El impreso (no) está muerto

La revolución tecnológica ha cambiado radicalmente el panorama de las revistas, empujándolas a la mudanza digital: «página» es ahora una palabra de internet. Sin embargo, el nuevo mundo no es amable con los viejos formatos, y las antiguas luchas por el financiamiento se traducen en los términos de un nuevo coliseo. Ante este panorama, cabe preguntarse ¿por qué no han muerto las publicaciones impresas? Y más aún, ¿cómo pueden sobrevivir las publicaciones digitales? Interrogantes, respuestas e interesantes sugerencias de Guillermo Guerrero para la era de las tabletas y el mundo multimedia.

De la esperanza a la decepción: la promesa de las publicaciones digitales

DSC7173La revolución tecnológica ha cambiado radicalmente el panorama de las revistas, empujándolas a la mudanza digital: «página» es ahora una palabra de internet. Sin embargo, el nuevo mundo no es amable con los viejos formatos, y las antiguas luchas por el financiamiento se traducen en los términos de un nuevo coliseo. Ante este panorama, cabe preguntarse ¿por qué no han muerto las publicaciones impresas? Y más aún, ¿cómo pueden sobrevivir las publicaciones digitales? Interrogantes, respuestas e interesantes sugerencias de Guillermo Guerrero para la era de las tabletas y el mundo multimedia.

 

 

Guillermo Guerrero

 

La peor manera de empezar un texto es dando cifras, pero estoy seguro de que ésta le va a interesar: según datos de la empresa Alcatel, se espera que para 2018 el precio de las tabletas digitales y teléfonos de última generación sea menor a los 50 dólares.[i] Eso quiere decir que en unos cinco años usted podrá comprar un iPad por menos de 600 pesos.

Si bien esta perspectiva suena ideal y poco probable, no está muy alejada de la realidad: hace 15 años el precio de los teléfonos celulares los hacía accesibles sólo para unos cuantos. Ahora hay más líneas que habitantes en este país. Más aún: en India es posible conseguir smartphones (de marcas locales) por menos de 40 dólares que, aunque no tienen el mismo desempeño de un teléfono de alta gama, sí permiten ver videos, reproducir música o conectarse a internet.

La democratización de la tecnología es la revolución de la sociedad: dar la oportunidad de que cualquier persona pueda tener acceso a dispositivos que son varias veces más poderosos que los sistemas de computación que llevaron al hombre a la Luna o llevar en el bolsillo un teléfono que puede conectarse a la Internet en todo momento (por lo menos conectándose vía Wi-Fi) comienza a cambiar la manera de ver el mundo.

Pero no sólo es cuestión de consumir: miles de gigas son subidos a la red cada minuto con material que todos generamos. Videos, fotografías, crónicas. El usuario común comienza a analizar su entorno desde otra perspectiva y se convierte, en muchos casos, en líder de opinión de su círculo social. Ahora hay también usuarios móviles que no dependen de estar en un escritorio para enterarse de lo que pasa en el mundo.

En este contexto, los medios de comunicación tradicionales han buscado adaptarse a todos los soportes digitales conforme aparecen: no es raro que cada editorial, canal de televisión o radio tenga ya un departamento multimedia, cosa inimaginable hace 6 o 10 años. Con la salida del iPad,  muchas publicaciones tradicionales trataron de subirse a esta plataforma que ofrecía –por fin‒ la oportunidad de presentar sus contenidos de una manera atractiva, interactiva y con contenidos extendidos. Además (¡oh maravilla!) los costos de impresión desaparecían y la distribución se hacía de manera directa. Ante este panorama, resulta claro que muchas empresas y editoriales apostaron por la publicación digital sobre la impresa. «El impreso está muerto», se oía en todos lados. «Las publicaciones en papel desaparecerán en menos de cinco años», se atrevió a decir un periódico español.

¿Es hoy más popular la publicación digital que la impresa? ¿Han cerrado locales de revistas de papel por falta de producto? ¿En qué falló la predicción del auge de las revistas digitales? Todas las respuestas se centran en el punto medular de cualquier publicación: el contenido.

En 2010, yo trabajaba en un diario de circulación nacional que hizo un convenio con Apple: el objetivo fue sacar la primera revista digital en español en coincidencia con el lanzamiento de la tableta en México. En menos de un mes organizamos los temas (que ya habíamos trabajado para versiones impresas) y los adaptamos con recursos multimedia (audio, videos, galerías de fotos) al aún desconocido dispositivo. En ese momento ni siquiera teníamos una tableta en nuestras manos, sino que todo se hacía por medio de un simulador. «Piensen en multimedia», nos pidió la empresa afiliada a Cupertino. Mi equipo estaba maravillado con las posibilidades del contenido expandido. Se tomaron temas atractivos, que interesaran a un público meta indefinido; se buscó cómo completar cada tema –los que se pudieran‒, pensando que algunos podrían quedar sólo como de lectura. Si los primeros compradores del iPad no conocían nuestra publicación de corte político, tendríamos dos ventajas: una, que era la única revista disponible en el AppStore y la otra, que teníamos un diseño nunca antes visto en México (literalmente).

Nunca nos imaginamos que esa manera de trabajar, apresurada, improvisada y que dio como resultado un Frankenstein bonito pero remendado, iba a ser el estándar de organización para la mayoría de las revistas que se publicarían en México durante los siguientes tres años.

 

Print vs. digital

La ganancia de las revistas tradicionales impresas se sostiene en dos pilares: la venta directa (que muchas veces solventa apenas el costo de la impresión) y la venta de publicidad, que es el ingreso fuerte de las editoriales. Muy pocas veces la venta en puestos de revistas sostiene el costo de una publicación, y si lo hace, se vale de diferentes mecanismos: reventa en segundo o tercer mercado, abaratamiento en la mano de obra que crea los contenidos, papel de baja calidad, impresión deficiente.

Con las publicaciones de revistas digitales el costo de impresión se va a cero. Y si la revista se vende en la tienda de aplicaciones, eso es ganancia neta (el porcentaje que le toca al desarrollador es del 70‍ %). Sin embargo, la ganancia en publicidad también disminuye.

El incipiente mercado de publicidad en publicaciones digitales tiene varias complicaciones. No hay manera de asegurarle al cliente que la edición se va a descargar, digamos, 1 000 veces. Tampoco hay manera de asegurarle que el usuario de la tableta va a ver su anuncio, ni el nivel de impacto que éste tendrá en su memoria. Al ser un producto digital (y no físico), tampoco se puede calcular el «mano a mano», que en los medios tradicionales es el número de veces que los miembros de la familia ven una misma publicidad dentro de su casa (para que se entienda mejor, si yo compro una revista impresa y la dejo en la sala, por lo menos aseguro que los miembros de mi familia verán el anuncio que está en la parte de atrás de ella).

Como es una aplicación que se abre y se cierra, no se puede garantizar que el anuncio estará siempre presente. Para complicar más las cosas: pocas veces una agencia de publicidad tiene un equipo de diseño que se encargue de hacer anuncios digitales interactivos, así que en la mayoría de los casos son imágenes estáticas (aunque en los últimos meses esta tendencia va cambiando).

Las editoriales recurren a argumentos de venta y estadísticas que demuestran que si un cliente quiere invertir en publicidad en una publicación digital seguro gana: el más usado es que el poseedor de un iPad es una persona con recursos económicos de clase A. Otro argumento conocido es que el que descarga la revista es gente ejecutiva, emprendedora, con poder de decisión, así que vale más un anuncio que vea él que uno que vean 50 o 100 pelafustanes. Imagino al cliente con los ojos emocionados pensando que su anuncio lo va a ver, por lo menos, Carlos Slim.

Aun con todo esto, el precio de un anuncio en una revista digital es apenas una fracción de lo que costaría en una edición impresa.

Las variables están cambiando constantemente: si bien el iPad no es la única tableta en el mercado, es la más estable. Versiones de tabletas con Android hay muchas, pero fragmentadas, y no hay manera de asegurar su eficiencia. Existen los lectores de libros electrónicos, pero ahí el campo se diversifica más. El abaratamiento de las tabletas también impacta: ¿cómo asegurar que el poseedor de una es un ejecutivo y no un estudiante de secundaria? Las ventas en publicidad son desoladoras y los pocos experimentos que se han realizado para lanzar títulos de manera digital, sin el apoyo de una edición impresa, han fracasado estrepitosamente.

Con este panorama, parece que el mercado de las revistas digitales en tabletas está destinado al fracaso.

 

Dos problemas más

Antes de ofrecer soluciones al respecto (no se agobie, amable lector, las hay), quiero apuntar dos problemas más: el primero es que si bien los costos de impresión se anulan, los de producción e inversión en software especializado crecen. Existen pocos programas que permitan hacer publicaciones visualmente atractivas. En internet hay programas gratuitos pero en la mayoría de los casos apenas permiten hacer una galería de fotos o insertar videos con un toque, o con efectos que simulan pasar una página, «como si fuera de papel». Un software robusto cuesta alrededor de 3 500 dólares ‒lo que ya lo hace inaccesible para desarrolladores independientes‒, más un costo extra por cada edición. Piratería, ni hablar: los candados en la nube impiden utilizar software que no esté registrado de manera legal.

Todas estas dificultades son salvables, pero hay un problema tan grande, que pocos están dispuestos a reconocerlo.

El punto más importante de todos es, sin duda alguna, la generación de contenidos. Las revistas, digitales o impresas, están hechas para leer. De otra manera se convierten en un ir y venir de efectos sin un sostén real o, en el peor de los casos, en un catálogo de fotografías y videos sin ton ni son. No existe otra razón de su existencia; habrá catálogos de diseño, colecciones de imágenes y cosas que no requieran un esfuerzo mental mayor, pero sin contenido esto se vuelve intrascendente y banal.

¿Cuánta es la inversión por pagar contenido de calidad? Es variable. Una editorial seria en México puede pagar desde 500 hasta 1 000 dólares por un artículo. La media es pagar entre 150 y 300 dólares. Aun así, son textos que vale la pena leer y revisar cuidadosamente y son los que crean el prestigio de una publicación. No existe nada que pueda sustituir eso. Un diseño puede ser lo más atractivo que se quiera, pero sin un pilar debajo caerá sin remedio.

¿Cuántas editoriales están dispuestas a pagar por contenidos de calidad si no están seguras de recuperar esa inversión por medio de la publicidad o la venta? Muy pocas. Me atrevería a decir que son inexistentes por lo menos en nuestro país.

La manera en la que las editoriales manejan este asunto es reutilizando los textos de un mismo reportero o autor en varios medios: internet, tabletas e impresos, tratando de adaptarlos lo mejor que se pueda a cada uno de ellos, lo cual se logra decentemente en algunas ocasiones, pero es muy difícil para un autor pensar en muchos medios a la hora de redactar algo (ahora se entiende la frase «Piensen en multimedia»). Algunas editoriales comienzan a capacitar a sus redactores y periodistas para que modifiquen su manera de trabajar, pero los autores tradicionales se resisten al cambio, dejando ese trabajo a los diseñadores o desarrolladores. Hay ejemplos de que esto se puede lograr: la revista Wired lleva exitosamente desde hace unos años el modelo cooperativo, pero es una excepción.

El problema ahí es que las editoriales pequeñas o los desarrolladores independientes no tienen manera de producir, quedando el mercado acaparado por las grandes firmas. Basta darse una vuelta por cualquier tienda de aplicaciones para darse cuenta de que los títulos más descargados pertenecen, sin duda alguna, a las editoriales grandes. No es descubrir el hilo negro: a final de cuentas el presupuesto debe de salir de algún bolsillo.

¿Por dónde está la salida a estos problemas? Propongo algunas soluciones.

1

Cambiar los derechos de autor sobre los contenidos

Si una editorial grande puede usar un mismo texto para varios medios, la solución es simple: voltear la situación. Un autor debería tener el derecho de poder publicar su texto en varios medios conservando los derechos sobre su obra. Parece obvio, pero en la práctica no lo es. Pensemos que usted está leyendo este texto en la revista Cuadrivio: lo lógico es que si alguien lo solicita para una publicación en tableta pueda ofrecérselo sin problema alguno. O para una versión impresa. Eliminar los contratos de exclusividad para compartir textos que tengan calidad.

2

Formar un buen equipo de trabajo

Si los medios cambian y la manera de producir también, es imposible que se siga trabajando de la manera tradicional dentro de las editoriales: el modelo redactor/corrector/editor/diseñador se vuelve obsoleto. Los límites entre ellos se vuelven difusos. Un diseñador debe ser capaz de editar ciertos contenidos, así como un redactor debe pensar de una manera visual. La especialización se puede permitir en equipos de trabajo grandes, pero no en las editoriales pequeñas. Y ni aun así: unos y otros se complementan. Del éxito en la comunicación de los miembros del equipo (por pocos que sean) dependerá la calidad de la obra.

3

Conseguir contenido gratuito

El altruismo está más extendido de lo que usted cree, amable lector. Lo que usted está leyendo es una colaboración entre dos personas que no se conocen y por la que no hubo transacción monetaria de por medio. Pero no es el único caso: la mayoría de los autores permiten la reproducción de sus obras tan sólo con pedirlas de buena manera.

No se limite al contenido actual: miles de obras quisieran ser redescubiertas para las nuevas generaciones digitales. Revistas de editoriales que ya no existen, libros con derechos caducos, colaboraciones en folletines o gacetas. Pero ojo: gratis no significa robar. Ármese de valor, consiga los contactos de esos autores y pida permiso. Investigue sobre derechos de autor para dar los créditos correspondientes.

 

@guillermo_ga

 

NOTA

[i]  Gabrielle Gauthey, conferencia ofrecida en Aldea Digital 2013, 18 de marzo de 2013.

 

 

 

______________

Guillermo Guerrero es blogger apasionado (www.idosdelamente.com) y entusiasta de la tecnología. Articulista en el periódico Milenio diario y editor de diseño. Si viviera en Estados Unidos recibiría además el pomposo nombre de Community Manager, pero aquí solo es el tipo que se encarga de las redes sociales en la revista M Semanal.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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