Humboldt 44, en busca del placer

Un periodista acude a Humboldt 44, una casa swinger de la CDMX, en busca del placer, pero lo que encuentra es muy diferente. Crónica de Gonzalo Trinidad.

Las prácticas sexuales denominadas swinger y gang bang han sido absorbidas por la industria de la pornografía hasta el grado de convertirse solamente en un subgénero cinematográfico más, ¿pero este collage de los cuerpos realmente tiene lugar fuera de cuadro? Gonzalo Trinidad nos invita a intimar en el fondo de una casa swinger de la Ciudad de México donde los clientes pueden toparse con todo género de «animales nocturnos», desde oficinistas  a la caza de orgías solitarias, jóvenes en busca de confesionarios orgiásticos, hasta parejas adultas erigiendo nuevos juegos como erecciones florecientes. Los resultados no siempre son los esperados…

 

 

 

Para Ángel Cortés

 

Sábado, cerca de la media noche.

Pasé de largo la boca del metro Juárez. Di vuelta a la derecha en Artículo 123 y en ese momento la calle, con sus vagabundos en las banquetas –cubiertos por cobijas, cartones y periódicos–, me llevó hasta la esquina, adornada con caracteres chinos, de Humboldt, donde se adivinaban entre la sombras más bultos humanos con los cuales tropezar.

Hay que estar atento, porque el número 44 –dibujado con plumón– no es un edificio, sino un estacionamiento (lo dice en letras azules y altas en un recuadro amarillo) que por 35 machacantes ofrece tiempo libre. Si nunca has caminado esa calle a la luz del día, de noche es más difícil reconocer el hotel Ambassador, el restaurante Tulipanes o cualquiera de los estacionamientos públicos.

Ni el azar ni la desesperación me llevaron a ese lugar donde se rentan oficinas de 20 m2. Esa noche la oportunidad abrió sus puertas. Solo pude ver, desde la banqueta, una unidad de Alcohólicos Anónimos, con su respectivo escudo neón flotando sobre el silencio de la calle. Por fuera, un cortinaje oscuro impedía la visión de la casa swinger, precedida por un recorrido que alguien más podría describir así:

—Cuando le dije a la mujer en la caseta del estacionamiento que iba al segundo piso, me barrió con la mirada. Con desconfianza volteó hacia el interior del estacionamiento donde había un hombre. «Que va al segundo piso», gritó. El hombre no contestó en seguida. Supongo que trató de descifrarme. «Está bien, que suba», contestó y se olvidó de mí para continuar con lo que hacía. La mujer que me barrió me indicó con una seña que la escalera (en un momento descubriría lo angosta que era) estaba a mi derecha. Pasé junto al baño que antecede la cocina del restaurante chino, y pisé el primer escalón de la escalera que da un giro abrupto para después abrirse paso hasta un corredor mal iluminado, donde la luz blanca del AA, que desde la calle era como un diminuto faro, escurría torpemente hacia el interior del estacionamiento. Ahí vi a tres hombres, borrachos alguna vez, persiguiendo la sobriedad con un rictus de angustia grabado en el rostro. Un montón de placas conmemorativas y un pizarrón colgado en la pared.

Más adelante las cortinas grises –o negras, no puedo asegurarlo– me estaban esperando. Una puerta abierta me reveló a un tipo sentado frente a una computadora poniendo música (rancheras, lo necesario para darle atmósfera de téibol a los diminutos cuartos). Se levantó en cuanto me vio y me preguntó «¿A quién buscas?», en tono osco. Su trabajo, después de todo, era vigilar la única entrada y salida. «Busco a Mitzi», le dije. «Está ahí», fue la primera parte de su respuesta, «son 250 pesos de entrada». Cuota de recuperación para mantener gastos de operación.

Mitzi estaba embobada en el celular. Su rostro, inclinado, se desdibujaba. Mujer de 35 años. No más de 1.65 metros. Cuerpo rechoncho. Piel tersa. Atuendo vulgar; después rectifiqué, el lugar era vulgar y no había nada en la apariencia de Mitzi que desentonara con la atmósfera. Ni siquiera su nombre falso. Los sillones eran muy bajos, imitación cuero. Ella seguía atenta a su celular y cuando la saludé apenas me regresó el «hola». Me senté y miré las cortinas. Por fuera no podrías adivinar lo que por dentro es sórdido y, a pesar de eso, tranquilizador. Me hizo recordar una cantina de Ometepec, Guerrero, que olía a cuero mojado y terciopelo chamuscado.

En la recepción amueblada había unos cuantos focos rojos que apenas iluminaban las paredes: fotos en blanco y negro de hombres y mujeres cogiendo en posiciones distintas o simplemente posando desnudos. Originales o impresiones del internet, a quién le importa. Estaban ahí, adornando el centro social de los swingers, con sus marcos negros y sus marialuisas blancas. Después llegaron otros hombres. Mientras yo trataba de ver los cuadros, Selena ambientaba la noche con su «bidi bidi bom bom…». Ninguno de los recién llegados se saludó; solo estaban ahí, igual que yo, esperando a que alguien dijera «ya pueden pasar», era la voz del cobrador. Mitzi guardó su celular, se levantó y se dirigió a un cuarto oscuro (debe haber por lo menos un cuarto oscuro en cada hoyo swinger) con una cortina de tela como puerta. Seguimos sus caderas hacia la oscuridad sin hacer preguntas.

 

—No vivo de esto –Mitzi estaba indignada. Aún no se había puesto la tanga. El hombre que le había hecho la pregunta no dijo nada más, su verga estaba flácida y al parecer desalentada por el tono de la respuesta. Ella se levantó, no había el mínimo de amabilidad en su actitud.

Antes de esto había pensado que las casas swinger serían una especie de refugio para la gente que buscaba una experiencia distinta a los téibol o las transacciones con prostitutas. Hasta el momento todo había sido mecánico. La atmósfera del cuarto (de la calle y el estacionamiento en general) no ayudaba a despertar en mí ninguna clase de sensualidad desconocida. Las maniobras –anteriores al disgusto de la mujer por la pregunta «¿Vives de esto?»– fueron insípidas. En nada parecidas a la plasticidad del porno. Lo que ocurría en ese cuarto oscuro era algo real, pero hasta ese momento demasiado áspero como para deslizarse hacia el erotismo. Lo primero que le molestó a Mitzi fue que le dieran una nalgada y después que la despeinaran.

—No me pegues –dijo secamente mientras jadeaba el muchacho.

Mitzi se quitó los calzones y se recostó. Abrió las piernas y un pubis depilado quedó expuesto entre los pliegues de una falda que permaneció en su lugar todo el tiempo. Uno de los hombres, que no aparentaba más de 25 años, se desnudó y le acercó la verga a la boca. El otro, un señor de unos 40 años –ni siquiera vi cuando se quitó la ropa–, se sumergió entre los muslos carnosos. Para no desentonar, me concentré en sus tetas, todavía avergonzado por el hecho de tener que desnudarme frente a extraños.

Pensé que alguna clase de secreto sería revelado ante mis ojos. Un placer superior. Y aunque todo el porno que había consumido en mi adolescencia y juventud adulta no me preparó para el triste espectáculo del placer en ese cuarto oscuro, por lo menos aquel tenía una iluminación impecable. En cambio, en ese hoyo de olores inciertos, los gemidos parecían venir de un cuerpo de seis piernas y tres cabezas. La penetración no debió durar más de diez minutos. Los condones terminaron en un bote de basura. Traté de poner atención a cada detalle que la oscuridad no me escatimaba.

Cuando terminaron, los hombres se vistieron. Ninguno intercambió palabra. Salieron del cuarto uno tras otro sin esperar ninguna frase a cambio de su esfuerzo. Sin dar las gracias, porque después de todo, habrán pensado, pagamos por esto. La mujer se puso sus calzones lentamente, como si estuviera harta de quitárselos y ponérselo incontables veces cada noche.

—Pensé que ibas a interactuar más –fue lo único que me dijo, pero esta vez no parecía molesta, sino decepcionada.

—¿Te pagan por hacer esto? –le pregunté.

Hizo un gesto de hartazgo, o eso me pareció, se puso la blusa y encendió su celular.

—Ya te puedes ir –dijo.

Cuando salí del cuarto sentí que había presenciado algo importante, pero no lograba dar con la idea precisa. No se trataba del sexo. Ni siquiera de esa especie de revoltijo o farsa en la que participé. Había algo triste en todo esto. Me senté de nuevo en la sala y estuve un rato esperando que algo más ocurriera. Me asomé por la ventana y vi a los vagabundos en sus nidos de cartón.

Comenzó a llegar más gente. En su mayoría hombres que esperaban conectar una mujer dispuesta a realizar el acto de malabarismo que yo había experimentado. Y un rato después me preguntó el de la puerta si iba a quedarme.

—Serían 250 pesos más por quedarte a la fiesta.

La oficina de AA tenía las luces encendidas, pero no vi a nadie. Bajé las escaleras apoyándome en la pared. Sentí pena por no entender lo que ocurría. ¿Por qué hombres y mujeres llegaban para tener sexo en tríos o gang bangs sin siquiera intercambiar una frase, su nombre, sus intenciones, una caricia, o un palabra en el momento de estar en la cama? Ni siquiera se trataba de un espectáculo. Simplemente era una mecánica, tan impersonal –pensé– como cualquier transacción con la carne.

 

Si vas a sumergirte en un mundo desconocido lo mejor es saber con qué estás a punto de tropezar. En 1945, en los Estados Unidos, se entendía por gang bang una «serie de copulación entre una única persona con múltiples compañeros». En Gran Bretaña (1972) incluía el contexto de «violación múltiple». La sonoridad de la palabra me recuerda al cine negro, con sus bandas de criminales esperando el momento justo para atacar en grupo. Algo así ocurre en los cuartos oscuros: una banda de solitarios hombres de ciudad a punto de violar –de manera consensuada– a una mujer.

Si califico de solitarios a los hombres que he visto participar en estas orgías es porque sus rostros así se me han revelado. Algunos parecen obreros, otros oficinistas, incluso he visto jóvenes en intrincados juegos sexuales con mujeres de 30, 35 años o más. A veces los sonidos son de placer. Otras veces solo me recuerdan los gañidos del esfuerzo infructuoso. Muchos terminan por venirse adentro de sus bolsitas de látex, decepcionados por no haber logrado que su supuesta víctima hiciera lo mismo.

Un fragmento de Hunter S. Thompson (Hell’s Angels, 1967) resulta ilustrativo: «Con suerte, saldrá librado con nada más que unas cuentas peleas, lentes rotos o un ruidoso jaleo de sexo en público que incluya cualquier cosa desde exhibicionismo hasta un gang-bang en una de las cabinas». Mientras leo esta y otras referencias, me doy cuenta de que el gang bang tiene sus raíces bien aferradas a la cultura norteamericana, no solo del porno, sino también en la música, la violencia, el cine y prácticamente cualquier cosa que se pueda hacer con más de una persona al mismo tiempo y que incluya alguna especie de gozo.

¿Y el término swinger? Aunque muchos tendrán un par de ideas muy claras y acordes con el siglo XXI, en 1959 swinger era «una persona que disfruta abiertamente los placeres de la vida». En 1964, en Confessions of a Hollywood Callgirl, podríamos habernos topado con lo siguiente: «¿Un swinger? Bueno, es una palabra que mucha gente usa de diversas maneras. Pero entre todas yo voy con la que significa una nena que descubre su diversión en el sexo». En la misma época nos habríamos topado con «una persona que se involucra en el intercambio de su esposa o pareja». Esta última ya confirma lo que la mayoría tiene en mente cuando escucha el anglicismo. Vale la pena recordar que Frank Sinatra fue un swinger («hombre mundano») magistral, según Gay Talese.

Pero eso no es todo. La revolución sexual de los años sesenta dio como resultado una manera muy particular de sobrellevar la sexualidad monogámica. Claro, si alguien ni siquiera soporta que su pareja vea a otra persona, el mundo swinger puede resultar una experiencia desagradable a fin de cuentas. El término no solo aplica al intercambio, sino a la orgía, convirtiendo muchas veces el swinging (columpio u oscilación de parejas) en un gang bang.

Para ver las cosas como son, y no como la pornografía –edulcorada y pletórica de rubias inexistentes– nos dice que deben ser, es preciso visitar una casa swinger. Muchos recordarán el Bang Bus, una de las primeras páginas web en introducir el gang bang a la cultura pornográfica de masas. Bueno, pues poco o nada tiene que ver con la realidad: el olor y la sensación de estar entre muchos cuerpos sin que puedas diferenciar a quién corresponde cada parte.

 

Decidí volver el viernes a Humboldt 44.

—Se robaron el foco –dijo un hombre de bigote y lentes, vestido con pantalón y chaleco de mezclilla–, el del baño. Y ahora no tenemos luz –le estaba contando eso a un tipo alto, flaco como astilla, de barba tupida.

El flaco, que solo estaba esperando que llegaran las parejas, se dedicó a escuchar, sin agregar mucho al soliloquio del bigotón. Junto a él estaba otro tipo, un barrigón que también esperaba a las parejas, para, entonces sí, pagar su entrada. Como cada viernes, había reunión de swingers. Y estaban ahí con la esperanza de participar en un trío.

El estacionamiento estaba lleno. Pero la casa swinger aún estaba vacía. Desde el pasillo se podía ver la espalda del templo metodista El Mesías, al cual se entra por la Calle de Balderas. Por las escaleras subía y bajaba una mesera muy delgada, casi un chico, ataviada con delantal, del restaurante chino. También entraban y salían hombres de las oficinas de AA. Los mismos rostros duros que había visto el otro día. La luz no iluminaba el final del pasillo, donde estaba el bigotón hablando en las sombras.

—También se robaron la válvula del mingitorio, la acababan de poner, chingao.

Salió un tipo vestido de negro con dinero en la mano. El mismo que ponía la música la vez pasada.

—¿Les digo que ya pasen con Elvi? –le preguntó al bigotón, quien –se acomodó los lentes y aclaró la garganta con un trago de agua– parecía ser el encargado.

La especialidad de Elvi son los gang bangs.

—Sí, diles que se metan –no supe a quién se refería porque hasta ese momento no había visto a nadie más, aparte de los hombres que esperaban a las parejas.

El bigotón le entregó el cambio al hombre de negro, quien volvió a su puesto frente a la computadora y puso a Juan Gabriel para ambientar la diminuta recepción bañada de luz roja.

—¿Cómo a qué hora llegan las parejas? –preguntó el alto, hasta cierto punto angustiado por la espera. No dejaba de menear un pie y mirar su reloj.

—Empiezan a llegar como a las once.

Eran las diez de la noche en ese momento.

—¿Pero sí llegan?

—Sí, claro –respondió con seguridad, acarició su bigote, mientras ingeniaba una forma de solucionar lo de la luz en el baño, que a fin de cuentas es el único lugar que importa tener bien iluminado. Lo demás permanecía a oscuras. Apenas unas luces rojas iluminaban lo que la música ranchera hacía vibrar con sus acordeones. –Usualmente las parejitas llaman porque están buscando un trío, «Queremos conocer», dicen, «a una mujer o un hombre para un trío», a veces dicen: «queremos ir a un gang bang», o «apenas estamos teniendo nuestras primeras experiencias». El mejor día para eso… bueno, los mejores días son los miércoles y jueves para cosas muy específicas. Y pues, como tenemos que financiar el lugar, pues se cobra la entrada, porque muchos hombres vienen a lo que vienen, un trío o un gang bang.

—¿Y los viernes es el swinger? –lo interrumpió el barrigón, con su voz aguda como el claxon de un bocho.

El encargado tenía el celular en la mano todo el tiempo. Iluminaba su rostro como una vela, pero de luz azulada. Aun así, solo era posible distinguir algunos detalles, como su bigote abundante, o sus aparentes 45 o 50 años.

—Sí, los viernes y los sábados. Esos días son las fiestas swinger. Se cobra la entrada. Pero muchos lugares tienen un truco, te dicen que es gratis la entrada, con consumo mínimo. Nosotros no hacemos eso. Se cobra la entrada y cada quien trae lo que quiere tomar. Mira –apuntó hacia el estacionamiento–, ahí viene una parejita –por la forma en que lo dijo mi imaginé una pareja joven–, ya son clientes. Vienen muy seguido.

Eran un hombre y una mujer que aparentaban unos 50 años a la distancia; él traía una bolsa de hielo, ella una una botella y vasos de plástico. Subieron las escaleras y se acercaron por el pasillo con toda calma. Él tenía más años ahora que estaba cerca, unos 60, por lo menos; ella se veía incluso más joven. Cuando el hombre me dio la mano me pareció que le faltaban dedos. No le di importancia porque su saludo era honesto. Pasaron sin pagar. Las parejas están exentas del peaje.

—¿Cuánto tiempo tienen aquí? –le pregunté al encargado, quien parecía ansioso por hablar.

—Un año, no es mucho –no dejaba de mirar el celular, parecía que esperaba un mensaje–. Pero antes estuvimos en Bolívar, dos años, y en Ermita. Y antes estuvimos en… –comenzó a nombrar los lugares–. Llevamos once años. Aunque no me gusta este lugar. Lo único bueno es que está muy céntrico.

El alto continuó con su espera silenciosa, poniendo atención a la plática pero sin decir mucho. Mientras tanto, un trío se llevaba a cabo en uno de los cuartos oscuros. La música hacía vibrar los canceles y ventanas. La pareja que acababa de llegar se acomodó en un sillón y comenzó a preparar sus tragos.

—Las reuniones swinger empiezan como a las once. Las parejas llegan desde esa hora… hasta las dos de la mañana todavía llegan, más o menos. Pero las fiestas duran hasta las seis. Toda la noche estamos aquí –lo dijo como si se preparara para una larga jornada.

La iluminación parecía diferente de como la recordaba. Sin embargo, la atmósfera era agradable, incluso acogedora. La oscuridad se presta para el anonimato. Cosa muy importante en el mundo del intercambio de parejas, hasta cierto punto, pues en los once años de vida de esta casa, debe haber amistades de mucho tiempo. Gente que se conoce. Si tuviera que compararlo con algo, lo haría con una hermandad de amantes anónimos de la bebida, el baile y el sexo. Aunque a veces parecían disfrutar más las dos primeras, y el sexo por añadidura.

«Nada mal», parecía decir la actitud del hombre más callado, al alto, quien decidió pagar su entrada. Se dirigió directamente con la pareja que había llegado. Intercambió un saludo y se sentó junto a ellos.

Pero no todo es sobre el sexo. Hay un código no escrito que habla del comportamiento entre colegas. En Humboldt 44 existe una especie de complicidad anónima que mantiene a la comunidad fiel a sí misma, sin reglas exigentes de etiqueta ni cobros exagerados o consumos mínimos. Se trata de un espacio en el cual se puede beber, platicar y, si se está de humor, tener sexo con alguien más.

Decidí entrar, a costa de mi billetera, justo cuando una segunda pareja cruzó la puerta. Entonces fui testigo, por primera vez, de una especie de negociación entre caballeros swingers, con sus mujeres a ambos costados, como si se tratara de caballos de carrera a los cuales el comprador examina y pronuncia su agrado. Las mujeres permanecieron calladas mientras los hombres acordaban el intercambio. El alto, quien había hecho su esfuerzo por conseguir un trío esa noche, se levantó cuando la negociación comenzó. Se apostó en una esquina, con su vaso rojo en la mano, que por efecto de las luces parecía brillar con luz propia, y se dedicó a mirar lo mismo que yo. Un trato que se cerró con el intercambio de sus parejas.

 

 

 

 

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Posted by Gonzalo Trinidad Valtierra

Gonzalo Trinidad Valtierra (Ciudad de México, 1986). Narrador y periodista cultural en medios impresos y digitales en Michoacán y la Ciudad de México. Alumno del taller de creación literaria dirigido por Eusebio Ruvalcaba hasta diciembre de 2016. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2015-2016) en el área de narrativa. Ha publicado ensayos, crónicas y cuentos. Columnista de «La Suerte del Reloj» en El Cambio de Michoacán hasta 2016. Antologador del libro Post data / Post mortem en Vodevil Ediciones.

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