El mito de las razas humanas. Una crítica biológica

¿Existen las razas humanas? Partiendo de la taxonomía y la genética, Manuel Ochoa demuestra que las razas humanas no existen, pero que, paradójicamente, el racismo se mantiene como uno de los grandes males de la humanidad.

Hasta bien entrado el siglo XX, Estados Unidos se seguía caracterizando por una estructura social racista. Los bebederos públicos estaban diferenciados para su uso por gente blanca y gente negra, existían establecimientos que indicaban flagrantemente que solo daban servicio a personas de piel blanca, desde comida hasta lavandería. La segregación en las playas, las salas de espera, los teatros, las bancas de los parques y por supuesto en la educación y las políticas del gobierno era parte de esta estructura. Aunque la segregación ha sido abolida en Estados Unidos y otros países, el racismo se mantiene como una estructura que la humanidad simplemente no terminar de erradicar. En muchas manifestaciones actuales contra el racismo, suelen verse pancartas que dicen «no puedo creer que esté marchando por esto». La sensación alrededor de este tema es similar. Pero ¿las razas existen biológicamente, o son más bien una ficción social?

 

La taxonomía es nuestra forma de organizar la vida

La vida es tan diversa que, para conocerla y entenderla, es útil clasificarla. Darwin le enseñó al mundo que todos los seres vivos, desde las bacterias hasta la ballena azul, están emparentados de alguna forma. ¿Qué tanto? Unos organismos más y otros menos, pero para tener una idea de ello, basta con conocer su categoría taxonómica. La taxonomía es un sistema de clasificación[1]que parte de ocho grandes categorías, las cuales van de lo general a lo particular: dominio, reino, filo (phylum), clase, orden, familia, género y especie. De esta forma, los organismos se encuentran relacionados evolutivamente en alguna de esas dimensiones de análisis.

Si observamos la categoría más general, el dominio, encontramos que las similitudes son pocas y muy generales (en este caso el tipo de célula. La presencia –o no– de núcleo determina el dominio). Avanzar hacia categorías más específicas en la taxonomía nos permite clasificar cada vez con mayor detalle, en una suerte de desmenuzamiento de la diversidad biológica. Podemos observar que aquellas especies que tienen más similitudes comparten una mayor cantidad de categorías taxonómicas. Por ejemplo, el humano, el chimpancé y los bonobos (figura 1). Mientras tanto, siguiendo los ejemplos de la figura, el organismo que tiene más diferencias con el humano (la bacteria Escherichia coli), se diferencia en todas las categorías de la clasificación, o en prácticamente todas, como sucede cuando comparamos a humanos y plantas. Mientras más similitudes haya entre dos organismos, su clasificación se acerca más hacia la categoría de especie.

Figura 1. Fuente: elaboración propia.

 

Variación y barreras

En la naturaleza, existe variación prácticamente a todos los niveles. Aun los gemelos idénticos tienen diferencias en la combinación de ADN que heredan de sus padres. Esas diferencias se acentúan mientras más nos movemos a lo largo de las categorías taxonómicas, como hemos revisado. Las diferencias provocan que la vida se haya diversificado tanto como vemos en la actualidad y como se ha descubierto en la historia evolutiva. Pero ¿hay algún límite en el que la variación «sea suficiente» como para realmente encontrarme frente a un tipo distinto de organismo? Si todos estamos emparentados, ¿por qué no me puedo reproducir con un tiburón? La respuesta parece obvia, pero deja de serlo si en vez de eso nos preguntamos por qué no puedo reproducirme con un organismo que en más del 90% de sus genes es idéntico a mí, como el chimpancé.

Sucede que la categoría de especie es una de las principales «barreras» para la reproducción.[2]De cierta forma, ocurre como si la variación entre organismos tuviera una frontera luego de la cual es imposible producir otros organismos. Esa frontera suele ser la categoría de especie, por eso se dice que esta es la unidad básica de la clasificación biológica. Biológicamente, la variación tiende a agrupar a los organismos según ciertas similitudes y diferencias que los aíslan de otros. De cierto modo, la existencia de barreras reproductivas acentúa la variación de las especies y provoca que la vida se diversifique.

 

La inexistencia de las razas humanas

¿Hay algo más allá de la categoría de especie? Sí, los biólogos usamos el término subespecie para referirnos a aquellos grupos de organismos en los que se pueden identificar diferencias genéticas suficientes como para diferenciar ciertas poblaciones de otras. Esas diferencias genéticas son parte de lo que se conoce como divergencia evolutiva, y significa que ciertos grupos al interior de la especie evolucionaron de formas particulares (y distintas) hasta diferenciarse en ciertos rasgos de una forma que puede observarse y medirse genéticamente. ¿Qué tanto se diferenciaron? Lo suficiente para que en ellos –como grupo– se encuentren rasgos únicos en la especie, pero no tanto como para establecer una barrera que impida la reproducción entre razas. Por lo anterior es importante subrayar que no basta con que esas diferencias sean de apariencia, lo que hace más difícil determinar cuándo tenemos a una subespecie y cuándo no.

La biología reconoce y usa la categoría de subespecie, pero esta ha sido polémica a lo largo de la historia. Con frecuencia ese término se usa de forma indistinta con el de raza, pues las razas son una categoría biológica por debajo del de especie. Pensemos en el maíz, por ejemplo. Actualmente en México se cultivan 60 razas de maíz, y cada una se asocia con una historia biológica y cultural particular. Sin embargo, todas esas razas son de la misma especie (Zea mays), lo que significa que aún podrían cruzarse y generar frutos y semillas. Todos son maíces, aunque sus historias evolutivas particulares provocaron que hoy sean genéticamente diferenciables.

Se han identificado distintos grupos de maíz aunque sean de la misma especie. Estos grupos se pueden distinguir geográfica y genéticamente. Por ejemplo, el maíz Jala que se siembra en Nayarit, y el Gallito, de Campeche, han desarrollado diferencias genéticas en sus hábitos de crecimiento, periodos y velocidades de maduración de la mazorca, así como en su apariencia (tamaño y forma). Esa diversidad genética entre grupos, aunque se trate de la misma especie, es clave para entender las razas. Si quisiéramos encontrar razas biológicas en los humanos (es decir, subespecies), tendríamos que buscar esa diversidad al interior de la especie, que no sea solo de apariencia sino de estructura genética de la población.

Si la humanidad hubiera evolucionado a partir de distintos linajes, como ha ocurrido con el maíz, podría suceder que surgieran razas biológicas. Sin embargo, está demostrado que toda la humanidad surgió de un solo grupo ancestral, originado al este de África, y que a partir de ahí todos los grupos humanos somos genéticamente idénticos en el 95% de nuestros rasgos. Entonces, ¿por qué encontramos a seres humanos tan distintos entre sí? Es totalmente cierto que un nigeriano podría ser, en apariencia, sumamente diferente a danés, un boliviano o un tailandés. Eso se debe simplemente a que los humanos tenemos un rango muy amplio de variación al interior de la especie, aunque en términos genéticos nuestra identidad se encuentra distribuida de modo homogéneo sin que sea posible diferenciar grupos particulares, pues muchos genes se encuentran en todos los grupos humanos.

Uno podría preguntarse: ¿por qué en el maíz y en el humano encontramos tanta variación, pero aseguramos que el humano no tiene razas y el maíz sí? La formación de razas o subespecies es un primer paso para la especiación (el origen de nuevas especies), que culmina con el establecimiento de una barrera reproductiva definitiva. Esto significa que en cierto momento las poblaciones que algún día fueron de la misma especie ya no puedan reproducirse entre sí. Desde su surgimiento como especie, los individuos humanos se han mantenido en constante contacto reproductivo como para que se hayan establecido diferencias que lleven a algún tipo de aislamiento.

Los humanos somos una especie muy joven evolutivamente, y en realidad no se ha presentado un aislamiento claro en términos reproductivos que haya agrupado a nuestras poblaciones según características biológicas particulares. Es decir, que a diferencia de lo que sucede con el maíz, nuestros genes siguen fluyendo juntos y entran en contacto como si se tratara de una gran población, sin ramificarse de formas particulares, por lo cual no se ha producido ningún tipo de aislamiento genético. Las razones evolutivas por las cuales no han surgido nuevas razas humanas pueden explicarse desde esos hechos.

¿Qué se observaría biológicamente si realmente tuviéramos razas? Es probable que pudiéramos distinguir rasgos que se agrupen claramente. Por ejemplo, que solo los humanos altos fueran negros, o solo los humanos de estatura promedio tuvieran cierto color de piel. Lo cierto es que, aunque la variación humana es asombrosa en términos de su diversidad, prácticamente cualquier combinación de rasgos dentro de esas posibilidades puede presentarse, por lo que es imposible caracterizar a algún grupo humano según cierto conjunto de características únicas o exclusivas con respecto a otros. En síntesis, para que existan subespecies o razas se requiere de variación, pero no solo eso, sino que dicha variación se estructure genéticamente y se agrupe de maneras claramente distinguibles.

 

No hay razas pero sí racismo

«Si las razas no existen, ¿cómo puede ser que los antropólogos sean tan buenos identificándolas?», preguntaba de forma irónica el antropólogo Norman Sauer. Podríamos ir un poco más allá y preguntar también: si las razas no existen, ¿no deberíamos dejar de hablar entonces de la existencia del racismo?

Decir que no existen razas, pero sí existen, parece una afirmación ridícula, pero es correcta. El que las razas no existan, no impide que nuestros comportamientos tengan un componente racista. En otras palabras, no es la presencia real de diferencias raciales entre grupos lo que crea las razas, sino la creencia de que efectivamente existen esas diferencias y el reconocimiento social de estas como algo relevante.[3]La clasificación social por raza no tiene un fundamento biológico, aunque por años muchas de nuestras sociedades hayan pretendido que existe una distinción natural. Esto es un fenómeno muy común, que va más allá de lo racial. Pensemos en un caso espejo: las diferencias sexuales entre hombres y mujeres (me refiero a la categoría macho-hembra, no al género) o el espectro de orientación sexual e identidades y expresiones de género.

En todos estos casos, de nuevo, se ha utilizado a la biología para suponer que lo natural legitima ciertas formas discriminatorias de ordenar a la sociedad y darle privilegios a ciertos grupos por encima de otros. En definitiva, lo que sucede es que se considera un componente biológico muy diverso (la variación) y se interpreta erróneamente como una diferencia que justifica abusos políticos. El resultado es terrible: una puerta de entrada a la opresión y la discriminación. De nuevo, como pasa también con el sexo y en ocasiones hasta con la salud mental, la discriminación racial no tiene un origen y causa biológicas o naturales, sino que se trata de un fenómeno sociocultural. En términos posmodernos, diríamos que la raza es también un constructo social.

 

La crudeza sobre el problema de las razas

Una de las dificultades más grandes de este tema es que nuestra visión racista del mundo y los atropellos a la dignidad humana que se hacen a partir de las diferencias, no entienden de fundamentos teóricos. Es decir, muchas veces al afirmar que las razas existen biológicamente, en realidad ni siquiera se toma en cuenta la biología, sino que se pretendan legitimar ciertas actitudes o posiciones de poder desde lo socioeconómico o lo político. Esa forma de entender al otro suele observar la variación, lo distinto, e interpretarlo como inferior, lo que se traduce con frecuencia en miedo y repulsión. Sucede que en la historia no solo han sucedido episodios así por montones, sino que siempre estamos a un paso de desatarlos nuevamente.

La mayoría de la gente entiende raza como un grupo de personas más o menos homogéneo según aspectos culturales y geográficos en común. Cuando esa gente alude a la biología, es decir, a que las razas existen realmente, supone que hay relaciones genéticas particulares que identifican a esos grupos y que a su vez los distinguen de otros, pero como vimos, esto es una conclusión apresurada y errónea.

Por lo pronto, es importante seguir comunicando que las razas biológicas no existen en humanos, pero sobre todo hay que exhibir que, si para la sociedad sí existen las razas, quizás no sea solo por ignorancia o malentendido sobre los hallazgos científicos, sino también por las dinámicas de poder que se han establecido en la historia. Así, podríamos centrar nuestra atención en comenzar a buscar detrás del término de raza aquello que se ha normalizado, aquello que sí existe pero a lo que tal vez no se le preste suficiente atención. Quizás algún día, globalmente, podamos entender que la categoría de raza es un instrumento al servicio del poder –como tantos otros– que sigue cobrando vidas. Las razas biológicas no existen, pero en su nombre se siguen cometiendo atrocidades, y eso sí existe.

 

 

NOTAS

[1]Existen subcategorías que son utilizadas por los científicos cuando es pertinente. Por ejemplo «subfamilia» o «tribu», pero no aplican en todos los casos.

[2]Esto suele ser así salvo en casos como el de las plantas, que pueden reproducirse incluso cuando son de géneros taxonómicos distintos.

[3]Pierre L. Van den Berghe, Race and Racism: A Comparative Perspective (New York. John Wiley and Sons, 1967).

 

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Posted by Manuel Ochoa

Manuel Ochoa Sánchez (Ciudad de México, 1988) es maestro en Ciencias Biológicas por la UNAM orientado a la ecología evolutiva. Es un explorador de la filosofía de la ciencia y la evolución de las interacciones bióticas con especial interés en los temas de educación, lenguaje y comunicación científica. Poeta de clóset.

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