Fiesta y resaca del «Hombre de Piltdown»

Manuel Ochoa cuestiona la supuesta infalibilidad de la ciencia a partir del hallazgo del «Hombre de Piltdown», uno de los más escandalosos fraudes de la historia de la ciencia.

La fiesta: descubrimientos gloriosos

Era diciembre de 1912. La Sociedad Geológica de Londres acudía a la presentación de un hallazgo clave en la historia de la ciencia moderna. Charles Dawson, un abogado y paleontólogo aficionado, tomó la palabra y describió el contexto geológico del sitio del hallazgo, los alrededores de una granja cercana a Piltdown, al sur de Inglaterra. El descubrimiento era el eslabón perdido sugerido por Darwin. O así lo entendían.

Se trataba de un cráneo prácticamente completo, sin duda de un homínido nunca visto. Su forma se asemejaba a la del humano actual, pero difería en la mandíbula, mucho más grande y fuerte, similar a la de los grandes simios. ¿El primer humano? Hasta ese momento no había prueba que mostrara tan claramente un estadio evolutivo intermedio entre el Homo sapiens y el resto de los homínidos. Lo dataron y establecieron una antigüedad precisa que llenaba un hueco en el registro fósil: entre el último hallazgo y la edad del humano actual. Europa entera volteaba a Inglaterra nuevamente.

Para comprender la magnitud del hallazgo del Hombre de Piltdown, es importante entender el contexto. Décadas antes, los franceses habían descubierto al Hombre de Java (el Homo Erectus) y los alemanes al Homo heidelbergensis y al neandertal. Estos tres fósiles eran, en ese momento y en ese orden, las evidencias más cercanas de nuestro pasado homínido. Los ingleses miraban cómo los descubrimientos recientes los dejaban fuera del protagonismo científico de la época. El Hombre de Piltdown entraba como una pieza de rompecabezas que se colocaba delicadamente entre el neandertal y el humano actual; parecía que los ingleses recuperaban el protagonismo en la vanguardia científica.

 

La resaca: Frankenstein y la jaula en la que nos encontramos 

Para 1949, se sabía que el flúor se acumula en los restos fósiles que permanecen enterrados por largo tiempo, y fue este principio la base de nuevas técnicas de datación de fósiles, que permitieron, entre muchas otras cosas, revisar la evidencia del Hombre de Piltdown 37 años después de su descubrimiento. Lo que encontraron primero resultó extraño y luego fue ridículo: el cráneo hallado era una amalgama de distintos huesos que ni siquiera pertenecían al mismo organismo. Un cráneo humano de no más de 500 años (de la época medieval, si acaso), la mandíbula de un orangután y un diente artificial construido ex profeso, teñidos del color de las rocas del «yacimiento», constituían al Frankenstein. Eoanthropus dawsoni, el Hombre de Piltdown (cuyas partes ni siquiera procedían de esa localidad), era una farsa del tamaño del imperio británico.

Es posible que a Dawson lo haya movido un ansia por ver su nombre dentro de la élite científica; desde el nacionalismo, la idea de colocar a su país a la vanguardia de los descubrimientos científicos de la época también era muy atractiva. Lo cierto es que jamás conoceremos con certeza las razones que motivaron el fraude, pues Dawson murió apenas cuatro años después de presentar su monstruo. Sin embargo, podemos hacer conjeturas que nos dicen mucho sobre aquello que rodea al mundo de la ciencia y que pasa desapercibido con frecuencia, gracias, tal vez, al profundo respeto que tenemos por esta actividad.

La ciencia la hacen personas. Personas que están inmersas en un contexto sociocultural y una época determinada. Por más que la actividad científica sea, en términos generales, autoevaluable y pretenda establecer discursos verdaderos, la primera afirmación –la ciencia la hacen personas–, implica que no hay momento alguno en el que las personas que hacen ciencia se puedan abstraer de los sesgos que les generan su contexto, intereses, ideología y programas de investigación. Podemos repasar esto mismo tomando el ejemplo del Hombre de Piltdown.

La élite científica de los siglos XIX y XX era europea, occidental, y estaba al servicio de las potencias imperialistas. La ciencia la dirigían entonces hombres blancos, privilegiados política, económica e intelectualmente. Su contexto, por lo tanto, contaminaba su ideología. ¿De dónde provendría el hombre (siempre hombre, no humano)? Pues de occidente, específicamente de Europa y, más específicamente, para los ingleses, de Inglaterra. Franceses y alemanes habían descubierto fósiles humanos, pero faltaba Inglaterra; parecía inconcebible que la realidad no se amoldara a lo que dictaba la forma de entender el mundo.

El ancestro humano más reciente tenía que tener un sello inglés (masculino, europeo, occidental, etc.). ¿De qué modo? Pues también de aquel que se adaptara a una idea preconcebida del mundo: un esquema evolutivo lineal, no ramificado, en donde el hombre se localizara a la vanguardia del progreso. La idea del eslabón perdido, que hoy sabemos que es una lectura pobre de la obra de Darwin, era eso también: una forma de explicar el saber en función de los intereses e interpretaciones que mejor se amoldaban al privilegio de quien ejercía el poder (intelectualmente, en este caso). Por eso el «descubrimiento» del Hombre de Piltdown era importante, porque utilizaba a la ciencia como instrumento para validar ideas particulares que no necesariamente eran verdaderas. Esa anécdota es un claro ejemplo de cómo la ciencia, con mucha más frecuencia de lo que queremos aceptar, está al servicio de los intereses y demás sesgos de quien la practica.

En la actualidad, numerosos artículos de divulgación cuentan la historia del Hombre de Piltdown como un triunfo de la fuerza autoreguladora y el poder autocorregible de la ciencia. Quizás, en parte, tienen razón. Lo que resulta muy interesante, al margen de esas ideas, es observar cómo los productos de la ciencia, y la forma en la que se realizan, dicen también mucho sobre lo que son nuestras sociedades y lo que somos como personas. Nunca, ni aunque llevemos a cabo una actividad que se jacta de perseguir verdades, estamos exentos de sesgar nuestras prácticas con aquello que nos define como personas inmersas en una sociedad, en determinado tiempo y con intereses particulares que responden a nuestro contexto.

 

(Visited 85 times, 1 visits today)

Posted by Manuel Ochoa

Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988) es maestro en Ciencias Biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *