Hackear la mirada: las castas o «Indian is beautiful»

En México no han surgido movimientos de reivindicación étnica como el black power en Estados Unidos. Isaac Porcayo se pregunta por qué no se ha roto el silencio y bosqueja una respuesta.

La explosión no ocurrirá hoy. Es demasiado pronto… o

demasiado tarde.

No vengo armado de verdades decisivas.

Mi conciencia no está atravesada por fulgores esenciales.

Sin embargo, con total serenidad, creo que sería bueno que se

dijeran ciertas cosas. Esas cosas, voy a decirlas.

Franz Fanon

 

 

La mirada ocurre en el instante transitorio entre la percepción y el juicio, es el código de lo sensible en el que se mueven los cuerpos y los afectos. Hay un lugar para todo en este mundo sin inocencia: estamos inscritos en una mirada construida mediante códigos de género, étnico-raciales y sexuales. Seremos leídos mediante ese código de fuera-adentro. Por ello la mirada puede ser definida como la reactualización de lo simbólico (código) encarnado en nuestra piel.

Sin embargo, el código no es totalmente determinante. Se pueden hacer muchas cosas para burlarlo. Una posibilidad es inspeccionar y hacer preguntas que pueden pasar por lunáticas o por caducas. ¿Por qué en México no existió nunca un movimiento de reivindicación y exigencia étnica? ¿Por qué nunca hubo una reacción como el black power? ¿Por qué nadie dice indian is beautiful? Estos movimientos pretendían realizar un cambio en la propia noción de raza por medio de la representación estratégica, generando el cambio en la mirada por medio de la auto-representación.

Quienes arguyan que algo similar tuvo lugar con el muralismo mexicano se equivocan enormemente; la propaganda revolucionaria instrumentó la poética del indio que detuvo el desarrollo de las posibilidades de la autorrepresentación de los sujetos que pudieran identificarse con el grupo social indígena, posibilidad que apenas hoy surge con una intensidad tímida: me refiero a la candidatura para las presidenciales de una mujer indígena que por primera vez cambia el código de la posible autorrepresentación americana. Trataré de analizar la novedad que para mí significa este cambio histórico que, por primera vez, nos presenta una figura indígena con poder de autorrepresentación enormemente difundido,  lo que implica el inicio de la ruptura, con la iconografía instrumental heredada. Esta novedad en la codificación de la mirada por primera vez en México no roba voz al sujeto indígena y nos presenta una estética que aunque no siempre comprendida, al menos es la propia del sujeto que se presenta y representa a sí mismo.

 

La casta

Al menos desde el siglo xviii existe una poética del indio en el arte, una representación de su «naturaleza», como puede verse en los cuadros de castas que no solo ordenan el vigilado campo racial sino que lo codifican en cuanto sexo, clase y «carácter». La serie de castas que pintara Miguel Cabrera evidencia este carácter sexo-racial al representar al español junto con la india, pero no un indio con española, síntoma principalísimo del colonialismo que debe tenerse en cuenta. Así lo evidencia la leyenda del cuadro «De español e india: mestiza». ¿Es posible que este sea un paleo-código heredado por nuestra mirada? ¿Se puede relacionar esta representación a la codificación sexo-racial que hemos heredado? Al entender estas representaciones en su código genérico, tiene sentido que la inversión de sus términos termine en tragedia en Tizoc. Una pervivencia que habla no tanto de un «amor indio», sino de la configuración no autorizada de cierto amor indio.

 

 

Fanon identifica las sistematizaciones sexuales y psicológicas del racismo respecto a los judíos y los negros: los judíos encarnarían una inteligencia sospechosa, manifiesta en su habilidad de «confundirse y mimetizarse», mientras los negros, en su evidencia física, encarnan la sexualidad desmesurada, la monstruosidad de lo físico (y lo fálico, fantasía hipersexual que permea aún hoy día). Arriesgándome a completar este cuadro sexo-racial, lo asiático encarna la dominación total de lo exótico (piénsese en Turandot, Madama Butterfly y el bondage japonés); los europeos se presentarían a sí mismos como lo no marcado y mesurado, finalmente la cultura europea ha tenido un peso fundamental en la construcción de esta iconografía. Pero ¿de qué manera figuran los pueblos nativos de América en el imaginario global sexo-racial? Fuera de los cuadros de castas hay poco para analizar, por lo que resulta más evidente ahora por qué no ha habido un movimiento indian power: La representación ha sido instrumentada para construir una metáfora y no un individuo, lo que ha impedido que se desarrolle una imagen, una auto-representación subalterna que desafíe los códigos racistas, porque contrario a lo que pasa con lo africano, al indio no se le sobre-representa, se le subsume como símbolo silente. Se trata de un mecanismo de silenciamiento que empieza a ser cuestionado cuando el sujeto indígena se presenta, en cuanto tal, en pleno 2018.

Falta por entender la historia del colonialismo y la dominación, pero eso ya no pesa en términos cotidianos; lo que ahora tenemos que hacer es vérnoslas con la herencia de hábitos y percepciones que dejó, los gestos nuestros que vienen de atrás, esto es, el código. ¿Cuál es el método que contamos no solo para desubjetivar el racismo sino para desarticular su impulso y su ordenamiento de la sensibilidad? La Mirada, códigos y habitus que nos superan en tanto sujetos. Entonces la posibilidad de intervenir no consiste en enseñar y pontificar contra la desigualdad basada en apariencias de color o tipo humano, moralmente ello ha sido superado. Ya no existe un inicio ni final para ello porque el nivel del discurso está agotado, solo nos queda el código que se reproduce, y lo único que se puede hacer con un código vicioso es hackearlo, hacerlo explotar.

El virus de la imagen en tanto representación de cuerpos que se gozan a sí mismos en los ojos del público. Creo que lo que se ha dado por llamar teoría decolonial puede ser entendida como un hackeo posible mediante la representación, la apropiación de la misma y la alteración de los automatismos entendidos como el código de la mirada. Franz Fanon, el gran psicoanalista del colonialismo, también lo creía, pero él creía en la toma de conciencia sobre la enajenación. Él habla de cambiar la vida cuando ésta no hace más que reflejar el racismo y la discriminación. Sin embargo, ello implicaría una lectura superficial de lo que implica el problema de la mirada: los automatismos, los reconocimientos instantáneos; la verdadera educación que no es la de las palabras, sino la de los ojos.

El movimiento de la liberación de los descendientes de los esclavos africanos en diferentes territorios apuntó a ello, la mayoría de las veces de manera inconsciente: el problema es la mirada, y por ello la liberación viene por medio de la intervención de la representación. Franz Fanon habla en Hombre negro, Máscaras blancas de la representación en la narrativa, critica sus códigos y sus asunciones. El movimiento de las panteras negras y lo que se ha llamado «Black is beautiful» son maneras de cuestionar la representación e intervenirla. Y en México ¿qué ha pasado?

Para entenderlo hay que volver al cuadro de Cabrera. En todos los cuadros de la serie se observa a todos los sujetos de frente o al menos dejan ver el rostro (asunto de interés en el género), salvo en este. Frontalmente solo se observa a la india y la hija mestiza de frente. El español es retratado de espalda y levanta su mano como mostrando a la mujer y el producto de su relación. Es como si la iniciara en la representación, e inaugurara con su autoridad la mirada espectadora de la serie. El colono no tiene un rostro. Como el sujeto ideal que puede ver y señalar el camino del ojo espectador, posee el privilegio de señalar sin ser visto. La escena representa una especie de mercado y la mujer viste al modo europeo, no como los indios gentiles que están en el campo y visten al estilo «autóctono». El cuadro retrata la triada de ficciones que hoy seguimos percibiendo cuando vemos a cualquier sujeto por la calle: clase, sexo y raza. Cabrera nos muestra un aspecto de la mirada.

¿Qué pasó con la representación del siglo xix y xx? En el siglo xix la antropología pone en escena a los pobladores originales de México, los vuelve objetos de estudio. Son un objeto de interés que no tiene contraparte, el antropólogo está fuera de cuadro, como el «español» da la espalda. Sin embargo, ya no se trata tanto de su carácter, como en los pintorescos cuadros de castas, sino de su «tipo». Se nota el afán aséptico de la fotografía antropológica que, como en el caso de Carl Lumholtz, desindividualiza al indígena para convertirlo en un tipo. La misma estrategia que señalara Fanon en el antisemitismo. Quiero detenerme en una foto de este antropólogo alemán que dedicó tanto esfuerzo para entender al pueblo rarámuri.

 

 

El hombre se encuentra de frente, no es un personaje, la imagen no es narrativa. Se mantiene de pie mirando el objetivo, su vestimenta es la mínima y a su lado se encuentra la herramienta del antropólogo, la barra para hacer mediciones. No obstante, la imagen no es todo lo aséptica que se esperaría, ¿por qué el hombre es fotografiado en ese sitio? La oposición entre el paisaje y el hombre es una constante en este género, ambos elementos se escinden cuando el sujeto se detiene frente al lente y es el objeto de estudio, dado que no se relacionan mediante ninguna acción que no sea la misma mirada. Ninguno de los personajes de Lumholtz hace algo que no sea ser mirados y mirar el objetivo o algún punto lejano.

Esa mirada fija es la que evacúa toda narrativa de la imagen y se convierta en una tipografía humana. Esa estrategia parece sobrevivir en el muralismo, cuando el exotismo de la mirada desindividualiza y genera un tipo reconocible, un tipo étnico idealizado y fácilmente identificable, pero que no funciona como un retrato con carácter psicológico. Al igual que en la foto de Lumholtz, los indios del muralismo se limitan a ser lo que representan, una poética simbólica que enajena la generación de significados. Basta observar a la mujer moliendo maíz o la mujer que se lava el pelo de Rivera.

Los rostros se ocultan, lo que tiene sentido dado que normalmente no se generó un retrato de tipo psicológico con carácter individual, con la salvedad de los retratos que hiciera Cabrera de Juan Diego o contados personajes de importancia histórica. Lo que importa aquí es la regla de la representación, que es la que termina por moldear el habitus y los códigos que integran la mirada. En el grueso de la iconografía el indígena es su pueblo, no un individuo, y esa insistencia es difícilmente superada; la historia de las identidades mexicanas tenía que resquebrajarse para que el código de representación pasara a ser un código de autorrepresentación.

 

 

Indian is beautiful

El movimiento black is beautiful implica el reconocimiento de que el nivel más básico de la corporalidad es político. Fue posible gracias a la enorme transnacionalidad de lo africano, en Sudáfrica, Estados Unidos de América, y las Antillas principalmente. La base del movimiento no es el reconocimiento de una negritud recuperada, sino la auto-representación de una idea creada, de un ideal que contradice la norma no escrita de la belleza blanca; es decir, un alter-código que combate el código dominante con una iconografía propia, un hackeo.

Es esta operación la que tiene lugar hasta ahora en México. Pensar que en 1994 ocurrió algo con la representación del hombre americano sería ingenuo. Sin embargo, fue un momento en que la poética del indio comenzó a resquebrajarse. La representación era marginal e invisibilizaba el rostro de las masas visibles para las masas espectadoras. La máscara era el símbolo de la ruptura del código impuesto desde el siglo xvii, pero no era un alter-código.

La candidata del Consejo Nacional Indígena parece ser el síntoma de una posible manera de representar que no logró el movimiento comandado por Marcos: una nueva manera de pensar y percibir lo indio, lo americano. Este gesto no llega a ser explícito y quizá por ello supera en posibilidades al black is beautiful. No tiene la ansiedad que el movimiento transnacional negro; sin embargo, ahora la mujer indígena se coloca a la vista, ella sola, sin una hija mestiza bajo el vestido europeo cuyo marido español autoriza con anuencia y la señala mientras él se oculta: es ella misma quien se lanza ante la mirada espectadora y esa presencia marca la posibilidad de algo nuevo.

El mérito de Marichuy no es político, sino estético. Rompe el ordenamiento sensible creado desde la Nueva España y abre posibilidades para el sujeto indígena que toma la palabra en cuanto tal, mostrando su cultura y su persona. No haré un análisis visual de una imagen, porque hay muchas, en casi todas mira a la cámara, o hace algo, habla. La imagen es la de un sujeto en acción, no un tipo. La narrativa del tipo indígena comienza a desmoronarse, contra ella se levanta la espectacular auto-representación del sujeto. Ello promete alterar nuestro código visual y sexo-racial. Si el movimiento no se interrumpe, finalmente podrá ser superada la poética del indio.

 

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Posted by Isaac Porcayo

Isaac Porcayo Camargo estudió filosofía en la UAEM y en la UNAM. Se interesa por la estética y los estudios culturales y visuales, además de los estudios sobre sexualidad y género. Sus textos han sido publicados en las revistas universitarias La Colmena, La manzana y Reflexiones marginales. Actualmente participa en el proyecto radiofónico de divulgación de la filosofía La mónada y los tejemanejes, en CUPA Radio. Twitter: @ItzaakM

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