Idilio

El encuentro entre dos jóvenes y un enano de circo es la antesala de una frenética noche en la Ciudad de México al compás de la salsa de Willie Colón. Un relato del narrador mexicano Homero Quezada.

Conocimos a Pascualito a causa de un accidente. Cada sábado, muy temprano, yo acompañaba a mi amiga Ale a los Viveros de Coyoacán dizque a trotar juntos; en realidad, el único propósito que me animaba a padecer esa tortura era admirar la belleza de Ale, que era experta en danza aérea y se relajaba cada fin de semana corriendo en ese enorme parque.

Mi condición física siempre ha sido un desastre, lo reconozco –incluso cada día estoy más rechoncho y barrigón–. De modo que, después de andar un par de kilómetros en el circuito, terminaba ensopando la sudadera y echando el bofe de manera lamentable. Ale, en cambio, continuaba fresca y llena de vitalidad. Sujetaba su cabellera en una cola de caballo que se movía al compás de zancadas progresivamente más veloces, y yo la miraba alejarse a toda prisa, deseándola con una mezcla de impotencia y desazón. Me tumbaba sobre el césped, al margen del sendero de arcilla, recuperando el aliento y en espera de ver pasar a mi compañera, rauda y voluntariosa, como una leona en pos de su víctima.

Una mañana de ligera llovizna, no alcancé a completar siquiera medio kilómetro. Como de costumbre, me detuve a descansar, esta vez en una banca del parque, bajo el follaje de un encino. Poco a poco, el corazón se me iba alebrestando a medida que la estampa de mi amiga se aproximaba en la distancia.

En esa ocasión, sin embargo, al voltear hacia donde yo la saludaba, Ale resbaló en un charco, perdió el equilibrio y cayó de bruces en el lodo. Cerré los ojos; siempre me ha parecido terrible darme cuenta de que las personas a las que admiro también pueden quedar a merced del ridículo. Nunca imaginé que Ale perdiera alguna vez su garbo habitual, sobre todo frente a una concurrencia tan engreída e hija de la chingada como la de los deportistas amateurs. «Toda la bola de ojetes se ha de estar burlando disimuladamente», rumié. Me sentí muy culpable y, avergonzado, apreté aún más los párpados. Cuando me decidí a echar un vistazo, Ale, bastante sucia y maltrecha, se hallaba de pie, sobándose las rodillas. Junto a ella, un enano le prestaba auxilio ofreciéndole una minúscula y regordeta mano para que se apoyara. Iba vestido con una camiseta sin mangas y un short que le cubría hasta los tobillos. Su actitud era solemne y ceremoniosa. Por fin me levanté de la banca y me acerqué. El enano estaba diciendo:

—No se preocupe, damita, solo fue el raspón. Ya verá cómo se recupera bien pronto; si le sigue doliendo… –se interrumpió cuando reparó en mi presencia. Ale me dirigía un gesto de rencor.

—Muchas gracias, señor –le sonrió al enano–, si no hubiera sido por su ayuda todavía estaría despatarrada en el suelo.

—Nada de señor, damita –repuso él, desaprobándome con una mueca de lástima–, mi nombre es Pascualito. Estoy para servirla –y extrajo de no sé dónde una tarjeta de presentación.

—Gracias, Pascualito. Yo soy Alejandra, y aquí el joven comedido es Marcel.

—Tanto gusto, caballero –el enano me tendió un bracito e hizo una reverencia doblando su cabezota–. A sus órdenes –rápidamente me extendió también una tarjeta. Leí, en letras cursivas, alrededor de notas musicales de colores: «Pascualito»; y abajo, con tipografía más pequeña: «Artista».

Con una dicción sin acento, nos explicó que era de Santiago de Chile y que desde hacía un par de semanas el circo donde trabajaba se había instalado al sur de la ciudad. Ni Ale ni yo habíamos ido al circo en años y eso que, aseguró ella, era de las cosas que más disfrutaba desde niña. Pascualito hurgó en el bolsillo trasero de su short y sacó un nutrido paquete de boletos de cortesía, atados con una liga. Agregó que sería un placer que esa noche pudiéramos asistir al espectáculo y que nada lo alegraría tanto como brindar una actuación especialmente dedicada a nosotros. Ale, feliz, aceptó la invitación a nombre de los dos. Pascualito detalló la dirección del circo y se disculpó para continuar con sus ejercicios matutinos.

—No dejen de asistir, por favor –se despidió.

Cuando dejé a Ale en la puerta de su casa (vivía hasta la colonia Nueva Tenochtitlan, cerca de la Bondojito), acordamos llegar juntos a la función. Quedamos de encontrarnos en la salida del metro Villa de Cortés, sobre Tlalpan.

Esa tarde esperé mucho tiempo a mi amiga. Convencido de que no llegaría, decidí regresar a la casa. El cielo encapotado me hizo sentir muy afligido. Consideré, no obstante, que el circo me consolaría y que quizás hasta me haría olvidar el plantón y la tristeza. Caminaba rumbo al lugar, cuando escuché a mis espaldas que Ale gritó un par de veces mi nombre para alcanzarme. Como siempre, se veía maravillosa.

Nos ubicamos en butacas con una perspectiva extraordinaria. Prevenido contra el hambre, compré un arsenal de bolsitas de cacahuates japoneses, Churrumais, refrescos y chocolates. De inmediato aparecieron los payasos a decir pendejada y media y a hacer cabriolas. Desde el inicio y a todo lo largo de la función, Pascualito resplandeció como una verdadera estrella: entre números de funámbulos, magos, domadores y exhibición de bestias exóticas, salía a la arena a contar chistes muy graciosos y a tocar un montón de instrumentos musicales; también cantaba con gran vehemencia. Ale aplaudió con entusiasmo cuando Pascualito interpretó «La Bikina». Al final de la presentación, averiguamos con un tipo de capa y turbante dónde podíamos encontrar a nuestro amigo.

El enano estaba apoltronado frente a un espejo, acicalándose. Al descubrirnos en el umbral de su camerino, se levantó muy entusiasmado y nos saludó con su consabida afectación. En su mirada, sin embargo, al observar a Ale, percibí una chispa de lujuria (creo que ella no se percató). Me cayó muy mal el pinche renacuajo. Nos preguntó qué nos había parecido la función y se notó satisfecho con las respuestas que le dimos. Al momento, aprovechó para pedirnos que lo acompañáramos a festejar.

—Amigos míos, ¿serían tan amables de compartir conmigo el éxito de esta noche? Conozco un establecimiento muy elegante al oriente de la ciudad al cual acudo cuando estoy de visita en esta bella metrópoli. Se los ruego —dijo juntando las palmas, en un ademán de súplica.

Ale, sin volver a consultarme, accedió por los dos:

—Claro, Pascualito, vamos, pero solo un rato porque mañana tengo clase de «conte» y me tengo que levantar temprano –y ante el mohín de incomprensión del enano, se apresuró a aclarar–. De danza contemporánea; la practico los domingos.

—Eres bailarina: ¡qué delicia! –exclamó él, engolando la voz. Me dieron ganas de tundirlo a bofetones («toma, puto chaparro de mierda»; y en mi mente, el tal Pascualito salía disparado a causa del chingadazo que yo le acomodaba)– ¿Y usted, caballero, cuál es su ocupación? –añadió interpelándome, como para no dejar.

Me quise lucir revelando que era creativo en el área de publicidad. Pese a ello, mientras le desentrañaba el proceso de concebir un eslogan de resonancias indestructibles en la mente del consumidor, me di cuenta de que el enano no me estaba poniendo atención. Opté por quedarme callado.

Partimos a bordo de un carro conducido por Pascualito, una carcacha de los años setenta adaptada para que alcanzara los pedales. Avanzábamos por el Eje 8 a una lentitud desquiciante cuando el pigmeo abrió la guantera y sacó una pachita de acero inoxidable. Desenroscó la tapa y le ofreció el contenido a Ale, que iba en el asiento del copiloto.

—¿Te gusta el whisky? Es escocés de una sola malta, un verdadero deleite al paladar. Desde hace mucho es lo único que tomo. Cualquier otro destilado me hace un daño espantoso.

Ella vaciló (siempre ha sido abstemia); aun así, se empinó el recipiente.

—Está rico –balbuceó haciendo caras, en tanto le regresaba la pacha al enano.

—Te lo dije –señaló él, ufano, y a su vez procedió a beber haciendo ruidos muy desagradables con el gañote. Luego, sin desatender la ruta, me brindó el trago–. ¿Quieres, gordo?

Me irritó su exceso de confianza, pero me aguanté. El mentado whisky era en realidad un aguardiente hediondo, de pésima calidad. Estuve a punto de escupirlo, pero por respeto a Ale no lo hice.

—¿Está bueno, verdad? –quiso corroborar el enano.

—Más o menos –le contesté.

El «establecimiento elegante» resultó ser un tugurio ubicado en la delegación Iztapalapa. Un rótulo luminoso y destartalado anunciaba su nombre: «La Lulú». Cuando descendimos del automóvil, a Pascualito y a Ale se les notaba que ya venían medio entonados. Ella, para colmo de mi malhumor, celebraba a carcajadas todas las sandeces que se le ocurrían al maldito liliputiense.

Una vez en el antro, tanto camareros como ficheras trataban con absoluta familiaridad al enano. El capitán mismo nos condujo a una mesa próxima a la pista de baile.

—¿Aquí está bien, mi Pascualón? –lo consultó.

—Poca madre –confirmó él, en perfecto chilango. En seguida le hizo señas al capitán de que se inclinara para hablarle al oído. El hombre, encorvado, asentía con movimientos de cabeza a lo que el enano le susurraba. Discretamente me examinó, y se le escapó una risilla. Después se retiró y a los dos minutos llegó un camarero diligente y reservado con agua mineral, coca colas y una botella de ron. Nos preparó a cada uno sendas cubas con abundante hielo y se alejó tan veloz como había aparecido.

—¡Salud, queridos! –alzó su vaso el enano, y Ale y yo lo imitamos–. Fondo –decretó, y ambos lo obedecimos.

Casi al instante me sentí aturdido. «A esta mamada le pusieron algo», pensé, y sin embargo volví a entrarle al chupe. La sensación, aunque de mareo, no era del todo desagradable. Un calorcillo me recorrió por dentro, y esbocé esa sonrisa involuntaria que se me fija en el rostro cuando tomo y me confiere una expresión bobalicona.

Una putita de las que trabajaban en el congal, al pasar cerca de nuestra mesa, seguramente creyó que mi aire de complacencia era por ella pues, sin pedir permiso, se acomodó a mi lado.

—¿Me convidas un trago, gordito?

—Claro que sí, mi cielo –un relámpago de lucidez me hizo caer en cuenta de que ya estaba medio pedo.

Mientras la fichera y yo departíamos y nos embriagábamos, Ale y Pascualito hacían lo propio. No sé qué tantos disparates le decía el enano porque ella, desternillada, se divertía a todo tren; del regocijo, sus hombros se sacudían incontrolables. Quise escuchar de qué hablaban, pero la música era cada vez más fuerte. Llegó un punto incluso en que apenas podía platicar con Lucía –así se llamaba la chica–, porque el ruido era estrepitoso.

Todos los temas que emitían los altavoces eran tropicales (cumbias, bachatas, salsas, guarachas), y ya había unas cuantas parejas bailando. Al retumbar las primeras notas de «Pa’ la paloma», Pascualito se incorporó y, genuflexo, invitó a Ale a la pista.

Ambos se desempeñaron con una maestría asombrosa. Yo sabía de la destreza de Ale en el escenario, pero nunca la había visto contonearse al ritmo de ese género musical. Sus movimientos se ajustaban de manera natural a la cadencia de las percusiones y su cuerpo proyectaba una gran soltura y elegancia. El enano, por su parte, a pesar de sus cortas extremidades, marcaba con pulcritud los pasos y orientaba el desenvolvimiento de la pieza de modo preciso. Los giros, desde luego, no los ejecutaban a la manera tradicional, pero el condenado zotaco se las ingeniaba para que ella diera las vueltas necesarias y luciera la gracia de sus habilidades coreográficas. Yo estaba boquiabierto de admiración, pero también muerto de celos. «Pa’ la paloma, palomita, pa’ pa’ la palomá», atronaba en el ambiente, y el estúpido enano rotaba en torno a Ale agitando sus manecitas a un costado, a la altura de las caderas, simulando el desplazamiento de un pajarraco en pleno vuelo.

Perdí la cuenta de las melodías que bailaron. En tanto Lucía parloteaba necedades incomprensibles en mi oído (se empeñaba en asegurar que era de ascendencia española y, para demostrarlo, emulaba deplorablemente un acento peninsular), yo no podía dejar de beber y de mirar a Ale y al miserable de Pascualito. Entré en un estado de ofuscación. La rabia y el fiasco me mantuvieron alerta algún tiempo, pero finalmente perdí la conciencia.

Desperté con dificultad no sé a qué hora. Estaba solo en la mesa. La cabeza me dolía terriblemente. Tenía náuseas y un vértigo pavoroso. Entre brumas, ya no sé si ocurrió realmente o lo imaginé, recuerdo la algarabía y los vítores de los asiduos a La Lulú. Aplaudían y silbaban a Ale, que realizaba contorsiones en el aire, sujeta a una especie de mantas adaptadas como telas acrobáticas. Cuando se quedó detenida en un split invertido, yo atisbé que me desmayaría. Antes de volver a perder el conocimiento, alcancé a discurrir: «es hermosa y sublime, como un abismo; ojalá no se ponga en la madre.»

Recuperé la conciencia en el mismo sitio, pero con un malestar peor. En La Lulú había mucha menos gente. La música proseguía, pero ahora sin estridencia. Me levanté con dificultad y me revisé los bolsillos del pantalón para constatar lo predecible: mi billetera se había esfumado. Al menos, me habían dejado algunas monedas. Me dirigí al baño y vomité en impetuosas arcadas, al cabo de las cuales me alivié de modo pasajero.

Ni meseros ni las escasas ficheras que aún permanecían supieron indicarme dónde podría hallar a Ale y a Pascualito. Los busqué interminable rato, hasta que me harté y decidí marcharme.

Ya en la salida, en una habitación contigua, los encontré. Tardé en identificarlos porque la deficiente iluminación de una bujía escarlata apenas dejaba distinguir sus figuras. Estaban desnudos. Ale, sentada en un taburete con las piernas abiertas, y Pascualito en el regazo de ella, inerte. Ella, llorando sin parar, lo agitaba del torso, como para estimularlo, pero el cuerpo sangrante del enano se advertía completamente inanimado. Cerré la puerta con cuidado y me aparté.

Afuera se precipitaba un aguacero. Mientras me alejaba, se fue haciendo cada vez más remota la voz de Willie Colón, que desde La Lulú modulaba apasionadamente «Idilio». Nunca más volví ver a Ale e, invariablemente, cuando la evoco –vaya cosa–, me viene a la memoria esa canción, de principio a fin.

 

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Posted by Homero Quezada Pacheco

Homero Quezada Pacheco es originario de la Ciudad de México. Es editor de publicaciones, tanto de investigación como de difusión, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha sido redactor en publicaciones periódicas de la editorial Fondo de Cultura Económica y estuvo a cargo del cuidado editorial de algunos libros bajo el sello del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. Ha colaborado con reseñas bibliográficas, artículos y breves textos de ficción en suplementos mexicanos como Hoja por hoja, La Jornada Semanal, Laberinto, así como en la Revista de la Universidad de México. Cuentos suyos han sido publicados en diversas antologías del género.

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