Peones de Samalayuca

Por  |  0 Comentarios

He aquí la primera de cuatro entregas con cuentos acerca del Norte mexicano. Se eligieron a cuatro narradores contemporáneos –mujeres y hombres, norteños y no– de diferentes décadas, para que sea ésta una mirada panorámica, general, a lo que se escribe hoy sobre el vasto imaginario en esta zona de México. El primer invitado es Felipe Ramírez Núñez, narrador chihuahuense nacido en los noventa cuyo relato, amén de contar con un discurso sutil y eficiente sobre el duelo, se logra a base del cuidado estilístico y el trabajo con la sorpresa.

 

 

Felipe Ramírez Núñez

 

 

Serían las siete de la mañana, minutos más, minutos menos.

Los Médanos de Samalayuca ofrecían un espectáculo antitético: de naturaleza sobrenatural. El sol matutino coronaba al horizonte, trazado con nubes tenues, envolviendo poco a poco los perfiles montañosos en su abrazo dorado. La luz se extendió sobre las dunas infinitas, excitando al desierto, y el ranchero sintió su calor irradiado en la espalda.

Regresaba al pueblo. La distancia a recorrer se perdió en un cálculo imposible gracias a las dunas que se deformaban tentadas por el viento alevoso.

El cielo parecía cobrar un azul muy intenso, más de lo normal, como si intentara igualar la saturación cromática de los Médanos. Era un mar azul, con ocasionales crestas de cirros espumosos en su oleaje, deseoso de fundirse con el otro mar, debajo de él; el mar de arena blanca en el que Pedro naufragaba.

Presa de una angustia lacerante, el hombre ya no reparaba en su aspecto: las facciones rígidas en el rostro apiñonado, perlado de sudor, los dientes apretados, la espalda lastimada y tensa entre nudos musculares y las piernas temblorosas, sostenidas en pasos recelosos que el terreno hundía dentro de sí.

Su mente se abrasaba en incertidumbre. Después de varias reconstrucciones mentales de la hora y media pasada, reconoció que estaba buscando una laguna ficticia en su memoria. No soñó su aventura y sus ojos no lo engañaron.

Existiría una explicación para el suceso, la pensaría largo y tendido. Le contaría al compadre Marcelo. Por lo pronto, la llegada a casa se establecía como un objetivo apremiante. Había que calmar la sed, quitarse las ropas, que ya se empapaban de sudor, y apaciguar los paroxismos de la adrenalina.

Pero el viaje se alargó más de lo esperado.

Se preguntó, temeroso, si caminaba en círculos. Pero acabó por desechar la idea ante la guía ofrecida por la posición solar. Mientras su sombra fuera al oeste, él también.

Para entonces, el pueblo de Samalayuca ya exhalaría sus vapores, llenando el aire con tropeles de olores típicos: tortillas de harina en el cenit de su cocción, leña de encino en el ardor bajo los comales, estiércol amargo, pasturas húmedas y secas…

Pedro imaginó el ambiente y le pareció percibirlo en las fosas nasales. Intuyó que no faltaba mucho para ver el humo de las chimeneas en la distancia. Se apresuró a la duna que tenía frente a sí, y al conquistar la cima, su desconcierto alcanzó nuevas magnitudes.

Ni casas, ni chimeneas, ni harina cocida. Desierto fue lo único que vio.

No estaba preparado para esa eventualidad. Se talló los ojos, se revisó las manos y los pies buscando rastros de algún animal ponzoñoso que le alterara los sentidos. Nada explicaba el horror de aquella incoherencia.

El sol continuaba su ascenso oriental, pero el pueblo, la carretera y la planta termoeléctrica colindantes no estaban en su lugar.

Cayó sobre sus rodillas y escondió la cara entre las manos. Probó el sabor ácido de su propio sudor y se declaró el hombre más desgraciado del mundo.

Ya no tuvo duda. El desierto se empeñaba en devorarlo.

***

Marzo agonizaba cuando la situación llegó a un punto de aguda congoja.

La población de cuadrúpedos en el rancho se vio diezmada por un intruso nocturno que nunca dejó rastro. Pedro inició estoicas vigilias apostado en el pórtico de la casa, atento a cualquier sonido fuera de lugar y con el rifle a punto para escupir fogonazos.

No le gustaban las armas, pero en palabras de su padre, un rifle es el tercer brazo de un ranchero, y más ahora que el ladrón hace la ocasión, no al revés.

Su padre también le dijo que los caballos son más susceptibles al rapto en la hora que oscila entre la oscuridad nocturna y los primeros atisbos del alba, cuando el cerebro padece de esa modorra provista por la madrugada. Pedro, en cambio, no creía que existieran limbos como ese en el tiempo.

Abril llegó, trayendo consigo tolvaneras cargadas de arena y muerte. Para entonces ya faltaban seis equinos en el rancho.

Pedro durmió la mañana del día tres, más por necesidad que por decisión. Soñó al Remigio, su caballo predilecto, recorriendo las dunas del desierto a galope tendido mientras el viento le peinaba las crines rubias del cuello.

Se asomó a la ventana nada más despertar. Bufó aliviado al ver que Remigio seguía en su sitio, así como el resto de los animales. Era un día luminoso en Samalayuca, que aunado a su alerta constante, le acabó de ahuyentar el sopor.

Al poco rato, una silueta se acercó al rancho y cruzó la verja de entrada con cierta familiaridad.

—¡Pedro! –le gritó desde afuera–. ¡Pedro!

—¿Qué pasó, compadre? –preguntó mientras abría la puerta.

Marcelo llegó hasta la casa y extendió la mano. Pedro correspondió el saludo.

—Déjeme agarrar aire… Venía a avisarle que Marcelito ya no está con nosotros.

—¿Cómo? Lo siento mucho, compadre. Ya no está sufriendo, piénselo así… Pásele, ¿qué le ofrezco? ¿Cómo está su señora?

—Mal, pues cómo va a estar… y yo otro tanto –dijo, entrando a la casa–. Le acepto un poquito de tequila. Brindemos por mijo.

—Cómo no, no es para menos.

Pedro buscó la botella y sirvió dos caballitos. Brindaron por el fenecido y Marcelo dijo:

—Mañana teníamos la cita con el doctor, allá en Juárez. Anoche lo acostamos y ya no amaneció. Quiero pensar que no sintió nada, que nomás dejó de respirar.

—De seguro así fue. Yo qué le puedo decir, si nunca tuve hijos, no conozco su dolor. Pero dígame qué puedo hacer por ustedes.

—Nada, compadre. Acompañarnos en el velorio. Lo vamos tener ahí en la finca. Mi vieja no se lo quiere llevar a Juárez, dice que para qué, si aquí está su casa. Va a ser hoy en la tarde, a eso de las tres.

—Ahí estaré, pues. ¡Qué tristeza! Le estaba enseñando a jugar ajedrez, y ya le había entrado el gusto.

—Sí, fíjese que repetía a cada rato una frase que usted le enseñó: hasta el más peón hace jaque –se quedó pensando un momento–. ¿Sabe qué fue, compadre? El desierto.

—No le entiendo.

—Yo creo que el desierto se acabó a mijo. Este pueblo es puro polvo, por eso no mejoraba. Él nunca le iba a ganar al asma en este terruño.

Pedro no encontró qué decir. En cambio le ofreció más tequila a su compadre y éste lo aceptó.

—Lo que haya sido, compa –dijo al fin–. Su hijo ya lo dejó atrás. Ya está mejor.

—Eso mero: Dios ya lo ha de tener guardado. Es mi consuelo. Bueno, compadre, lo esperamos allá.

Se abrazaron. Marcelo abrió la puerta y dijo:

—Oiga, como que le faltan caballos, ¿no? ¿A poco ya los vendió?

—No, compa, ojalá fuera eso. Me los han estado robando en las noches. Ya me pegué mis desveladas, pero de oquis. No vi nada, no sé ni a qué hora me chingan.

—Gente cabrona y sin oficio. Aguas con el Remigio, cuídelo mucho. Está retechulo ese animal.

Los vecinos se congregaron en la finca de Marcelo a la hora pactada. Los deudos se vieron envueltos en sudor y lágrimas procedentes de la pena comunal.

Se rezó el rosario y, para las cinco de la tarde, el evento completó la mutación de fuerte arraigo mexicano: ahora tenía más de fiesta que de velatorio. Los asistentes bebieron y comieron hasta el exceso, y los pésames se repitieron entre exhalaciones alcohólicas, ahora más sentidos que antes. El tema de los caballos desaparecidos fue, tarde o temprano, abordado inevitablemente. Alguien preguntó:

—¿A poco no vio nada, Pedro?

—Nada –contestó–. Me fui a dormir ya muy entrada la noche y al despertar ya no encontré a los animales. Me rompieron la aldaba para abrir la reja.

—Qué poca madre. Ahí’tamos, avise si necesita algo.

—Sí, don Pedro –dijo una vecina–. Es muy feo que le quiten su patrimonio, por el que tanto ha trabajado. Váyase a Juárez a que le hagan una limpia, nosotras le cuidamos el rancho. De seguro le hicieron un chanchullo. Así son las envidias.

—¡Cállate, mujer! No le eches más la sal. ¡Que chanchullo ni que nada!

—No, vecina, no es pa’tanto. A ver si mañana me tiendo a buscar a los caballos, capaz y se van solos. Una vez se me pelaron a los Médanos. Les gusta andar allá, como que se sienten libres.

—Pero entonces, ¿quién les abrió la puerta? –preguntó la mujer–. Bueno; si va tenga cuidado, primero Dios. El desierto es como el mar, son igual de traicioneros.

Esa noche, Pedro instaló una sencilla ofrenda para su ahijado. Colocó una veladora junto al tablero que usara para enseñarle a jugar ajedrez, con las piezas aprestadas para el combate. No lo volvería a usar en un buen rato, como señal de luto. Le tomó cariño, padrinazgo aparte.

Vivía solo con su alma y sus animales. No era extraño que Marcelito fuese lo más cercano a un hijo, y las reglas de ajedrez lo más cercano a una enseñanza: un legado de consejos y estrategias que ojalá germinara en el infante.

Su padre le había dado otra enseñanza inolvidable: cuidar a los caballos. Valen más que cualquier reina si se saben aprovechar. Con los años entendió que aquello aplicaba para el juego y la vida por igual.

Pensando en esto se acordó de la tarea pendiente. Cerró la caballeriza e instaló dos aldabas nuevas –el tercer par en lo que iba del mes– en la verja principal.

Se echó a dormir con la mente exhausta, todavía casada con la preocupación. Más tarde soñó caballos. Caballos de ajedrez, blancos como Remigio, hundiéndose lentamente en las arenas de los Médanos, ejerciendo sus movimientos en curvas desesperadas. El cielo se cerró y lo comenzó a acribillar con proyectiles de madera negra que identificó al instante: le estaban lloviendo peones.

En ese instante, el reloj marcó las cinco y cuarto de la madrugada. Pedro despertó sobresaltado al escuchar varios golpes provenientes del patio. Su mente, ya predispuesta y paranoica, proyectó la imagen de un encapuchado martillando las aldabas de la verja. Tomó el rifle y salió al tiempo que gritaba:

—¡Ya te agarré, cabrón!

Pero no se trataba de ningún amante de lo ajeno. Encontró a uno de los caballos atacando la verja a coces violentas. El enrejado resistía gracias a las aldabas recién puestas, pero la fuerza del equino terminó de vencer a los goznes. La reja se desprendió y los animales huyeron despavoridos en dirección a la carretera.

El sueño se esfumó y un pasmo súbito ocupó su lugar. Sus animales no fueron robados, estaban huyendo. Pero, ¿por qué?

Dejó el rifle y buscó a Remigio. Lo montó a pelo y persiguió a los fugitivos.

Los caballos cruzaron la carretera y galoparon al este, en dirección a los Médanos. Remigio era el mejor animal del rancho, por lo que no tuvo dificultades para alcanzarlos. Pedro no los perdía de vista.

El cielo comenzó a clarear cuando el conjunto se internó por completo en el desierto de Samalayuca. Las colinas de arena eran cada vez más altas, pero eso no menguó la carrera.

Entonces sucedió. El trío de caballos que Pedro siguió a lomos de Remigio se fue hundiendo en la arena; primero las pezuñas, luego las patas, el cuerpo…, hasta desaparecer en las entrañas de una duna.

Remigio profirió un fuerte relincho. Se alzó sobre las patas traseras y depositó al jinete en el suelo. Luego galopó libre y se internó en la arena como lo hicieran sus hermanos.

El sol asomó, por fin, y Pedro no supo qué pensar. Fue el desierto, todo este tiempo.

El desierto, hipnótico, que sedujo a sus preciados animales para hacerse uno con ellos. Se sintió invadido por un súbito crescendo de tristeza. Remigio, quien fuera su favorito, lo traicionó sin reparos.

Sucio, desvelado, miserable y derrotado, Pedro resolvió volver al pueblo. No tuvo más opciones. Se levantó y sacudió la arena de su cuerpo antes de emprender la caminata de regreso, hacia el oeste.

El día incipiente prometía temperaturas altas. Ya serían las siete de la mañana, minutos más, minutos menos.

***

Permaneció hincado sobre la duna. Más lágrimas le anegaron los ojos cansados y se mezclaron con el sudor de sus mejillas calientes. No era más que un peón solitario en el vasto tablero desértico.

Un peón solitario, sin agua y sin caballo, pero vivo. Y hasta el más peón hace jaque. Se levantó y reanudó la caminata, ya sin fiarse de las brújulas naturales.

Ahí anduvo como judío errante, a la deriva, reducido en la inmensidad del desierto, que se lo tragó como un mar embravecido.

 

 

______________________

Héctor Felipe Ramírez Núñez (Chihuaha, 1992) cursa la maestría en Humanidades en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Obtuvo el Premio de Crónica Urbana Francisco R. Almada (El Diario de Chihuahua, 2012) y mención honorífica en el XXII Certamen Literario Juana Santacruz (Ateneo Español de México, 2014). Fue becario del festival literario Interfaz: Los signos en rotación (Culiacán, Sinaloa, 2015) y del Séptimo Curso de Creación Literaria para Jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas (Xalapa, Veracruz, 2015). Aparece en la antología Cuentos de Chihuaha, editada por La Opción de Chihuahua en 2016.

 

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *