Antes de entrar, permita salir

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Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993), ensayista, es egresada de la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM FES Acatlán. Ha sido becada, en el área de ensayo, por la Fundación para las Letras Mexicanas y por el Fonca. Ha obtenido, entre otros, el Premio Dolores Castro 2016 de ensayo por el libro Retóricas del presente, así como el premio ganador en el III Concurso Nacional de Crítica Literaria Elvira López Aparicio 2016. Ha publicado ensayos en revistas como Este País, Círculo de Poesía, Punto de Partida y Destiempos.

 

 

Laura Sofía Rivero

 

La primera vez que entré sola en el metro de la Ciudad de México, comprendí mi insignificancia en el transbordo de ese jarrón tricolor que señala al metro Tacubaya. Del rosa al naranja, del naranja al café. Los ríos de gente se desplazaban sin chistar ni perder un segundo de ese sincronizado paso identificable en el defeño común. Sin tiempo para pensar, fui llevada por una corriente de personas. De alguna manera, esa siempre resulta la mejor forma para llegar al destino en esta ciudad. El metro, como los perros, huele el miedo. Y lo mejor es no oponer resistencia.

Los trayectos como ese y el ejercicio de la lectura tienen un alma parecida: son decisiones de movilidad opositoras del estatismo. En el metro y en los libros llega un momento en el que, aunque parezca no ser resolución de uno mismo, la corriente arrastra y dirige hasta un nuevo transbordo. Una ruta de lectura no es un plan escrupuloso sino la firme determinación de continuar.

El camino del lector no se parece tanto al galope del caballo que presuroso se dirige a un destino preciso, ni siquiera a las escalas del camión kilométrico de pasajeros donde ADO nos desea un feliz y confortable viaje, tampoco al estridente runrún de la motocicleta indómita. La lectura es una andanza solitaria que se rodea de miles de personas también lectoras con quien uno se encuentra en librerías, en comentarios de Facebook, en blogs, en charlas de café, presentaciones, bibliotecas o detrás de la línea amarilla. Por ello, un periplo lector es mucho más parecido al transitar por el metro.

Mi ruta literaria inició de forma muy similar al tren de Guadalajara: con solo dos líneas cruzadas entre sí. Quizá nuestras primeras lecturas no las hacemos mediante nuestros ojos sino a través de nuestros oídos. Fue así como inauguré mi ánimo lector, escuchando por las noches la versión infantil del Cantar del Mío Cid adaptada por mi padre al vuelo, así como una infinidad de mitos griegos que él cuenta hasta ahora para sus alumnos del Taller de Lectura y Redacción y que para mí eran relatados con una dulce censura paternal. Zeus no violaba incontables mujeres: amaba a muchas damas, que es distinto. Así como el azar reparte entre los niños recién nacidos padres abogados, padres carniceros, padres contadores, a mí me asignó un padre maestro de español.

La segunda línea de mi metro lector fue ideada y trazada por los Reyes Magos. Cada estación fue uno de esos libros que reducen a unas pocas hojas las obras universales que son mamotretos monumentales. «Hoy le traigo a la venta este disco compacto de formato mp3. Le vale diez pesos». Al abrir las puertas en la estación de Los miserables, mi madre –disfrazada de vendedor de CD– hacía sonar a todo volumen las cumbias de La Sonora Margarita para enseñarme a bailar. En la siguiente parada de la Ilíada, mamá me sentaba a su lado para ver Ventaneando juntas mientras me peinaba por la tarde. El mismo día en que platiqué de la Odisea con papá, mi madre me regaló una TVNotas para recortarla. Él tan Ibargüengoitia, Arreola, Monterroso; ella tan Pimpinela, Pausini, Chayanne. Ambos hicieron de mí este Frankenstein vulgar y filológico que leyó Robin Hood, Las mil y una noches, Guillermo Tell, Ivanhoe, Robinson Crusoe y otros tantos en versiones resumidas. Aún ahora cuando charlo con alguien, dudo de mis recuerdos de esas obras pues llego a confundir ciertos pasajes porque la primera vez que los memoricé lo hice de forma sesgada e inexacta.

Bien se dice que el lector nunca está a la altura de todos los textos. O al menos así lo comprendí yo cuando la curiosidad me llevó a pararme frente a los libreros de la casa para darme cuenta de que ochenta centímetros de altura no bastaban para alcanzar más que las tres repisas de hasta abajo. De ellas hurté el tomo de literatura de la Enciclopedia Grolier para leer fábulas y aprender trucos de magia. Fue también cuando dejé mi primer libro sin terminar de leer: Un mundo feliz, que por el título me parecía una fabulosa historia sobre animalitos o amor filial, pero resultó ser una distopía inaudita para mi infancia. Esa fue mi tercera línea de lectura inaugurada: los libros que están al alcance.

Cuando las líneas se entrecruzan y expanden al punto de que comienzan a crecer de una manera autónoma para parecerse más a la palma de una mano, surgen necesariamente transbordos: libros que llevan a otros libros, autores que llevan a otros autores. La madeja comienza a enredarse. Aparecen las lecturas por mandato de la escuela que dan orden y comprensión: hacen ver el lado histórico de la literatura y logran ilustrar el gran diálogo continuo e interminable que inició con la palabra de un solo hombre y se ha expandido a la acalorada conversación de la humanidad entera. Las lecturas escolares pueden generar el asombro de leer con conciencia del paso del tiempo. Nuestros ojos charlan con la voz de una garganta que ya es menos que ceniza.

Desde entonces nuevas líneas se han construido en mi mapa de rutas: la de los poemas memorizados de Neruda, Villaurrutia o Peza que declamaba para mamá de pequeña; aquella otra formada por las extrañas recomendaciones de mis amigos de la preparatoria que me regalaron Crepúsculo; también construí una línea más, compuesta por los libros de lingüística y reglas ortográficas que me hicieron conocer a Antonio Alatorre al entrar a la universidad y que tuve que releer al trabajar como profesora de español. Sin embargo, de entre todas esas trayectorias, la que se convirtió en la vena rectora que lleva al corazón de mis intereses fue la de la Teoría literaria, que llegó a mí como el mejor regalo que me pudo dar Claudia Chantaca. Roland Barthes, Wolfgang Iser, Tzvetan Todorov, Gerard Genette, Mijail Bajtin, los formalistas rusos y otros tantos nombres impronunciables, me acompañaron al oftalmólogo cuando comencé a usar lentes, me hicieron derrochar mis ahorros y mi tiempo, dieron cimientos a mi manera de comprender el mundo y sembraron una serie de preguntas en la tierra seca de mi cerebro cuyas raíces convergen en siempre especular qué es la literatura.

A diferencia del STC de la Ciudad de México, el mapa de un metro lector no se mantiene fijo. Su expansión infinita lo diversifica en líneas nacientes sin previo aviso. Trato de enlistar mis próximas estaciones por visitar, pero el camino es siempre un riel lleno de imprevistos. La lectura, inevitablemente, se convierte en acto erótico. Es necesario enredarse entre los pliegues del texto y acoplarnos a sus contornos. Resulta imprescindible adecuar nuestra ruta a la recomendación inesperada o al casual hallazgo en la librería.

Quizá nuestra única certeza es que, aunque el calendario avance, la inmensidad de libros siempre será inabarcable por nuestros ojos que se desgastan y marchitan minuto tras minuto. Los libros son innumerables como las pestañas de las personas que en un solo día circulan por la estación Pantitlán. Por eso, a pesar de que me muevo más segura mientras avanza el tiempo, que me habitúa a las líneas de mi metro lector, nunca podré abandonar la sensación de ser tan solo una niña de ochenta centímetros de altura que únicamente puede acceder a las tres repisas más bajas del librero universal. Así que antes de entrar al vagón y tomar la pluma, siempre dejo salir de los estantes a las palabras de los muertos para que choquen contra mi carne y me hagan polvo.

 

 

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