Gatos en la azotea. Una conversación con Raquel Castro

Diego Armando Arellano entrevista a Raquel Castro.

Raquel-CastroPocos sospecharían que un par de encierros domiciliarios (uno por foliculitis, el otro por un accidente) podría ser el origen de una animada conversación entre un periodista y una escritora en las postrimerías de un año y los albores de otro. Es el caso de Diego Armando Arellano, quien en esta ocasión convesa con Raquel Castro (ciudad de México, 1976), autora de Ojos llenos de sombra (Gran Angular, 2012).

 

 

Antes de que terminara 2013 contacté a Raquel Castro para que me presentara con Alberto, su marido, y así poder hacer los tres una entrevista. Raquel es una mujer muy simpática pero sobre todo franca. Me dijo que no cuando le conté lo que traía entre manos. En cambio, propuso otras cosas y hablamos. Me gustaba leer sus primeras respuestas a mis cartas, que eran más bien pedimentos, porque me distraía y así lograba concentrarme en otra cosa que no fuera mi vida y la foliculitis que me aquejaba. Llevaba semanas desolado y enfermo. Todas mis mañanas se parecían horriblemente: despertaba a pelar una mandarina, comerme menos de la mitad y el resto dársela al perro. Imagínense. Después sólo dormía.

 Mi aislamiento resultó, de pronto, maravilloso y benéfico. Como para acompañarme, Raquel metió la pata en algún lado a los pocos días de iniciadas nuestras conversaciones. Ahora, encerrados, los dos sufríamos y la entrevista se había tornado amistosa y prolongada. Mejoró mi ánimo. El dolor compartido resultó ser un bálsamo mucho más eficaz que cualquier pócima dermatológica. Raquel se sentía desesperada porque llevaba una férula y debía usar muletas para movilizarse. Yo en cambio podía dar pasos certeros por toda la casa a pesar de la fiebre que regresaba justo cuando cantaba victoria. Me creí más afortunado todavía cuando me enteré de que para distraerse de sus recurrentes inconvenientes con su pierna, Raquel, alguna vez, sintonizó Rosa salvaje en su repetición por el canal de las telenovelas…

 Presento las cartas con los apuntes y opiniones de Raquel para que quienes las lean se acerquen lo más pronto posible a su obra y así formen opinión de su trabajo. Las cartas se escribieron entre los meses de diciembre y enero y están vertidas, en su gran mayoría, en las siguientes líneas. Me reservé el derecho de publicar mis preguntas porque muy pocas veces me apetece aparecer a un ladito de la gente que entrevisto.

—Diego Armando Arellano

***

 2013

 

1 de diciembre

Querido Diego:

Yo generalmente estoy en la red casi todo el día, si no en la computadora, desde el teléfono, así que no veo problema en responder tus cartas.

Quedo atenta y te mando un abrazo,

 2 de diciembre

Me pasa que en ocasiones me obsesiono con alguna cosa y se me desdibuja todo lo demás.

Qué cosa tan espantosa lo de tus lesiones. De niña yo tenía unas ronchas que me daban por nervios. Fue una dermatóloga alemana la que las puso a raya, pero a veces yo me sentía como la hermana del hombre elefante. Espero que no te sientas así y que termines de recuperarte.

Parece que el día pinta tranquilo. En lo que escribes de nuevo, redactaré la programación de febrero para el Palacio de Bellas Artes, una de las tareas que más me gustan de mi trabajo.

3 de diciembre

Me angustia mucho ser impuntual.

La verdad, mis mañanas no son frenéticas, excepto cuando me autoboicoteo como hice hoy: el despertador suena a las siete y le damos dos prórrogas, así que me levanto alrededor de las 7:30. Nada que ver con mi época universitaria, cuando tenía que levantarme a las cinco de la mañana para poder estar a las siete en la ENEP Aragón.

Un día común y corriente, me preguntas. Me levanto temprano, como te decía, tomo un licuado, que generalmente prepara Alberto, y hacemos juntos entre media hora y una hora de ejercicio (dependiendo de nuestros compromisos del día). A veces hacemos cardio juntos (nos divierte mucho un video de Billy Blanks Jr., el hijo del inventor del tae bo) y otras veces, Alberto usa la escaladora y yo juego Dance Dance Revolution 3. Tenemos que variarle porque el ejercicio en sí mismo me aburre muchísimo. Para mí, el infierno sería una bicicleta estática con música de punchis-punchis, ¡horror!

Pero ni modo: me encanta comer, de algún modo hay que mantener a raya los kilos de más. Me da terror que se me descomponga el cuerpo.

 4 de diciembre

Me parece muy chistoso que pase todo esto ahora: estoy en cama, con la rodilla vendada, esperando a que llegue el médico. Y es que iba saliendo de la oficina cuando sentí como que me falseaba la pierna izquierda y, de inmediato, un dolor como de calambre, pero justo atrás de la rodilla. Caminé muy despacio al estacionamiento y ya que subí al coche me di cuenta de que no iba a poder cumplir con mis compromisos de la tarde. Así que los cancelé y vine a casa.

Me dicen que suena a un tendón lastimado, pero hace falta el médico para ver qué tan lastimado. Me da terror volver a pasar tiempo de reposo. Precisamente en enero del año pasado estuve descompuesta: un esguince de tercer grado en el tobillo izquierdo, con dislocación de peroné. Fue horrible estar con la férula, sin poder pararme de la cama. Tan deprimida estuve que aprendí a tejer y veía Rosa salvaje. El pie me quedó «sentido» y, por si no fuera suficiente, tengo algunos problemas de columna.

4 de diciembre

Vino el doctor. Dice que puede ser esguince de rodilla. Me dan ganas de llorar y luego pienso que, como casi no me duele, probablemente no sea eso, sino algo más leve.

 5 de diciembre

Lo de mi pierna fue un desgarre muscular que me tendrá en cama una semana y con muletas otra semana más. Creo que aprovecharé para escribir y leer, y responder a tus cartas.

  

6 de diciembre

Tu pregunta me puso a pensar un montón: la verdad es que con el periodismo como tal sólo tuve un par de coqueteos. Lo mío, desde siempre, ha sido escribir.

Estudié comunicación y periodismo porque, neurótica como soy, revisé cuidadosamente los planes de estudio de las carreras de la UNAM y vi que esta opción era en la que más se escribía. Ni Letras era así. Por eso Periodismo, por eso en Aragón. Ya que estuve en la carrera, mis materias favoritas eran redacción, crónica, entrevista. Confieso que muchas veces inventé las entrevistas, pero nunca nadie se dio cuenta, creo que las hacía muy verosímiles. Y muy divertidas. El mundo en mi cabeza es mucho más ameno que el de afuera, ni modo.

Luego tomé taller de radio porque me gustaba la perspectiva de inventar historias (en el taller de prensa no había esa oportunidad). Nunca, durante esos años, me habría imaginado a mí misma trabajando en entrevistar gente. Pero se dio por casualidad, cuando un amigo de la carrera me invitó a colaborar en Rock Bottom, una revista sobre música. Hacía reseñas de discos, crónicas de conciertos, y entrevisté a varias bandas, algunas de las que era muy fan (Human Drama, Lacrimosa, Das Ich, por mencionar algunas). Creo que hasta ese momento le perdí el miedo a eso de entrevistar. Luego me cambié de revista, estuve en una maravilla que se llamaba WWW. La vida en internet y en Sputnik. Cultura digital. Ahí no entrevistaba gente: escribía artículos con total libertad. Yo era la más feliz (a la fecha no sé qué me gusta más: la vida digital y la red o la música gótica).

7 de diciembre

Escribía guiones para Canal Once y así fue que nos dieron, al equipo de Diálogos en confianza, el Premio Nacional de Periodismo. Pero lo que yo hacía era escribir. Creo que es lo que mejor hago. Soy una entusiasta de la ortografía y la redacción, y si puedo combinarlas con imaginación y sentido del humor.

Con todo y todo, yo me asumía «guionista», «articulista» y «bloguera». Fue mucho después que Rogelio Villarreal, el editor de la revista Replicante, me dijo un día «me gustan tus ensayos». Ahí se me ocurrió que a lo mejor era otra cosa. Que a lo mejor podía juntar mis cuentos en un volumen, o terminar el proyecto narrativo que traía arrastrando desde finales del siglo pasado. Fue hasta que gané el premio con Ojos llenos de sombra(que es justo ese proyecto del siglo pasado, aunque muy, muy transformado) que pensé: caray: a lo mejor soy escritora. Pero no siento que haya sido un cambio de dirección, sino de mirada.

  

8 de diciembre

Desde niña fui muy nostálgica, pero no infeliz. Prefería estar sola que acompañada, leer o jugar con mis barbies que hacer otras cosas. Nunca aprendí a andar en bicicleta o a patinar, pero tampoco me interesaba. Cuando tenía que jugar con mi hermano menor y mis primas, yo escogía jugar a la escuelita y pasaba más tiempo haciéndoles sus libritos de texto (con prólogo de Felipe Garrido o Gonzalo Celorio y toda la cosa). Igual era con las barbies. Me tardaba más en preparar los escenarios y los vestuarios, hacer los castings y la línea de las historias, que en jugar.

Pasaba muchas horas sentada en el balcón, mirando la calle, pensando, pensando… Una de mis fantasías favoritas era el fin del mundo y cómo yo salvaba a mi familia. A veces, siempre dentro de mi fantasía, no lograba salvarlos, y entonces optaba por matarlos con un machete y luego matarme yo, para no sufrir los ríos de lava o los terremotos o la peste.

 Era muy fan de los gatos. Subía a la azotea a darles de comer a los gatos callejeros del rumbo y se formaba una manada respetable cada que los visitaba.

También era fan de las historias de miedo, tanto que las tenía prohibidísimas, pero siempre encontraba el modo de esconderme en algún lado, generalmente bajo la mesa del comedor, con el Inverosímil, un libro sobre sucesos inexplicables editado por Selecciones del Reader’s Digest, y leía hasta que me dolía la panza del miedo de desaparecer, ser raptada por un ovni, o arder en llamas de repente.

En la escuela me iba bien: siempre tuve excelentes calificaciones y las maestras me adoraban; pero también me llevaba muy bien con mis compañeros. En cuarto de primaria organicé, con mi mejor amiga de entonces, una compañía de teatro y poníamos sketches los viernes, con permiso de la maestra, y cambiando así una hora de clases por payasadas.

9 de diciembre

Mi mamá era maestra de literatura y mi papá, de matemáticas. Las dos materias me gustaban mucho y soñaba con ser maestra «de matematiquitas». Luego, de español. Con mi mamá pasaba horas inventando historias, leyendo, o platicando libros. Cuando un libro le parecía inadecuado para mi edad, ella lo leía y luego me iba platicando la historia «editada»; o me leía los fragmentos que le parecían más lindos y el resto me lo platicaba sin detalles muy sórdidos.

Me acuerdo muchísimo de un libro para iluminar que traía seres fantásticos. Uno era una musa, ilustrada como una mujer desnuda con cabeza de colibrí. Lo llevé a la escuela (estaba en tercero de primaria) y la maestra me lo quitó por considerarlo inmoral. Cuando le conté a mi mamá, ella exclamó, indignadísima: «¡Qué pendeja! ¡No sabe acentuar y, ahora, esto!»

Mi papá, además de maestro de matemáticas en secundaria, es doctor en pedagogía. Él me ayudaba a hacer las tareas. Recuerdo mucho un día en que yo no quería hacer unas planas y me dijo: «Magnífico, no las hagas». Cerró mi cuaderno y lo puso encima del refri, que me parecía entonces más alto que la Latino. Entonces yo empecé a rogarle: «Déjame hacer la tarea, la maestra se va a enojar». Y él: «No, dile lo que me dijiste a mí, que no tenías ganas». Terminé suplicándole que me dejara hacer la tarea.

La verdad, creo que fui una niña muy querida, apapachada, feliz.

13 de diciembre

Perdona la tardanza en escribir. Pero acá sigo. Con lo de la pierna.

 

14 de diciembre

Tengo algunas obsesiones: las más obvias son los zombis y el fin del mundo, pero una que me da más miedo es la idea del doble. Te lo explico con otro recuerdo de la infancia: en el libro que te contaba, el Inverosímil, se contaba el «caso» de un hombre que era muy ruin pero guardaba mucho las apariencias y que murió. El texto decía que, cuando lo fueron a enterrar, junto al cortejo apareció este mismo hombre (¡el que iba en el ataúd!) pero con una cara de maldad tan grande que varias mujeres se desmayaron y todo mundo tuvo mucho miedo. La imagen debe haberme impactado profundísimamente, porque mucho tiempo después soñé que estaba en casa de mi abuela, viendo la televisión con ella, mi hermano y algunos primos, y que de pronto tocaban a su puerta. Yo iba a abrir y me encontraba con mi hermano, pero estaba pálido, con los ojos rojos, una sonrisa maligna que me dejaba ver sus encías, casi blancas… Desperté aterrorizada.

He tenido variantes de ese sueño muchas veces (en una ocasión, era mi mamá la que se aparecía. Pero yo sabía que ya estaba muerta y que entonces, lo que había frente a mí era en realidad un ser maligno que había tomado la apariencia de mi madre). La idea de que alguien sea por fuera lo que esperas de esa persona, pero que por dentro sea otra cosa, me da escalofríos.

Por supuesto que también tengo miedos más simples: las mariposas negras, las cucarachas, la posibilidad de quedar en la miseria y tener que vivir bajo un puente, la posesión demoniaca. No es que sea supersticiosa: en el fondo sé que los fantasmas no existen y que probablemente no tendré que vivir bajo un puente, que las mariposas negras sólo son horribles y que no tengo una gemela maligna esperándome en un sótano oscuro lleno de cucarachas. Pero eso no quita que me dé miedo y que disfrute algunos de esos temores.

Creo que el único de mis miedos que es pernicioso para mi escritura es el miedo al fracaso, que me paraliza y me impide terminar las historias, o pensar que son una mugre en vez de leerlas con la cabeza fría.

Entre mis complejitos y complejotes, tengo uno que llaman «Síndrome del impostor»: siento que los logros no son míos, sino obra de la casualidad, la buena fe de otros o lo fácil que resulta hacer las cosas. Me ha costado mucho trabajo admitir que no soy una impostora, que hago lo que me gusta y que si les gusta a los demás es porque lo hago bien. Pero en el fondo siempre está ese miedito queriendo salir: el miedo a que «se den cuenta» de que en realidad soy un fraude y que se equivocaron al contratarme, al darme el premio, al publicarme… Uff. Mantener ese miedo a raya es una tarea difícil, pero ahí voy. Y lo mejor de todo es que estoy perfilando un texto (no sé si cuento o novela) donde le pase eso al personaje principal. Así que, de un modo complicado, hasta ese miedo ha de servir a la escritura. Y si además sirve para que otras personas se identifiquen y enfrenten su propio síndrome del impostor (que es, por cierto, muchísimo más común de lo que uno se imaginaría, y ataca sobre todo a mujeres), pues ¡fantástico!

15 de diciembre

Mi escritorio no es un lugar importante para mí: me contento con que el espacio en turno sea silencioso y que no tenga luz del sol (una lamparita de escritorio es más que suficiente). Soy mucho más exigente con las libretas y las plumas.

18 de diciembre

La literatura infantil y juvenil: no es fácil. Hay mucha pero no todo es bueno. Yo no creo que haya una fórmula, creo que lo único que funciona es ser honesto. Escribir desde la igualdad y no subirte al púlpito a decirles: «Cuando yo tenía tu edad…». Eso es lo peor que puedes hacer, ponerte en plan autosuficiente y despectivo, como si sus problemas fueran menos importantes que los de los adultos. Al revés, creo que lo que funciona (pero no sólo con niños y adolescentes, sino con toda la gente) es escribir desde la empatía: «tus problemas son como los míos. Es más: son los míos», y admitir que no basta con acumular años para sentirte seguro de ti mismo.

19 de diciembre

Mi mayor placer es la comida. Soy muy sangrona y no como de todo, pero lo que me gusta, lo como sin pensar demasiado en las consecuencias (ay). Supongo que mi afición a ciertas combinaciones inusuales (papas a la francesa con helado de vainilla o Danonino de fresa con Sabritones, por ejemplo) pueden parecer raras, pero no me causan vergüenza o culpa.

 2014

 

3 de enero de 2014

Ora sí me he tardado muchísimo. Es la cosa de la pierna, perdón. En sí, no es tan malo, pero el medicamento que me dieron para que la pierna no duela es terrible con el estómago.

5 de enero

Yo digo que no hay que rendirse nunca. A lo mejor darles un tiempo de reposo, una reescritura profunda, una cirugía radical que nos deje con sólo 5% del texto original, pero rendirse, nunca. Me pasó hace poco algo muy bonito en ese sentido: hace muchos años escribí en mi blog un cuento por entregas. A lo mejor era muy tonto, pero a mí me divertía mucho. Luego, el año pasado, lo rescaté del blog, lo unifiqué en un solo archivo, le metí muchísima talacha… y me di cuenta de que no tenía nada que ver con los otros cuentos que estoy juntando para armar un libro. Ni el tono ni la temática ni la extensión ayudaban. Lo guardé, un poco triste, con la idea de que lo más que se podría hacer con él sería publicarlo de nuevo en el blog. Y en eso, un querido amigo que trabaja en Gandhi me preguntó si no tenía yo algo que pudieran convertir en un libro electrónico de regalo para incluir en sus obsequios de «El buen fin». Obviamente, le di el cuento. El librito electrónico fue una delicia y lo descargaron más de 900 veces. No, no saqué un peso de ahí, pero tuve el chance de llegar a bastante gente (¡en un fin de semana!) y recibí varios comentarios muy padres, de gente que disfrutó el cuento. Si lo hubiera tirado a la basura, no habría tenido nada que ofrecerle a Gandhi en esa ocasión y me habría perdido la oportunidad. Eso sí: hay que ser autocrítico, digo yo. No se trata de guardar por guardar ni de publicar por publicar. Y si me atoro en un texto, empiezo otro. Mejor tener tres o diez a medias, que dejar de escribir.

7 de enero

Alberto me anima a escribir, lee mis textos y los critica sin condescendencia. Cuando desde su punto de vista alguno no funciona, me lo dice tal cual. Y yo leo lo que él escribe y le opino de la misma manera: llevo mucho menos tiempo escribiendo profesionalmente, pero soy una lectora atenta y él me lo reconoce. Pero hasta ahí: nunca he usado su nombre para abrirme paso. El premio lo gané usando un seudónimo, así que nadie puede decir que usé «palancas». Yo ya publicaba en revistas cuando nos conocimos, y cuando ofrezco textos jamás digo «¡Hola! Soy la esposa de Alberto Chimal y quiero escribir con ustedes». Alberto mismo tiene una ética muy estricta en ese sentido, así que pésimo haría yo si me comportara de otro modo. Ha pasado que algunas personas, tratando de acercarse a él, «me cultivan» a mí. Pero eso no prospera, porque tampoco soy tonta. Y bueno, a fin de cuentas, Alberto no es Paz. ¿Qué tanto pueden obtener de él? ¿Qué tanto valdría la pena el quemón?

8 de enero

Excelentes noticias sobre tus lesiones. Mi pierna también respondió de maravilla.

Pasando a tu cuestión. Me gusta muchísimo el trabajo de Angélica Gorodischer, argentina. En especial soy fan de su libro de cuentos Kalpa imperial. Tiene una imaginación desbordada y una sutileza asombrosa, con ellas teje historias que tienen varias capas de realidad, es impresionante todo lo que puedes leer entre líneas si pones atención. Pero hasta la lectura más superficial va a estar llena de placer.

 Otra autora que me encanta es Ana María Shua, también argentina. Sus minificciones de horror y fantasía oscura son geniales. También tiene libros de cuentos de horror para niños, ¡fenomenales! En serio soy muy fan.

Entre las autoras mexicanas que me gustan están Verónica Murguía y Erika Mergruen. De Vero me gustan mucho sus cuentos; El ángel de Nicolás es un libro hermoso, hermoso. Pero, además, tuve el honor de leer un inédito suyo que me dejó maravillada. Confío en que pronto lo publiquen para poder compartir con otras personas los hallazgos y la emoción de esa lectura.

Otras autoras mexicanas contemporáneas que me entusiasman: Mónica Brozon, Ana Romero y Karen Chacek (las tres escriben para lectores muy jóvenes, lo que tiene su buen grado de dificultad); Silvia Molina (es una narradora exquisita) y Amparo Dávila (sus cuentos entre macabros y fantásticos me fascinan); también  simpatizo mucho con la pasión de Paola Tinoco por el cuento y me gusta mucho cómo mira, cómo transforma hechos inusuales en cotidianos.

  

11 de enero

Perdona el nuevo retraso. Yo creo que necesito una limpia: del desgarre en la pierna pasé, sin transición, a una infección en el colon y los últimos días los he pasado realmente como zombi.

12 de enero

Dices libros favoritos y pienso en tantos. Los 25 mejores relatos negros y fantásticos de Jean Ray. Es una antología publicada por Aguilar en su colección de misterio, creo que por completo error. Jean Ray escribió cosas detectivescas, sobre todo con su seudónimo/protagonista Harry Dickson, pero su literatura de horror es mil veces mejor… y es lo que abunda en esta antología (nada que ver con Sherlock Holmes, Ellery Queen y los otros de la colección). Descubrirlo completamente al azar (no sabía de su existencia, ni de qué iba su obra) cuando esperaba novelas de detectives, me cimbró. Pero aun ahora, sabiendo quién fue y cuál era su onda (y habiendo leído sus cuentos muchísimas veces) me sigue emocionando y sorprendiendo. No comprendo por qué este autor belga no es más conocido en nuestro idioma, pero me da muchísimo gusto ser de quienes sí se lo encontraron).

 

18 de enero

Te agradezco mucho.

Ya voy mucho mejor, mañana termino con los antibióticos y ya estoy de vuelta en la oficina. Te mando un abrazo grande y te agradezco enorme tu comprensión.

Mañana te dejo la última respuesta.

19 de enero

Yo escribo porque tengo historias que necesito contar y por supuesto que me entusiasma la posibilidad de llegar a muchos lectores, pero no es mi meta principal. Digamos que si me ofrecieran la disyuntiva de poder escribir varios libros que fueran leídos por un puñado de gente y escribir sólo uno que fuera leído por millones, pero que luego se me prohibiera escribir, por supuesto que me quedo con el puñado de lectores y la libertad de seguir escribiendo.

Supongo que hay tantas razones para escribir como personas que empuñan una pluma (o tunden un teclado). Y, por suerte, creo que hay lectores para todos. Es decir que, aunque aparentemente hagamos lo mismo y tengamos la misma meta, o dicho de otro modo, aunque vivamos en un mismo ecosistema, no competimos por el mismo alimento, o no ocupamos el mismo nicho en la cadena alimenticia/editorial.

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Diego Armando Arellano (ciudad Guzmán, 1984). Periodista y narrador. Ha publicado en la revistas Punto en Línea, La Hoja de Arena, Luvina y Palabras Malditas, entre otras. Es miembro honorario de la revista Cuadrivio.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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