El lado B de Tryno Maldonado

Entrevista de Diego Armando Arellano con Tryno Maldonado.

A la mayoría de los escritores les complace hablar de sus influencias y «procesos creativos» como de algo épico, deslumbrante, conmovedor: idilios con la literatura desde la más temprana infancia (sentados en las piernas de luminarias literarias o en los sillones de cultísimas y bien provistas bibliotecas), «lecturas voraces» de los clásicos a la manera del pequeño John Stuart Mill, hallazgos del numen poético en medio de feroces tormentas donde los relámpagos se convierten en versos… en esta entrevista no hay nada de eso. Por el contrario, mediante una conversación sencilla, puntual y directa con Diego Armando Arellano, Tryno Maldonado (Zacatecas, 1977) revela sus nada glamurosos acercamientos a la lectura y deja ver –con un desparpajo característico de sus coetáneos– los mecanismos de su obra y de su quehacer como autor.

 

 

Diego Armando Arellano

Lo encontré en playera negra de Metallica, con la portada del Ride the lightning en el pecho. Pantalón negro de mezclilla. Tenis desgastados, Air Force, también negros, con agujetas amarillas fluorescentes, muy sucias. Lentes de pasta Ray Ban Way Farer, viejos y rayados. Tryno, en persona, aparenta menos años de los que anota su acta. Nació en México, estado de Zacatecas, el año de 1977. Desde 2006 reside en Oaxaca, lugar donde se gesta esta entrevista. En voz de Tryno: «El clima de hoy es cálido pero agradable, nublado a rachas pero sin lluvia y fresco por la noche. Olor a ozono condensado y sonido de las chicharras en los árboles… es un buen momento para que preguntes».

 

¿Tryno Maldonado, cómo andas?

Ando un poco distraído, inquieto.

¿Y eso?

Sigo en el bajón de haber terminado la nueva novela y tratando de entrar en el mood de la próxima. Me pone muy mal no escribir, como a un junkie debe ponerlo estar en abstinencia. Me hago trampa leyendo mucho en estos días, pero es como si me dieran nada más metadona y pues no es lo mismo. Pero ando distraído, sobre todo, por pensar todo el tiempo en cierta vocalista de cierta banda de rock mexicana que escucho en el iPod en este momento y que no me puedo quitar ya de la cabeza.

 

A veces creo que te apasiona más la música que la literatura

Creo que las cosas importantes del mundo se comunican a través de la música, no con literatura.

¿Escuchas música mientras escribes?

Por método no; sólo mientras transcribo correcciones finales de un libro, por ejemplo. Antes, incluso, utilizaba tapones para los oídos para trabajar. Eso sólo hasta que conocí a un amigo mío que debía leer y escribir todos los días mientras atendía desde muy temprano un puesto de verduras en el mercado. Entonces me di cuenta de mi absoluto esnobismo, de lo grave de mi neurosis y de lo irremisible de mi estupidez.

Oye, ¿y Amanditita, de ella tienes todos sus discos, te gusta su música? Te pregunto en serio.

De Amanda lo que más me gusta es Amanda misma. La quiero mucho. Aunque «Te crees la muy muy» es un gran himno, y «Odio a mi jefe» me recuerda inevitablemente a cierto ex jefe mío. Tengo la costumbre, mala o buena, de no comprar CD desde hace más de diez años (tengo, en cambio, 500 gigas de MP3 piratas que cargo a todas partes), pero sé que ella me lo perdonará.

 

¿Y tu temperamento, qué hay de eso?

Difícil describirlo yo mismo. Quizá soy lo que Morrissey calificaría como «a jumped-up pantry boy who never knew his place» en «This Charming Man». Temperamento decididamente melancólico, pero sin llegar a emo. Timidez casi pedestre. A veces, incluso, huraño y hasta eremita (la última vez, mientras terminaba la nueva novela, mi casera me llamó por teléfono muy preocupada creyendo que había metido la cabeza en el horno: llevaba dos semanas sin salir a la calle y sin hablar con nadie). «Extraño», dicen mis amigos. A últimas fechas, después de investigar mucho al respecto para mi libro, he sospechado que tengo síntomas de síndrome de Asperger y que a eso se debe mi poca facultad para socializar y para resolver situaciones elementales de la vida práctica. Pero a lo mejor me pasaría lo mismo si investigara sobre la sarna para algún otro libro: no dejaría de rascarme.

 

Algo que te joda, que te saque de quicio, Tryno

Me molesta mucho Felipe Calderón y el baño de sangre que inició en México. Me molesta su estulticia y todo lo que él y su partido representan. Me hace enojar que el ex gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, siga impune. Me hace enojar a muerte y me entristece el que mi sobrino de siete años muy probablemente se criará en el mismo México caciquil, pistolero, represor y corrupto en el que yo me crié.

Por cierto, ya sabemos que eres escritor. Pero, ¿tienes algún trabajo?

No. Estoy desempleado y ni siquiera recibí liquidación. Me dejaron en la calle. Así que no vuelvo a editar jamás.

Supongo que te refieres a la editorial Almadía. Cuéntamelo todo.

Todo lo que sabía de edición antes de Almadía, y eso es decir nada, fueron los cinco años en que edité una revista con unos amigos en Zacatecas: Finisterre. Llegué a Oaxaca en 2006, el año del conflicto magisterial. Me acuerdo muy bien que en mayo, durante mi segunda visita, un retén de profesores detuvo mi autobús en medio de la carretera; tuve que bajar mi maleta y caminar durante kilómetros por la cinta asfáltica hasta el centro de la ciudad: en una señalización oficial que originalmente decía «Fin de la carretera federal», un muchacho con la cara embozada escribía con espray: «Comienza la revolución». Así empezó mi estancia en Oaxaca.

Mi motivo original fue asistir a un taller de novela en el Centro de las Artes de San Agustín Etla. El taller lo impartían por módulos, entre otros, Juan Villoro, Mario Bellatin, Francisco Goldman, Élmer Mendoza, Álvaro Uribe, Margo Glantz, David Toscana y Daniel Sada, por mencionar algunos. Jamás he creído en los talleres literarios, pero mis ganas de conocer el sur eran más fuertes que mis pruritos literarios. Fue en esa época que Leonardo Da Jandra me hizo la propuesta de quedarme a trabajar como editor de la naciente Almadía. Y, para serte sincero, vi la oportunidad como un pretexto para tener unas vacaciones pagadas. Pero no podía estar más equivocado: me enamoré al instante del proyecto editorial y de la ciudad (además de una oaxaqueña) y, así, con el tiempo, lo que era un cubículo de lámina en la azotea de una papelería y una computadora Dell vieja para editar, se fue convirtiendo en lo que ya todos conocen.

Fueron años de muchísimo trabajo, muy intensos y muy divertidos, porque levantamos un proyecto editorial literalmente de cero y podíamos hacer lo que nos diera la gana. Un desmadre. Hice buenos amigos y aprendí mucho. En esa primera etapa podía, por ejemplo, darme el lujo de publicar a un par de angoleños treintañeros desconocidos pero geniales (GonÇalo Tavares y Ondjaki), lo mismo que editar una antología con Sergio Pitol o el primer libro de su catálogo que Anagrama se vio impedido para publicar en México: Los culpables, de Juan Villoro; igual que a autores latinoamericanos que admiro mucho, como Samanta Schweblin y a buena parte de los autores mexicanos de mi generación. Pero de pronto todo dejó de ser divertido. Se volvió una hueva, y Almadía comenzó a girar en torno al DF, en contra de su espíritu originario, desperdiciando así, en mi opinión, una oportunidad de descentralización histórica y formidable, además de la oportunidad de alentar y empoderar a toda una nueva generación de autores del sur, como hicieran las grandes editoriales catalanas en su época (si revisas el catálogo de Almadía, hasta el día de hoy no cuentan con un solo libro de un autor oaxaqueño, por ejemplo, pero está plagada, eso sí, de autores chilangos). Eso y que dejé de escribir una temporada por editar libros de otros, fue lo que me convenció de dejarlo por la paz. Me quedé sin trabajo y sin la novia oaxaqueña, pero milagrosamente desaparecieron mis úlceras y terminé una novela gorda. Así fue que me quedé en Oaxaca.

¿Y qué hay de tus primeras lecturas?

Me encantaría decirte, como tantos autores de mi generación, que tuve una infancia cultísima y llena de libros. Pero no. Crecí jugando futbol en la calle.

¿Ni siquiera leías el TVyNovelas?

Debí conformarme con leer desde el Sensacional de Vaqueros y Condorito hasta Los diarios del Che en Bolivia El Capital, pasando por Rius y los resúmenes de los clásicos del Tesoro de la Juventud. Con eso te haces más o menos una idea de lo que te hablo. Aún hoy, que dispongo de una biblioteca muy completa en Oaxaca (la biblioteca del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca), me esfuerzo todos los días por llenar las tremendas lagunas; lagunas de las que no padecen mis congéneres escritores gracias a su educación cara. «Lector voraz». Nada me choca más que esa frase. No me considero un buen lector. Lector voraz. Odio cuando alguien la pronuncia. Jamás lo fui porque nadie me dio ni siquiera la opción de serlo. Así que debí calmar el «hambre de lectura» con lo que tuve a la mano: la Enciclopedia del Futbol y la Enciclopedia Espasa Calpe. Pero digamos que cuando entré a la preparatoria era incapaz de comprender un libro entero en forma. No exagero.

¿Entonces cuándo comienzas a leer en serio?

Me reprobaron en casi todas las materias, me quitaron la beca, me corrieron y debí terminar la mitad de los semestres en el sistema abierto. Así fue que empecé a leer en serio por mi cuenta. Los libros del sistema de bachillerato abierto (y esto lo saben muy bien quienes estudiaron ahí) abarcan todo lo que no nos enseñan regularmente en las escuelas públicas: van desde Miguel Ángel hasta Pollock, Rauschenberg o Jasper Jones, desde Bach, Mozart y Beethoven hasta Schönberg, Webern y Berg y Stockhausen. Todavía los conservo. Pero si debo decirte nombres de escritores, diría que los libros de Ray Bradbury en Minotauro durante la adolescencia tardía fueron los primeros que recuerdo haber leído a conciencia. Después los de Edgar Allan Poe en ediciones malísimas y baratas. Más adelante Borges. Borges sobre todas las cosas. Fue el que me enganchó. Atribuyo al exotismo de los libros como objeto en mi entorno familiar y a la ausencia total de lectura como hábito en mi ámbito el hecho de que se me despertara la curiosidad por apropiarme de ellos «de contrabando». En cambio, al tratarse de una imposición en la secundaria pública, aborrecí a Juan Rulfo a morir y, aún hoy, alucino a Ramón López Velarde (tuve que aprenderme la «Suave Patria» de forma maquinal como millones de otros zombis de mi generación, y todavía me la sé).

¿Fue sencillo que te publicaran?

La línea frontal de las editoriales del centro del país era, para efectos prácticos, una barrera infranqueable para un escritor imberbe criado y sito toda su vida en Zacatecas. Fui rechazado en prácticamente cualquier editorial mexicana que menciones. Tengo cartas de rechazo de todas. Incluso el fondo editorial Tierra Adentro se negó a responder mis cartas y llamadas. Ni siquiera quisieron leerme. Ahora me resulta gracioso pensar que ni con mis propios impuestos pude ser atendido y dictaminado por una editorial del Estado. ¡Eso sí es estar jodido! Pero digamos que estos últimos sin saberlo me hicieron un tremendo favor con su rechazo categórico.

Me estás contando la historia de tu primer libro, Temas y variaciones, ¿quieres profundizar más?

Por esa época tenía 21 años, vivía en Zacatecas, y un manuscrito llamado Temas y variaciones. A pesar de mi insistencia me vi orillado a la edición de autor. Y unos meses después, Temas y variaciones fue incluido en la lista de los mejores libros del año del periódico Reforma. De ahí vino mi inclusión en una antología de la editorial Joaquín Mortiz compilada por Andrés Ramírez y donde Kyzza Terrazas y yo éramos los más jóvenes (ya llovió). El mismo Andrés Ramírez y Jesús Anaya se animaron a editar entonces mi primera novela, escrita a los 25 años: Viena roja.

Entonces te fue muy bien con la crítica, ¿qué opinas de los críticos literarios?

Digamos que lo mejor que puede hacer uno para el bienestar de la literatura nacional es escupirles en un ojo. Sobre todo si se trata de esos autores de reseñas ardidas y ad hominem: parece que existe una nueva escuela de críticos que profesa en la práctica el hecho de que escribir con bilis sobre los libros de otros te convierte automáticamente en un buen crítico.

¿Y sobre el gremio?

Ignoro si el gremio de panaderos sea tan mezquino e hipócrita como el gremio de los escritores en este país. Parece que el sistema de políticas culturales neoliberales ha cumplido con su exigencia fundamental: ponernos a competir como perros, volvernos individualistas, dividir el gremio, lo comunitario.

 

Quiero pensar que sí tienes amigos escritores.

Siempre me da gusto tener a unos amigos y amigas tan bellos, talentosos e inteligentes con los que de vez en cuando puedo beberme unas cervezas e ir a conciertos (con Antonio Ortuño a The Strokes, con Bernardo Esquinca a Interpol, con Brenda Lozano a Patti Smith, etcétera). Ya sean mis colegas mexicanos como de otros países. Eso va por los de los ochenta también. Sobre todo por los de los ochenta, con los que me siento más cercano (es decir, a Brenda Lozano y a mí nos separan dos o tres años; mientras que, por ejemplo, entre Juan José Rodríguez o Alberto Chimal y yo hay siete). Al menos en cuanto a generaciones, Ortega y Gasset se equivocó.

Todavía traigo pegada una de tus primeras respuestas, deduzco que tus mayores influjos no provienen de los libros, ¿A qué o a quién le atribuyes tu talento?

En serio me encantaría poder decirte una mamarrachada como las de Carlos Fuentes para hacerme el interesante, como que «aprendí todo lo que sé de literatura sentado en las piernas de Alfonso Reyes» o que «mis cuentos de primaria me los corregía Juan José Arreola». Pero no, gracias. Más bien soy un músico frustrado. No debería estar escribiendo libros, sino haciendo música, o tocando en una banda de rock. Mi primer libro y mi primera novela están determinados temática y formalmente por la música. Aunque desde hace años que tengo a mi disposición la biblioteca del Instituto de Artes Gráficas (que dudo que incluso en el DF exista una tan actualizada y completa en literatura y artes, y cuyos libros, según datos del INEGI, tienen más lectores proporcionalmente que cualquier biblioteca del DF) he comenzado a leer de forma ordenada y sistemática. Alguna semana o mes puedo leer en orden todo Bernhard, otra más a Saroyan o Roth o Schulberg o Cheever o Sebald, o las novedades de Franzen o Stamm o McCarthy o Ford, e incluso voy resarciendo mis deficiencias de formación leyendo completo a Dostoievski, Flaubert o Balzac. Sólo gracias a esa biblioteca he podido hacerlo. De otra manera no sé qué estupideces estaría leyendo en estos momentos, o siquiera si estaría leyendo.

 

¿Te sientes afín a algún escritor, aunque no sea contemporáneo?

Me cae mal toda esa gente que vuelve fetiche a los escritores y sus vidas, como si fueran santitos y coleccionaran sus estampitas y hasta esperaran que les hicieran milagros. Es algo que me supera, no lo soporto. Incluso Ian Curtis sería un mejor modelo de vida. Preferiría compararme con algún ingeniero en sistemas antes que con cualquier escritor.

Hablemos de la escritura, Tryno, ¿bajo qué condiciones, emocionales o de ambiente, escribes con mayor éxito?

Los escritores que dicen que «sufren» o «padecen» el proceso creativo o bien son unos pésimos escritores sin talento que sudan sangre para sacar una sola línea, o nada más quieren hacerse los interesantes. Disfruto mucho la escritura. Aunque por regla escribo al día no más de cuatro horas. El resto del día lo uso para corregir lo escrito el día anterior, para leer, entregar trabajos pendientes, ver a mis amigas y beber mezcal.

Necesito café, Coca-Cola, diccionario y un procesador de texto. No escribo a mano porque ya no entiendo mi letra. Creo mucho en la técnica, y creo que el mismo proceso mecánico de teclear es un proceso de memoria en cada parte del cuerpo que interviene en él y que uno la desarrolla como un corredor de cien metros planos o como un ejecutante de algún instrumento musical. Así que no hay otra forma de aprender a escribir más que desarrollando esa memoria del cuerpo.  Es decir, escribiendo.

Si estoy estable emocionalmente qué mejor; si no, ni modo, de todas formas escribo. No sé hacer otra cosa y si dejo de hacerlo, entonces sí, me la paso muy mal.

¿Qué tan disciplinado eres a la hora de escribir?

Mucho. Respeto mucho la escritura. Creo que es de mis pocas virtudes. Puedo ser la persona más desorganizada, mi escritorio y mi departamento y mi vida personal pueden estar cayéndose a pedazos, pero al momento de escribir soy muy ordenado y extremadamente disciplinado. Jamás podría haber escrito Teoría de las catástrofes sin esta disciplina a lo largo de tres años consecutivos de escritura (y no es que no lo haya hecho ya antes, simplemente sucede que no publico todos los libros que escribo). Tengo un horario establecido cuando estoy inmerso en un proyecto de escritura. Ni siquiera contesto el teléfono, ni los mails y no tengo timbre para que nadie me moleste mientras escribo (eso me ha traído varios problemas). Me pesa mucho dejar a medias un proyecto por tener que salir a atender otros compromisos, aunque no dejo de escribir: el resto del día continúo dándole vueltas en la cabeza. Tengo como modelo a Hemingway, que no salía a pescar o a emborracharse hasta no terminar determinado número de palabras al día. El método es esencial cuando se pretende conseguir una obra a largo plazo o de largo aliento y dejar de ser un escritor de fin de semana. Ya no digamos para conseguir una voz propia. Parece que algunos aspirantes a escritores y críticos no se han dado cuenta de que escribiendo, y no leyendo «ávidamente» o hablando de literatura «apasionadamente» en los bares de la Condesa y de la Roma, es como se forja un estilo sólido.

¿Qué pasó con Grandes Hits? ¿Vas a continuar la antología?

Me quedo con la espinita clavada por no haber podido editar Grandes hits vol. 2. Allí era donde originalmente pensaba incluir a Yuri Herrera, Carlos Velázquez, Nadia Villafuerte, Emiliano Monge, Julián Herbert, Vivian Abenshushan, Juan Pablo Villalobos, Jaime Mesa y varios más, incluso autores nacidos en los ochenta. Mucha gente (sobre todo los críticos imbéciles, para no variar) se quedó con la idea de que el primer volumen de mi antología era cerrado y excluyente, pero nada más falso. Desafortunadamente mi historia con Almadía terminó antes de que dicha antología pudiera ver la luz. Una pena.

 

Cuando esta entrevista salga publicada, la nueva novela, Teoría de las catástrofes, habrá sido estrenada. ¿Qué detalles me cuentas de la obra?

Puedo resumirte el proceso de escritura por la acumulación de sus restas: esta novela me tomó más de tres años de escritura continua. 700 páginas. Sin parar. Era prácticamente todo lo que hacía. Pegarle al teclado hasta que mi computadora se descompuso y tuve que pedir prestada otra para poder seguir pegándole al teclado. Incluso cancelé mi conexión de Internet para no tener distracciones (bueno, más bien me lo cortaron por falta de pago). En el proceso, además de mi computadora, perdí mi trabajo como editor (donde, por cierto, aún me deben un dinero y la liquidación). Perdí, además, a mi novia de años por la que me quedé a vivir en Oaxaca. Perdí 10 kilos de peso por no tener para comer más que atún en lata y sopas instantáneas mientras escribía. Perdí mis pocos ahorros para poder seguir pegándole al teclado de la computadora prestada y perdí unas 200 páginas de las originales 700. En fin, un día de campo. ¿Me arrepiento? Ni un solo día. Parece muy romántica toda la cosa, pero ¿volvería a hacerlo? ¡No, gracias! Tampoco estoy tan loco.

Teoría de las catástrofes es mi novela más compleja en muchos sentidos. Estructuralmente. A nivel de lenguaje. Por los distintos ámbitos que aborda, desde el privado hasta el comunitario y el social, exigía un narrador muy dinámico y capaz de moverse en distintos grados de discurso o de focalización, un narrador muy atento. Sin embargo no es en absoluto una novela polifónica, sino personal. Y puede decirse que es una novela política sin serlo. Sucede durante la insurgencia civil en Oaxaca en el año 2006 que comenzó con la huelga magisterial y que concluyó con la posterior represión de las fuerzas federales (caravanas de la muerte de pistoleros del PRI y hasta un kaibil también entre ellos). La idea para la trama fue fortuita y más o menos vivencial: no la tenía planeada; yo estaba comenzando otra novela distinta que debió quedarse en el cajón; 2006 fue el año en que llegué a Oaxaca, y lo que comenzó como un relato íntimo de una pareja inmiscuida sin quererlo en el conflicto social, se volvió esta suerte de épica contemporánea, un río narrativo que creí que nunca vería fin por tantas cosas que tenía para contar y que quería meter en él.

Sin planteármelo resulta que, junto a Viena roja, será mi segunda novela de sesgos socialistas y anarquistas. Y ya empecé con la tercera, que sí será abiertamente anarquista. No sé en qué va a parar. Teoría de las catástrofes es muy probablemente la novela más potente y honesta que he escrito. No sé si esos tres años de eremita hayan valido la pena cuando alguien la lea, pero no me arrepiento.

Me dejas intrigado porque no he leído ni siquiera la cuarta de forros. ¿De qué trata, en qué estaba basada?

Comenzó como un relato. El relato de una pareja en crisis durante el conflicto civil en Oaxaca del 2006. Un poco basado en una experiencia personal. Y, casi sin quererlo, este relato de unas páginas fue creciendo al paralelo que la insurgencia civil en la ciudad. Del ámbito personal, la trama traspasó al ámbito comunitario y finalmente se desbordó como una avalancha hasta ser el relato colectivo de toda una ciudad y un pueblo. De alguna manera ese paso fue natural y lo di (lo mismo ocurre en Viena roja, por ejemplo).

Leí hace tiempo en la revista Nature un artículo de un matemático colombiano. Se trataba de un modelo matemático para describir insurgencias civiles a partir de más de mil casos en todo el mundo que me pareció muy interesante, pues considera variables humanas para el éxito o fracaso de una rebelión civil contra el Estado o fuerzas paramilitares, tal como ocurrió en Oaxaca, donde el pueblo se inconformó e instauró la desobediencia civil pacífica para manifestar su reprobación tras ocho décadas de cacicazgos, corrupción, represión, violencia de Estado, desapariciones, torturas y asesinatos del PRI. Este modelo de alguna manera se emparentaba con la teoría de las catástrofes del francés René Thom (que considera, por ejemplo, una rebelión o una metáfora como discontinuidades, catástrofes, dentro de un sistema preestablecido: ya sea el idioma común o el Estado) y con los modelos matemáticos que uno de mis personajes emplea para elaborar origamis. Fue así que descubrí que el lenguaje más adecuado para describir la primera insurrección del siglo XXI en México podría ser el lenguaje matemático, no la literatura, y me puse a estudiar.

Otra pregunta: ¿Lector de literatura erótica o de novela negra?

No soy para nada lector de literatura erótica. ¿Cuenta de algo si tengo un disco duro lleno de videos porno?

En serio, ¿no eres fan de ningún pasaje erótico?

La escena erótica que más recuerdo es el comienzo de la Crónica de la intervención de Juan García Ponce, el de la doble penetración: «Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Lo dijo, eso fue lo que dijo». Etcétera. Me gusta casi tanto como el comienzo de «Árbol genealógico», un cuento de mi amiga Andrea Jeftanovic: «No sé en qué momento me comenzaron a interesar las nalgas de los niños». Y aquella otra de El lamento de Portnoy donde una muchacha republicana, rica, súper fresa y mocha intenta mamársela por primera vez en su vida a Portnoy para complacerlo y ella casi se asfixia (una venganza de la clase media, dice), o aquella donde Portnoy va con una prostituta y él eyacula en su propio ojo y «casi se queda ciego». En fin, todo Portnoy es una pasada. Y también varias guarradas de Martin Amis en Campos de Londres y DineroAcid House de Irvine Welsh también tiene muchas de mis guarradas favoritas. Incluso incluiría las escenas eróticas de la relación entre el protagonista de El teorema de Almodóvar y un transexual que se va a vivir con él y un venado, de mi amigo Antoni Casas Ros. Y, aunque no es propiamente erótica, por otro lado me gusta mucho también la escena en que míster Vercueil, un vagabundo, y la protagonista de La edad de hierro de Coetzee, una mujer desahuciada por cáncer, se acuestan sobre un cartón bajo un puente: es conmovedora pero perturbadora a la vez. Por no hablar de cada uno de los cientos de sinónimos para la vulva y el coito que hay en Deseo, de Elfride Jelinek, que está a otro nivel, igual que de Fleur Jaeggy, aunque en el otro extremo por su sutileza y erotismo apenas insinuado, con la quinceañera que se coge a todos los marineros de un buque en Proleterka. O la cogida tumultuaria en Última salida a Brooklyn de John Selby. Y el surtido catálogo sexual de Pedro Juan Gutiérrez en Trilogía sucia de la Habana me encanta. No sé si lo consideres erótico, pero hay una escena hilarante en Marinero raso, de Francisco Goldman, donde la tripulación del barco, completamente ebria, hace un concurso para ver quién puede partir una galleta con un sablazo de pene. Aunque por perturbadora no me quito de la mente la escena de Coto vedado, uno de los volúmenes de memorias de Juan Goytisolo, donde cuenta cómo de adolescente sintió tanto placer al espiar por la ventana a un campesino azotando con un fuste a su burro, que se la tuvo que jalar y venirse allí mismo. En fin. Así podría quedarme aquí enumerando una tras otra. Mejor ahí le dejamos.

Me queda claro que eras el más chaquetero de todos los morros de tu generación…

¿Conoces El lamento de Portnoy? Ésa es mi historia, desde tercero de kínder.

Última pregunta. ¿Qué hace, en un día normal, Tryno Maldonado?

Lo más importante que hice hoy fue pagar la renta de mi departamento y sacar la basura (lo que en ambos casos significa siempre un triunfo y un gran alivio); leer los periódicos (que es lo primero que hago todos los días, pero impresos porque hace más de un año que no tengo internet); luego, releer a Chéjov, a Carver, a Camus y a McCarthy, precisamente para intentar entrar en el mood para la siguiente novela.

 

Te agradezco mucho el tiempo, Tryno.

 

Gracias a ti, Diego Armando

Datos relevantes del autor: 1.82 cm de estatura.90 kilos de peso. Mestizo como perro de la calle. Piel verdosa. Lampiño. Dedos chuecos por años de jugar de portero y, sobre todo, por jugar básquetbol. Rodillas y brazos raspados por entrenar como quarterback en canchas llaneras. Cicatriz encima de una ceja. Nariz levemente torcida por peleas a golpes con padre y hermanos. Tímido y balbuceante. Daltónico. Pie plano, pero capaz de patear un balón de futbol con una técnica perfecta. Todo esto cortesía de años de enseñanza de mi padre, entrenador de futbol.

 

 

 

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Diego Armando Arellano (1984) estudió periodismo en la Universidad de Colima. Se integró al taller literario de José María, la Foca, en la ciudad de Toronto. Ha publicado en Punto en Línea, Palabras Malditas El Juglar. Es miembro honorario de Cuadrivio.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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