Tordos sobre lilas

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Esta es la penúltima de cuatro entregas con cuentos acerca del Norte mexicano. Se eligieron a cuatro narradores contemporáneos –mujeres y hombres, norteños y no– de diferentes décadas, para que sea esta una mirada panorámica, general, a lo que se escribe hoy sobre el vasto imaginario en esta zona de México. La tercera invitada es Magali Velasco Vargas, narradora xalapeña de los setenta que, inspirada en la realidad atroz de Ciudad Juárez, creó este cuento tremebundo que da título al volumen homónimo publicado por la Universidad Veracruzana en 2009. Aunque la voz casi cronística del relato se atreve a contar escenas de enorme sordidez, también apuesta por la fuga de la narración y prefiere sugerir en vez de revelar justo en el momento de más álgido horror.

 

 

Magali Velasco Vargas

 

 

A la memoria de las niñas juarenses Airis y Anahí.

 

…me entreno cada mañana en un poder imaginario que me haga capaz de borrar todo lo que existe; todo lo que temo; sigo aquí despierto y escucho el breve mundo que es mi casa; los platos servidos, la regadera, la puerta del refrigerador, la voz de mis hijos y sigo aquí, boca arriba, boca abajo, nada logra sacarme de este sopor autoimpuesto…

—Yo sólo hice la mezcla y me pagaron 400 pesos…

Edgar Rincón Luna, «¿El origen del mal?»

 

 

La vagoneta se estaciona frente a una tiendita, son casi las cinco de la tarde del nuevo horario. El sol sigue alto, no anochecerá sino hasta dentro de tres horas y durante éstas el cielo se tornará acuarela índigo, coral y lila. Es el milagro diario: mirar la bóveda sintiendo que todos esos colores caen en la espalda aliviando el tedio de Ciudad Juárez. El mes de mayo se escurre debajo de las camisetas y el sudor intensifica lo redondo y ancho de los rutilantes rostros. Dentro de la van negra, El Boni y Joel esperan a El Lacio. Los que aguardan abren las puertas del vehículo: uno intenta dormir, el otro lee el periódico vespertino.

Los clientes de la tiendita son atendidos desde una ventana que hace las veces de mostrador. Para acceder a esa amplia ventana hay que subirse en un taburete de madera que recuerda a los tablados para bailar en los fandangos. Fuera del local, tres niñas se disputan la primacía de «las maquinitas». Bajo la sombra de un viejo moro, las chiquillas saltan cuando ganan, saltan cuando pierden, manotean para pedir turno, parlotean sin cesar. Son vecinas y comparten el mismo salón del segundo año de primaria. Una de ellas aún lleva el uniforme: falda azul, blusa blanca, calcetas al tobillo y zapatos negros; las otras dos calzan chanclas y viven muy cerca de la tiendita: ahí, a la vuelta. Es la primera tarde en toda la semana que logran llegar a los videojuegos antes que los niños de enfrente. Jugarán hasta las ocho o un poquito antes, no vaya a ser que las madres las regañen. Se han dado una buena escapada porque, salvo a una, a las otras dos no las dejan ni sentarse; en casa siempre hay algo que hacer: un bebé que cuidar, un piso que limpiar, un mandado que cumplir.

Dentro del negocio, la dueña: la señora Gaby de treinta y dos años y tres hijos, está sentada en una mecedora y abanica a su bebé. Los niños más grandes van y vienen del interior de la vivienda; la tienda ha sido montada en el espacio de la sala-comedor. Los hermanos se persiguen mientras la madre, sofocada, balbucea exigiendo que la dejen ver su telenovela. A esta hora no hay clientes; vendrán al caer la tarde por cerveza, leche, pan y tortillas, o por alguna estampita onomástica porque nunca falta el niño con una tarea a medio terminar.

Un camellón sin pasto divide la calle. Las niñas son seres inmunes al calor: apenas si se percatan de que el aire espeso tarda en ser aspirado, de que el polvo que levantan cuando brincan ensucia los pies desnudos y opaca más los zapatos negros de la escuela. A las cinco de la tarde los mayores, algunos, estarán saliendo de las maquilas, de las oficinas; otros, estarán preparándose para la jornada del segundo turno.

El Lacio sale de la casa contigua y se detiene para comprar una Tecate en lata, especifica. La señora Gaby despega el gran cuerpo de madre recién parida y va hacia la hielera. El Lacio paga con monedas, destapa su cerveza y de un profundo trago la finiquita. Gaby regresa a la telenovela: Victoria, embarazada por segunda ocasión, con una barriga de ocho y medio meses, se desploma de las escaleras; en otra casa, los abuelos están a punto de abordar un coche y debajo de éste tintinea una bomba; en otra escena, la niña fresa, hermana de la preñada desbarrancada, se topa en la calle con una gitana cuya lectura quiromántica sentencia: «La muerte ronda a tu familia». Comerciales. La señora Gaby –que no es una apasionada de las tramas, solo de Juan Antonio: el héroe que seguramente aparecerá en el siguiente segmento salvando a la embarazada, a los abuelos y librando a su amada de la gitana endemoniada– cierra los ojos y no repara en que el tipo ha terminado la cerveza ni en que continúa estacionado frente a su tienda.

Cuando se sube a la van, El Lacio les explica a los otros dos que el que le debe dinero no está; deben esperar unos minutos. El Lacio ve a las niñas y le viene a la mente una de sus hijas y comenta: «A Jacqueline, la más chiquita, le enseñé a darme besos en la boca. Los labios se sienten como de mujer, pero en chiquito; las nalgas de mi hija se parecen a las de mi mujer. A la Jacqui le gustaba darme besos, me los daba bien apretados y seguidos. Ahora que creció ya no quiere, dice que me huele la boca». El Boni y Joel se ríen. Los tres están viendo a las pequeñas: no se sabe si les divierte cómo alternan entre ellas los turnos del juego, cómo se jalonean para poder ver la pantalla en todo su esplendor.

El Lacio distingue el coche que se estaciona frente a su camioneta. «Ahí está este güey». El recién llegado lo reconoce y con una ligera cabeceada lo saluda; no necesitan darse la mano ni una palmada en el hombro: su saludo transcurre en silencio y esbozan una sonrisa a medias. Los hombres desaparecen en el interior de la casa 406 de la calle Saturno. De la misma escapa un olor a fritanga, a cochambre: esos aromas reacios a transitar que son parte de las casas y que provocan en sus habitantes un sentimiento de hogar y, en los visitantes, de rechazo.

Ahora, El Boni y Joel se toman una cerveza. Las ropas de ambos están empapadas de sudor: se les pegan en los traseros y en las espaldas. El calor no da tregua. No es tanto lo seco del mismo, como lo hostigante del sol: la piel morena se ennegrece tiñéndose de manchas como pecas; las pieles claras no se broncean, solo se vuelven parcas. El bebé de doña Gaby llora; no ha dormido en toda la tarde, suda entre la cobija y los senos de su madre que ha insistido en abrigarlo pese a los 39ºC. La telenovela retoma el hilo cuando la dueña, malcarienta, se levanta a despachar otras cervezas; diez minutos después, la obligarán de nuevo a alzarse.

Reaparece El Lacio con una sonrisa que escapa del bigote, se reacomoda el pantalón en cuya bolsa trasera se abultan los billetes. Los otros, tras dos cervezas, no han apaciguado la sed; al contrario: se les despertó. Joel compra más cervezas, pero aclara que no podrán tomárselas en su casa. «La tengo llena de la familia de mi vieja». Están celebrando el bautizo del último nieto; la casa de Joel es nueva, de las que financiaron tras el desalojo del ahora Camino Real, pero también es diminuta: con un solo cuarto en el que se apiñan la pareja, el bebé y la niña; los otros dos hijos duermen en el comedor. Si Joel trae ganas, manda a todos fuera del cuarto, cierra la puerta y entonces se jala a su esposa; no le gusta que lo vean mientras hinca a su mujer. Joel es el más chaparro de los tres, viste unas bermudas caqui. Los negros tatuajes en ambos brazos simulan mangas largas, apretadas y sofocantes para una tarde de verano; comenzó a hacérselos hace más de una década.

Cuando el tatuado recibe el cambio de la mano de doña Gaby, El Lacio dice en voz baja: «Qué, ¿nos llevamos una?». Voltean hacia las niñas, los tres hombres se carcajean, toman las bolsas con las botellas nadando en hielo. Dentro de la vagoneta, El Lacio abre la guantera y saca unas pastillas. «No he tenido con quién estrenarlas». El Boni se las quita, revisa el nombre y comprueba la sospecha. Se carcajean de nuevo. Entonces se desborda el parloteo y entre risas se alternan las palabras puto, joto, impotente, culero…, hasta que El Lacio insiste: «Qué, ¿nos subimos una?». Y antes de recibir una respuesta, se baja y les muestra a las niñas un billete de cien. Boni y Joel no creen que El Lacio esté allá, ondeando el billete. La broma se ha vuelto una niña que huele a carne y a cabellos untados por el sudor en frente y nuca. Sin razonar el motivo, Boni abre la puerta e intenta sacar la pierna, pero El Lacio ya viene de regreso. «Les presento a Sol. Ella nos va a guiar a la casa de mi tía». Boni balbucea un «no mames». No tiene hijos, pero es inevitable que en su mente se proyecte el rostro de él mismo cuando niño. Recuerda su mano y en ella un pene, recuerda a su vecino bajándole el pantalón, tocando sus nalgas. Nunca lo penetró, pero sí lo lengüeteaba. Al final era lo húmedo y lo blanco, el vecino que jadeaba y lo apretaba. Boni sentía que su mano no le pertenecía, que se desprendía del resto de su cuerpo; hasta que el agua y el jabón tocaban sus yemas, recuperaba el tacto y entonces juraba que no dejaría que lo llevara de nuevo a esa casa. Hasta los once años reunió el valor para pegarle ahí. Donde la mano se transformaba en postiza.

Boni no hará nada para impedir que Sol suba a la camioneta. Es como si tuviera nueve años de nuevo: el miedo reina en la inercia. No participará; solo oirá hasta caerse de borracho.

Las otras dos niñas no quisieron ir con los señores porque temieron que los de enfrente les ganasen el videojuego. Ven partir la camioneta y enseguida retoman las palancas, el botón rojo para disparar, el verde para saltar. Sol no tardará porque la tía de ese señor vive en la misma calle que ella; regresará con el billete que decidieron dividir entre las tres.

Los árboles de lilas, al atardecer, transpiran un finísimo perfume, solo en primavera y durante el inicio del verano se percibe la fragancia de la discreta flor; después las frutillas de este árbol sirven de municiones; los tiralilas son los charpes, la gran amenaza de las bandas de niños cuyas víctimas principales son los perros que, babeantes tras las rejas, enfrentan sin armas una guerra dispar.

Cuando es hora de regresar a sus casas, las dos niñas imaginan que Sol no volvió por no compartir el dinero. La camisa blanca de una de ellas se vuelve de pronto rosa: es el ocaso que arroja esa cálida luz que todo lo pinta por breves segundos como si fuera magia. Los tordos llegan haciendo sonidos plásticos; su graznido es ora un golpeteo seco, ora un agudo rechinido: algo muy parecido al que se oye cuando se toma entre dedos un globo sin amarrar y lenta y tortuosamente se deja escapar el aire. El aroma de las lilas se pierde entre plumas negras. La gente llega a la tiendita a comprar víveres, el tránsito de vehículos se incrementa en la Saturno, el espectáculo celeste ha llegado a su fin.

 

Antes de una semana, el rostro de Sol se desplegó por toda la ciudad. Anuncios panorámicos, mantas colgadas en puentes peatonales, hojas pegadas en cada supermercado, en cada banco, reproducían el nombre completo de la niña, sus centímetros de altura, el color de sus ojos y la fecha en que fue raptada. En esta información se leía entre líneas el temor más grande. Las lluvias llegaron por delante, las calles se inundaron y se colmaron de baches que dejaban los autos sin rines y sin escapes. El desierto urbano reverdeció.

A los trece días de que Sol le sonrió a toda Ciudad Juárez desde lo alto de los espectaculares, su cuerpo fue encontrado por accidente. Pese a que muchos la buscaron, alguien sin querer dio con el tambo de cemento.

 

Ciudad Juárez, 2007.

 
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Magali Velasco Vargas (Xalapa, 1975) es narradora y ensayista, doctora por la París-Sorbona. Ha publicado los libros Vientos machos (Universidad de Guadalajara, Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2004), El cuento: la casa de lo fantástico (Tierra Adentro, 2007), Tordos sobre lilas (Universidad Veracruzana, 2009), El Norte de Bruguel (Instituto Veracruzano de Cultura, 2015) y Rodrigo y El Gran Elefante (Editora de Gobierno de Veracruz, 2017). Es catedrática en la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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