Siete pasos para contar una historia

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Es raro que una profesora, o profesor, nos cautive a base de dedicación y pasión por la enseñanza. Pero cuando sucede, es uno de los sucesos más afortunados en la vida de cualquiera. En este texto, Diego Armando Arellano narra su encuentro con la profesora y poeta Ada Aurora Sánchez Peña, quien marcó su trayectoria como lector y periodista. Con esta pieza inauguramos también «Miscelánea», espacio en el que ofreceremos materiales de géneros y temáticas variopintos y aleatorios, diferentes a los del resto de nuestras secciones.

 

 

Diego Armando Arellano

 

 

UNO

 

Cuánta paciencia y cuánta generosidad le sobran a la maestra Ada Aurora Sánchez Peña. Es lunes o martes y son pasadas las siete de la mañana. La maestra llega puntual a la primera clase del semestre y nosotros no. Está a punto de cerrarnos la puerta con una amabilidad tan inverosímil que nos ofusca. Estamos avergonzados. Al final nos dice que esta vez podemos pasar pero que no puede volver a repetirse. En efecto no vuelve a repetirse. Es la primera vez que la escuchamos hablar. Serena, modula como si nos fuera a dirigir una ponencia muy importante. Transcurso embobado toda la clase. El amor que intuyo le tiene a los libros es conmovedor.

 

DOS

 

Me hice lector ya tarde, a los diecinueve. Pero mi historia es muy bonita. Fue gracias a una clase y a un docente, cliché, ya sé. Pero gracias a esos momentos escribí mis primeros cuentos; los primeros relatos que me definen ahora y que se publicaron en el suplemento Destellos de la Facultad de Letras y Comunicación. Una publicación que tenía destinados sus espacios para la gente que estudiaba letras y para «nadie más». Los periodistas debíamos salir a la calle a buscar historias. No a inventarlas. Una vez un profesor me dijo que me dejaría una plana en el cuaderno: repetir cien veces no debo inventar historias. Desde luego era una broma.

 

TRES

 

No pasaron tantos días cuando comenzaron las lecturas que marcaron mi vida. Leímos a Rubem Fonseca. Nadie lo conocía. Me acuerdo que en mi trabajo final, a partir de una lectura del autor, corregí la «m» de su nombre. Ada me explicó en la hoja impresa de mi trabajo el tamaño de mi error. Y no solo eso, reconoció el esfuerzo de la escritura en mi crónica. «Deberías leer más crónicas porque puedes llegar a ser, si te lo propones, un muy buen cronista». Era el primer reconocimiento público al que me enfrentaba. Raro. No recuerdo a ningún otro docente antes de Ada que haya dedicado una línea para comentar uno de mis trabajos.

 

 

 

CUATRO

 

Ada Aurora Sánchez Peña, además de docente es poeta. Ha escrito cuentos también. Lectora, entusiasta y paciente con los universitarios que llegan a su aula a hacer nido. Tiene el grado de maestra en educación con especialidad en humanidades. Ha hecho estudios de música en el Instituto Universitario de Bellas Artes de la Universidad de Colima y en el Conservatorio de Música de la Universidad Veracruzana. Es profesora-investigadora de la Universidad de Colima. Trabaja en la promoción, rescate y difusión de escritores del estado de Colima.

 

 

CINCO

 

Leímos Aura de Carlos Fuentes en dos sesiones de la clase. Bellísima y breve. Después vino un ejercicio de creación literaria. Algunos de mis compañeros escribieron poesía y otros cuentos. Me acuerdo de las anotaciones en la solapa de mi trabajo: «Evocaste el espíritu de Aura, Diego, felicidades, pero ten cuidado aquí…». Leímos a Ernesto Sábato también, de quien tampoco habíamos escuchado nunca. Y un cuento que me voló la cabeza media tarde: «La mujer sentada» de Sergio Magaña. Leímos y leímos el resto de los días del semestre. Descubrí a Pacheco gracias a «Cuando salí de La Habana, gracias a Dios». También me topé con Arreola, Gorostiza, Tario.

 

SEIS

 

Por lo menos yo no había escuchado a ninguno de los autores que nos presentó la maestra Ada en el semestre. A excepción de Juan José Arreola, y porque nacimos en la misma ciudad. Pero leerlo nunca. Casi al final del ciclo le confesé a la maestra que el cuento de Pacheco me había entusiasmado tanto que había escrito yo uno. Y que me había comprado El principio del placer; ahora estaba en duda sobre el mejor cuento del volumen: «La fiesta brava» o «Langerhaus». José Emilio llegó para quedarse en mis libreros, mis memorias y mis viajes. Nunca le he dado las gracias, maestra, pero aquí aún es tiempo de escribirlo. Gracias por «Cuando salí de la Habana».

 

 

SIETE

 

Siempre he pensado que los mejores docentes son los que te leen. Ada nos leía y nos comentaba, con la certeza, claro, de que había puesto los ojos en el texto. Estoy seguro de que eso forjó en cada compañero de mi generación una dedicación y entusiasmo no previstos. Ada Aurora es una verdadera promotora de la lectura. No escatimó nunca en sobrellevar amenamente su clase a pesar de que, si la memoria no me falla, estaba a punto de tener a su bebé. Nunca levantó la voz a nadie a pesar del destello preparatoriano de algunos de nosotros. Tampoco fue docente indiferente con alguno de mis compañeros. Y lo mejor, tomó de su valioso tiempo un momento para seguir escribiendo, insisto. ¡Nos leía, por Dios! Una maestra que leí cada punto que no sabíamos poner en su lugar. Gracia infinitas, siempre, maestra.

 

 

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Diego Armando Arellano (Ciudad Guzmán, 1984) es docente, periodista, narrador y miembro honorario de Cuadrivio.

 

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