El miasma de la violencia que parte la tierra

Yeni Rueda escribe sobre «Temporada de huracanes», novela de Fernanda Melchor que «arrasa con el lector, se mete hasta los huesos» y lo «devuelve con una nueva percepción de la realidad».

Una de mis principales reglas al momento de escribir reseñas es alejarme de la adulación gratuita. Quizás por eso suelo ser escéptica ante aquellos libros o autores que son recomendados con un lapidario: «deberías leer» o «no puedes llamarte lector si no has leído tal», porque generalmente son afirmaciones que nacen de la arrogancia y la superioridad intelectual que nada tienen que ver con el espíritu del lector apasionado. Cuando escribo sobre libros suelo ser muy crítica, puesto que me apasionan las historias, los personajes y las atmósferas y no hay nada que me moleste más que un autor tratando de tomarme el pelo, sobre todo si consideramos las dificultades que sortea la industria literaria en nuestro país.

Justo por eso, no puedo dejar de mencionar la profunda emoción que me produce redactar algunas líneas sobre una de las novelas más interesantes y reveladoras que he leído en los últimos años. Me refiero a Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor. No estoy usando estos adjetivos de manera arbitraria ni para congraciarme con nadie. Además, no tengo que justificarme: Melchor se ha encargado de construir una bibliografía breve pero sustanciosa, con una voz literaria reconocible que corta, rompe y transforma a quien lee sus libros. No se es el mismo después de haber leído un texto de la escritora veracruzana. Ya sea en su narrativa o en sus crónicas, Melchor nos entrega historias que nos ayudan a revelar ese sentido oculto de la humanidad, desenterrando el sentido primario de la acción de contar una historia y echando luz sobre las características más abisales de la naturaleza humana.

La novela inicia con el cuerpo inerte de la Bruja encontrado en un río por un grupo de niños. El lugar es un pueblo marginal, preso de la naturaleza orgánica e industrial. El punto de partida de la historia es un crimen, pero el centro de la novela son sus personajes y la influencia que la Bruja y su muerte tienen sobre ellos, como si la esencia de este ser maldito fuera un miasma que se extiende sobre el pueblo, atrayendo a sus pobladores constantemente a ese templo de perversión, donde nadie tiene más remedio que revelar su verdadera naturaleza.

Resulta intrigante la manera en la que Melchor utiliza el arquetipo de la bruja como el hilo conductor de los personajes. Las brujas, en esencia, son el conjunto de elementos oscuros de la feminidad, una antítesis de la figura de la mujer idealizada, que casi siempre se manifiesta mediante el control de su cuerpo y de su destino. En la novela, la Bruja y la Bruja Chica muestran precisamente la fuerza arrolladora de una feminidad libre, que se aísla voluntariamente de las normas civilizatorias (como una especie de Thoreau mórbido) y que elige cómo sobrevivir o vivir su miseria. Pero ambas van más allá. Porque con sus magias no solo se vuelven controladoras del destino propio, sino de los otros, de las mujeres que se acercan a pedir sus favores o de los hombres que van en busca de dinero o placer sexual. Esta fuerza demoledora de independencia incomoda, pero se vuelve necesaria en un pueblo que parece no tener un porvenir. Ni siquiera un final, sino una larga existencia de precariedad y violencia. Buscan adueñarse de un destino que en realidad no les pertenece pero que constantemente intentan recuperar. Aunque no siempre lo logran.

Otro elemento particular de la novela es la presencia de lo líquido. El agua, el sudor, la sangre, los menjurjes, el río, la cerveza tibia; todos estos fluidos realzan la sensación de desasosiego que parece inundar a los personajes, así como el ritmo trepidante en el que se manifiestan la miseria social, sexual y familiar. Por ejemplo, el agua, que generalmente tiene características simbólicas relacionadas con la fertilidad, la vida y el florecimiento de la tierra, en el pueblo de La Matosa solo conduce a la muerte. Ya sea la sangre corriendo por las piernas de una adolescente o el agua que hincha el cadáver de la Bruja, el agua no existe en este espacio narrativo para dar vida, sino para apaciguar los demonios interiores o para contener los actos violentos de los personajes. Existe para darle paso a la muerte.

Algo que me sorprende de otras reseñas que he leído de Temporada de huracanes es la insistencia en señalar que Fernanda Melchor muestra lo más oscuro, violento y marginal de nuestro país. Sí, La Matosa es una representación muy concreta de un espacio específico de Veracruz, donde la desolación, la misoginia, la homofobia y la falta de oportunidades son crudas, avasalladoras; pero me parece que lo señalan como si se tratara de otro México, de uno alejado de nuestros bien privilegiados escritorios de intelectuales, cuando es el México que se vive día a día, más allá de los límites literarios de La Matosa y geográficos de Veracruz. La impunidad está regada por todos lados, las fosas clandestinas se han vuelto una vergonzosa constante de nuestra «realidad mexicana».

Aunque el espacio de la novela obedece a un lugar particular y reconocible, me parece que la intención de la autora es servirse de cierta exageración literaria para mostrarnos algo más profundo: esta barbarie no es ajena a la marginalidad de un pueblo al costado de la carretera. Sí, es más evidente ahí por circunstancias geográficas, sociales y políticas. Pero el miasma del mal también puede cubrir el mundo civilizado al que creemos pertenecer. ¿Por qué? Porque en él hay personas que poseen esa violencia latente que solo necesita un pequeño empujón para desatarse. Basta leer las noticias para darnos cuenta de que no hay territorio en nuestro país inmune al crimen, la falta de oportunidades y la desolación.

Mientras avanzaba por la trepidante narrativa de Fernanda Melchor, no sentía ningún tipo de descubrimiento ni de lejanía. Ese ambiente sórdido, de palabras duras, de una sexualidad voluptuosa y agresiva me era muy familiar, cotidiano. Era un recuerdo constante del pueblo, también caluroso, en el que me crié. Por otra parte, me parece que la familiaridad no solo se da por haber tenido una relación cercana con esa violenta fuerza de la naturaleza humana, sino por la conformación de un discurso narrativo atento al habla cotidiana de un sector con características reconocibles.

Desde el primer capítulo es notorio el buen oído de la autora para construir el habla de sus personajes: un habla que se tuerce cambiando el ritmo sin que el lector se dé cuenta. Por un momento leemos a un narrador externo que en otras páginas se convierte en Yesenia, luego se sale para entrar en el lenguaje burocrático y laberíntico de las investigaciones policiacas, para después volver a Chabela o a cualquier otro personaje de la novela. Se trata de una narrativa oral que, sin embargo, es texto. Y esta forma delirante de estructurar un texto literario le da la frescura, los matices y el gozo que también tienen esos momentos en el que compartimos historias con nuestros amigos o familiares. La voz literaria funciona de tal manera que da la sensación de que solo te está hablando a ti. Solo en dos ocasiones me he sentido completamente atrapada por las voces particulares de personajes literarios: la primera vez fue con Pedro Páramo de Juan Rulfo, la segunda, con Temporada de huracanes.

¿Cómo logró Fernanda Melchor una novela tan redonda y efectiva, a pesar de su barroquismo, su riesgo para abordar personajes y temáticas espinosos, y un lenguaje voraz que nunca da concesiones? Sin duda, gracias al talento, la técnica y una notoria atención a la realidad del país. Pero yo agregaría algo más: la honestidad. Desde el espacio de la ficción literaria, hasta en sus entrevistas, Fernanda Melchor es transparente. Habla sin tapujos, no tiene miedo a lanzarse al abismo de la irreverencia creativa, de mirarse con autocrítica y de encontrar fascinación en historias que otros preferirían soslayar.

La novela llega con un perfecto timing. Ahora más que nunca tenemos que enfrentarnos a estas historias rasposas que sin caer en el moralismo, la cursilería o la denuncia superficial aborden las grandes problemáticas de la sociedad mexicana: el descaro de instituciones fallidas, el dolor de vivir en la marginalidad, la homofobia y la misoginia. Temporada de huracanes arrasa con el lector, se mete hasta los huesos y, con suerte, lo devuelve con una nueva percepción de la realidad, de la violenta naturaleza humana.

 

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Posted by Yeni Rueda

Yeni Rueda López es narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette «Tres gotas de agua» (Simiente, 2013).

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