El hombre al que alcanzó un rayo

«Está enfermo; el talón de Aquiles del hombre al que alcanzó un rayo es el hecho de ser un polígamo irredento». Un cuento de Jorge Morteo.

Jorge Morteo

 

A pesar del huracán categoría uno, con vientos de 100 kilómetros por hora, cuyo ojo ronda la ciudad de calles empedradas, el hombre al que alcanzó un rayo maneja su coche Toyota Tórtola. Hay un enorme gemido subsónico en el ambiente. Todo se cimbra. El hombre al que alcanzó un rayo no sabe si el gemido se origina en el oído interno, o si es un fenómeno atmosférico debido a las ráfagas y truenos, fogonazos palpitando en el cielo nocturno, a punto de hacer combustión. De los puentes peatonales oxidados caen cortinas de agua. El hombre al que alcanzó un rayo maneja con cautela –siempre por debajo del límite de velocidad permitido, con el cinturón abrochado, revisando de vez en cuando que ningún foquito del tablero esté encendido– en esa especie de tina en la que se convirtió la ciudad. Parece que el cielo hubiera tomado un laxante y con cada latigazo eléctrico el chasis del coche se cimbra. Con todo esto, con todo y su enfermedad, el hombre al que alcanzó un rayo mantiene un karma positivo.

El cielo al oeste de la ciudad se ilumina por los relámpagos, como si allá, detrás de los cerros pardos, hubiera paparazis ocultos. El hombre al que alcanzó un rayo escupe por la ventana un chicle de menta. Es un hombre –en lo que cabe– común y corriente, con obligaciones financieras, gangoso, a veces sombrío o hermético, que contesta con monosílabos o no contesta. No es un asesino hipocondriaco ni un feminicida, e incluso a veces exhibe cierta generosidad altruista –redondea la cuenta a favor de organizaciones para combatir el VIH o el síndrome de Down; incluso estuvo a punto de diseñar un panfleto informativo en contra de los diputados plurinominales, pero no lo hizo, porque le dio fiebre y su esposa le dijo que se dejara de locuras–. Es un hombre normal. Aunque hay que decirlo de una vez por todas: está enfermo; el talón de Aquiles del hombre al que alcanzó un rayo es el hecho de ser un polígamo irredento.

Este mal mayor raya en el extremo patológico, y –como pasa a todos los mentirosos– lo hace llenar de ficciones, más bien parchar, su vida. Esta enfermedad de la entrepierna, como la definió cierto psicoterapeuta con el que asistió durante dos sesiones, es la razón por la cual maneja a estas altas horas en una noche de tormenta  y esquiva autos más lentos que su Toyota. Los limpiaparabrisas se mueven enloquecidos, como colas de perros. La comezón en el área púbica no se debe a ninguna contaminación venérea. Es mera fantasía psicológica, pero por si acaso mañana va a pasar a la farmacia a que le receten pomadas o cuando menos un placebo. Porque es precavido. El hombre al que alcanzó el rayo cede el paso a los peatones en los cruces oscuros, todos ellos mojados, como pichos con parcas que ni siquiera graznan en señal de agradecimiento. Un huracán categoría uno no es cosa de juego y él lo sabe, pero es un riesgo calculado, como sus salidas a deshoras.

El hombre al que alcanzó un rayo es un hombre sencillo. El adulterio es lo única mácula, lo único que le permite asomar la cabeza hacia el pabellón de condenados. Está casado. No casado por ritos religiosos, pero vive con una pareja de nombre Irma, la cual –entre otras características– es alérgica al chocolate amargo. En sentido estricto no es un matrimonio civil, pero el hombre al que alcanzó un rayo está en la edad bisagra en la que suena ridículo calificar a su pareja de novia: a sus años toda palabra que no sea esposo o esposa o mujer y hombre le suena a chiste ridículo. El hombre tiene entradas de calvicie y donde los hebreos llevan la kipá una pelusa fina que a menudo talla cuando piensa en mujeres ajenas de caderas bamboleantes e ideas pre-posmodernas: la mujer –Irma– tiene raíces canosas que debe cubrir con tintes cada tres semanas, más o menos, dependiendo de cómo anden las finanzas y los tiempos reducidos de la vida en una ciudad fría y apelotonada en la que los habitantes se mueven como reses en matadero o –ahora– algo mucho más acuático o visceral.

El hombre al que alcanzó un rayo es aburrido en un sentido taoísta. Alguna vez la hermana colombiana de Irma –es decir, su cuñada– lo llamó psicorrígido, que era más raro que un perro a cuadros, o algo dialectalmente caribeño. El hombre al que alcanzó un rayo rio con una risita mesurada, apenas despegando los labios, donde asomaron unos dientes sin incidencias o caries que desgajaban una arepa, y si bien el bulbo craneal se le llenó de sudor, no contraatacó sino que dijo «gracias». El hombre al que alcanzó un rayo trabaja (lleva nueve años) en una dependencia gubernamental, pero no importa mucho, porque esto no se trata de una entrevista laboral, ni el suyo es un repaso curricular. Irma, la mujer, labora en otra dependencia gubernamental (que tiene que ver con la educación y punto).

Afuera, el cielo es un amasijo eléctrico que retumba. Parece como si movieran un mueble muy pesado, algo tan grande que resulta imposible que el hombre al que alcanzó un rayo –por sus problemas lumbares– lo pueda o deba manipular. Ya se dijo que es tarde: una hora que levanta sospechas y suspicacias en las buenas conciencias, que nunca han disfrutado de una erección colectiva. No es de madrugada, solo tarde para estándares oficinescos: ningún coche Toyota Tórtola como ese cruzaría la ciudad teniendo el ojo de un huracán categoría uno en la cabeza, a menos de que fuera una cuestión de vida o muerte.

La electricidad de la tormenta parece ser un fenómeno panglobal que se extiende más allá de todos los horizontes (N, S, E y O). Tal vez sea la imaginación del hombre al que le cayó un rayo, pero los vellos del brazo –hirsutos, que parecen argollas– se erizan con cada embate del trueno y… Nada de esto importa, pero es lo que el hombre al que alcanzó un rayo tiene que soportar, el día a día cíclico, lúgubre, con excepción de sus episodios adúlteros de los que no se ha hablado para nada. Hasta el momento, lo importante han sido los voltios imperantes en la atmósfera de una ciudad anegada por la tormenta fatídica que escinde lo que está arriba de lo que se halla abajo. Hasta ahora, no hay nada que tenga que ver con la importancia de lo sucedido, es decir, con el hecho de que el hombre fue golpeado por un rayo, que los ojos se le llenaron de centellas por cosa de uno o dos segundos, como si fuera una especie de superhéroe eléctrico y su corporeidad fuera una masa eléctrica, casi ectoplásmica.

Pero ya quedó claro –espero– que el hombre al que alcanzó un rayo no es ninguna especie de individuo heroico. Al contrario. Tropezó en más de una ocasión con la fragancia, el destilado de una mujer. Las piedras tuvieron diferentes nombres y tamaños: hubo pedruscos y farallones. La última roca se llama Inma. La poligamia es su enfermedad, como otros tienen el tabaco, o la alcoholemia. No la halitosis ya tratada, ni los problemas de espalda baja (evidentes en las radiografías, y en al aire frío de tormenta que se cuela por la ventanilla y le cala hasta el hueso). Lo que tiene intranquilo al hombre al que alcanzó un rayo es el beso de Judas que le propina a su mujer –Irma– cada vez que enfila a una cita, cuando sale con su mochila en donde carga antitranspirante en aerosol (25% gratis), una muda de trusa blanca y preservativos saborizados.

De las alcantarillas de las calles mojadas por las que cruza el hombre al que alcanzó un rayo sale agua a borbotones. Hay obreros con chalecos fosforescentes intentando parchar lo que al parecer de un observador sádico serían cañerías con yugulares abiertas. El agua, más que caer, parece surgir de todas partes. Es omnipresente, una especie de hechizo invocado por algún mago azteca de la tormenta. En fin, el traspié más reciente del hombre al que alcanzó el rayo se llama Inma. Y dice su nombre –no se sabe por qué o para qué– mientras volantea bajo goterones con tamaño de balines, mientras se siente afortunado por no ser uno de los trabajadores de limpia pública con horarios de mierda, que batallan contra el diluvio universal que se cierne sobre una ciudad de cerros irregulares, cerros que a la distancia, por cierto, parecen electrocardiogramas.

Ya se dijo que la amante del hombre al que alcanzó un rayo no se llama Irma, pero su nombre es fonéticamente cercano: Inma. ¿Acaso el hombre anticipó la posibilidad de algún desliz nominal? Es decir, «pásame la mayonesa, Inma» y «pásame la mostaza dulce, Irma» no suenan tan alejados como, por ejemplo, decir «pásame la mostaza dulce, Alejandra», etcétera. O «¿ya compraste el DIU del que hablamos, Irma?» vs. «¿ya compraste el DIU, Inma?». Se entiende la idea, etcétera. La respiración del hombre al que alcanzó el rayo es pesada y el vidrio del copiloto se va empañando con una partícula finísima de vaho. El conductor lleva abajo el cristal del Toyota Tórtola, a pesar del huracán categoría uno, y del cielo con aspecto de ojo con cataratas, y de las nubes como lechugas radioactivas o cerebros alienígenas superdesarrollados que no auguran nada positivo.

Inma es de origen vasco y, a diferencia de la mujer del hombre al que alcanzó un rayo, el chocolate amargo no le produce alergia. Hace un par de años, era una mujer muy gorda. De esa gordura vestigial quedan las estrías en la panza y las citas mensuales con un psicólogo que durante las sesiones de una hora juega a los dardos o apuesta a los caballos por teléfono. Inma, por cierto, tiene una verruga traslúcida arriba de la ceja que se arruga cuando sonríe o llega al orgasmo en posición supina.

Sobre este último punto –el del peso, no el de la verruga– hay que ahondar un poco. El hombre al que alcanzó un rayo conoce la etapa de obesidad mórbida de Inma. Vio fotos de cuando estaba de intercambio en Rusia, en un pueblo cerca del Volga donde Inma daba clases de inglés y se congelaba hasta el tuétano. Un pueblo, para decirlo mejor, como el interior de una nevera. Entonces la cabeza de Inma parecía una especie de patata sobre un corte de cabello que la daba un aire vagamente autista. Ahora, Inma es flaca, pero la gordura es un tatuaje duro de borrar. Si se le mira por suficiente tiempo, en Inma se nota una pérdida, no se sabe si física –aunque es evidente que el pellejo abdominal le queda un par de tallas más grande–. El hombre al que alcanzó un rayo, ya se dijo, es pelón y le lleva unos siete años a Irma –la mujer–, mientras Inma –la amante– le lleva siete años al hombre al que alcanzó un rayo. Una simetría curiosa, por decir lo menos, no se sabe si concienzudamente planeada.

El hombre al que alcanzó un rayo empezó a coquetear con Inma por mensajes telefónicos. Primero recibió imágenes con connotaciones sexuales cada vez menos veladas. Hasta que el hombre al que alcanzó un rayo juntó valor y le pidió a Inma una fotografía desnuda, de espaldas, para que le mostrara sus supuestos lunares o pecas lumbares. Inma –ahora orgullosa de un cuerpo al que castigaba con tres horas diarias de ejercicios de calistenia y tonificación muscular– accedió, no sin antes pedir su foto equivalente. También hubo videos, cuya duración era suficiente para realizar el acto onanista en el baño, mientras Irma –su mujer– se entretenía con series gringas. Primero fueron grabaciones casuales: Inma en la escaladora del gimnasio, Inma haciendo una rutina de abdomen que consistía en colgarse como murciélago, para dar paso a Inma bañándose en las regaderas del gimnasio, su cuerpo emergiendo del vapor como una especie de Venus botticelliana. El hombre al que alcanzó el rayo desconocía la existencia de teléfonos que además de inteligentes fueran hidrófobos y le agradeció secretamente a los genios de la tecnología por aquella bendición.

Un bisturí eléctrico rebana el cielo sobre el Toyota Tórtola. Si abre la boca, el hombre al que alcanzó el rayo puede sentir la estática en los morales, como si sostuviera un contacto o clavija eléctrica. El hombre al que alcanzó un rayo se mira en el espejo. El retrovisor tiene aspecto de gafas de buzo. El conductor tiene bolsas bajo los ojos y una línea capilar recesiva con menos futuro que un afilador hemofílico. Hay que estar sin la medicación o muy aburrido para salir de casa con la amenaza de un huracán categoría uno rondando, el primero de un total de tres, según el noticiero matutino, cuya matriz es el Caribe –y cuyas ráfagas promedian los 110 km/h–. Pero el matrimonio –o eso que él tiene con Irma–, ya lo había leído, es la escuela de la soledad. La suya es una tormenta de asfixia matrimonial, y él con su calentura cubana ve un falso sol a la vista de nombre Inma.

Mientras maneja por una ciudad inundada, con nubes voluminosas que parecen cernirse, el hombre al que alcanzó un rayo va ideando escenarios hipotéticos con los que excusarse ante la esposa. No piensa que Irma le reclame sus salidas consuetudinarias. Es verdad que de un tiempo para acá tienen las peleas más bobas del mundo. La clásica discusión de tapa del retrete arriba vs. tapa del retrete abajo es la más básica. Los pelos púbicos en la pastilla de jabón. Pelean, sobre todo, por la liquidez, porque el dueño de la casa donde rentan les quiere subir la tarifa –debido a que la hija de 16 años salió embarazada de un trombonista– y, como buenos padres cristianos –son cristianos–, necesitan apoyarla en todo, darle una mayor mesada. Seguro que Irma se huele la estafa, el cul de sac en el que está metido el marido. En cambio, la relación con Inma tiene mucho de aritmética básica: 1+1 es 2 y punto. A fornicar y a dormir (ninguno de los dos fuma el clásico cigarrillo postcoital).

Acaso el de ellos es un trato mucho más biológico o primitivo. Nada de evolución cultural, como en el caso de Irma, nada performático, nada de mascarones metafóricos que tienen que estar usando para luego colocar junto a la cama, en la mesita de luz. Los intercambios más sesudos entre los amantes, si acaso, se refieren a comprar o no preservativos en x o y farmacia, y en ir con x o y doctora para que explique los tratamientos contra la clamidia (del griego: χλαμυς/χλαμυδος, khlamýs/khlamýdös, que curiosamente significa «capa» o «encapotado», como el cielo de tormenta bajo el que cruza el Toyota Tórtola).

Un matrimonio que ha convivido lo suficiente posee una especie de ojo esotérico. Una visión para detectar truculencias o infidelidades. La de Irma es la mejor, digna de patentarse en el Instituto Mexicano de Propiedad Intelectual. Pero a diferencia de otras personas, Irma prefiere disimular ignorancia en lugar de poner al marido sobre la piedra de sacrificios y clavarle el puñal de obsidiana. Es claro que Irma quiere más al hombre al que alcanzó el rayo que él a ella. Toda relación tiene algo de balanza jurídica, de justicia con astil y vendaje en los ojos, un platillo más alto que el otro. Irma cuenta con un olfato superdesarrollado. Un don o maldición –además de su alergia a los chocolates amargos, que, por cierto, domeña con grajeas de antihistamínicos–, depende de cómo se vea. Huele todas las fragancias del espectro odorífico. El licor. La loción. El sobaco. El perfume acre que despide un útero con endometrio en fase periovulatoria, etcétera.

A veces, cuando no están en medio de unas de esas discusiones de esgrima verbal, el hombre al que alcanzó al rayo bromea con Irma y le dice que debió de haber sido sommelier. Los truenos cada vez más cercanos parecen las piernas varicosas del dios del rayo. La casa que el hombre al que alcanzó el rayo renta se halla en las faldas de la ciudad. El corazón le palpita un poco más rápido ante la inminencia de la llegada a una cochera llena de macetas y con un gnomo sonriente con sombrero cónico. Pero antes de llegar a la casa hay que deslizarse por una pendiente que serpentea por unos cinco kilómetros. Los frenos funcionan y no se ven rastros de labial o bilé.

Al hombre al que alcanzó el rayo los semáforos parpadeantes durante las tormentas siempre le han parecido un tanto epilépticos. Al llegar a la desviación, una arborescencia con dos caminos: uno hacia la autopista, el otro hacia el fraccionamiento con casas de interés social. El hombre dobla a  la derecha, hacia un camino lleno de baches (que hacen pensar en lo inocuo del pago de impuestos). Camiones de carga y grúas amarillas sin obreros aguardan para arreglar el pavimento bombardeado.

Tal vez es tiempo de confesarle su enfermedad a Irma. Contarle todo lo de la amante que fue gorda y que tiene una verruga traslúcida sobre la ceja. Una mujer que ni siquiera es guapa pero que le atrae por el simple hecho de ser otra mujer, que no es Irma, sino Inma. Quién sabe si es la estática de la pala de la máquina, esa garra inmensa con artritis, o tal vez sea una simple coincidencia, pero sin ninguna especie de prolegómeno atmosférico, un rayo estridente baja del cielo y golpea el cofre del coche, produciendo centellas, gusanos cegadores. Casi al instante, una boa constrictora entra por la ventanilla del conductor y le atenaza parte del brazo. La fuerza le propina un latigazo que se extiende por todo el cuerpo velludo e ilumina el interior del Toyota Tórtola por cosa de segundos. Los lentes del hombre al que alcanzó un rayo salen despedidos, y la pelusa craneal humea como munición de bala.  Aunque fue tocado por la tormenta, no hay testigos que hayan videograbado el hecho.

El conductor reduce la velocidad de su Toyota Tórtola, pero no se detiene sino hasta llegar, por mero instinto, a la cochera de la casa, en la cual está el gnomo alegre de sombrero cónico, y en donde Irma ha plantado un limonero y tiene varias macetas a las que les canta por las mañanas. Al detenerse las balatas rechinan. Mientras el hombre vive la imposibilidad de ser monógamo, Irma la padece. Hoy, el hombre al que alcanzó el rayo no juntó valor para confesarle –con voz gangosa– a su mujer que lo más relevante de la noche fue la infidelidad con una persona de metro sesenta que hace un año pesaba 91 kg –sin ropa, según la báscula electrónica–, de modo que el esposo sube las escaleras apresurado, entra dando un portazo, se para junto a la cama matrimonial y empieza a narrarle a una Irma lacrimosa cómo es que se ha vuelto, hasta donde sabe, el único hombre al que alcanzó un rayo y vivió para contarlo.

 

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Jorge Morteo (Veracruz, 1984). Ha publicado en revistas electrónicas e impresas como La Palabra y el Hombre, Luvina y Crítica, entre otras. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del PECDA-Veracruz en dos periodos. Actualmente cursa estudios de maestría en Enseñanza del Inglés como Lengua Extranjera en la Universidad Veracruzana.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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