Espejos y ventanas

«El libro es ventana y espejo al mismo tiempo; la lectura es el acto de conocer y reconocerse.» El poeta mexicano Fabián Espejel en «Caminos de la lectura».

Fabián Espejel (Ciudad de México, 1995) es poeta, ensayista y traductor. Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y fue becario de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas/Universidad Veracruzana en 2017. Es colaborador permanente en Página Salmón. Textos suyos han aparecido en Literal MagazineCuadrivioLiterariedad y MilMesetas.

 

 

Fabián Espejel

 

Para la literatura, el hombre es un lector.

Alfonso Reyes

—Hypocrite lecteur, —mon semblable, —mon frère!

Charles Baudelaire

 

El primer libro que leí fue a través de los ojos de mi padre. Tendría tres o cuatro años cuando, ansioso, le pedía que leyera otro capítulo de Momo, pues no sabía descifrar aún los garabatos que rodeaban los dibujos de la tortuga Casiopea. Al acabarlo, estaba feliz por haber leído (o mejor dicho, escuchado) que la historia terminaba bien. Pero me sentía extraño, porque además de pensar en lo que jugaría después, imaginaba rostros, diálogos y situaciones en los que nunca hubiera pensado sin aquel librito. El mundo se ensanchaba un poquito más y de repente había un lugar para Momo, el maestro Hora y la angustia que me provocaban los hombres grises.

Siempre había libros que leer en mi casa. El primero que me regalaron está fechado tres meses antes de que naciera. Desde entonces, y lo digo en broma y en serio, a mi vida nunca le han faltado libros. Recuerdo una Biblia para niños que me regaló mi madre. Mis historias favoritas eran las del Antiguo Testamento, quizá por ser más fantásticas. Dos de ellas marcaron el imaginario de mis juegos: el diluvio universal y la historia de Moisés. Innumerables veces modelé con plastilina arcas llenas de animales o junté mis juguetes para simular la muchedumbre hebrea que escapaba de Faraón. Era tal el embeleso de aquellas historias, que una de las escenas del cine que marcó mi vida por entonces fue la de Charlton Heston abriendo el mar Rojo. Era casi igual a como yo lo había imaginado.

No hace falta hablar de las páginas que colmaron mi niñez: Andersen y los hermanos Grimm, Selma Lagerlöf y el dúo Kitamura-Oram, Perrault y Harry Potter, Roald Dahl y C. S. Lewis, Megan McDonald y Nikolai Popov. En todos había un vistazo a otra realidad y en todos me reconocía de una u otra manera. Era una suerte de anagnórisis con el universo y conmigo mismo. Los libros me daban un lugar en la existencia como niño y como ser humano.

 

***

Al final del camino de mi adolescencia, murió Carlos Fuentes. Al día siguiente corrí a comprar La muerte de Artemio Cruz, pues no conocía al autor de La edad del tiempo. Cuando lo terminé, me di cuenta de dos cosas: de que nunca había leído nada parecido escrito en mi idioma –mi referente literario «más importante» hasta entonces era Dostoyevski– y de que yo quería ser escritor. Compré y leí más libros de Fuentes, que me llevaron a otros escritores como Rulfo y Paz, que, a su vez, me condujeron a descubrir más páginas y autores: épica y dramática sánscrita y grecolatina, novelistas estadounidenses, poetas románticos, poetas mexicanos, por mencionar solo unos cuántos. Fuentes me enseñó a leer más, a vivir y a conocer otras páginas, pinturas y hechos históricos y sociales para poder enfrentarlo. Me enseñó a dialogar, a cuestionar y a construir los textos.

Otro de los autores que me ha marcado indeleblemente es mexicano y universal (aquí mi gratitud y aprecio a mi amiga y maestra Alicia). Ese «milagro» por su amor al lenguaje del que hablaba Octavio Paz se transluce en las miles de páginas que escribió. Hablo, por supuesto, de Alfonso Reyes. Su pluma es la región más transparente de la lengua, limpia y exacta, de una sabiduría enciclopédica y, al mismo tiempo, de un corazón tan henchido de sangre que escribe ensayos sobre Mallarmé y Einstein y versos acerca de esos golpes en la vida, tan fuertes, como diría un gran contemporáneo suyo. Sin embargo, Reyes suele ser valorado como un hombre grave y erudito. He escuchado que lo llaman «tedioso» y «acartonado». Que no se juzgue ningún libro por su portada, pues el conocimiento nunca estará peleado con el humor ni el sentimiento. Un hombre solemne jamás hubiese redactado un párrafo así:

 

Y que se me diga si no vale por muchos tratados de crítica, y por muchos poemas, la emoción de cierto hombre sencillo, a cuyas manos fue a parar una versión de Homero:

—Estoy leyendo –decía– un libro extraordinario. Se llama la Ilíada. No sé lo que es; pero desde entonces veo a los hombres con estatura de gigantes.

 

En la universidad, me he topado con compañeros que sienten aversión por los autores eruditos. Yo siento un poco de aversión por esos compañeros. El buen lector es aquel que se asoma a cada página que encuentra y que por todo se interesa, que quiere ver un horizonte desconocido, aunque después baje las persianas de aquellas visiones que poco o nada le dijeron. Además, ningún buen escritor es un autor sencillo, lo parezca o no. En Simic, en Szymborska, en Goethe o en Homero existe siempre la posibilidad de abrir una ventana para que el cuarto se llene de un poco más de luz, aunque esta en ocasiones sea tan fuerte que engañe los sentidos y nos haga creer que la claridad es sombra. García Lorca llamaba oscuros a todos por no tener la capacidad de comprender la inteligencia de Góngora. ¿Y no existen acaso lentes de sol, viseras, más libros o alguna aplicación que nos ayude a asimilar el día penetrando la ventana? ¿No existen ya las versiones anotadas de las Soledades o los buscadores para hallar el significado de tal o cual cita en griego o en latín? Es imperdonable la ceguera en el siglo XXI. También debería serlo no abrir o denostar un buen libro.

 

***

¿Es el lector un evasor de su propia realidad o alguien aburrido de vivir? No, este –lo mismo que el escritor– no evade, sino confronta. Cuando cierra el libro se da cuenta de que se ha transformado en una mujer o un hombre distinto. Esa metamorfosis repercute para siempre, porque al regresar al mundo de los vivos verá con los ojos saciados de palabras un cielo más ardiente o escuchará el murmullo de la tierra menguado en las tinieblas. Entonces se dará cuenta de que el mundo siempre ha estado abierto de par en par, que nunca deja de escribirse en él lo que hay afuera y lo que existe adentro de nosotros mismos. El exterior es mucho más vasto que el que mira, pero de nada serviría tanta vista si no hubiese un par de ojos que se reconociera o disociara de ella. El libro es ventana y espejo al mismo tiempo; la lectura es el acto de conocer y reconocerse.

 

***

Las palabras son el descubrimiento intelectual del mundo. Las historias, los poemas, las reflexiones y los dramas escritos con ellas son, a partir de la sensibilidad, la interpretación de dicho mundo. De ahí que el lector experimente su propia apokalupsis como Juan en Patmos. El lector curioso (el verdadero lector) descubrirá que el diccionario define el vocablo como «revelación» o «descubrimiento». ¿Y no es esa acaso la función del espejo y la ventana, que es la misma del libro: una revelación íntima y pública, un descubrimiento propio y común?

«Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras», dice el apóstol Juan en el Libro de las Revelaciones, porque de ellos será el reino de este mundo. Porque en cada palabra hay un nosotros, que es los otros, que soy yo y eres tú, mi semejante, mi hermana o hermano. En cada lectura se establece un puente que cruza épocas y lenguas hasta llegar a lo más profundo del otro: los libros son la certeza de que existe otra persona entregándose en palabras a alguien más. Son la transmisión de conocimiento y experiencia de los cercanos, los distantes y los ausentes. Por eso leer es una forma de vivir y de seguir viviendo en un mundo que se empeña en derrotarnos, porque escribir y leer son un acto de amor infinito hacia el prójimo.

 

Julio de 2017

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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