Enfermos de futbol

Dos niños crecen entre goles y «retas», pero más que la crónica de sus aventuras, este relato es una reflexión sobre lo que el futbol puede significar para un niño del arrabal: el sueño de creación y libertad hecho realidad.

Para El Zurdo

 

—¿Y no te daban miedo los rayos?

—¿Los rayos? ¿Y eso por, o qué?

—Pues sí, que te fuera a pegar uno, que allí jugando así, nomás, nos fuera a dar uno.

Cancha de futbol con pasto cerca de las líneas de tiro de esquina, todo lo demás es lodo: lodo en las porterías, en la media luna y por el medio campo, lodo en los tenis mordisqueados por la tierra, lodo en las rodillas de los pants o adherido a los tobillos como polainas de barro. La lluvia arreciaba tanto como la caída de los goles. La respiración entrecortada por la lluvia y el viento. El jadeo de unos, el licor vaporoso de los otros, el bullir de los pies sobre los charcos. Jugábamos nomás de banda a banda porque la cancha nos quedaba todavía muy grande. Apenas empezaba el partido, la tormenta se dejaba caer en nuestro campo. La bola rodaba con trazo irregular sobre los hoyos de las tuzas o las erupciones apagadas del zapateado riguroso de la liga dominical. Polvo y agua eran todo lo que se necesitaba para que nosotros, andrajosos esclavos del juego, acostumbrados a la calle y al asfalto, nos sintiéramos como en el Maracaná. El trueno era privilegio de los héroes, y nosotros, corriendo bajo la lluvia y tirando a portería, éramos, en sustancia y lejos de las definiciones, arrebatados señores de la pelota. Saltábamos de nube en nube y nuestras barridas eran terremotos en algún universo paralelo. Nuestro dios de dioses, titán del tiempo y el espacio, era esférico, diseñado en proporciones perfectas para ser el origen centrífugo y centrípeto de un cosmos que nacía de él y se desparramaba alrededor nuestro.

Cuando menos así nos lo figurábamos en el credo; en realidad, residentes de un subdesarrollado subsistema de viviendas subvencionadas por el Estado –sub es el sinónimo natural del estado–, aspirábamos cuando mucho al mundo de la medianía. Subdesarrollo y perfección no caminan en la misma banqueta; por eso el Jabulani era la promesa utópica que uno apreciaba en la televisión y, los más suertudos, en los aparadores. En el submundo de casas de interés social de San Buenaventura, caserío que aspiraba a suburbio estadounidense pero que no llegaba ni a gueto varsoviano, eran mandarinas a medio pelar las que rodaban en las canchas. Conocedores de lo que es la pura aspiración, estábamos familiarizados con los balones ovalados, chipotudos, rasguñados, descosidos y de corazón expuesto; caucho y vacío que tronaba con un silbido amargo y desenfrenado al morir: eso era nuestro dios, y a su adoración nos obsequiábamos bajo la lluvia y los rayos.

—¡Pásala, cabrón, nnseas pendejo!

Así pasamos tardes enteras El Zurdo y yo. La lluvia se desgastaba sobre nosotros, los truenos aceleraban nuestro pulso y el pantalón mojado nos iba menguando los muslos empapados. Correr y atacar, hacer la pasada, exigir el pase, increpar al cremoso, tirar con desdén sobre los otros aunque fueran más chicos. Regresar a la defensa con el sudor revuelto con el agua y los pastos en la frente. Barrerse en la frontera de dos piedras que hacían de portería. Detenerse, jalar aire, agacharse un poco para apoyar las manos en los muslos e inhalar la corriente tormentosa hasta el límite de los pulmones, tanquecitos de oxígeno expuestos a la tos y a la bronquitis. Gol tras gol el orgullo nos arrastraba a la portería rival. ¿Quién quiere el clamor de un graderío cuando se tiene el torrente sin cólera de los aguaceros? No había ni chescos de por medio e incluso así la bola continuaba aferrada a su lucha sin cuarteles. Nos atenuábamos al ritmo de la tormenta. Ella empezaba como nosotros: calentaba, arreciaba, pujaba hasta decir basta y luego iba bajando al valle que los profesionales llaman manejo de partido. Si la lluvia apretaba con nuevos bríos, a nosotros nos excitaba continuar con el empeine como artillería de ligamentos, el rito se suspendía hasta que el pasto o el rival solicitaban clemencia. «¡Pero mira nomás cómo vienen! ¡Pues qué andan haciendo, adónde se fueron a meter! ¿Y si se enferman, y si se enferman?, ¿quién tiene que comprar las medicinas?, a ver, díganme. ¡Váyanse a cambiar y se me bañan, quítense los calcetines!».

Vivíamos de la vagancia y éramos unos tunantes dispuestos a brincarnos a las casas en la ausencia de sus inquilinos para capturar hasta cinco o seis deidades redondas, únicas deidades que aceptaban patadas como ofrendas. En lo alto de la de torre inexpugnable al fin conquistada, tomada forzosamente después de haber escalado por la herrería de las ventanas hasta la planta alta, yo contemplaba los volcanes en la puesta de sol o al amanecer, el incendio de la mañana o la tarde. Centelleante y atizada por el viento de los valles vecinos, la autopista serpenteaba la sierra jaloneándose entre los cerros. Caminar sobre los techos rojos de impermeabilizante era el paso indispensable para llegar a la zotehuela donde se encontraban, prisioneros, algunos balones que otros habían volado pero que, sin el atrevimiento para brincarse, habían abandonado a su suerte. Una vez allí era cuestión de aventarle los balones al Zurdo, quien me esperaba del lado de la cancha, justo detrás de la portería, y luego pedir su asistencia para jalar la alambrada mientras me las arreglaba para la última peripecia antes del triunfo. Me revisaba algún rasguño en un brazo o una pierna, pero qué importaba, con un botín de cinco o seis balones regados a nuestro alrededor lo mejor que podíamos hacer era correr al instante a casa y ocultarlos todos. Se ve a dos chamacos cargando varios balones de muy distinta confección con los que apenas pueden –se les cae uno, van pateando el otro– y con esfuerzos cruzan la avenida para luego escabullirse a su cerrada temerosos de las miradas recelosas. No sin poco arrojo, aquellos balones habían cambiado de dueños.

El Zurdo tiene su propia biografía futbolística en una docena de calles, avenidas y canchas de concreto y pasto por los rumbos circulares de Ixtapaluca, Chalco y Tlalmanalco. He recibido noticia de que en algunas colonias y arrabales su historia se cuenta como una hagiografía. En su día, el oriente entero le rindió pleitesía entre el polvo de calles medievales y raspones en las rodillas. Las cicatrices las ostenta hoy como trofeos de una redada caballeresca. Abundante en regates como en apodos, El Elástico, El Danno, Danonino, Dandi, El Cepillo, El Cepillín, El Ardilla, Ratatouille, El Zurdo por antonomasia y a últimas El Cholo, era una caja de ardides y habilidad con la pelota desde la primera infancia.

Con siete u ocho años era capaz de pisarle el balón a los contrarios que le doblaban la edad. Les zapateaba, les meneaba la cadera, iba de aquí para allá y su estatura de gnomo despertaba la cólera de los mayores. ¿Cómo hacía aquella ratita con patas de araña para evitar que le quitasen el esférico y que los rivales no tuviesen de otra para vencerlo que darle un buen aventón? Ese era el tremendo misterio que ninguna pierna descifraba. Y corre y se detiene y se da vuelta. Lo ves pasar y en el fondo sientes la envidia resignada de los jugadores de recambio. Lo mismo en el King Of Fighters, los avezados en el arte de los dedos y la prestidigitación terminaban moviéndole la palanca a la fuerza y empujando al chamaco que apenas si alcanzaba a ver la pantalla. Sirva lo dicho para dibujar al Zurdo como un honoris causa de las causas callejeras.

Quienes no lo conocieron en sus inicios se sorprenderían de que El Zurdo, a la edad de tres años, cuando su único sobrenombre era su propio nombre: Dany, era un caprichoso del balón que reventaba a llorar cada vez que le metían un gol y exigía que cada tiro que hiciera terminara en el fondo de las redes (en el oriente la norma es que las porterías tengan redes tejidas por la imaginación). En su cerebro de dos cables que no hacían conexiones todavía, el futbol era como el día y la noche: un ritual de cielo a cielo en que una bola a través del horizonte terminaba oculta más allá del firmamento. La delgada línea de la portería representaba la diferencia entre el gozo y el tormento. Si la bola atravesaba la línea sin que el portero –por lo común yo– estorbara, ya podía irse el mundo al carajo y la pelota podía transformarse en el sol o la luna de otros; pero en tanto el gol no se consumara, yo tenía que correr para evadir las patadas que el pequeño coloso pretendía incrustarme en el culo.

Mis pininos no fueron mejores. El mundial del 98 fue la inauguración del futbol en mi vida, El Zurdo y yo comenzamos a tirar al mismo tiempo, él tenía tres años y yo ocho, prácticamente me inicié en el deporte a la edad en que otros ya son veteranos. Colocaba un balón cosido a mano con motivos del mundial en el manchón de penal, la esfera descansaba inerte y lista para mí, medía la distancia, apuntaba y mi pierna entera se paseaba por los aires sin atinarle al balón.

Las primeras veces que jugué en la escuela los compañeros se preguntaban, con una mezcla de enojo y burla, para qué lado tiraba. Mi heroína era una niña parecida a Daniel El Travieso, dos dientes saltones como protagonistas de su cara, pecas por los cachetes como cielo estrellado, un par de trenzas pelirrojas como zacate de escoba: toda ella un ejemplar de camino a la extinción; mis compañeros la elogiaban con el calificativo de marimacha, así de bien jugaba a la pelota. Yo no entendía muy bien qué quería decir esa palabra; me figuraba que era una especie de título, como marquesa, que se le daba a las niñas que hacían lo mismo que los niños pero mejor.

A grandes rasgos, ese fue nuestro debut. Y para no remontarnos hasta el Popol Vuh, habrá que decir que nos fuimos curtiendo partido a partido y que nos bautizamos en un duelo con dos niños que sí la movían. El Zurdo atrás en la defensa y la portería al mismo tiempo, yo en la media y la delantera; los dos rivales se habían olvidado de defender y ambos atacaban. El Zurdo, a la sazón Dany, se aventaba en la línea y me daba juego, yo corría para adelante y trataba de conseguir algo, así nos fuimos gol tras gol. Nuestra situación se agravaba en la medida en que ellos eran tutelados por un adulto. El hombre los azuzaba diciéndoles que a poco se iban a dejar ganar por dos más chiquillos que ellos. Llegó un tiro de esquina definitivo en que los dos demonios, salidos como del Xibalbá, se secretearon al oído y se sonrieron. Entonces uno de ellos cobró y el balón flotó para ir a dar al pie del compañero que esperaba en posición de estatua levitante con una pierna flexionada como hoz, el escuincle flotaba como una especie de Chac mool que quiere hacerse al cielo. Aquello fue digno de un anime japonés. Ese día la derrota cambió mi vida, supe entonces que uno tiene algo llamado orgullo atorado en el pecho; después comprendí que si El Zurdo lloraba cuando apenas entendía en qué consistía el deporte, en realidad nunca ha dejado de hacerlo porque la derrota es algo que siempre ha sobrellevado con dificultades.

Todo enfrentamiento con los rigores del duelo serio, de la lucha disciplinada y el orgullo de por medio, demanda los entrenamientos, las jornadas en que se practica con el balón, se convive solamente con él, se le conoce en toda su redondez y textura, se come con él y de él y se le testimonia fidelidad sacramental. Uno es por definición un enfermo de futbol, como decía mi padre detrás del volante cuando veía a los muchachos entorpecerle el paso en cada esquina. «Enfermos de futbol», decía, y yo me sentía postrado en el lecho de muerte. Con esa enfermedad a cuestas de la que el enfermo sabe que nunca se aliviará, el infectado le dedica todas sus tardes y sus días a esa afección y no tiene de otra más que moldear su pie de acuerdo con la curvatura del balón. No existe un balón de futbol, existe un balón para cada juego; no hay una técnica para tirar, hay un golpeo irrepetible para cada bola. Por eso el objetivo del entrenamiento no es hacerse de una técnica de golpeo, sino desarrollar un hábito creador para cada pelota. Hay en ello una diferencia respecto a la simple repetición que constituye el reto de todo creador. El que ensarta un tornillo para ajustar una pieza durante ochos horas de trabajo asume una técnica idéntica en cada movimiento, el que intenta encontrar el ángulo y la fuerza necesarias para golpear un balón que se mueve hacia él, brincando entre los hoyos e irregularidades del pasto, desarrolla una conexión creadora con ese objeto y ese esfuerzo exige un conocimiento de las potencialidades del propio cuerpo. La habilidad como hábito, no la simple reproducción. En la técnica no hay intuición; en cambio, el deportista es un sensor abierto a las variantes de su cuerpo y del ambiente.

El futbol entonces era una enfermedad, pero una enfermedad de la disciplina y la meditación. Y sabemos que la sociedad tiende a clasificar como enfermedad todo aquello que no tiene sino la potencia de la más pueril de las libertades, cuando sabemos que esa libertad, toda vez que no se hable de algunos ventanales rotos y alguna puerta abollada, rara vez le ha hecho mal a alguien.

Hay enfermedades que son hereditarias, el futbol pertenece a esta familia. Nuestro gusto por la redonda puede rastrearse en la figura del padre y el abuelo. Al abuelo nunca lo vi patear una pelota, pero lo vi reclamar a los jugadores y a los árbitros a través de la pantalla cientos de veces. De ideas poco clarividentes respecto al juego y la estrategia, lo que importaba para él era que las Chivas ganaran. Eso fue lo único en que el padre y el abuelo alguna vez coincidieron (lo otro en que estaban de acuerdo era en su forma extraña y cómica de amar a mi madre). El abuelo se encontró con el futbol cuando llegó a la ciudad a principios de los sesenta. Llevaba su radio a las obras para sintonizar el béisbol, pero como todos le pedían que por favor le pusiera al futbol, un domingo terminó en el palomar del Estadio Olímpico Universitario. Entonces hizo un descubrimiento notable: a los palomares llevabas carnitas y tortillas compradas en las proximidades y, mejor aún, las podías acompañar con una cerveza mientras veías a una bola de desgraciados calentarse y sudar bajo el sol de mediodía. Compartió el descubrimiento con la abuela, pero como la salida del inmueble solía ser una apretazón por los pasillos del estadio y luego en el tranvía, mi abuelo comprendió que el futbol no era un espectáculo para señoritas. Desde entonces consagró sus domingos a la carnitas con los amigos y el único recuerdo que guardó del futbol con su familia fue una foto con la copa del mundial del 70, aún de nombre Jules Rimet, en que aparece junto a la abuela, mi madre y dos tías (una de ellas como una curvatura en el vientre a través del abrigo de la abuela). En la foto, la abuela es una especie de Rosemary castaña con sus tres nenas a cuestas y un rosto perturbado por mor de la tierna sumisión que le guardaba al esposo y a sus excéntricas aficiones. Un día el abuelo se aburrió de los estadios y se dio cuenta de que la tele ofrecía la ventaja de las repeticiones y el ahorro del viaje, así fue como vi mis primeros partidos sin entender ni pío.

La herencia era diferente del lado de El Pelón, mejor conocido como «Mi padre». También con un largo historial de apodos entre los que recuerdo Willy Roger –en alusión al jugador de las Chivas Willy Gómez–, El Pelón se decía una leyenda viva del futbol de los llanos. Lo que le interesaba a padre cuando hablaba de futbol, como cuando hablaba de todo lo demás en la vida, era su propia y excelentísima persona. No había jugador como él; entre intrincadas muecas y espasmos maxilares narraba partidos en que perdía hasta cinco kilos para luego recuperarlos en el transcurso de la semana. Nacido en una tierra que había permanecido en la prehistoria, su primera pelota fue un coco que le forjó pies de piedra. A diferencia del abuelo, no guardó imágenes de sus proezas deportivas, pero se jactaba de ser de los jugadores más fauleados por partido, porque declaraba terminantemente que, como en la vida, el hombre más fauleado es el más talentoso y cuando el mundo no puede medirse contigo la única forma de detenerte es a punta de trancazos. Después de viajar horas en burro en su éxodo a la ciudad, se convirtió en El Pelé de Iztapalapa, complexión delgada, baja estatura, un nudo de artimañas dentro y fuera de la cancha.

El talento propio del delantero es el talento de la salsa y de la cumbia y de la samba y de la capoeira. Por eso a los latinos se les dan tan bien las tretas. El mejor delantero es ladino, como padre; es tropical, como padre; es muslo de búfalo y lengua de mamba, como padre: una bestia pícara y hermosa que no cabe en su estatura. El único testimonio fidedigno de la leyenda de Willy Roger que yo pude palpar fueron mis tardes con El Zurdo. Si algún veneno había tenido el padre, se lo había inyectado al hijo. Los únicos consejos confiables que recibimos de El Pelón fueron aquellos que empezaban y terminaban en los pentágonos de la pelota.

Inspirado por Jorge Campos (por su juego que no por su verbo), con los años El Zurdo pasó de la portería a la media cancha. Llegando de la escuela había que gastarse la tarde en la calle, en las canchas o en los llanos. De chico me cambié de casa varias veces, así que los escenarios variaron mucho. Muchas veces iba con El Zurdo. Tan pronto llegamos a vivir a San Buenaventura, nos dimos cuenta de que sobrevivir allí no iba a ser tarea fácil. San Buena era tierra en que los padres salían a trabajar todos los días y en muchos casos sus trabajos demandaban su presencia en la ciudad, así que el correspondiente trayecto de dos horas de ida, ocho horas de trabajo y otras dos horas de venida en medio de un tráfico apocalíptico, era suficiente para que el conglomerado más grande de casas Geo de la región, y aun del país, fuera una auténtica ciudad de los niños cuya más alta Ley era el Futbol. Niños y adolescentes solos la mayor parte del día: futbol o rapiña, deporte o drogas, destrezas con el balón o narcomenudeo en las esquinas; había incluso quienes encarnaban ambos polos en una sola persona: dealer y crack (de la pelota).

En San Buena muchos padres tenían lo suficiente para rentar televisión por cable y en algunos casos hasta servicio de internet. Los privilegiados eran los de las consolas, Xbox o Playstation eran las que más sonaban. Y si no había dinero para alguna de las consolas, por lo menos había centavos que ahorrados llegaban a pesos para las maquinitas o pesos que juntos se hacían una decena suficiente para rentar una consola y dos controles una hora. ¿Y en qué videojuegos se gastaban las horas los enfermos de futbol? FIFA 2006, 2007. Las búsquedas en el todavía sorprendente YouTube eran de los mejores skills de Thierry Henry o Ronaldo. En las piernas de Cuauhtémoc, el nombre del prócer adquiría relevancia cibernética internacional por primera vez: la cuauhteminha –vocablo inverosímil si los hay– había aterrorizado a los coreanos en Francia y ahora se podía apreciar aquel momento una y otra vez en los ratos de ocio. Una finta que consiste en ocultar el balón suspendiéndolo en el aire y salir avante entre dos rivales a base de empujón y tropiezo, para luego burlarse de ellos entre simulacros de arrimón y vomitiva verbal, solo podía haber salido del barrio bravo.

Estábamos acostumbrados a ver algunos partidos por la tele –Milán y aquella remontada del Liverpool con Gerrard al frente de los suyos; Chelsea vs. Barcelona con aquel gol de Iniesta que les dio el empate en el último momento a los de Guardiola–, y en esa medida nosotros queríamos defender como Fabio Cannavaro, reventar como Gennaro Gattuso o John Terry, hacer la ronaldinha, atajar como Oliver Kahn y definir como Samuel Eto’o o Andriy Shevchenko. Pegarle mejor al balón, correr más rápido, ser más fuerte, dar mejores pases, no cansarse tan rápido. Por lo menos así era para El Zurdo y para mí, había un suerte de competencia velada entre nosotros.

Después de que los demás se iban a casa, nosotros nos quedábamos todavía un rato más y practicábamos tiros y penales. La portería de un metro y medio de ancho por uno de alto ofrecía un escenario ideal para la meditación a la orilla de la tarde. A medida que la luz se escapaba de la cancha, impactar el balón y lograr el objetivo a quince o veinte metros era la prueba de que alguna vez, en algún sitio, un joven puede lograr que sus afanes se realicen. La memoria de los pies se impone a la oscuridad: la combinación de sombras y lámparas le siembra trampas a la vista, pero no hay tiniebla que engañe un perfil correcto en que el balón le viene a uno como le viene el aliento. Regresar a casa era retornar al seno de un mundo falso en que nada se puede y donde el joven lidia con su pobre impotencia.

Hay un placer en la memoria de los músculos, en la tensión que se libera al extender la pierna y dar contra el balón que nunca se pierde a pesar de los años, que mantiene fresca la gallardía ante la vida y la gana de enfrentarse a las calamidades. Hay un deleite en el ejercicio del cuerpo que lo forja a uno y lo prepara para las alegrías y las penalidades; y el secreto de esa audacia se atesora esa noche en que uno ensaya, y no deja de hacerlo por más que pasen los años, el mismo tiro de tres dedos hasta el augurio de un calambre.

No existe estoicismo más denotado que enfrentarse a una derrota de 5-0 y tener que continuar a ver si por lo menos se remonta a un 5-3. La disciplina de unos jóvenes solos frente al desaliento de las calles crece al amparo y bajo el gusto espontáneo por el sudor de los goles. La poesía no salva a nadie, lo que nos salva es el poema pronunciado en el tono y en el segundo precisos. El deporte no salva a nadie, lo que nos salva es el gol y el regate conseguidos después de días enteros consagrados a su perfección. La sensación gozosa de aquel latigazo le viene a uno de continuo, como un afán de liberación al que el cuerpo recurre de manera natural, la necesidad de descargar la furia escondida con recelo. En la casa era lidiar contra un exilio autoimpuesto, el ostracismo al que todo joven se condena tarde o temprano para romper el cascarón y erigirse un destino, fuera del gueto o entre los compañeros de la cuadra. Era eso lo que merecía vivirse y perpetuarse cada tarde.

Durante un tiempo El Zurdo y yo íbamos a jugar a una cancha a orillas de San Buena. Por estar en la frontera con el fin del mundo, a esa cancha acudían los insólitos habitantes de una colonia «popular» más allá del gueto, la Jiménez, por donde terminaban la ciudad y la zona conurbada y recomenzaba la vida rural, más allá de la caseta México-Puebla. El gueto estaba bardeado casi en su totalidad, no había contactos con el exterior que no fueran las contadas avenidas que comunicaban el suburbio, las cerradas de la periferia terminaban en murallas que nos mantenían a salvo de las tribus bárbaras. El punto débil era aquel paraje detrás de una cancha de futbol rápido donde los departamentos de interés social convivían con las casuchas de obra negra. En realidad, la única diferencia entre ellos y nosotros era que ellos habían construido sus propias habitaciones y echado sus techos y nosotros rentábamos. En San Buena, o rentabas o pagabas tu casa, igual a la del vecino igual a la del vecino igual a la del vecino, en cómodas mensualidades por intervención e interdicto del INFONAVIT. Las casas de la Jiménez vagaban con las fachadas desnudas por las pendientes de la colina, las de San Buena desfilaban maquilladas de un rubor vulgar que se desprendía cada temporada de lluvias. Solo el culto a la de gajos borraba las diferencias, pero los estilos de juego eran bastante diferentes de uno y otro lado. Donde los de San Buena eran exquisitos, técnicos y ensayaban sus movimientos como en el ballet, los de la Jiménez entraban a lo rudo, con patadas fuertes, aventones un poco desmedidos y la clásica estrategia de intimidación. De este lado éramos vagos sin oficio, de aquel lado albañiles; la auténtica lucha se daba entre los zapatos encostrados de cemento y los Nike o Adidas de juerguista mantenido.

Uno aprende lo fundamental al medirse con los albañiles. Ellos podían fumar, tomar refresco y todavía atropellarte en una refriega mano a mano. Tenías que aguantar los golpes en las espinillas y darte cuenta de que los fantoches son más susceptibles a sufrir codazos y patadas, lo que más te convenía era jugar al toque y esperar que la superioridad técnica hiciera lo suyo. Si querías enfrentarlos a la carrera, en el juego sucio y en las fintas, llevabas las de perder. Quitarles el balón era imposible, jugaban con el brazo arriba y las nalgas levantadas, lo mejor que podías hacer era interceptar un pase o esperar a que algún rebote en los muros te beneficiara. Enfrentarse a ellos implicaba llegar a ese punto del juego donde el cansancio y los jadeos te orillan al error y la desesperación, así que comienzas a errar pases y tiros y el gol del gane nunca cae, el partido se extiende hasta que ya no gana el mejor sino el que logra respirar con más hondura al momento de intentar el tiro decisivo.

Jugar con los de la Jiménez y vencerlos significaba que ya podías graduarte de las ligas menores y emigrar a nuevas canchas. En Chalco habíamos comenzado en las menores, las calles estrechas de la colonia Zapata con los autos interrumpiendo los partidos cada minuto fueron el inicio de los aficionados; los días en el deportivo Solidaridad representaron para nosotros tardes interminables de entrenamiento; el recreo de la escuela era el requisito para mantenerse en forma; las canchas de San Buena fueron la entrada a otra vanguardia donde el deporte ascendía hacia las geometrías; regresar a la rudeza de los albañiles era bajar de la nube y recordar que una reta es sudor y jadeo, maña y aguante.

Después de haber mamado futbol de tantas tribus, clanes y señoríos, El Zurdo estaba listo para aspirar al Parnaso de los profesionales, allí donde la cultura deportiva es la moral de la estrategia, pero en lugar de encontrar musas y poetas se topó con visores y managers. Hasta entonces uno ha sabido de su fuerza, su habilidad y su credo, ahora es cuando se trata de saber que el juego también es un orden jerárquico. Allí donde el futbol comienza como ética protestante, muere como mesianismo primitivo; la crítica de la teología se cambia así en la crítica de la Federación Mexicana de Futbol. El futbolista de talento es como una joven dispuesta a la trata, un pobre antes del banquete que sede los derechos de su persona en pos de una oportunidad de vida. Muchos entran en la tómbola, la mayoría sale triturado y listo para las fábricas, el juego amateur o las talachas domingueras. El jugador frustrado que no alcanza fichaje se conforma con unos pesos en los deportivos populares, eso si le va bien y no se jode un ligamento antes de los 20. El pobre después de la fiesta es una bestia infame a la que le duelen las articulaciones y ya no recuerda en qué momento el regocijo se convirtió en obsesión.

Cuando El Zurdo entró en la Academia de futbol tuvo que dividir su tiempo entre la escuela y los traslados al Arenal, a orillas de Tlalmanalco, donde se encontraban algunas avanzadillas atlantistas. Y el dinero se invirtió en mensualidades, uniformes y viajes para las incursiones tapatías. De a poco la diversión se convirtió en compromiso. Había que perseguir a El Pelón para que se mochara con su parte, porque a pesar de que conocía al dueño de la Academia, quien había sido presidente municipal de Chalco igual que su padre –en el Edomex la aristocracia no ha terminado–, las cuentas no dejaban de acumularse. Aún allí El Zurdo despuntaba en talento y en la medida en que sus dominadas y asistencias daban sus rendimientos las mensualidades pendientes sabían esperar.

El Arenal estaba cuando menos a hora y cuarto de San Buena y había que tomar dos combis para llegar. El cuerpo de araña todavía no lo abandonaba, pero los entrenamientos, calentamientos y millas alrededor de las canchas fueron cambiando a El Zurdo, en algún punto creció más que yo en cuerpo, espíritu y sed de rebelión. Padre y madre lo presionaban para destacar y ser constante y ese fue un peso adicional que le restó interés por el juego. El futbol había sido escaparate de las batallas de casa, esparcimiento, la libertad de las calles, pero ahora que la Academia era la bisagra en que padre y madre tenían que volver a intercambiar alguna palabra después de sus episodios de separación, el escaparate perdía su cualidad de inocencia e intimidad y se volvía una obligación de la que uno no tenía necesidad.

Me convertí en un diplomático en tiempos de guerra que recibía sermones como napalm a cambio de unos pesos o un voto de colaboración. El fondo de colores de las primeras canchas y redadas aquí adquiere un tono sepia entre combis a la orilla de la carretera. Además, El Zurdo ya no tenía tiempo para jugar en la calle, llegaba cansado y agobiado por las exigencias de todo mundo: fue allí donde se gestó su rebeldía más profunda. Al diablo padre, al diablo la disciplina, al diablo el futbol. Yo salí de casa tan pronto me fue posible y la era dorada de la de gajos terminó, el adulto que uno trae atorado surge de pronto y se devora al niño que duerme con un balón bajo su regazo.

Para tener el valor de abrir las puertas del porvenir, para asomarnos al futuro y vivirlo con virilidad, para no ceder a la muerte voluntaria, es necesario restablecer el pasado. La memoria goza su puesto de director técnico: el profe es el artífice detrás del juego. El jugador piensa que su talento domina el partido, que sus piernas son monumentos, pero allí junto a él, más allá de la línea de juego, el profe lo dirige y le dice qué hacer. La memoria entiende que su cualidad principal no es el recuerdo sino la imaginación y que restablecer el pasado es, sencillamente, establecerlo, asentarlo para que podamos comprendernos o perdonarnos en él, como un delantero que, después de horas de duelo y aflicción, se disculpa a sí mismo por haber errado un penal. El niño no desaparece en la impunidad para siempre y espera a que uno, algún día, le respete los fueros que le corresponden para que el adulto sea feliz. Por eso en el sentimiento de la pérdida se cifra la posibilidad de la recuperación. ¿Cómo anhelar algo cuya ausencia no ha tenido que padecerse? Un balón que revienta en el poste, una pared que despista a la defensa, un mano a mano ganado a jalonazo, un taponazo volador, el túnel que antecede un tiro a gol, el doble autopase a pura carrera, la tijera acrobática en cámara lenta.

El surtidor de la redonda es su fin y su principio.

—¿Y no te daban miedo los rayos?

—¿Los rayos? ¿Y eso por, o qué?

—Pues sí, que te fuera a pegar uno, que allí jugando así, nomás, nos fuera a dar uno.

 

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Posted by Alejandro Sal. P. Aguilar

Estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de Partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º Concurso Universitario de Cuento «Letras Muertas», de la UNAM. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Es editor de Cuadrivio.

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