Evolución y progreso. Desentrañar la teoría para trenzarla con la realidad

Solemos pensar y enseñar la teoría de Darwin por el principio de selección natural, enlazando así el concepto de evolución al de perfeccionamiento por adaptación al medio. Pero hay otro componente de la teoría darwiniana que entra en tensión con esta concepción progresista: el azar de las mutaciones y la ramificación no jerárquica de las especies. Lev Jardón cuestiona la visión lineal de la evolución, trenzando causas y azares en este ensayo sobre la vida.

d62a33c8c201dc5f2970097218f0d923Solemos pensar y enseñar la teoría de Darwin por el principio de selección natural, enlazando así el concepto de evolución al de perfeccionamiento por adaptación al medio. Pero hay otro componente de la teoría darwiniana que entra en tensión con esta concepción progresista: el azar de las mutaciones y la ramificación no jerárquica de las especies. Lev Jardón cuestiona la visión lineal de la evolución, trenzando causas y azares en este ensayo sobre la vida.

 

 

Lev Jardón Barbolla

 

Un colibrí vuela estacionariamente frente a una flor mientras su corazón late  más de mil veces por minuto; mientras tanto, en el suelo cercano, bacterias minúsculas cambian la forma química de los compuestos con nitrógeno y las plantas asociadas a esas bacterias logran asimilar dichos compuestos. Un poco más allá, en un estanque, otras bacterias fotosintéticas liberan a la atmósfera grandes cantidades de oxígeno de forma parecida a como sus parientes lo hicieron hace miles de millones de años, cambiando radicalmente la mezcla de gases de la atmósfera terrestre, cuya forma actual el lector respira tranquilamente mientras lee. En otro lugar, una sequoia de miles de toneladas de peso y más de un centenar de metros de largo hace empequeñecer a la enorme ballena azul, cuyo corazón late apenas seis veces cada minuto (diez veces menos que el de un humano). ¿Cómo ha surgido la diversidad de formas vivas en la naturaleza?

A diferencia de lo que habría ocurrido hace un par de siglos, estamos relativamente acostumbrados a pensar que esa diversidad de formas vivas es el resultado de un proceso de descendencia con modificación en los seres vivos a lo largo del tiempo. Pero no se trata –en la mayoría de los casos– de cambios que ocurran a lo largo de una escala de tiempo observable en el intervalo de tiempo que abarcan unas cuantas generaciones humanas; se trata de cambios que han ocurrido y ocurren a escalas de tiempo mayores, en lo que a veces se llama tiempo profundo: cientos de miles, millones, decenas y cientos de millones de años.

Una vez asumida la concepción de cambio en el mundo vivo, puede resultar tentador pensar que ese cambio ocurre con un propósito o finalidad determinada: a esto se le llama teleología. De esta manera, la primera teoría moderna de la evolución (moderna en el sentido de que surge en el contexto de la modernidad capitalista), la teoría del naturalista francés Jean Baptiste Lamarck (1809, Filosofía zoológica), conservaba la noción de que existía una especie de impulso interior que ocasionaba que el cambio en los organismos siguiese una dirección, presuntamente ascendente, en la que los seres vivos iban cambiando hasta parecerse al Hombre (no había muchas concesiones a la equidad de géneros en esa época). Se trataba, pues, del espíritu de la época, hijo pleno del siglo de la Ilustración. Lamarck no podía escapar, con los elementos que tenía a su alcance, del espíritu de la misma. Si la burguesía, en su ascenso político (el Caballero de Lamarck sería ciudadano a partir de 1789 para ser Conde solamente después de la restauración monárquica), estaba llamada en su propio discurso a «civilizar» el mundo a partir del progreso científico técnico, ¿por qué no pensar que el mundo vivo se hallaba ordenado de mayor a menor en una «escala evolutiva»? La misma idea de escala evolutiva significaba un cambio respecto a las tradiciones esencialistas anteriores, que suponían que los seres vivos podían clasificarse de menor a mayor complejidad en una cadena del ser, fija, inmóvil, en la que la idea de cambio de una especie a otra era tajantemente rechazada.

Esta revolución en la concepción del mundo natural, que pasó de pensar a la naturaleza como un conjunto de entidades estáticas, inmutables, con esencias intocadas desde el principio de los tiempos, fue profundizada y extendida por la obra de Darwin El Origen de las Especies.

 

Selección y ramificación: dos componentes de la teoría darwiniana

Darwin explica el hecho evolutivo a partir de una teoría que abarca a grandes rasgos dos componentes. En ambos componentes se puede distinguir una tensión entre elementos que rompen con la idea de progreso y otros que no terminan de trascender esta visión del mundo, en buena medida debido al papel que juega en Darwin la ideología dominante de su tiempo.

Por una parte, un mecanismo, la selección natural, mediante el cual de la infinidad de variantes que surgen todos los días en la naturaleza (a diferencia de nosotros, Darwin no sabía cómo se originaban esas variantes), aquellas formas vivas que por sus características logran sobrevivir más y reproducirse más, tienden a hacerse cada vez más frecuentes en las poblaciones de organismos. Este componente de la teoría darwiniana, que explica la manera como evolucionan las adaptaciones, es ampliamente conocido, hasta el punto de la sobresimplificación. El mundo natural sería fiel reflejo de la sociedad burguesa, moldeada ante todo por la competencia. Efectivamente, las ideas del economista Thomas Malthus acerca de la contradicción entre la cantidad de recursos disponibles y la capacidad de crecimiento demográfico exponencial son la base del concepto darwiniano de lucha por la existencia y selección natural. No se trata de una suposición pues el propio Darwin habló en su autobiografía de la influencia que tuvo la lectura del Ensayo sobre la población en la construcción de su teoría. La relación entre Darwin y las ideas de los economistas políticos ha sido ampliamente analizada por el historiador Silvain Schweber.[1]

Por lo demás, al margen de su origen, no es casualidad que fuese justamente este aspecto de la teoría de Darwin el que más eco recibiera hasta nuestros días en la literatura de divulgación y en el discurso público en general. Desde el darwinismo social de finales del siglo XIX hasta teorías pseudocientíficas como la psicología evolutiva, se ha pretendido proyectar una imagen ideologizada del mundo natural en el que la selección natural es el único proceso importante en la evolución.

Hay sin embargo en este primer componente una tensión entre dos aspectos que se distancian entre sí por su relación con la idea de progreso.

Por una parte, la obra de Darwin plantea que la variación está surgiendo constantemente, sin originarse como una respuesta directa al medio, sino surgiendo de manera independiente. Hay plantas con hojas más grandes o más pequeñas, hongos con mayor o menor capacidad para digerir ciertos tipos de madera, tigres que prefieren diferentes tipos de presas, lémures que reparten sus actividades a diferentes horas del día, etc. Este hecho, que había perturbado a muchos naturalistas fijistas, pues dificultaba definir la esencia de cada especie, es abordado de manera original por Darwin al dejar de ser un problema y convertirse en la base de su teoría. En cada caso es imposible predecir qué organismos sobrevivirán y se reproducirán más, pues eso depende de la relación de éstos con el ambiente donde viven. Así, el surgimiento de la variación no persigue un propósito, sino que ocurre al azar.[2]

 Pero, más aún, no se puede hablar de progreso porque las condiciones ambientales pueden variar posteriormente, haciendo que las características que hoy permiten a un organismo vivir, por ejemplo, en condiciones de alta salinidad no sean ventajosas dentro de miles de años, pues el ambiente podría cambiar haciendo de la salinidad el aspecto menos importante en la vida de esos organismos.

Sin embargo, como mencionábamos, existe una tensión que no se resolvió del todo en Darwin y que originó algunas de las interpretaciones más erróneas del hecho evolutivo. La noción de que el proceso de sección natural desemboca en la adaptación al medio fue planteada por el propio Darwin en algunos pasajes como perfeccionamiento o, incluso, como un proceso que operaba por el bien de los organismos, haciendo un juicio de valor. Si la evolución perfecciona a los organismos, bien cabría pensar que representa una forma de progreso. Y, por supuesto, el darwinismo social del cual se hicieron eco prácticamente todos los países imperialistas europeos a finales del siglo XIX e inicios del XX, devolvió la metáfora de la lucha por la existencia (que, no podemos olvidar, se originó en realidad en la economía política, no en la naturaleza) como un principio ordenador del mundo, ahora del mundo humano, para justificar el orden de cosas que los poderes coloniales pretendían imponer al mundo. Esto tuvo consecuencias en el campo de las ciencias naturales, en lo que se conoce coloquialmente como biogeografía Sherwin-Williams, que –retomando pasajes en los que Darwin se admira de la perfección y novedad  que él veía en los seres vivos de latitudes nórdicas– planteó que los organismos más novedosos (y presuntamente más evolucionados) surgían en las latitudes nórdicas y desde allí iban remplazando, poco a poco, a los organismos menos evolucionados del sur. El «progreso» se derramaba desde el norte hacia el sur como en el logotipo de la empresa de pinturas. Mejor metáfora no se pudo encontrar en pleno imperialismo victoriano.

El segundo gran componente de la teoría darwiniana es la metáfora de la evolución como un árbol ramificado. Los organismos actuales descienden de ancestros comunes en el pasado y eso hace que compartamos de hecho parte de nuestra historia. Eso está a la vista: todos los grandes simios carecemos de una cola, a diferencia de los monos propiamente dichos que incluso pueden tener mucho control sobre ella y utilizarla como una quinta extremidad. Sin embargo, tanto los grandes simios como los monos compartimos un proceso de desarrollo similar, en el que se forma el mismo número de vértebras, y por ello los chimpancés, los humanos, los gorilas, los orangutanes y los gibones tenemos un conjunto de vértebras fusionadas que conocemos como coxis. Compartimos características y existen órganos que no poseen una función determinada (como el coxis o el apéndice), y compartimos características generales a pesar de haber acumulado otras diferencias, justamente porque las heredamos de nuestros ancestros comunes. Incluso la venerable jirafa, con su cuello de más de dos metros de altura, posee el mismo número de vértebras que un humano, una ardilla o un delfín. Todos estos caracteres compartidos son evidencia clara de que provenimos de ancestros comunes, y que cada especie actual representa, por así decirlo, la punta de una ramita de un gran árbol que emparenta a todas las especies. En este sentido, no cabe la idea de organismos más o menos evolucionados, ni categorías de análisis como plantas inferiores y superiores u hongos perfectos e imperfectos, que han plagado durante demasiadas décadas los libros de texto; éstos forman parte de un paradigma anterior, dieciochesco acaso, definitivamente anterior a Darwin.

La noción darwiniana de evolución ramificada aparece sospechosamente menos en la literatura de divulgación y en la enseñanza básica, donde el lastre de la «escala evolutiva» sigue colándose. La clásica imagen de una sucesión de homínidos progresivamente más erectos hasta convertirse en la cúspide, el Hombre, sigue apareciendo hasta en camisetas. Esa imagen corresponde a una visión lineal y no ramificada de la evolución. En este campo, ha sido difícil abandonar la idea de que la evolución significaría algún tipo de progreso.

Stephen Jay Gould, un distinguido evolucionista, teórico y divulgador de la ciencia de la segunda mitad del siglo XX, discutió en diferentes artículos las dificultades que tuvo y tiene la comunidad científica para abandonar la idea de que la evolución es una marcha progresiva.[3] Se nos dice en las escuelas que vivimos en la edad de los mamíferos, aun cuando no han dejado de existir otros animales como peces y reptiles y de hecho una rama de estos últimos, descendientes de un grupo de dinosaurios, las aves (alrededor de 12 mil especies), contribuyen con cuatro veces más especies que los mamíferos (cuatro mil, incluyendo dos mil roedores y mil especies de murciélagos) a la diversidad de la biota del planeta. Y más aún, son los artrópodos, particularmente los insectos, la mayoría de las especies de animales conocidas, con alrededor de 700 mil y contando. Es decir, se sigue proyectando una imagen –equivocada– que equipararía la evolución con un progreso a lo largo de escalas, a veces de complejidad, a veces relacionadas con el parecido al ser humano, a veces construidas alrededor de otros prejuicios. Pero la evolución es un hecho, no un propósito; el cambio de los seres vivos a lo largo del tiempo es un hecho, no un objetivo; la forma en que ese cambio se ha dado es el resultado de una interacción única, a muchos niveles entre procesos azarosos y deterministas, no el resultado de un plan. La evolución biológica es una consecuencia de la existencia material de los seres vivos, y nada más.

No se puede extraer de ella una moral o una suerte de fe en que todo organismo futuro será mejor, ni siquiera que será necesariamente diferente. Todos los organismos que existen en un momento determinado, ocupan las puntas de un conjunto de ramas. Todos compartimos una serie de ancestros comunes y, en última instancia, el tiempo que nos separa del último ancestro común a toda la vida actual sobre la Tierra es el mismo para todas las especies. Ninguno es más evolucionado que otro, incluso aquéllos que puedan asemejarse superficialmente a formas de vida antiguas han acumulado cambios a otros niveles (por ejemplo genéticos) o han superado exitosamente cambios ambientales y no son organismos primitivos. La vieja y errónea caricatura de que el hombre desciende del mono, debió ser sustituida hace mucho por la imagen más clara que apunta hacia que el ser humano y los monos comparten un ancestro común cercano; en todo caso, si ese ancestro común se parecía más a un mono o a un humano era irrelevante para ese ancestro común cuando existió hace millones de años.

 

Ojo: no todo en evolución es selección natural

Alrededor de la década de 1930, se llevó a cabo la síntesis de la teoría mendeliana sobre la herencia y la teoría de la evolución en un nuevo programa de investigación, no contrapuesto pero sí mucho más amplio que el de Darwin. En este proceso de síntesis fueron muy importantes los  trabajos de los fundadores de la genética de poblaciones, Fisher, Haldane y Wright. Desde entonces quedó claro que la selección natural no es el único proceso importante en la evolución biológica. Existen otros procesos como la mutación, la deriva génica, el flujo génico, que también moldean las características de las poblaciones de organismos.

De entre estos procesos dos resultan particularmente interesantes porque permiten reivindicar la relevancia del azar y la contingencia en la evolución, no como sustitutos, sino como complemento de la evolución por selección natural.

Cuando escuchamos mutación solemos pensar en ciencia ficción o bien en francos desastres radiactivos, sin embargo, aun en ausencia de catástrofes o experimentos fantasiosos, en la naturaleza la existencia de la mutación (palabra que significa cambio) ha sido una constante en los últimos 3,500 millones de años. Podemos afirmar que de no ser porque han existido mutaciones, la Tierra seguiría poblada por organismos unicelulares similares a los que surgieron por primera vez hace miles de millones de años. Eso no quiere decir que las mutaciones ocurran para hacer posible la existencia de formas nuevas de vida (mucho menos para hacer posible nuestra existencia como especie). La mutación, decíamos, es un hecho, no tiene propósito alguno; hay diversidad de formas vivas porque ha existido mutación en el pasado y la sigue habiendo; nuestra existencia como seres humanos es una consecuencia (no la única) de ese conjunto de millones de mutaciones que han existido en el pasado. Desde la síntesis moderna de la biología evolutiva, consideramos a la mutación como la principal fuente de variación heredable, condición indispensable para que exista evolución.

Conocemos los mecanismos bioquímicos que originan las mutaciones; sabemos que factores físicos como la radiación ultravioleta pueden incrementar su tasa y que dependiendo de la manera como se encuentra organizado el ADN y la proporción de diferentes bases nitrogenadas (Adenina, Guanina, Citosina y Timina) en su composición, éste es más o menos estable. En la actualidad incluso sabemos que no todas la mutaciones son iguales, hay algunas que sólo modifican ligeramente las características de los organismos, mientras que otras son responsables, por ejemplo, de que las flores de algunos grupos de plantas tengan sépalos, pétalos, estambres y carpelos, mientras que otras solamente tengan pétalos, estambres y carpelos y otras ni siquiera tengan pétalos propiamente dichos.[4]

Pero aun así, el tipo de cambios producidos por las mutaciones en los organismos no está orientado por un propósito ni es una respuesta directa a las condiciones ambientales en las que viven.[5] De nuevo, azar no significa ignorancia, sino simplemente que la variación surge en diversas direcciones y no solamente en aquellas que resultan ventajosas. La mutación es azarosa porque es independiente del proceso de selección natural. Y como consecuencia de ello es imposible predecir a ciencia cierta lo que ocurrirá en el futuro en la evolución de los seres vivos, pues no podemos saber qué nuevas mutaciones ocurrirán y en qué contexto. Por ejemplo, podemos saber que el planeta se está calentando debido a la acumulación de gases de efecto invernadero, pero aun si pudiésemos predecir exactamente qué cambios climáticos ocurrirán dentro de, digamos 10 millones de años, no podríamos saber qué mutaciones ocurrirán durante los próximos 10 millones de años.

Pero existen también características que se han fijado en las poblaciones naturales debido al azar. Esto se debe simplemente a que aquellas características que no benefician ni perjudican a los organismos que las portan –características que son neutrales desde el punto de vista de la selección natural– fluctúan libremente en las poblaciones naturales. Es el caso de muchos de los genes que portamos en nuestro genoma y que han evolucionado a tasas más o menos constantes a lo largo del tiempo, pero es también el caso de una gran parte del ADN que conforma nuestro genoma y que no es transcrito ni traducido para formar proteínas en el día a día de nuestras células. A este proceso de cambio no dirigido en las especies se le conoce como deriva génica. Este fenómeno es particularmente importante en especies o en poblaciones pequeñas o en aquellas en las que sólo una parte pequeña de los organismos que están presentes se reproducen (por ejemplo, una población de ceibas en medio de una selva puede tener muchos individuos juveniles, pero solamente unos cuantos árboles adultos reproductivamente activos). Cuando esto ocurre es fácil que de una generación a otra algunas variantes genéticas queden mejor representadas en las poblaciones simplemente debido a que el subconjunto que se reprodujo no necesariamente era representativo de la composición de la generación anterior, lo cual ocasiona lo que a veces se llama un error de muestreo.[6] Es decir, los cambios en las poblaciones de organismos en este caso no tienen que ver con su nivel de adaptación al medio en que viven, sino simplemente al azar, de ahí que se use la palabra deriva para nombrarlo, pues no tiene una dirección.

La deriva génica es un fenómeno bien estudiado desde los años treinta del siglo XX y que fue clave en el desarrollo, durante la década de 1960 y 1970, de la teoría neutral sobre la evolución molecular por el genetista japonés Motoo Kimura, y que postula que, a nivel molecular, las diferencias que se acumulan en gran parte de los genomas de las diferentes especies no tienen un significado adaptativo y por ello se acumulan a velocidad constante. Esto permite que, conociendo qué tan diferentes son las secuencias de genes de dos especies, podamos calcular de manera aproximada hace cuánto tiempo existió un ancestro común para esas especies. A diferencia de la noción de azar como ininteligible o desordenado, la deriva génica es un proceso al azar en el sentido matemático, con propiedades claras y bien definidas. Podemos calcular cuánto tiempo tarda en promedio una variante genética en hacerse muy común o incluso única debido a este proceso. Podemos estudiar toda una serie de propiedades estadísticas asociadas a la deriva génica, modelarla computacionalmente y aun así, los resultados de este proceso tienen que ver más con el azar que con algún propósito.

La relevancia de la mutación y la deriva es grande, a pesar de que la literatura de divulgación suela dejarlos de lado y pese a que durante algunas décadas posteriores a 1940 la tradición dominante en biología buscó explicaciones adaptativas (resultado de selección natural) a casi cualquier característica de los organismos. Pero el propio desvanecimiento de esta realidad compleja del hecho evolutivo como resultado de varios factores entrelazados, así como la falta de difusión del hecho de que desde la propia década de 1920 sabemos que existen características en las que intervienen varios genes y no uno solo, habla de que de nueva cuenta la actividad científica se ve afectada al menos en su divulgación por el contexto social en el que se desarrolla.

 

¿Entonces, todo se reduce a unos genes?

La evolución es un hecho y como hecho es parte de la realidad, esa necia y testaruda realidad a la que perseguimos constantemente –para nunca alcanzarla del todo– con nuestras teorías. Por su parte la teoría evolutiva es una teoría viva, un programa de investigación si se quiere. Como tal, no es un monolito anquilosado en el tiempo.

En 1859, Darwin dio un paso históricamente importante al separar al organismo del ambiente en aras de poder construir una explicación coherente de los mecanismos del cambio en el tiempo. Gracias a la genética mendeliana pudimos comprender la naturaleza no teleológica de la herencia y la variación. Pero que no se piense que la historia de la biología es la historia de una marcha triunfante de progreso, aunque la burguesía ascendente en el siglo XVIII haya tenido razones de peso para proclamar el avance que representaban las ciencias respecto al oscurantismo más rancio. En todo caso la biología, como toda ciencia viva, avanza más bien entre tropezones y no exenta de contradicciones.

El reduccionismo[7] supone que las unidades más pequeñas son siempre las más importantes, y que como un caso particular de esto en los seres vivos tal preeminencia ontológica de los genes llevaría a que éstos fueran vistos como la causa de todo; incluso hay quien ha llegado al extremo de proponer que el propósito de la existencia de los seres vivos sería la perpetuación de los genes.[8] Pero hoy es cada vez más claro que la frontera que se pensó infranqueable entre organismo y ambiente no lo es tanto. Y también que el llamado flujo de la información no ocurre solamente desde los genes hacia las proteínas. Campos como la epigenética o la biología del desarrollo acumulan en nuestros días evidencia de que la noción de que el fenotipo está determinado por el genotipo de un modo lineal es errónea.

En realidad ha existido una tradición siempre latente en la biología, quizá representada de  manera más brillante –y acaso también contradictoria– en la figura de J.B.S. Haldane, que ha tratado de poner en el centro del debate la naturaleza de las unidades que son sujeto de la evolución[9]. La tradición dialéctica ha partido, por ejemplo, de entender que los organismos y el ambiente donde se desenvuelven no existen por separados el uno del otro, sino que ambos se determinan  mutuamente: variables ambientales alteran la expresión de ciertos genes dentro del organismo, el organismo con su propia actividad fisiológica altera el medio que lo rodea y al mismo tiempo determina qué variables de ese medio son relevantes para su vida en un momento determinado. Ojo, no es que los organismos tengan conciencia  de ello (lo cual nos llevaría de vuelta a una idea de propósito o telos en la naturaleza), sino que se trata de que la interacción gen-organismo-ambiente es un complejo que evoluciona como una unidad.

Así, si reconocemos que los diferentes procesos evolutivos pueden ocurrir a diferentes escalas de organización, que los genes no son la única unidad que evoluciona, sino que los organismos completos, sus interacciones ecológicas –incluyendo interacciones simbióticas que no implican competencia–, sus patrones de desarrollo embrionario, sus historias de vida e incluso los ecosistemas como entidades, son unidades de interacción en las que puede ocurrir la evolución, tenemos entonces una visión mucho más rica y dinámica de la evolución como hecho.

Más aún, los seres vivos no han sido jamás meros objetos pasivos del proceso evolutivo, sino más bien sujetos del mismo. Ello no implica en modo alguno una conciencia o un propósito. El ejemplo más dramático ocurrió quizá hace algunos miles de millones de años cuando surgieron los ancestros de los procariontes fotosintéticos en aquel estanque del que platicábamos hace ya varias páginas. La vida, que se originó en la Tierra como resultado de un cambio en las propiedades cualitativas de ciertos agregados de materia orgánica, surgió en una atmósfera con muy poco oxígeno. De entre los descendientes de esas primeras células aparecieron (después de miles de mutaciones no dirigidas) organismos capaces de utilizar el agua, la luz y el dióxido de carbono para formar azúcares, liberando colateralmente oxígeno; eran los primeros procariontes fotosintéticos. Liberaron tanto, que la naturaleza de la atmósfera cambió radicalmente y hoy tiene alrededor de 20 por ciento de oxígeno. Los organismos construyeron, literalmente, un ambiente nuevo y de hecho negaron las condiciones que habían hecho posible el surgimiento de la vida en la atmósfera antigua de la Tierra, por eso hoy no existe la generación espontánea de la vida. Parafraseando a Darwin, mientras todo eso ocurría, el planeta siguió girando alrededor del sol y sobre su propio eje, más o menos de la misma manera que lo había hecho mil millones de años antes y de la misma manera que lo hace hoy.

¿Progresó la vida gracias a esos procariontes fotosintéticos? ¿Hubo un propósito en ello? No lo creo. Una cosa es cierta, fue una afortunada coincidencia (para nosotros) que los primeros organismos fotosintéticos surgieron en un momento en el que les fue posible sobrevivir. Nosotros no existíamos, pero sin ese oxígeno que hasta la fecha siguen liberando los procariontes fotosintéticos y las plantas (en cuyo origen participaron los procariontes fotosintéticos), este artículo no habría podido ser escrito… ni leído.

La evolución biológica ocurre como resultado de una interacción única, que llamamos vida, en la que participan causas y azares, trenzándose en diferentes niveles. No se trata de un proceso nebuloso en el que todo está conectado con todo, sino de un proceso –dialéctico– en el que ciertas conexiones son más relevantes que otras. Identificar esas interacciones y sus procesos de cambio en el tiempo, es el principal reto de la teoría evolutiva en su interminable y estimulante caminata tratando de comprender a la evolución como un hecho.

 

 

NOTAS


[1] Que la ideología dominante en un momento determinado afecta la manera como los científicos ven el mundo y en general, que el contexto social en el que se gesta una teoría se vea tan fielmente reflejado en ella, no es una  excepción, sino más bien, algo común. Por ejemplo, Boris Hessen explicó, si bien con algunas limitaciones, las relaciones entre la mecánica newtoniana y las necesidades de la burguesía emergente en Inglaterra. Ello no demerita el ingenio o las capacidades de los científicos ni los hace meros instrumentos de una visión del mundo, simplemente nos recuerda, fehacientemente, que la actividad científica es ante todo una actividad social, y que no puede ocurrir al margen de la sociedad que la rodea.

[2] Hoy en día, al hablar de azar, no nos referimos a «magia» o a «misterio», aunque Darwin trató el surgimiento de la variación heredable como una especie de «caja negra», de la que él sólo sabía que producía variación constantemente. Cuando decimos azar, nos referimos a una definición matemática del término: dado un conjunto de resultados posibles, todos ocurren con la misma probabilidad. Así, es igualmente probable que la variación que surge en la naturaleza tenga consecuencias positivas, neutrales o negativas en relación con la sobrevivencia y reproducción de los organismos que la presenten. La variación y el contexto ambiental en el que surgen son, en este sentido, procesos dislocados. No hay garantía de que en un ambiente determinado surgirá la variación adecuada en el momento adecuado.

[3] Véase, por ejemplo, S.J. Gould, (2001) La grandeza de la vida. Editorial Crítica, Barcelona, España. 264 pp.

[4] Este tipo de mutaciones suelen llamarse homeóticas y literalmente modifican la identidad de estructuras competas en los organismos

[5] Por ejemplo, el cambio de un ambiente boscoso a uno de sabanas o llanuras, no induce automáticamente la aparición de mutaciones en las poblaciones de animales herbívoros, ni cambios que les permitan correr de mejor manera en esos ambientes.

[6] Hay que aclarar que no nos referimos a la falta de pericia de uno o más científicos. El error de muestreo ocurre en la naturaleza debido a una propiedad estadística general, solamente un tamaño muestral infinitamente grande podría garantizar que siempre se refleje fielmente la composición de un conjunto en una muestra.

[7] Llamamos reduccionismo a una visión del mundo que concibe que las unidades más pequeñas son siempre agentes causales de orden superior a las unidades grandes. Esta visión convierte el ejercicio metodológico legítimo de aislar procesos para comprenderlos por separado, en una visión que supone que el mundo existe fragmentado de esa manera.

[8] R. Dawkins, (1990), El gen egoísta: las bases biológicas de nuestra conducta. Salvat ediciones, Barcelona, España. 424 pp.

La intención no es extenderse en la refutación de las aseveraciones de Richard Dawkins en El gen egoísta; sin embargo, conviene señalar que el genocentrismo comete tres errores fundamentales: 1) confunde un hecho de la vida (la reproducción) con un propósito; 2) ve en el hecho de que los genes pasen de una generación a otra la única causalidad válida –cuando en realidad es uno de los niveles de causalidad posibles; 3) aglomera abusivamente fenómenos para adjudicárselos a los genes. No deja de ser paradójico que, siendo Dawkins un evolucionista, el argumento del gen egoísta termine asemejándose al pensamiento aristotélico que sostenía que los diferentes niveles de causalidad en los seres vivos simplemente buscaban garantizar la perpetuación de las formas, siendo esto el telos o finalidad de la vida.

Para una visión radicalmente diferente a la Dawkins puede consultarse a S. Rose (2001), Trayectorias de vida: biología, libertad y determinismo. Editorial Granica,  Barcelona, España. 345 pp.

[9] Una amplia panorámica de las raíces teóricas de ésta tradición puede encontrarse en el libro de John Bellamy Foster (2000), Marx’s ecology: materialism and nature. Monthly Review Press, Canada. 310 pp. Existe una traducción al castellano publicada por Ediciones El Viejo Topo, relativamente difícil de conseguir en México.

Lamentablemente no existen, hasta donde yo sé, traducciones completas de la obra de Haldane al castellano, aunque sí algunas traducciones de la obra de Richard Lewontin y Richard Levins, quienes en los últimos 50 años han realizado aportaciones muy relevantes a una visión dialéctica de la teoría evolutiva.

 

 

 

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Lev Jardón Barbolla. Doctor en Ciencias por el Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Se dedica a la biología evolutiva y a la genética de poblaciones, además de ser profesor en la UNAM.

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Posted by Revista Cuadrivio

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