Entrevista con Juan José Rodríguez

En su edición de noviembre de 2010, Cuadrivio publicó la primera entrega de una serie de entrevistas con jóvenes talentos de la literatura mexicana. En esta ocasión, el turno le corresponde a Juan José Rodríguez (Mazatlán, Sinaloa, 1970), narrador de cuya pluma han brotado obras como El gran invento del siglo XX, Mi nombre es Casablanca y La casa de las lobas. Diego Arellano nos presenta, en voz del escritor, un variado recorrido por el ideario de Juan José Rodríguez, desde sus influencias literarias de juventud hasta su relación con dios, los mariscos y la cerveza.

En su edición de noviembre de 2010, Cuadrivio publicó la primera entrega de una serie de entrevistas con jóvenes talentos de la literatura mexicana. En esta ocasión, el turno le corresponde a Juan José Rodríguez (Mazatlán, Sinaloa, 1970), narrador de cuya pluma han brotado obras como El gran invento del siglo XX, Mi nombre es Casablanca y La casa de las lobas. Diego Arellano nos presenta, en voz del escritor, un variado recorrido por el ideario de Juan José Rodríguez, desde sus influencias literarias de juventud hasta su relación con dios, los mariscos y la cerveza.

 

Diego Armando Arellano


1. El joven escritor

Sigfrido Bañuelos fue mi primer editor, confió en mí cuando yo era un escritor imberbe de 17 años. Pero ahora que me lo preguntas, caigo en cuenta de que la última vez que lo vi fue en una comida en 1994. Se ha retirado de la vida cultural, dedicándose más a su familia. Ahora es editor de una revista política. Nunca ha sido alguien sociable (en el sentido positivo del concepto). Es curioso que nunca me lo encuentre cuando voy a Culiacán, y a veces, estando apenas medio día, me topo con un montón de gente, algunos que ya ni quisiera ver… Pero bueno, ése no es el tema. Fue curioso lo que viví antes de que Sigfrido editara mi primer libro. Yo y un montón de amigos escritores mandamos textos para una antología que mi universidad convocó en aquel año de 1986. Recuerdo que el día que mandé tanto el cuento como el poemario estaba a punto de iniciar el juego final del Mundial de México y terminé de ordenar la carpeta en tanto la televisión de mi amigo Humberto, otro ingenuo que era maestro de preparatoria y mío en la vida real, resonaba el himno nacional de Alemania. Tal vez eso nos dio mala suerte -o quizá no- pero el punto es que no pasó nada: ni se hizo la antología, ni nos mandaron nota alguna con su respectiva explicación.

En aquel tiempo, las fotocopias eran carísimas y malas; creo que costaban lo que vale hoy una copia a color. Mis papás me dieron el dinero con todo gusto y entusiasmo a pesar de que el recurso económico equivalía al de varias salidas al cine. Mandé un cuento borgianísimo de 35 cuartillas y un poemario simultaneísta que se titulaba «El año en que vivimos la revolución», donde unía el primer día de la creación universal con el fin del mundo; una orgía verbal donde los fantasmas de Ezra Pound, T. S. Eliot, Octavio Paz y Apollinaire convivían con descripciones del Challenger cayendo sobre la Ciudad de Chernobyl mientras Adán caminaba repitiendo metáforas ultraístas, llamando a las cosas por primera vez por su nombre bajo el bombardeo de cazas lanzamisiles sobre Nicaráuac: todos los símbolos de mi modernidad ochentera en libre comercio con un ambiente antediluviano. Desde entonces, ya pensaba demasiado en grande.

Año y medio después, a finales de 1987, un amigo de Culiacán me dijo que yo tenía un admirador: un tal Sigfrido Bañuelos. Pasé unos días del verano en la capital de Sinaloa y, al ir a conocer a Sigfrido, me enteré de que él era director de la editorial del Gobierno del Estado, y que había estado en el comité de selección de la antología fallida. No se había hecho, pero a él le gustó mucho mi poema y se quedó con una copia. Ahora deseaba publicármelo completo en forma de libro; de hecho, ya se me había tomado la libertad de divulgarlo en el suplemento de su institución; al instante sacó un ejemplar de uno de sus cajones. Acepté con gusto la invitación, pero le dije que mejor me editara un libro de 13 cuentos, los cuales sólo necesitaba pasar en limpio. A partir de ahí, Sigfrido ha vivido decepcionado al ver que nunca fui el poeta que él esperaba.

Así nació Con sabor a limonero, mi primer libro. La mayoría de ellos tenía un final de efecto, de esos donde una historia empieza de un modo y al último el narrador te hace ¡buu!.. un cierre sorpresivo. En aquel entonces yo leía a Felipe Garrido y a Edmundo Valadés, el segundo era quien, con La muerte tiene permiso, perfeccionó el género del cuento en México. Después de concluir dicho texto revisé una entrevista a Valadés en la que decía por qué ya no hacía ese tipo de ficciones: prefería ser recordado no como un narrador que apantallara por la habilidad de narrar, sino como alguien capaz de comunicarse y hasta conmover al lector con la riqueza de su historia. Eso me dejó pensando. Ahora escribo pocos cuentos y busco algo más que la celada anecdótica.

Pasaron nueve meses para que el libro llegara a mis manos. ¿Por qué? Porque hubo un cisma entre el Gobierno del Estado y la editorial, por lo que corrieron a prácticamente todos los trabajadores del área de cultura, empezando con el propio director. Parece que él tuvo la imprudencia de decirle «no» a la esposa del gobernador en turno durante un asunto burocrático. Sin embargo, Sigfrido siguió ahí. Yo no supe casi nada del asunto. Era un tiempo sin internet, pero sí de llamadas telefónicas carísimas. El limbo. Cuando el libro salió, no me gustó el color amarillo y, como suelen hacer los niños, cometí la imprudencia de decírselo en primer lugar al responsable del atropello, el propio Sigfrido. Luego me cayó el veinte y empecé a quererlo; el primer ejemplar que me llevaron estaba manchado y maltratado, sólo al recibir el cartón con todos los restantes, olorosos a limpio, sentí esa emoción primigenia. Viéndolo bien, esa decepción fue buena para prepararme a muchas más que vendrían con la carrera literaria, la cual también está hecha de eso.

A pesar de que yo era muy joven, la literatura me la tomaba muy en serio, por Dios. A mi corta edad me encantaba el mundo de Martin Guerré, Francois Villon y hasta los trovadores catalanes como Girault de Borneill, a los que escuché por la inesperada influencia de Joan Manuel Serrat, otro icono de mi época. Todas esas larguísimas novelas que se pusieron de moda, como La reina estrangulada, de Maurice Druon, me las aventé en la preparatoria, además de otros autores que ya nadie leía como Mika Waltari, Lajos Silahy o  A. J. Cronin. También oía música clásica de cualquier época que me prestaban mis amigos con ese gusto o ligados al mundo académico. Ahora cuando escucho un aire musical pastoril en alguna película me remito a esos años: a mis lecturas por las tardes en el transporte público o la voz de mi padre, interrumpiéndome con una sonrisa mi lectura para pedirme ayuda para bajar algo de su camioneta… De no ser por la narrativa a lo mejor estaría en un cubículo en la UNAM traduciendo a Sexto Propercio a escondidas o viviendo en una villa del sur de Aquitania, instalado como académico visitante; tal vez casado con alguna francesa que tocara el cello y siéndole infiel con alguna de mis alumnas.

 

2. El solitario y la mujer

Yo he sido un gran solitario, de repente me encierro por temporadas y no veo a nadie. Los hombres como yo que duramos demasiado tiempo solos enloquecemos y nos volvemos insoportables sin darnos cuenta. Uno necesita de una mano guía que lo ubique, que le ponga una regañada al salir de una cena donde quisiste hacerte el chistoso y, según tu pareja, hiciste sentir mal a los anfitriones. Aunque estés convencido que tu mujer exagera -como según uno lo hacen todas las mujeres- termina cayéndote el veinte. Y te corriges poco a poco. Tu par siempre verá algo que tú no ves. Y cuando una pareja siempre está de acuerdo con todo, generalmente es porque uno piensa por los dos y, en ocasiones, ninguno de los dos se ha dado cuenta de esto hasta que se hartan y cada quien huye por su lado. Aun así, la compañía de una mujer es maravillosa. Me viene a la mente Woody Allen; él decía que su segundo órgano favorito de la mujer era el cerebro. Una mujer sin conversación es como un unicornio sin su cuerno o un castillo sin calabozo. Hay que elegir siempre una mujer con la que nos guste platicar: con el tiempo, y especialmente con el paso de las décadas, esa cualidad se vuelve oro molido y después, piedra filosofal. Te confieso que me gustan las mujeres de buena pierna. Saben seguirme el paso. No recuerdo qué autor francés recomendaba casarse con una hembra de campo para que la semilla tuviera consistencia. Mi mujer es mazatleca, con raíces de un pueblo cercano, y vivió el mismo mundo de mi infancia; incluso fuimos juntos al mismo kínder, mas yo no la recuerdo; ella a mí sí. Tiene ojos verdes y sí, nunca deja de hablar, como yo, así que nunca nos alcanza el día. Parecemos Otelo y Desdémona.

 

3. Viajes y vinos: gratas experiencias

La primera vez que fui a Francia estuve alrededor de mes y medio en Clichy casi sin dinero en un barrio lleno de africanos, cerca de los cabarets y el mundo de la droga. En cambio, la última vez que estuve allá, mi amigo Alain-Paul Mallard, escritor y director de cine, me prestó su casa en Montparnasse, a una cuadra de la entrada a las catacumbas y la Tombe Issoire, mencionada seguido por Cortázar. ¿Curioso, no?  Aun así, la vez que fui a Clichy era un sitio tranquilo, en buena vibra, donde los africanos vivían integrados, orgullosos de sí mismos. Dondequiera había trompos de comida árabe, parecidos a los tacos al pastor. Hoy las cosas han cambiado, Europa tiene muchos problemas. Me dicen mis amigos que dejé allá, que cada vez que hay en la televisión un partido de futbol tipo Senegal-Camerún, se agarran a chingadazos los vecinos y queman no pocos vehículos.

No me atraía tanto París, a pesar de Hemingway y demás compañía. Hasta parece lugar común. Incluso René Avilés Fabila se formó ahí como escritor y tiene una foto en un libro junto a la Torre Eiffel, a la manera de un gran turista. Yo quería irme a Barcelona, Florencia o el norte de África. Para mi sorpresa, del mundo europeo me fasciné con Madrid y París cuando vagabundeé por sus plazas. Hoy está de moda Praga y aún me parece una ciudad tétrica. Sin embargo, el primer mundo es agradable: puedes entrar a un restaurante de lujo, estar dos horas con un solo café y ningún mesero te mira feo. Es una maravilla poder tomar coñac de dos euros, mas no puedes hacerte micheladas porque ninguna tienda de París vende bolsas con cubos de hielo, y yo soy un gran fanático de la cerveza, de la buena cerveza.

Me acuerdo cuando comencé a beber. Un poco tarde. Y como las leyendas decimonónicas, empecé acompañando a los amigos escritores más viejos que por ese motivo yo consideraba más sabios que yo. Tomé tequila moderadamente durante los primeros seis meses de mis inicios. Cuando pasé a la cerveza, descubrí que era más amigable y tranquila, sobre todo con el clima de Mazatlán que no te permite gozar bien de alcoholes destilados pues acaban fermentándose dentro de uno. Por suerte, siempre tuve acceso al vino tinto y he convivido con ese sol mediterráneo vuelto reflejo oscuro del mismo modo que si fuese la poesía provenzal antigua. La cerveza clara, enfriada en hielo y no en refrigerador, es de un sabor; no le pide nada a otros dones de la vida.

Pero no pienses que sólo soy de alcoholes. No. Tengo buenas experiencias con otros brebajes que me resultan inolvidables. Alguna vez tomé té en el desierto en un oasis del Sahara, con dátiles enmelados y galletas de mazapán, servido en un vasito de cristal adornado con una flor de bugambilia. Desde entonces acudo mucho al té, ya que demasiado café me acelera. El azúcar en el Sahara venía en trozos que parecen piedras y se guardaba en delicadas cajas metálicas, luego de rasparlo sobre la tetera y oxigenar la bebida. Los pastores me explicaron la ceremonia del té: el primer vaso es muy fuerte; el segundo, suave; y el último, fresco. Hay una explicación milenaria en forma de refrán: el té es amargo como la vida, dulce como el amor y frío como la muerte.

Mi receta de té favorita es muy sencilla: así como el café debe ser de una buena clase, el té también. Si vale menos de 60 pesos, no puede ser bueno. Comprar té barato es como comprar Nescafé: lo bueno siempre cuesta. Me encanta uno que se llama St. Dalfour, que en realidad no es muy oneroso. Bien preparado, hasta tiene un dejo de coñac. Hay que dejar la bolsita de Camellia sinensis sólo tres minutos y sacarla para que no se amargue. Luego pasarlo a dos vasos de vidrio amplios y oxigenarlo, moviéndolo de un lado a lado como científico loco para que el sabor mejore, cosa que es cierto. De veras, así vi a los bereberes hacerlo y el toque es distinto, el agua hervida pierde así el toque muerto que adquiere en la tetera al evaporarse una parte. Como que me estoy visualizando muy sibarita, ¿no? Ni modo, como decía Nabokov, en los pequeños detalles está el todo.

 

4. Consejos gastronómicos y el uso de un buen sombrero

Durante muchos años usé una jipijapa (o sombrero panamá) bajo el sol de Mazatlán pues es una tradición familiar; aun cuando mi padre y mi abuelo ya están muertos al ponerme un sombrero siento que algo me conecta al instante con ellos. Con esa respuesta me encanta desarmar a los que dicen que me parezco a Pedro Navaja con ese atuendo. Lo malo es que el panamá ya se está choteando. Hace poco me di cuenta de que figuras tan disímbolas como Luis Miguel y Jorge Esquinca lo usan. ¿Llevaré ahora una sempiterna cachucha con letras rusas como Guillermo Fadanelli o sacaré mi Borsalino azul marino que guardo para viajes fríos y sentirme Alain Delon?

Oye, esta entrevista ya parece una radiografía del dandy posmoderno, vamos hablando ya de buenos libros ¿No? Está bien. El entrevistador manda. ¿Entonces? ¿Mis mariscos favoritos? Deben ser frescos y acompañarse de una bebida igual de refrescante. Sabes, si combinas el crustáceo con una cantidad básica de verduras y grasas no saturadas (un toque de aguacate, por ejemplo, o hasta aceite de oliva) disminuye el efecto del colesterol que tienen los camarones, los ostiones y demás frutos del mar, como dicen los franceses. El truco es no repetir mariscos dos veces al día. Confieso que seguido desayuno ceviche de pescado fresco con una Coca-Cola bien helada. Pero bueno, si la cocina no tuviera herejías, seguiríamos comiendo aún como en la Edad Media. Mi aportación al arte culinario sería una sopa de ostión: tan sencilla como una de cebolla a la que le agregas suficientes ostiones, tomate picado (vale la pena un pequeño puré de tomate al ponerla a fuego lento) y chile chipotle licuado. Y antes de servirla bien calientita hay que ponerle el cilantro picado; el aroma que desprende es de un Bocatto di Papabile.

 

5. Buenas influencias

Soy hijo del Boom, contemporáneo del crack. Quisiera ser nieto de Leopold Bloom, miembro del Bloomsbury y vecino de Harold Bloom. Es peligroso nombrar a tus patriarcas porque luego nadie los reconoce. Gabriel García Márquez dice que Virginia Woolf es una de sus influencias, mas yo nunca he visto por dónde. Tengo seis amigos que son lectores muy críticos. Sólo uno de ellos es escritor; otra es una ama de casa, gran lectora con malicia observativa. Les doy a cada quien una copia empastada de los borradores y a marcar… Ellos me ayudan a encontrar las fallas estructurales y demás carpintería secreta. Me debo a ellos.

Releo seguido a Nabokov, Truman Capote, Saint-Ex, Alejo Carpentier, Borges, Paz, y Faulkner. Más que libros, me encantan los autores que en sí mismos son literaturas per se. Pero también leo a Gerardo Diego, John Cheever, Saki, Ibargüengoitia y hasta Enrique Jardiel Poncela. Me encanta el Evangelio de San Juan, lleno de simbolismos sobre el agua y el uso del recurso de repetir siete veces una misma palabra en un solo episodio para recalcar su importancia. Releo al azar Tom Sawyer y no me aburre. Mi último enamoramiento fue Amor y exilio de Bashevis Singer. Me sumerjo en Saint-John Perse. También la literatura actual me complace. John Banville, el nuevo Nabokov, Ian McKewan y algunas cosas de Fadanelli. Me encantó Cenizas de mi padre, de Claudio Isaac. De los jóvenes, me gustan los cuentos de Daniel Espartaco, Iris García Cuevas, Carlos Augusto Muñiz y Paul Medrano. Fui tutor del Fonca (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes) el pasado ciclo y mis compañeros tienen proyectos muy buenos; aclaro que la selección no fue toda mía, pero se dio esa gran coincidencia.

 

6. Para escribir un gran invento

Cuando estoy leyendo algún libro me gusta toparme con una tipografía espléndida. Es una lástima que sea un arte perdido. Recuerdo en Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, cuando el narrador se siente culpable de haber matado a un tipógrafo. Nabokov en Lolita escribe el nombre de su amada repetidas veces  en su capítulo y concluye el párrafo con una nota: «Repite su nombre hasta llenar la página, por favor, tipógrafo».

Del mismo modo, me encanta que las letras tengan colitas -donde yo aprendí les llaman patines- palabra que viene de los patines europeos para la nieve, no de los nuestros de rueditas. Hay gente que de repente me manda un texto en pura Arial y de veras que me cansa y aburre. De niño mi padre tenía un compadre que era joyero y, cuando íbamos a su taller, me encantaba hojear sus catálogos de tipografías, con letras diseñadas para esclavas o placas alusivas. Esos alfabetos me daban la impresión de estar leyendo obras del Siglo de Oro Español o las crónicas del Cid, pero en un código cifrado que mi imaginación se atrevía, poco a poco, a entrever en su arquitectura, su carácter en cada caracter.

A los que perpetramos novela, las técnicas de ahora son las mejores cómplices. Mi primera novela (larga, complicada, 150 páginas que quedaron en 120) la hice a golpe de máquina, en uno de esos trastos traqueteantes, hace muchos años. Qué lata cuando decides cambiarle nombre a un personaje a media novela. Cuando escribo novela, no pienso en otra cosa más que en eso. Redacto en las mañanas y en las tardes voy al cine a distraerme, a seguir viendo tramas; o a tomar café o copa con los amigos. Claro que para eso hay que estar de vacaciones: diciembre es genial para eso, hay mucha fiesta y gente alegre por doquier. No hay nada como hacer dos horas seguidas. Te levantas a la mañana siguiente como si hubieses ido al cine a ver una película que te borró la realidad y te sientes completo, aunque luego el trabajo requiera más corrección o de plano desecharlo. Es como la adrenalina de vencer a un videojuego, si me permites el símil.

Para escribir una novela hay que tener una vida de novela. Nutrirla con los acontecimientos de la vida diaria aunque ésta sea sencilla, ordenadamente aburrida y la novela pretenda ser una historia épica entre hititas y filisteos que combaten por los restos de un collar de bronce. Mantener el asombro ante el café de la mañana o el gesto de una mujer al mirarse en el espejo puede ser la llave para entrar al Palacio de Kublai Khan y observarlo distraído, tallando con una uña el centro de su anillo de rubí, mientras escucha a los embajadores de Persépolis. Y escribir, reescribir y percibir. No dejar nunca de leer libros, rostros y edificios. Ahí es donde esconde siempre la mejor novela.

De las novelas que he escrito, puedo decirte que le tengo un gran cariño a El gran invento del siglo XX. La escribí en estado de gracia por año y medio y los tiempos intermedios fueron luminosos. He revivido esa felicidad con otros libros, incluso con otros que no salieron bien, y ése es el truco para gozar la literatura. Pero El gran invento… lo escribí a los 23 y 24 años y ahora tengo 40. Ya no soy la misma persona, aunque tenía mucho mundo. Ha pasado agua bajo los puentes, aunque sigo llevando una vida muy parecida a la de entonces. Hoy veo al libro como una hija iluminada que tuve a esa edad, la cual llevó con gracia su vida propia; ahora ya comenzó a darme nietos. Es un hecho que emprenderá su rodaje al cine en breve. Aún recuerdo cuando Kizza Terrazas, Carlos Yazpik y Diego Luna fueron a Mazatlán hace unos cinco años y me dijeron que querían hacer una película policiaca. Empezaba Canana Films. No resultó, pero seguí la relación con los Yazpik, ya que a José María le atraía el personaje de Mi nombre es Casablanca, otra de mis novelas que ya la había leído. Tiempo después, Carlos y José María me propusieron desarrollar en un guión una historia que ellos habían urdido. Les regalé como cortesía El gran invento… durante una las reuniones de trabajo, y para mi sorpresa, Chema decidió que ésa era la película que quería hacer, olvidándose de la historia anterior e incluso de Casablanca. Me sorprendió porque la historia es complicada, de época y de mucho gasto, pero Chema me dice que no me preocupe por eso.

7. De lavandería china a sangre de familia

El 8 de marzo de 1999 cumplí 29 años y, mientras lo celebraba al mediodía, sonó mi celular, objeto de adquisición reciente por motivos laborales. Era un tipo llamado Eduardo Rossoff, quien era director de cine y quería filmar Asesinato en una lavandería china. Por supuesto pensé que era una broma de los amigotes con los que estaba (yo hago bromas muy pesadas con las gentes con las que me llevo). Me pidió mi dirección para mandarme el contrato y al llegar vi que el código postal de su casa era el único de Estados Unidos que yo y mucha gente se sabe de memoria: 90210. Firme de inmediato.

A los pocos días me depositó en mi cuenta 7 mil pesos de aquellos por opción de compra y cada año, fielmente, me estuvo pagando una cantidad similar sólo para que no me fuera con otro cineasta (flujo que se mantuvo hasta el año pasado). Por supuesto, mi mayor deseo era que nunca la hiciera para seguir cobrando la opción de compra, aunque yo hubiera seguido el compromiso de manera gratuita.

Lo conocí cuando fui a recibirlo al Aeropuerto junto al productor Rigoberto Castañeda. Ya que lo traté supe que Eduardo Rossoff era un caballero muy formal, muy ético, amigo de muchos cineastas. Creo que esto lo hacía como una manera de presionarse a sí mismo. Fue muy generoso en varios sentidos. Durante una filmación, trabajó como aprendiz voluntario uno de los nietos de Charlton Heston, ya que su padre y él son muy cercanos y el joven quiso ir a aprender. Posee una gran modestia natural. Duramos diez años escribiéndonos, hablándonos por teléfono.

Siendo honesto no me da miedo ver los resultados en cine. Ya vi uno de los primeros cortos y me reconozco en los ambientes. Que se haya filmado en Mazatlán, en los sitios de mi infancia, ayudó. Rossoff pudo haber filmado en Acapulco o Veracruz pero se la jugó en Mazatlán, lo cual requirió más presupuesto. Ya me había hecho a la idea de que iba a ser un producto distinto y, como no lo fue del todo, me gustó. Se trata de lenguajes diferentes.

Debo admitir que Asesinato en una lavandería china ha tenido suerte. La reedición del libro saldrá bajo el sello editorial Planeta. Lo hará bajo otro título: Sangre de familia porque a las nuevas generaciones, la palabra «china» puesta sobre algún producto es sinónimo de chafa, falso o pirata. No me preguntes más detalles de la decisión, no te voy a contar el largo debate que tuvimos sobre ese punto.

 

8. Dios y otros demonios

He vivido muchas cosas positivas y otras no tanto, quizá no se noten porque procuro andar siempre de buen humor y no escribir mis dramas. Una vez gané 5 mil pesos en el año 95 en un concurso de poesía. Por fortuna, los guardé –cosa que nunca hacía- y al mes siguiente me gasté 5 mil 500 en pagar un choque con dos carros recientes, ya que a mi viejo Jeep se le chorrearon los frenos al andar por el malecón de Mazatlán. Es una bendición tener una vida que te ubica en todo momento y aprendes la lección, por más insignificante que ésta sea. La que te acabo de contar es una de las más evidentes y aun así tardé en captarla.

Los premios duran una semana y el dinero, un poquito más. Es un buen momento cuando los recibes y lo mejor es que en su tiempo fueron orgullo para mis padres, certeza de que el extraño camino elegido por su hijo no estaba del todo mal. Cuando dejas de pensar en los premios, recibes otras cosas inesperadas. Los que tuve llegaron siempre en el momento preciso: siento eso ahora al verlos bajo la luz del tiempo y por los caminos donde ha girado la rueda de mi vida a partir de ellos.

Fíjate que por esa y más razones Dios es tan importante para mí. Creo en Dios porque he visto al demonio en acción. No trato de imaginármelo porque hace mucho me di cuenta de que esa grandeza siempre será inexplicable en términos humanos; ahí están las cuitas de Job quien está molesto con Él porque le quitó todo, pero ni se imagina la gran y luminosa eternidad que le espera después de la vida, aun cuando Yahvé le devuelve luego las riquezas merecidas en vida terrestre. Se nos olvida que para los antiguos, la vida eterna era sólo una insinuación que solamente Cristo volvió promesa y método para lograrla, más allá de las costumbres tribales y prohibiciones de alimentos. Necesitamos crecer por dentro para entenderlo, así como un noble campesino del sur de Francia no podrá comprender a un exitoso corredor de bolsa de Nueva York, quien al mismo tiempo no entenderá a jamás un monarca medieval que se niega a marchar hacia una guerra que afectará a sus súbditos y prefiere darle un tributo anual a los invasores mongoles. Como bien dicen el Islam, es mejor aceptarlo, seguir en armonía con Él y con él cosmos; y de ahí, hasta donde el corazón y los golpes de la vida te lleven.

No se me olvida una experiencia muy fuerte que viví hace algunos años en torno al comentario que hice sobre el demonio en acción. Una vez, viajé por el desierto de Baja California con un grupo de motociclistas. Una madrugada fría y luminosa, en un punto cercano a un cerro que lucía fosforescente de noche por sus vetas de azufre, ladraron de repente cientos de perros, horriblemente, como si algo estuviese pasando por encima de nosotros. Algo similar a la escena inicial de la película «El Exorcista», cuando el sacerdote camina entre unas ruinas. Así siento al demonio de repente y quizá eso es: una sensación inesperada que en los demás se vuelve conducta.

 

9. Literatura y muerte

Alguien dijo que el cuentista es una novelista sin aliento. No fui yo, por supuesto. Tengo un libro de cuentos breves que aún no he publicado y gané el Owen en el 2002 con él. El cuento es una noble magia de salón y la novela un salón lleno de magos, hechiceras y muertos en vida. Por un lado, el arte de la ficción no es una magia menor, ni tampoco una curiosidad de literatura de cámara, oculta en los secretos salones de la memoria. El género mantiene su capacidad de juego, apuesta y salto mortal. Por otro lado, la literatura viene siendo para mí un goce. Me encantan los juegos de palabras. «Gramático» en la Edad Media se aplicaba a los hechiceros, aquellos que podían cambiar el significado de las palabras bajo ciertas leyes. De «gramar» salió «glamorous», o sea, encantador. Es el único oficio donde se dice la verdad aunque se parta de una mentira, de un artificio, de un sueño improbable, imposible y loco. Se ilumina sólo aquel que comparte la misma llama. Ese fuego nunca se apaga. Dura más allá del olvido, la envidia y la muerte. Y a propósito de muerte, ¿no te parece un buen tema para conversación? Para mí lo es. La muerte es el espejo enterrado, la gran sorpresa, el lugar donde entenderemos al fin todo aquello que nos insinuaron en la Biblia y en la vida, pero que nunca, por soberbia, comprendimos. Debe ser bueno estar allá, casi nadie se devuelve.

 

10. El amor de Rodríguez

Escribir sólo puede funcionar si proviene de un acto de amor. Para mí el amor tiene tres palabras: Carla Valero López. Aunque también el amor es la línea del horizonte con espumas bajo el sol del mediodía de mi infancia; la línea de mi vasta parentela de familiares y antepasados unidos en una sola formación, y la línea que uno escribe cuando en un texto se plasma la verdad de sus sentimientos, totalmente, absoluta e impoluta. Con respecto a mi tierra, Mazatlán, no nos une el amor, si no el mismo canto. Uno pertenece al sitio donde brota su infancia. Es como estar en un sueño con una ventaja insuperable: uno vive realmente dentro de él. A veces sueñas que vas caminando desnudo por la calle, pero por lo general eres el único que se da cuenta. Y aquel que sueña nada en la memoria, surfea las pesadillas y flota feliz sobre la espuma que cubre al gran misterio de la vida: ahí donde nació la diosa Venus y van a morir todas las sirenas.

 

 

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Diego Armando Arellano (1984) estudió periodismo en la Universidad de Colima. Se integró al taller literario de José María, la Foca, en la ciudad de Toronto. Actualmente hace periodismo para el periódico El Juglar y es colaborador de Cuadrivio.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. Igualmente no reconoce a otros escritores qie en sus inicios lo ayudaron y ahora los mira como si no fueran nada.

  2. Que buena entrevista, me gustó mucho. Te felicito.

  3. centellita del norte Marzo 29, 2011 at 2:38 am

    Que lástima que este escritor no reconozca sus inicios, ni quién fue en realidad quien le enseño a escribir. Ese hombre que le cedió sus conocimientos vale la pena ser mencionado. A cambio lo único que recibió de Juan José fue su traición y ahora quiere enterrarlo vivo desapareciendo el mejor de los proyectos literarios de sinaloa. Como es posible que alguien que vive de la literatura se atreva a destruir un proyecto literario de 14 años. increíble!!! no soy nadie para contarlo pero alguien tiene que decirlo

  4. […] Entrevista con Juan José Rodríguez […]

  5. Me gusto mucho la entrevista, felicidades!!!

  6. Muy buena entrevista, no conocía al autor, y dan ganas de explorar su obra, hay imagenes interesantes, y pensamientos que me hacen sentir identificada, Felicidades!!

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