Jardín lingüístico

¿Qué papel juega la Academia de la Lengua en la vida de nuestros sistemas lingüísticos? Por Abril Torres.

Colaboración entre academias y usuarios

 

 ¿Qué papel juega la Academia de la Lengua en la vida de nuestros sistemas lingüísticos? Comprendemos, pensamos y comunicamos el mundo a través de la palabra. En este artículo, Abril Torres reflexiona sobre cómo funciona y se desarrolla nuestro sistema lingüístico, desde el «habla» cotidiana, condición de existencia de un idioma, hasta su validación académica.

 

 

Abril Torres

 

Dadas las recientes actualizaciones del Diccionario de la lengua española, cuyas renovaciones generaron alegría, aunque también controversia, dentro de la comunidad hispanohablante, la atención al trabajo de las academias ha vuelto a la mirada especialmente hacia los usuarios que día con día construyen un discurso cotidiano, laboral o académico con esta herramienta comunicativa. Además, el caudal de obras publicadas en la última década es indicador de cómo se han dado a la tarea de incluir a la comunidad tanto la Real Academia Española, independientemente, como en conjunto con la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), –cuyos papeles protagónicos (o no) abordaremos después–; desde el Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) o la Nueva Gramática de la Lengua Española (2009), hasta la Ortografía de la lengua española (2010) y el Diccionario de Americanismos (2010) ya pretenden reflejar una comunión entre norma y uso; el mismo prefacio de esta vigesimotercera edición de la obra lexicográfica hace mención a que «nunca ha sido mayor la fluidez de la comunicación entre la Academia y la sociedad a la que su diccionario va dirigido».

Las obras mencionadas apelan al término de «política panhispánica» que presupone la colaboración de las academias correspondientes a todos los países donde el español es una lengua oficial o predominante, para que, en conjunto, se puedan ir construyendo las pautas de creación y cristalización en el uso y la norma de la lengua. Sin embargo, habrá que considerar fundamentalmente que, para que esa función de colaboración sea efectiva, deberá haber un trabajo previo interno respecto a cómo se manifiesta la lengua en los distintos países y, por supuesto, dentro de las mismas regiones de éstos, puesto que, aunque la inteligibilidad no se vea atacada, existe una gran variación lingüística dentro de una misma zona geográfica.

Sin duda, la polémica respecto a la inclusión de nuevas voces al diccionario, tales como amigovio, papichulo, tuit –y todos sus derivados con las grafías adaptadas–, basurita, etc.,  responde a que muchas de éstas no se integran al español general, sino que su uso está focalizado en una región, contexto o modalidad. La sorpresa continúa con la inconformidad suscitada por la serie de «reformas» que se postularon en la Ortografía en el 2010, como la posibilidad de omitir la tilde diacrítica en sólo y en demostrativos, la exclusión de los dígrafos ch y ll del abecedario, la eliminación de tilde en los triptongos como guion y truhan, entre otras. Podemos ver, entonces, que existe tanto la postura normativa como la «panhispánica» del trabajo académico –a nivel léxico, gramatical y sintáctico–, pero que ninguna de las dos termina por satisfacer las necesidades de todos los hablantes.

 

El servicio de consulta lingüística

Es entonces cuando surge la incógnita sobre la función que realmente desempeñan las academias: ¿regulan todo uso, palabra, expresión o forma que surja en el habla o se atienen a lo que es recto, derecho y justo y, además, lo difunden? Para contestar, podríamos remitirnos a un servicio que cada vez se ha hecho más popular entre las academias y, por supuesto, entre los hispanohablantes –ya sean nativos o tengan el español como segunda lengua–: los servicios de consultas lingüísticas.

La RAE desde 1998 –aunque con un cambio de modalidad en los envíos de correo postal a correo electrónico– ofrece un espacio para resolver dudas lingüísticas. A esta iniciativa se le han sumado otras academias como la Mexicana, Colombiana, Venezolana, Cubana y Dominicana; otras, en cambio, como la Academia Panameña de la Lengua, aunque no ofrecen un formulario digital para consultas per se, atienden éstas por teléfono o correo electrónico; asimismo, ofrecen en sus páginas web datos lingüísticos que con frecuencia generan duda en los hablantes, tal es el caso de la Academia Paraguaya de la Lengua Española. Estos servicios de consultas permiten no sólo que el hablante tenga acceso formal al funcionamiento de su lengua, sino que también sea partícipe de ella.

Existen dos ejes importantes a considerar: la función del consultante y la de la academia. Además, es imperativo demostrar que la relación que se ejerce entre ambas es bidireccional y no, como constantemente se concibe, de manera jerárquica: la autoridad (academia) frente a la minoría (el hablante). En primer lugar, el término de academia es demasiado abstracto; es necesario determinar quiénes la conforman y para qué existe como institución.

A simple vista, podría parecer que las academias se constituyen como una especie de policía lingüística que vela por los intereses de la lengua; sin embargo, hay que aterrizar que el trabajo realizado dentro de ellas conjuga más que trabajo lingüístico, necesario, sí, pero acumulativo: las filas de académicos que integran este trabajo involucran más disciplinas de las que uno pudiera imaginar.

Ahora bien, ya que aclaramos que no se trata de una entidad omnipresente y abstracta, sino que sólo es el trabajo en conjunto de distintas personalidades destacadas en sus trabajos sobre lengua, ciencia, derecho, literatura, historia, entre otras, podemos intentar definir su función como academia respecto a su relación con los hablantes, es decir, quienes acuden a esta instancia como una autoridad lingüística. Esto nos lleva al segundo punto a tratar: se puede asumir que las academias que abren un sistema de consultas pretenden generar un diálogo; de lo contrario, las obras publicadas serían suficientes para responder cualquier duda de los hablantes. Este diálogo puede darse de dos maneras: la primera, con carácter de interlocutor donde la academia sólo facilita la información al consultante, ya redactada previamente en una ortografía o gramática; la segunda, como intérprete de estos mismos estatutos, llevados al ámbito donde el consultante lo requiere. Esta última es la forma que nos concierne en este artículo.

Es evidente que las gramáticas no contienen (y es muy improbable que algún día lo hagan) toda la información y los contextos de desarrollo de la lengua; esto conllevaría un trabajo titánico y, probablemente, utópico. Es por ello que el hablante desempeña un papel trascendental en la ecuación de normativización, porque puede proporcionar una concienciencia lingüística que lleve al reanálisis de lo previamente establecido en contextos restringidos.

 

Norma y uso

Antes de entrar de lleno a esta relación entre una «autoridad» lingüística y un usuario de la lengua, cabría aclarar qué es esto a lo que nos hemos referido como «norma» y «uso». La propuesta de Ferdinand de Saussure acerca de la distinción entre langue (lengua) y parole (habla) ha generado más propuestas post-saussureanas, tanto detractoras como continuadoras de la postura dicotómica que él establece; aunque este trabajo no se ocupa de abarcar las precisiones del Curso saussureano, la mención del lingüista ginebrino no es ociosa, puesto que la distinción que hace entre estos dos elementos es indispensable para entender distintas propuestas posteriores. Para Saussure estas dos características del lenguaje convivían en una relación dicotómica y, desde una postura reduccionista, podría decirse que la lengua es abstracción, forma lingüística, frente al habla como lo concreto, la acción verbal, siendo ambas fenómenos independientes.

Eugenio Coseriu, quien reanalizó la propuesta de su antecesor suizo, indica también que ya existen en la oposición de Saususse, aunque de manera muy aislada, dos conceptos de lengua –que son los que nos interesan a nosostros–: «la “lengua” como institución social, ligada a otras instituciones sociales y que contiene también elementos no funcionales (norma), y la “lengua” como sistema abstracto de oposiciones funcionales». Se puede entender, consecuentemente, que la norma es una primera abstracción previa al sistema, es decir, lo «normal» que no necesariamente influye en la estructura de la lengua. Queda, pues, bajo la concepción del filólogo rumano una relación entre habla-norma-sistema donde las últimas dos no son «conceptos a priori que nosotros aplicamos al hablar, sino formas que se manifiestan en el hablar mismo».

El esquema propuesto puede representarse mentalmente, para ahorrar espacio virtual, como un diagrama de inclusión: Un cuadrado mayor que representa el habla –a la cual también me refiero como uso–, que es la primera manifestación de los actos lingüísticos; dentro de ese cuadrado existe uno menor que representa la norma, que contiene la frecuencia y repetición de ciertos modelos, y, finalmente, hay otro dentro aún más chico que representa el sistema, que contiene la última abstracción para la formalización.

Después de dejar en claro estos conceptos, podemos relacionarlos con el funcionamiento previamente propuesto entre hablante y autoridad lingüística.  En un mundo saussureano, quizá, la academia se quedaría en la esfera de sistema, mientras que el usuario se quedaría en el mundo del habla, sin relación el uno con el otro. La realidad es, sin embargo, que el usuario actúa como interlocutor para normalizar el habla, mientras que la academia funciona como sistematizadora de la norma.

Para ser más concretos, en el caso de los servicios de consultas que antes mencionábamos, el consultante realiza actos lingüísticos cotidianamente (habla), posteriormente toma consciencia de ellos y se pregunta si es correcto o no es correcto, por lo que acude a lo que considera una autoridad; posteriormente, el papel de la academia no puede reducirse (en todos los casos) a una respuesta dual de ‘sí’ o ‘no’, ésta tiene que recurrir a la norma para saber si lo que el consultante utiliza en su comunicación cotidiana forma parte de su normalidad lingüística, independientemente de que esté registrado o no en el sistema.

Es interesante destacar que ninguno de estos dos actores tiene más peso que el otro, puesto que la función de ambos da como resultado el equilibrio en el que la lengua sigue evolucionando, ya que la normalidad es modificada directamente por los hablantes, pero la comunicación no se ve atentada porque existe una contención, que es el sistema.  Tampoco se puede desprestigiar el trabajo de las academias por intentar reflejar este equilibrio, por ello cambios tan «liberales» como la inclusión de okupa o friki en el diccionario, y cuestiones tan sistemáticas como la adhesión de los prefijos.

Finalmente, Coseriu resume el trabajo necesario del ámbito lingüístico en una magnífica imagen:

El lingüista, si se nos permite la imagen, debe ser al mismo tiempo botánico y jardinero: debe llegar a la constitución de tipos abstractos e ideales de flores, pero sólo para cuidar mejor la vida caprichosa, compleja y cada vez sorprendente y nueva de las flores vivas y concretas de su jardín; debe ser botánico, para ser mejor jardinero.

Para este trabajo es necesario que como comunidad de habla estemos siempre al pendiente de lo que sucede en nuestra lengua y que, además, seamos colaboradores activos de ella al generar preguntas y discusión para un análisis más profundo y extenso que, evidentemente, las academias no pueden conocer en su totalidad. Sólo así podríamos aspirar, algún día, a cuidar y entender las nuevas flores caprichosas que a diario florecen en este jardín: el español.

 

 

Bibliografía:

  • Coseriu, E, Teoría del lenguaje y lingüística general,  Madrid: Gredos, 1952.
  • Joan Corominas  y J. A. Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid: Gredos, 1980.
  • Saussure, Ferdinand de, Curso de lingüística general. México: Fontamara, 2008 (1916)
  • Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española.Madrid: Espasa Calpe, 2014.
  • http://www.rae.es/
  • http://www.asale.org/

 

 

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Abril Torres tiene 22 años. Lingüista en construcción. Pasante de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM. Consultora lingüística en la Academia Mexicana de la Lengua. Es parte del equipo editorial de Cuadrivio. Escritora por vocación, nunca por oficio.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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