrupción. La explotación del trabajo asalariado por parte de capitalistas que se envuelven en la bandera del emprendimiento los hacen mutuamente dependientes. Los ferrocarriles, puertos, carreteras, gasoductos y oleoductos que cubren el país enlazan la explotación de recursos y obreras con élites fuera y dentro de México, así como con capitales que circulan por el mundo en búsqueda de mejores rendimientos. Las conexiones entre estos espacios son en sí la contradicción que las une. A las condiciones de explotación se enfrentan obreros y obreras, cuerpos hechos mercancía en la guerra que se vive en México y pueblos originarios que defienden sus tierras y su derecho a la vida. Estos grupos desaparecen en las propuestas de Meade, enunciadas desde la visión del capital y el estado que lo construye, defiende y promueve. Todo conflicto social no es más que un deseo individual no codificado por las tecnologías de poder del estado.

En el México contemporáneo, el proceso de acumulación de capital y de reproducción del capitalismo no puede ser entendido sin la guerra contra el narcotráfico. Existen varias razones para ello. Quizás la más inmediata aparezca cuando se les considera como empresas en competición brutal, que están además inmersas de lleno en la producción del territorio y en el disciplinamiento de individuos que son, al mismo tiempo, fuerza de trabajo y potencial materia prima. Además de esto, la realidad de violencia que han construido, junto con el estado, es una herramienta fundamental para disuadir la organización social, para mantener los costos de la mano de obra baja y para permitir la apropiación de recursos naturales a través de formas violentas de despojo. Así, es destacable que Meade apenas dirija algunas palabras a este tema en sus propuestas de campaña.

En materia militar, el candidato del PRI menciona únicamente cinco puntos, bajo la idea de «Lealtad recíproca con las fuerzas armadas». No es muy difícil leer aquí una negociación, en donde la lealtad del ejército al gobierno en turno depende de lo que este les ofrezca a cambio; otra instancia de la magnífica democracia liberal que habitamos. Los puntos no hablan sobre estrategias de combate al crimen organizado, sobre la progresiva desmilitarización del país o la continuidad del militarismo. Se refieren solamente a ciertas prestaciones: mejores salarios, seguros de vida, créditos a vivienda, becas educativas (incluyendo estudios en el extranjero) y mejores pensiones. Podría pensarse que la política de seguridad nacional estará, por omisión, decididamente en manos de los militares. Nada nuevo bajo el sol.

Existen otras propuestas en la página de José Antonio Meade. Imagina también, por ejemplo, que los criminales serán codificados en una base de datos total, donde sus características y crímenes serán objetos legibles para el estado. Propone impulsar el talento, como si aquello que denominamos éxito fuera una cuestión del imposible capital humano que niega la existencia de desigualdades sociales que determinan la vida de las personas. Hay, pues, una serie de propuestas, promesas y sueños que imaginan la continuidad del proyecto neoliberal en México y de nuevas infraestructuras para construirlo. Estas infraestructuras no son solamente objetos materiales –ductos, carreteras, puertos –sino, a la vez, personas transformadas en infraestructuras. Individuos aislados, codificados y leídos por un estado que se asume neutral, pero que no puede escapar de la realidad de la corrupción como forma de producir al territorio y al estado mexicano y a sus élites. Desde las infraestructuras, la propuesta de Meade no es sino profundizar los procesos de acumulación, despojo, apropiación y violencia que existen en México hoy. Profundizarlos para que, sobre ellos, una minúscula élite pueda seguir soñando con un México abierto y exitoso que será solo para ellos.

 

 

REFERENCIAS

-Fernando Escalante Gonzalbo, Historia mínima del neoliberalismo, Ciudad de México, El Colegio de México, 2015.

-GeoComunes, «Las Zonas Económicas Especiales (ZEE): nueva amenaza neoliberal a los bienes comunes», 2018.

-Timothy Mitchell, Rule of experts: Egypt, techno-politics, modernity, Berkeley, University of California Press, 2002.

-James C. Scott, Seeing like a state: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed, New Haven, Yale University Press, 2002.

 

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Posted by Alejandro De Coss

Alejandro De Coss (Ciudad de México, 1984) es licenciado en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es también maestro en Sociología por la London School of Economics and Political Science (LSE) en el Reino Unido, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina. Su investigación explora el proceso de urbanización del agua en la Ciudad de México a través de un análisis etnográfico e histórico de las infraestructuras que componen al Sistema Lerma.

  1. Mauricio Rivera Marzo 19, 2018 at 8:31 am

    Excelente texto, minucioso, profundo, para leer detenidamente. Y el autor, orgullosamente UNAM. Gracias 🙂

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