Hollywood y la industria cinematográfica mexicana

Más que hablar de entretenimiento, este artículo reconoce la importancia de considerar al cine desde la perspectiva de las industrias culturales, cuyo elemento distintivo es el papel simbólico de sus contenidos. Con este enfoque, Mónica Martínez plantea un panorama general de las industrias hollywoodense y mexicana, y reflexiona sobre las implicaciones culturales de su interrelación.

Una relación más allá del celuloide


Más que hablar de entretenimiento, este artículo reconoce la importancia de considerar al cine desde la perspectiva de las industrias culturales, cuyo elemento distintivo es el papel simbólico de sus contenidos. Con este enfoque, Mónica Martínez plantea un panorama general de las industrias hollywoodense y mexicana, y reflexiona sobre las implicaciones culturales de su interrelación.

 

  

Mónica Martínez Orihuela

 

Expresiones materiales e inmateriales que se aglutinan en torno al término cultura están en contacto con nosotros todos los días: desde el lenguaje, las normas y las costumbres, hasta las formas específicas de expresión estética materializadas en obras de arte y bienes culturales, cuyo consumo se incrementa día con día. La industria cinematográfica es uno de los fenómenos más complejos de nuestra cotidianidad. Si bien el cinematógrafo no fue inventado en Estados Unidos, la reinvención de su industria y la manera en que ésta ha evolucionado bajo el sello de Hollywood son notables. Alrededor del mundo, la cultura popular cuenta con referencias a la «mitología cinematográfica hollywoodense»; la música, la moda, la televisión y hasta los modelos de comportamiento y la comida tienen fuerte influencia de esta industria.

De acuerdo con la UNESCO, los bienes y servicios culturales son aquellos en los que confluyen «dimensiones abstractas, como la cultura y el arte, con otras tan concretas como la industria, la economía o el mercado, y [se] articulan, de una manera u otra, con la propiedad intelectual y el derecho de autor, en especial».[1] A pesar de que históricamente el término «industrias culturales»[2] se vincula con aquellas de alcances globales, como la cinematográfica estadounidense, es importante aclarar que este concepto apareció cuando Hollywood se encontraba en ciernes y mucho antes de la aparición de los grandes estudios, el desarrollo del star system, la masificación de la recepción y la ampliación de su infraestructura comercial.[3] El ejemplo por excelencia de la complejidad y multidimensionalidad de esta industria es el caso de Hollywood y su influencia en otras industrias cinematográficas, particularmente, la de nuestro país.

 

El gigante de L.A.

Primero yo creía –dijo– que el lobby mas fuerte iba a ser el agrícola, hasta que conocí el lobby farmacéutico; y yo creía que el lobby farmacéutico era el más fuerte hasta que conocí el lobby de Hollywood.

Osvaldo Reveles[4]

Con el objetivo de encontrar la mejor forma de hacer llegar las proyecciones a la mayor parte de la población neoyorquina, los hermanos Harry, Herbert, Joseph y Earle C. Miles establecieron un sistema de intercambio que funcionaba comprando las películas a los productores y rentándolas a los exhibidores por 25% del precio de compra. De esta manera aparecería la figura del «distribuidor», engranaje fundamental de la industria cinematográfica y vehículo para la expansión del sueño americano al resto del mundo.

Con un sistema de distribución ya definido y funcionando, los lugares de exhibición (llamados nickelodeons[5]) pronto llegaron a ser insuficientes, lo que motivó a las existentes productoras de películas a comenzar su lucha por los mercados. Así, para 1912, «las más poderosas compañías cinematográficas formaron la Motion Picture Patents Company (MPPC), que conjuntó las 16 patentes de tecnología para producción y exhibición de películas cinematográficas, [firmando] también un contrato de exclusividad con la compañía Eastman Kodak, para la provisión de cinta sin procesar. A esta agrupación le denominaban the Trust (el monopolio o cártel)».[6]

El auge de las proyecciones propició el aumento en producción de contenido, lo que orilló a los productores a buscar «un lugar con un clima bastante estable, para producir sin interrupción durante todo el año»; ese lugar fue el suburbio de Los Ángeles llamado Hollywood. A partir de entonces, tanto el star system como el studio system marcaron las líneas de producción cinematográfica bajo una forma muy específica de hacer negocios: la mayoría de los fundadores de los estudios eran inmigrantes judíos que «veían su negocio como básicamente una operación de ventas, modelada sobre la práctica de las cadenas de tiendas como Woolworth’s y Sears».[7]

Diez años más tarde, las actividades de esta industria se concentraban en ocho empresas principales: Fox después 20th Century Fox, MGM, Paramount, SMC y Warner Brothers, Columbia, Universal y United Artists.[8] El fenómeno del cine se haría global después de la Segunda Guerra Mundial, gracias a la mutua necesidad entre Hollywood y Washington, ya que el segundo necesitaba la cooperación de la industria fílmica con propósitos propagandísticos y para levantar la moral afuera y en casa, mientras que Hollywood dependía del gobierno estadounidense para la reconquista y extensión de sus mercados.[9]

En los últimos años, con la ampliación del público y de las posibilidades de producir y distribuir diferentes contenidos audiovisuales, la estructura de Hollywood se ha ido amoldando a diversas combinaciones de pantalla y medios: contenidos para televisión tanto pública como privada, compañías de música, empresas de Internet y de videojuegos, parques temáticos, espectáculos teatrales y otras empresas de entretenimiento. Actualmente, hablar de Hollywood no es referirse sólo a un conjunto de estudios de producción, sino a un proceso económico y político que ha integrado en una industria cultural prácticas de mercado, comercio internacional, política nacional, política exterior y soft power,[10]cuyos productos han sido exportados a todo el mundo y han logrado influir en otras industrias y políticas culturales.

 

La industria cinematográfica mexicana

Como se mencionó anteriormente, el término de industrias culturales ha evolucionado a la par de los diversos cambios económicos, políticos y culturales ocurridos a nivel internacional. En nuestro país, según el economista Ernesto Piedras,[11] las actividades que son consideradas parte de estas industrias son los trabajos literarios (libros con todas sus variantes, revistas, periódicos, traducciones), obras musicales (canciones, coros, óperas, musicales), trabajos artísticos (en todos sus materiales), trabajos fotográficos (de todo tipo), televisión y cinematografía (documentales, películas, programas de televisión, caricaturas), y dibujos técnicos (planos arquitectónicos, planos de instalaciones, mapas cartográficos, instrucciones).

En México, una de las industrias más importantes, por su aporte tanto a la economía nacional como a la exposición de una imagen nacional en el extranjero, es la del cine. En ella participan escritores, guionistas, productores, directores, actores, técnicos; así como empresas que se dedican a la comercialización, promoción y publicidad de este material. El marco jurídico que envuelve a esta serie de actividades se rige por la Ley Federal de Cinematografía (1999) y su Reglamento de 2001. En ellos se han establecido las características con que deberán contar los estímulos, incentivos y apoyos para la producción cinematográfica nacional, como el Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (Foprocine), el Fondo de Inversión y Estímulos al Cine (Fidecine) y el Estímulo Fiscal a la Producción Cinematográfica Nacional (Eficine), que en 2013 destinaron a la producción nacional cerca de 700 millones de pesos (54 millones de dólares).[12]

Hasta el 30 de julio de 2014, según la Cámara Nacional de la Industria del Cine (CANACINE), México contaba con ocho tipos de complejos de exhibición cinematográfica, que cuentan con un muy inequitativo número de pantallas (Blockbuster 11, Cinemagic-MX 77, Cinemas Henry 77, Cinemex 2,354, Cinépolis 2,778, Citicinemas 43, Exhibidoras del Bravo 32, e Independientes 214). Estas estadísticas impactan de manera directa a todo el proceso de distribución, producción y, por supuesto, promoción de la industria nacional. Especialmente si se toma en cuenta que México tiene una gran afluencia de espectadores a sus salas.

Por los recursos que aporta, esta industria se suman al conjunto de industrias que en nuestro país cuentan con «una tasa de crecimiento mayor a la de toda la economía y [constituyen] un sector con grandes capacidades de desarrollo que lo posicionan por encima de otras industrias que son de fundamental importancia para nuestra economía, como lo es la industria de construcción, que generó 4.3% y el sector agropecuario, de silvicultura y pesca que genera el 4.8% del PIB total, entre otros».[13] Como podemos ver, la industria cinematográfica en México no es de dimensiones desdeñables y mueve una cantidad considerable de recursos, los cuales llaman la atención de los capitales extranjeros y, particularmente, de Hollywood.

   

México y Hollywood: una obligada relación

Amanecemos y anochecemos inmersos en las industrias culturales, desde que abrimos los ojos y vemos una obra plástica en la pared de la recámara, cuando encendemos la televisión o el radio en las mañanas, cuando tomamos una revista, un libro, cuando caminamos y vemos los videos de las tiendas, o si vamos en el metro y vemos los carteles con imágenes, o si conducimos en el auto por el periférico y descubrimos los anuncios espectaculares y cuando de noche disfrutamos del video o el cine en casa.

Víctor Hugo Rascón[14]

El éxito de Hollywood y su intensa influencia internacional no sólo se deben a su modelo de producción, sino también a la conjunción de varios factores políticos, económicos y culturales, así como a la manera en que ha sabido adaptar la producción, distribución y comercialización de sus productos a contextos tanto nacionales como internacionales, en un cambiante mercado mundial.

En cuanto a su relación con la industria cinematográfica mexicana, podemos divisar dos niveles principales de conexión: uno artístico y otro económico, con trasfondo político. El primero se basa en que Hollywood no sólo se dedica a exportar celuloide, sino íconos, referencias estéticas, vanguardias creativas, etc., inmortalizando su legado en otras producciones internacionales, ya sea a través de la imitación o de la negación de estas formas. Así, Hollywood saca provecho de este gusto cultural homogeneizado y de su habilidad para crear múltiples actividades y productos alrededor del cine, a fin de nutrir este ciclo de consumo.

Por el lado económico, desde su nacimiento, esta industria fue concebida a partir de un modelo utilitarista generador de grandes cantidades de dinero, lo que motivó y facilitó la creación de un poderoso lobby de productoras, distribuidoras y exhibidoras cercanamente vinculadas con los intereses políticos de diferentes gobiernos estadounidenses. México, al tener una relación tan directa y cercana con los Estados Unidos, es uno de los principales blancos de estas maniobras políticas, económicas y culturales. Esto se intensifica si consideramos que contamos con un amplio mercado conformado por un número de asistentes (consumidores) que año con año sigue en aumento. Un ejemplo de ello es que los principales contenidos fílmicos que consume la población mexicana son extranjeros.[15]

Actualmente, las distribuidoras transnacionales agrupadas en la Motion Pictures Associations (MPA) controlan 80.27% del mercado mexicano, empresas que obtienen las mejores fechas para los productos estadounidenses y dejan las peores para cintas mexicanas, por lo que éstas no alcanzan a recuperar su inversión.[16] Así, aun cuando en México fue propuesta y aprobada en 2003 una reforma a la Ley Federal de Derechos para establecer el cobro de «un peso por espectador en taquilla» con el fin de incrementar la inversión en la producción de cine mexicano, seis grandes distribuidoras transnacionales agrupadas en la MPA y cinco mexicanas se ampararon contra esta medida.

Otro rubro en el que nuestro país se encuentra vulnerable a la influencia hollywoodense es la producción, ya que en condiciones normales, y según datos proporcionados por el IMCINE, en México el productor se queda sólo con 27% de los ingresos totales de una película, dinero con el cual tiene que recuperar la inversión inicial, siendo entonces los distribuidores y los exhibidores quienes se llevan la mayor parte de las ganancias. Por lo tanto, cuando productores mexicanos buscan alternativas de producción, encuentran en Estados Unidos una fuente de financiamiento. Por ejemplo, entre 2007 y 2013, las coproducciones México-Estados Unidos ascendieron al 27% de la totalidad.[17]

 

Conclusiones. Juntos, pero no subordinados

Hollywood se caracteriza por la intersección de las diferentes dimensiones que puede tener un producto cultural: construcción de relaciones culturales que «consisten en toda clase de intercambios humanos, desde música hasta matrimonio, turismo, comercio, películas, deportes e Internet», aportación a la economía nacional y ejecución de una diplomacia cultural, la cual «sólo tiene lugar cuando los gobiernos le prestan atención a este complejo campo y tratan de dar sentido al caos para, hasta cierto punto, configurarlo y ponerlo al servicio del esquivo “interés nacional”, tan difícil de definir».[18]

Esta complejidad ha forjado fuertes vínculos económicos, políticos y estéticos con la cinematografía mexicana, la cual representa una oportunidad para la explotación del recurso creativo y económico de la cultura. Así, además de continuar buscando formas de desarrollo en (y con) mercados internacionales, se deberían construir políticas que fomentaran una producción y mercado internos a fin de evitar, en términos de Néstor García Canclini, la subordinación de las producciones nacionales a una organización transnacional.

Es necesaria, pues, la elaboración y ejecución de una política cultural que comprenda la noción de desarrollo económico e integral aplicado a la industria cinematográfica, fomentando la participación y colaboración de los distintos niveles de gobierno y actores de la sociedad civil para el impulso de una industria que desde la creación de contenidos y la formación de públicos se encuentre encaminada a sacar un provecho creativo y económico de sus bienes.

 

 

NOTAS

[1] UNESCO, Políticas para la creatividad, 2014, Obtenido de http://www.unesco.org/new/es/culture/themes/cultural-diversity/diversity-of-cultural-expressions/tools/policy-guide/como-usar-esta-guia/sobre-definiciones-que-se-entiende-por-industrias-culturales-y-creativas/, consultado el 25 de julio de 2014.

[2] El término «industrias culturales» apareció por primera vez en 1948 en la obra de Max Horkheimer y Theodor Adorno Dialéctica de la Ilustración para referirse a las técnicas de reproducción industrial en la creación y difusión masiva de obras culturales. Desde entonces, conceptual y empíricamente, éstas «se han fortalecido y expandido, han sofisticado su producción, han incorporado creativamente las tecnologías y han encontrado circuitos globales de distribución de sus productos. A todo ello lo han acompañado procesos de consumo y de apropiación cultural que han convertido sus realizaciones en parte fundamental de la economía y la cultura globales», Germán Rey, Industrias culturales, creatividad y desarrollo, Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, Madrid, 2012, p. 61.

[3] Ibíd., p. 62.

[4] Osvaldo Rosales, jefe de la misión chilena de negociación del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos en Germán Rey, op.cit. p. 66.

[5] Llamados así por la referencia del precio de entrada: un nickel, es decir, cinco centavos de dólar.

[6] Enrique Sánchez Ruiz, Hollywood y su hegemonía planetaria: una aproximación histórico-estructural, Universidad de Guadalajara, México, 2003, p. 22.

[7] Ibíd.,  p. 23.

[8] American History Files, Movies, 2002, Obtenido de http://www.myhistory.org/history/topics/articles/movies.html, consultado el 04 de abril de 2002.

[9] Reinhold Wagnleitner, American Cultural Diplomacy, the Cinema and the Cold War in Central Europe, University of Minnesota, Center for Austrian Studies, 1992, p. 6.

[10] Concepto desarrollado por Joseph Nye para nombrar la capacidad del Estado para incidir en otros actores a través de medios culturales e ideológicos.

[11] Ernesto Piedras (coord.), ¿Cuánto vale la cultura? Contribución económica de las industrias protegidas por el derecho de autor en México, CONACULTA, México, 2004.

[12] IMCINE, Anuario estadístico de cine mexicano, CONACULTA, México, 2013.

[13] Ernesto Piedras (coord.), op. cit., p. 82.

[14] Víctor Hugo Rascón Banda, en ibíd., p. 13.

[15] De acuerdo con datos de CANACINE, en 2013 ocho de las diez películas que más dinero obtuvieron en taquilla fueron producciones estadounidenses.

[16] Ernesto Piedras (coord.), op.cit., p. 120.

[17] Datos de IMCINE.

[18] En nuestro país, por ejemplo, el aporte al PIB por parte del consumo cultural es del 2.7%. INEGI, Principales resultados de la Cuenta Satélite de la Cultura de México, 2014, Obtenido de http://www.inegi.org.mx/est/contenidos/proyectos/cn/cultura/default.aspx, consultado el 23 de julio de 2014.

 

 

 

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Mónica Martínez Orihuela (Ciudad de México, 1987). Egresada de la carrera de Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente labora en la Dirección de Cooperación Cultural Internacional del CONACULTA, colabora en Cultura al Hilo A.C. y en el desarrollo de proyectos de difusión artística y cultural. Twitter: @monicaindex

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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