El que escribe al último ríe mejor

Fabián Espejel escribe sobre «De la finitud», última y pequeña gran obra del escritor alemán Günter Grass.

Günter Grass, De la finitud, traducción de Miguel Sáenz, México, Alfaguara, 2016, pp. 184.

 

 

Fabián Espejel

 

«Sé que fuera de Alemania soy conocido por mis novelas, pero comencé con la poesía y aún la escribo», confesó Günter Grass (1927-2015) en una entrevista realizada a finales de los ochenta. Así lo demuestra con De la finitud (Alfaguara, 2016), el último de sus libros. Después de la publicación de su tercer volumen de memorias en 2010, Grass rompió su propio silencio con una obra póstuma, demostrando que, además de que siguió escribiendo y dibujando, mantuvo hasta el final su sentido del humor y una visión crítica ante los acontecimientos del mundo.

El joven poeta Grass alcanzó la fama internacional con El tambor de hojalata (1959), una novela que lo consagró como uno de los mejores escritores de su generación. Sin embargo, su poesía es apenas conocida en comparación con la Trilogía de Danzig (1959, 1961, 1963) y El rodaballo (1977), clásicos de la literatura contemporánea. En 1956 publicó su primer libro, Las ventajas de las gallinas de viento, un poemario que se apartó de la enorme influencia que ejercían en ese tiempo Gottfried Benn y Bertolt Brecht, dejando entrever la originalidad de un autor avezado en sus recursos que experimentaba con las vanguardias.

A partir de su estadía en Berlín occidental en 1953, Grass se mantuvo atento a la política de Alemania y Europa, como lo demuestran los discursos que escribió para Willy Brandt –alcalde de dicha ciudad y futuro canciller de la RDA–, su abierto rechazo en 1961 a la construcción del muro de Berlín, su militancia en el Partido Socialdemócrata y su obra literaria, que, como la de sus contemporáneos, se encargó de sanar y vivificar la lengua alemana destruida por el nacionalsocialismo. Entre sus poemarios destacan Triángulo de vías (1960), cuyo título alude a un punto de confluencia esencial (el Gleisdreieck) en la Alemania dividida, Interrogado (1967), una crítica incisiva y bella contra la política de entonces que resulta hoy en día profética, y El país de noviembre (1993), en el que el autor levanta la voz con trece sonetos que condenan el racismo.

De la finitud corresponde y cierra debidamente una vida literaria. Se trata de una suerte de diario sin cronología y no de un libro de despedida como lo fue, por ejemplo, Garcetas blancas para Derek Walcott. A diferencia del santalucense, Grass no evoca pérdidas o nostalgias con melancolía. En todas las páginas, el lector verá transcurrir la vida cotidiana de un hombre que nunca ha dejado de estar presente en su tiempo, aunque la actualidad y la tecnología rampante nos persuadan de que no hay lugar en el mundo para un hombre viejo y sin dientes. El lenguaje objetivo, sencillo, coloquial y, en varias ocasiones, irónico mantiene el libro en un tono propio de Grass: a veces juguetón, a veces serio sin que por eso sea frío y, eso sí, siempre con el ojo puesto en la mira de algún hecho que deba ser puesto de relieve. A la par de Walcott, Grass redactó un perfecto testamento literario que lo dignifica como un autor vigente e imprescindible para nuestros días.

El autor de Mi siglo retoma el modelo del prosimetro –la alternancia entre prosa y poesía– de la Vita nuova de Dante. Las narraciones o ensayos cortos que elabora Grass en una página inician un diálogo con sus versos en la siguiente hoja, a través de un motivo común, una disertación o una continuación generadas por medio de una insinuación en la prosa. A la inversa del toscano, que abandona su vida para iniciar otra a través del amor espiritual y la poesía, el alemán aguarda pacientemente, a través de sus párrafos y estrofas, el final del camino de su vida.

Las páginas de De la finitud son entrañables por la cordura, la contundencia y la sinceridad que reflejan. Cuando se trata de poemas, el talento de Grass se despliega magistralmente como en el whitmaniano «Adiós a la carne», socarrón y grandilocuente; el nostálgico «Siempre en hoja nueva» o el genial «Autorretrato». La pluma de Grass deshace los géneros y engalana como prosas poéticas las pequeñas tesis, sueños, recuerdos, anécdotas y ocurrencias de sus narraciones y ensayos.

El lector encontrará textos que ponen el dedo en la llaga con temas actuales como la crisis económica en Grecia («La luz al final del túnel»), el papel de la canciller Angela Merkel («Mamá»), la economía alemana («Fráncfort del Meno») o el totalitarismo atroz e indiferente de la tecnología («Desmayo», «Plegaria vespertina», «Lo que es un hecho»), sin dejar de lado los resabios de otra época que marcó a Europa, como los expatriados por la guerra («Largos maderos apilados», «Xenofobia») o las pinturas de Jawlensky («Hacer imágenes»).

Pero en este diario sin fechas no solo se hallan los apuntes y reflexiones en versos o renglones de un escritor interesado en la sociedad actual. Ese «proscrito» de la vida, como él mismo se considera, regresa a las inquietudes en las que todo ser humano se demora en más de una ocasión: la vejez («Adiós a los dientes que quedan»), la muerte («En qué y dónde yaceremos», «Miedo de la pérdida»), los celos («Cuando a la adicción acompaña el celo», «Lo tuyo y lo mío») y el paso del tiempo («Ahora»).

En De la finitud, Grass también retrata algunos fragmentos de la vida común, como la desazón por tener un paladar incomprendido («Entrañas»), el robo de los féretros del matrimonio Grass («Daños asegurados») o su defensa del controvertido escritor romántico Jean Paul («Adónde fue a parar su humor»). Por otro lado, regresa a poemas publicados hace casi cuarenta o cincuenta años en otros libros, como Las ventajas de las gallinas de viento e Interrogado, para complementar o replantear lo escrito, valiéndose del margen de experiencia poética y vital que existe entre aquellos libros y este, como sucede en «Sobre la vida interior» y «Otra vez marzo», respectivamente.

Este regalo postrero de Grass a sus lectores contiene dibujos hechos por el también artista plástico. Si bien las imágenes no ilustran directamente los textos, funcionan como un complemento estético del libro. En algunos casos, matizan las ideas ya desarrolladas; en otros, su presencia es indispensable para mantener equilibrado el temperamento entre las páginas. Abundan los animales –a veces muertos, otras mirando fijamente los ojos del lector–, las hojas marchitas, las setas, las plumas y numerosos elementos relacionados con los textos que acompañan o resumen, como clavos, pipas o conchas de caracol. En cuanto a la traducción, realizada pulcramente por Miguel Sáenz, esta acerca al lector al espíritu literario de Günter Grass, conciliando con éxito el carácter de la lengua alemana y española y adaptando, en la medida de lo posible, los juegos de palabras o imitaciones del lenguaje cotidiano, como en el último poema que da nombre al libro.

De la finitud es el punto final en la obra de Günter Grass. Un libro sabio, bien pensado y ligero que provoca en el lector de cualquier edad un atisbo de lo que se acerca al final de la vida, que, a pesar de ser un proceso decadente, no por eso debe significar tragedia. El libro de Grass nos hereda asimismo la responsabilidad de contemplar el mundo y, al mismo tiempo, de analizarlo y de mantener una postura crítica, firme y honesta, ante las causas injustas que la historia se ha encargado de exhibir. Grass se despidió de sus lectores con una pequeña gran obra, aunque nos haya tomado el pelo, porque los clásicos son para siempre y solo saben lo que son los comienzos.

 

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Fabián Espejel (Ciudad de México, 1995) es poeta, traductor y estudiante de Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Edita la sección Cultura y Humanidades de la revista en línea Paradigmas. Textos suyos han aparecido en Literal. Latin American Voices Página Salmón.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

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