Flores artificiales

Por  |  0 Comentarios

La belleza y el infinito pueden llevarse en los pies y destellar como un relámpago. Pueden, también, tomar la forma de un botín. He aquí la breve historia del romance del narrador mexicano Rodrigo Márquez con esos prodigiosos vástagos de la moda llamados zapatos de futbol.

 

 

Rodrigo Márquez Tizano

 

¿Cómo me convertí en la Imelda Marcos del futbol? Pienso en eso cada vez que abro el clóset y veo la flotilla de botines alineados, rutilantes, contenidos en ese silencio agrietado por ecos de gol, cuero y tierra. Mi floresta roza el medio centenar de pares: un cosmos de colores, etiquetas y materiales, naturaleza muerta que a duras penas uso 90 minutos por semana.

Admiro las repisas sobre las que descansan los Tiempo áuricos, con los que Ronaldinho embrujaba el campo o los frugales Predator que usaba Zidane para detener el tiempo. Cuánto sosiego al pasar la mano por sus pulidas superficies de placer. El mal del botinero me dio cuando no tenía un alfiler ni sospechaba que conseguiría una réplica de aquellos King con los que en el 86 el Diego corrió la milla y dejó sembrado un camposanto de ingleses.

Para jugar futbol tenía unos Brasil, imitación de los Lotto Stadio que usaban los del Milan. Eran igualitos, pero los míos los fabricaban en San Mateo Atenco. Mi tío decía que los llevaban a Italia para colocarles la etiqueta, pero los cosían, a mucha honra, en el Edomex. Nomás los pendejos pagan la marca, hijín. Cierto o no, yo estaba contento con mi par. Cuando mi temperamento se trastocó por los apetitos púberes de pertenecer, mis nuevos compañeros de equipo usaban calzado de marca. Eran los noventa y comenzaba la moda de los tacos de colores. El número 9 usaba los mismos Puma rojos que Mustapha Hadji, el enganche de la selección marroquí que nos volvió locos en el 98; yo llevaba los mismos que el Guamerú García.

En esa época la palabra futbol tenía un sinónimo: Ronaldo. Nunca vimos jugar a nadie como él. Decía Lezama Lima que en el vacío la velocidad no puede compararse y tiende a acariciar el infinito. El vacío como un universo recién fundado, un espacio de la no resistencia. Allí era donde vivía el brasileño, flotando, instalado en un tiempo y espacio particular, ajeno al galope prosaico del mundo. No pasó mucho tiempo para que Ronaldo (el gordito, no ese robot que hoy vende ropa interior) fuera también sinónimo de Nike, marca que lanzó las primeras botas Mercurial R9: unos aeroplanos color plata y vivos verdeamarela, hechos de piel de canguro. Amor a primera vista. Barrí pelambreras todo el verano en la peluquería de mi abuelo y pude conseguir un par, los primeros zapatos que me compré. Mi tío, por supuesto, no me bajó de pendejo.

A mi equipo lo entrenaba un ojete, hijo de una exleyenda del Cruz Azul. Llegué con mis R9 al primer entrenamiento del año, ante la mirada atónita del grupo. El entrenador me dijo que esos tacos no eran para hombres, quizá para los habilidosos y ni así. Me recomendó volver al estricto luto. No hice caso. Tomé mi lugar en la contención y saqué el hacha, como siempre, pero destellando en metálico. Aún los conservo. El plata de la carcasa es ya un gris roedor, abollado por los tachonazos, pero su brillo se mantiene intacto como aquella primera vez. Decía mi griego favorito –con perdón de Hatzipanagis–: «Dadme flores artificiales –gloria del metal y del malte—». Tenía razón. Esas nunca se pudren.

 

«Flores artificiales» fue publicado originalmente en el número 5 de Pinche Chica Chic (febrero-marzo de 2017). Agradecemos a las editoras el permiso para reproducirlo.

 

__________________

Rodrigo Márquez Tizano (Ciudad de México, 1984) es narrador y editor. Ha publicado Caballos de fuerza (Arteletra, 2007), Todas las argentinas en mi calle (Moho, 2010) y Yakarta (Sexto Piso, 2016). También edita VICE y forma parte del equipo de La Dulce Ciencia Ediciones.