Hacia una poética de la crónica

La crónica literaria parte del hecho periodístico, pero busca trascender lo efímero de la noticia para situarse, ni más ni menos, en el terreno de la creación artística. ¿Cómo lograr esta hazaña? Emmanuel Islas brinda algunos preceptos.

Les contaré un poco sobre mi apreciación de la crónica literaria en nuestros tiempos e iré al grano: la crónica es un género al mismo tiempo literario y periodístico, porque solo a través de la literatura el periodismo adquiere su verdadera dimensión. El cronista es escritor, viajero y navegante, y se las ingenia para retacar una miniatura del mundo dentro de la botella de mar. Todo cabe en una crónica sabiéndolo acomodar: cosmos y ajonjolíes, risas y terremotos por igual y por favor en el mismo jarrito. Pero ¿cuáles pueden ser las consignas del cronista literario para no estancarse a la mitad de una ficción periodística?

Si bien la crónica es la historia del instante, su necesidad primera es trascender toda información de nota o reportaje y centrarse en lo menos evidente: los gestos, los juicios, los anhelos y deseos de los protagonistas, sus deseos y sentimientos –lo que en general podemos denominar su «mundo de la vida»– donde encontramos una tristeza, una alegría, o una resignación sin esperanza. El resultado periodístico debe superar lo coyuntural y lo efímero de la noticia para ganar en lo atemporal de la historia, porque es allí –en la comprensión de lo narrado, en el corazón de los hombres– donde el cronista cimienta su residencia en la Tierra no solo como un peregrino que en todo va a medias.

A diferencia del reportero, el cronista literario no va de paso: se queda. Por eso a partir de la crónica no solo conocemos la temporalidad de un problema político, social o cultural, sus escenas y retratos, sino también cómo este problema afectaba el comportamiento del ser humano. Y aquí entramos en el terreno de las artes: la crónica es un testamento de nuestros tiempos, un documento de cultura.

Sin perder de vista que es un género periodístico, ¿qué tanto aportan las cifras duras e insensibles a la belleza literaria? ¿Qué nos importan las estadísticas en un mundo dictado por el mercado, cambiante a ciencia y conveniencia? ¿Qué nos interesan los nombres con cargos y apellidos que acotan los alcances de lo profundo? Son como un grano gordo y lleno de pus. Vale más la descripción exacta de una conversación o de un crepúsculo que diez datos fríos y aleatorios. Los números son una abstracción que también, y sobre todo, puede narrarse en términos humanos.

En ese sentido, no dejemos que la frívola inmediatez de la nota o del reportaje a ocho columnas nos contamine los textos y les reste belleza. Quitémonos las muletillas del diarismo y quedémonos solo con las metáforas envueltas en caracoles y cigarras, los manejos del tiempo que agitan los meses y los años y los vientos y los mares, las arquitecturas quisquillosas de un diálogo dentro de un diálogo o de una historia dentro de otra, es decir, quedémonos con las potencialidades de la narrativa a mil y una noches.

De lo atemporal –que es, digamos, el enfoque– viene luego la claridad: el uso de la lengua, de la letra en su extensión de palabras y oraciones para la enunciación de lo necesario y solo de lo necesario. La claridad es prueba de un conocimiento profundo de la realidad que se narra, de la experiencia honesta de un viaje, de un sentimiento, de un encuentro que se vive y porque se vive se entiende y porque se entiende se narra sin vanidades ni artimañas, espontáneamente, como si descubriéramos las palabras por primera vez, su fragilidad, sus amores y desamores, sus alcances con esa sensibilidad de niño que sorprende por genuina y no por sabionda, por tierna y no perentoria. La vuelta a la inocencia como punto de vista es indispensable en el tránsito de un estilo hacia su madurez.

De la claridad llegamos a la precisión. Más vale pájaro en mano que ciento volando, dice el refrán que traducido a nuestro terreno es consigna de economía del lenguaje: ser nítido en pocas palabras. Además de ser claro, hay que ser nítido. «Un gramo de poesía pesa más que una tonelada de retórica», dice Paz. Y los franceses hablan de le mot just, la palabra justa, el adjetivo luminoso que describe en un chispazo a la rubia cinematográfica. ¿Cómo si no es con poesía que se llega a la cúspide de lo narrado, a lo total? No cabe duda: hay que ahogar de poesía nuestras propuestas periodísticas y literarias, robar el instante al haikú, la imagen al rayo, el ritmo al habla.

Después viene la belleza formal, es decir, la correspondencia entre lo narrado y las formas en que se narra. ¿Se acuerdan de «Eva», el cuento de Arreola, donde se nos acaba el aliento cuando corremos con los protagonistas en una biblioteca? ¿Se acuerdan de El ruido y la furia de William Faulkner y de cómo narró el primer capítulo desde el punto de vista de un sujeto con retraso mental? El día en que escribamos una historia del campo y nuestros personajes hablen como intelectuales cuánticos no solo habremos faltado a la honestidad, sino a la correspondencia de fondo y forma. La arquitectura de lo narrado gana en belleza, en composición, en monumentalidad cuando seguimos el consejo de Márquez en Crónica de una muerte anunciada e indagamos por todos lados y en todos tiempos aquellas declaraciones, referencias o argumentos que levantan el castillo de nuestra ficción.

En clases de periodismo nos enseñan a evitar los juicios, pero ¿dónde queda la convicción que el periodismo literario exige? La literatura es una toma de postura. ¿Dónde está la mirada de literato sobre lo que parece inamovible del periodismo? El juicio se obtiene con el retrato de la idea (que no es lo mismo al retrato del acontecimiento). Las novelas son retratos de ideas, concatenación de retratos, murales. Así, lo importante en la crónica no es entrelazar las anécdotas del protagonista, sus pigmentos o escenas, su cotidianidad más básica, sino hacer evidentes sus conflictos más humanos, es decir, eternos.

Así como la poesía nace de la verdad como el pan de la harina, la verdad –la del periodista literato– aparece por sí sola sin que la citemos en estudios de caso. El periodismo surge por sí mismo y no con fechas, porcentajes o variantes de exactitud que caducan de un día a otro. La crónica literaria no es solo para diarios, es para libros. Y los libros viven, con fortuna, cientos de años. Por eso la crónica literaria aspira a volver un acontecimiento efímero en un referente atemporal, en el documento de cultura donde encontramos pistas sobre quiénes éramos dentro del instante.

Hay que buscar el cruce de lo temporal con lo atemporal, pintar murales con ideas y no solo hechos, indagar en los acontecimientos no por su vistosidad en singular sino por lo que suman en el retrato de ideas, en el ensayo novelado de premisas. En resumidas cuentas hay que trascender lo inmediato y apostarle a toda la eternidad que cabe en un día. Y hacerlo breve, conciso, preciso y por si no fuera suficiente, bello.

 

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Posted by Emmanuel Islas

Emmanuel Islas Herrera. Amecamequense, periodista sin oficio y guardabosques.

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