El guerrero Carty

Un cuento de Eddie Stack traducido por Sergio Contla.

 

Eddie Stack

 

El Guerrero se cansó de la verbena de navidad y se resguardó en el bar de Luny. Estaba vacío, oscuro y frío, aún esperando ser alumbrado por el sol del solsticio.

—Una vieja y serena feria –jadeó Bridgey, haciendo la cuenta sobre una bolsa de papel café–. Cuatro shillings por el Powers y tres con seis por la botella de porter… ¿cuánto da?

—Siete y seis, Bridgey –dijo el Guerrero, dejando tres medias coronas sobre el mostrador de fórmica. Las acomodó en una montañita. – Gracias, Bridgey, y buena suerte.

—También para ti… aaaay, tienen al país en ruinas… ahora todo es tan caro, seguro…

—Se chingaron el país, Bridgey. Así está la cosa.

—Si tú lo dices.

—De todos modos –suspiró el Guerrero, dejando caer sus brazos en resignación–, danos otro whiskicito.

—Era Powers, ¿verdad?

—Era… justo así, Bridgey. ¿Cómo te ha tratado la navidad hasta ahorita?

—Pueees… está tranquila. Como siempre, ¿qué no? Y seguro hoy es el gran día y ¿qué no puedes ver cómo va todo? Calmado, de verdad. Quizá hagas escándalo al rato en la plaza.

—No, hoy no, Bridgey.

—¿No?

—Hoy no, Bridgey –repitió el Guerrero moviendo la cabeza–, de todos modos, éste es el abrigo del que te contaba el otro día que estaba aquí.

Ella admiró el abrigo de Crombie oscuro y escuchó cómo lo había conseguido. Él llevaba puesto el saco bueno de color azul, una camisa limpia, cuello y corbata. Se los compró a un vendedor ambulante pakistaní que venía a Ennis cada sábado. Ésa era otra historia, mejor para otro día, dijo.

—¿Hay alguien muerto de tu gente? Preguntó ella.

—No que yo sepa, Bridgey –contestó–. Y no he escuchado nada por el pueblo. Aunque hubo un funeral esta mañana, por allá, en Maheramore, supongo que escuchaste de eso. Que fue enterrada la pobre de la señora Canney. Su hijo está casado con una hija de Paraffin Hogan.

—¿Es el muchacho que maneja el camión de Blake?

—Ese mero.

—Por ahí debe ir el coche fúnebre de Doran. Pasó por la carretera hace rato.

—Me dieron un aventón. Fue mi primera vez en un coche fúnebre y no será la última, Bridgey.

—Tú lo has dicho.

Ella fumó uno de los cigarros de Carty y le cayó el veinte. El Guerrero traía su ropa buena por lo del funeral. Se tomó unos tragos después de tapar la tumba de Doran. Por eso no iba a ir a la plaza, se había tomado unos tragos. Nunca bebe antes de ir a la plaza.

—¿Vas a estar bien? Tengo que preparar la comida.

—Estoy fresco como lechuga, Bridgey, pero danos medio trago y una cajetilla de cigarros para no andarte molestando.

Bridgey peló papas y las puso en una olla junto a la estufa.

—El bar de allá afuera está congelado –jadeó. Si enfriaba más tendría que conseguir un calentador de aceite. Podía escucharlo golpear sus pies contra el piso para mantener la sangre circulando hacia sus dedos.

—¿Guerrero, estás bien? –dijo, golpeando la ventana del bar.

—Fresco como lechuga. Es la circulación.

—Espero que no se me desmaye –murmuró. Sería chisme por todo el mundo. Que muere el Guerrero Carty en el único pub donde lo atendían. Los otros seis taberneros no lo dejaban poner un pie tras sus puertas. Bridgey, por el contrario, no pensaba así. Su misma gente lo perseguía, incluso después de haber peleado para ellos en la guerra de independencia y en la guerra civil. Después se fue al extranjero y el pobre desgraciado se neurotizó en una guerra ajena. De ahí viene su comportamiento extraño, es como la exposición allá en la plaza.

—Sálvanos, Dios –susurró y metió otra papa a la olla.

La gente de siempre se juntó en la plaza antes del mediodía y esperó al Guerrero. Éste era el clímax de la verbena: echarle porras y ver al hombre robusto levantar una carreta que era tan grande y pesada como él mismo, y balancearla en la punta de su mentón mientras sonaban las campanas Angelus. Era una proeza extraordinaria que realizaba cada verbena, lloviera, nevara o granizara. Lo hacía para distraer a la gente de sus oraciones y lo lograba con éxito. El acto del Guerrero podía hacer o deshacer el día.

Cuando las campanas de la iglesia hicieron el llamado para las oraciones, en el bar de Luny el Guerrero hizo una dona de humo por cada repique de campana. Era tan altanera como él quería ser en ese medio día de invierno. Sabía que sus seguidores en la plaza estarían decepcionados, pero así es la vida, nada dura por siempre. Se había retirado. La decisión se había tomado en sus sueños y la estaba obedeciendo. Órdenes de la administración. No Dios, sólo la administración.

La gente se sentía como idiota. Habiendo sido engañados tanto de su entretenimiento como de sus oraciones, malhumoradamente se dispersaron buscando al Guerrero. ¿Dónde estaba? ¿No había caminado por el pueblo más temprano, bañando a todos con saludos navideños? No acostumbraba incumplir con su deber, mucho menos en un día como éste. La pequeña verbena de navidad.

Un granjero alto y delgado dijo que debía haber perdido los estribos. Sus vecinos no estuvieron de acuerdo.

—El Guerrero nació sin nervios –sostuvo. Era su edad–. Debe tener entre 65 y 70 años –insistió,  al entrar en el bar de Peter Egan.

Dentro, se unieron con un grupo de granjeros que ya discutían lo del Guerrero.

—Seguro, de entrada empezó en el granero de Boland en 1916… después dirigió la columna de los muchachos de Faha en 1920 –declaró el granjero que tenía forma de barril y que portaba un saco que alguna vez fue blanco–. Lo sé. Y nunca se rindió después de la guerra civil. Carty nunca entregó el arma.

—Eso es verdad. «No se rindan». Varias veces lo escuché decir eso –dijo su compañero, arrastrando las palabras–. Y también se fue con la brigada española, quizá para darles otros golpes a los fascistas.

—Quizá, pero no lo creo.

—Y seguramente, si no lo hubieran encerrado en el campo Curragh en la última guerra, ahora estaría de soldado en alguna parte.

Bridgey dejó un plato de abadejo con papas en el mostrador.

—Come esto –dijo–, te hará bien.

—Que Dios te bendiga, Bridgey –dijo él, pinchando la comida. Sentía el deseo de ser su confidente. Quería explicarle porqué no había ido a la plaza y qué hacía con su ropa de los domingos. Pero el asunto era delicado y quizá no lo entendería.

—¿Bridgey…? –le preguntó, haciendo un gesto para otro whisky y una cerveza–. ¿Crees que nos hacemos mansos con la edad?

—Es difícil saber –dijo lentamente y meditó sobre el reflejo de su rostro en el espejo detrás de las botellas de whisky.

—Esta verbena se acabará temprano –murmuró ella, poniendo las bebidas en el frío y rojizo mostrador. Él sería su único cliente de hoy.

La caja de dinero se ponía más pesada y él se ponía más borracho, aunque de una manera silenciosa. Durante un momento, un rayo del sol de la tarde calentó el bar y rastrearon eventos de hace muchos años, como amantes reanimados. Él recordaba las grandes ferias, cuando uno podía caminar sobre las espaldas de los animales desde un confín del pueblo hasta el otro sin pisar el suelo. Bridgey le recordó los grandes bailes que solían ocurrir antes de navidad, hace años.

—Todo se ha ido –suspiró.

Recordaron las muchedumbres que regresaban a casa desde Inglaterra y se preguntaban dónde estarían ahora.

—Es un día triste para Irlanda, Bridgey –suspiró el Guerrero y una nube de silencio ensombreció el bar. Bridgey manoseó algo debajo de la barra y una serie de luces navideñas alumbraron un recorrido alrededor de las botellas de whisky. Pequeñas cuentas amarillas, verdes, rojas y azules parpadeaban ante el Guerrero.

—Jesús, Bridgey… –dijo pesadamente–, pero amo la navidad, aunque ya no es lo que solía ser.

—Nada permanece, todo cambia –dijo ella, casi susurrando.

Sorbiendo una taza de té, lo miró desde la oscura cocina. Estaba hablando consigo mismo y contando su dinero, maldiciendo las parpadeantes luces navideñas. El Guerrero ya había bebido suficiente pero a ella le molestaba tener que pedirle que se fuera. Golpeteó la barra con el fondo de un vaso y la llamó.

—Lo mismo otra vez, Bridgey… ¿está bien ese reloj?

—No… va lento… anda, sé buen chico y termínate esto. Esta noche se cantan villancicos allá en la iglesia y me tengo que arreglar.

—Buena Bridgey. Ah, y Bridgey, antes de que se me olvide… danos una caminera de whisky y una cajetilla de Players para la mañana.

—Toma –dijo, envolviendo la botellita y los cigarros en una bolsa de papel café–, esto va por mí, de navidad.

Apretó su pecho contra la barra e inclinó la cabeza como si fuera a besarla. Sin embargo tomó sus manos frías y dijo en voz baja: –Nunca te vayas a olvidar del Guerrero. Dios te bendiga. Bridgey, eres la única mujer en este pueblo con clase.

—Nada mejor que la clase Guerrero –dijo–. ¿Cómo te vas a ir a tu casa?

—Caminando.

Salió de la barra con una escoba y echó un vistazo a la calle.

—No hay viento. Así que vete con cuidado y estarás bien.

—Estaré bien de todas maneras… pero Bridgey, como dice la canción «¿Qué importa cuando nos derrumbamos por nuestra querida Erin?» No me importaría en lo más mínimo derrumbarme por Erin… muchos han sido los buenos hombres y mujeres que lo han hecho en el pasado. Pero Bridgey, lo que sí me importa, es desplomarme por alguno de los cabrones que viven aquí.

—Nuestro señor cayó tres veces –dijo silenciosamente, barriendo sus colillas aplastadas en un montón.

—Y volvió a levantarse. Somos mártires para el castigo.

El Guerrero se terminó su vaso lentamente y puso el regalo que le había dado Bridgey en el bolsillo de su gabardina. Se preguntaba si debería quedarse un poco más, pero decidió que sería mala educación.

—Bridgey… me voy –dijo–. Te deseo una feliz navidad y un próspero año nuevo.

—Te deseo lo mismo y que seas lo mejor que puedas ser, Guerrero. Feliz navidad a ti. Cuidado con los escalones al salir.

Echó el cerrojo de la puerta tras su salida y desconectó las luces navideñas.

La calle principal olía como una granja, el rastro de la verbena. Salvo por unos cuantos niños que jugaban en la luz que emanaba de la tienda de dulces de Callaghan, todo estaba en silencio. El pueblo salía para la misa con villancicos y el Guerrero se entumeció al descubrir que los pubs estaban cerrados. Intentó en todos, el de Tracy, de Egan, Hogan, Vaughan, el de la viuda y el Dinn de Joe.

—Que se chinguen –gruñó–. Y que se chinguen de nuevo.

Había esperado entrar cual brisa al territorio enemigo en la tranquilidad de la tarde, justo cuando las ganancias del día se contaban y los taberneros sonrieran. Extendería la rama de olivo. Mantendría la paz. No habría más problemas, ni más desafíos. Ya no tentaría a los cristianos a que dejaran sus oraciones Angelus al balancear la carreta sobre su mentón. Se retiraba de todo.

Pero sus planes se vieron frustrados, ya que había permanecido demasiado tiempo con Bridgey. Además la iglesia no ayudó. Los pubs permanecerían cerrados hasta que concluyeran los villancicos. Murmurando algo acerca de la buena voluntad y de la falta de posada caminó pesadamente por la calle para esperar entre las sombras hasta que Dios cediera.

Al pasar el bar de Peter Egan sintió un súbito impulso de azotar su bota contra la puerta con cristales pero se distrajo cuando el nuevo cura, el padre Hannon, de repente apareció cual anfitrión.

—Está duro el clima –clamó el pálido padre soslayando al Guerrero.

—Diga una por mí padrecito –gruñó el Guerrero y se volvió en dirección opuesta.

—Se deslizó hacia el  callejón de Hogan para desahogarse en la oscuridad pero fue visto por Greta Greene. La loca de Frohaul, que en alguna ocasión  se lo manoseó detrás del ayuntamiento, miró hacia el callejón y vociferó: –La helada lo matará. La helada lo matará y hará un niño de ti, Guerrero Carty, cochino idiota. Diré una oración para que te vayas al infierno.

Dando la espalda a la iglesia siguió su pesada marcha. Dos mujeres, piadosas como monjas, apretaron el paso al pasar junto a él, sus brazos entrelazados.

—Peggy, ¿ése es el Guerrero Carty?

—Sí. Es una terrible molestia.

—Está en el pueblo desde tempranito. Lo vi cuando fui por el papel. ¿Hubo alguna niña en esa familia?

—No. Ese tipo es hijo único, echado a perder desde joven. Vive solo. La madre murió en un asilo. Estoy segura de que no puede ni cuidarse a sí mismo.

—¿Nunca se casó?

—No. Y dejó una gran granja irse al carajo y caer en la ruina. Se la bebió.

El Guerrero sintió el frío en los huesos. La escarcha hacía relucir el pavimento oscuro que separaba las hileras de tiendas. Estrellas arriba y estrellas abajo. Se detuvo en la plaza y miró hacia el cielo. Una gran bóveda punteada con mirillas al paraíso. Sorprendido por ese pensamiento, su cabeza giró.

—Jeeesús… ando medio borracho –balbuceó hacia la noche–. Mejor me siento antes de que azote.

Afuera del pub de Hogan se apoyó sobre un barril vacío de cerveza oscura. Hogan sería la primera escala para la rama de olivo, el whiskey lo mantendría caliente hasta entonces. Destapó la caminera y escuchó los villancicos que alcanzaban a fugarse de la iglesia. Algunos los conocía desde hacía mucho tiempo y los canturreó entre sorbos del whiskey. Sus recuerdos desfilaron frente a él y sentía que el pueblo se hacía extraño. Le recordó una desolada estación de ferrocarril que había visto desde el tren, una tarde de invierno en una España rasgada por la guerra.

—Sólo estoy atravesando –musitó.

Una vez terminados los villancicos, los feligreses pasaron junto al Guerrero agazapado sobre los barriles vacíos afuera del pub de Hogan.

—Está en el pueblo todo el día –un hombre del Vincent de Paul dijo en voz baja a su esposa.

—Gracias a Dios que tú no tomas –le respondió susurrando–. Es una terrible maldición.

El padre Hannon sacudió su cabeza en reprobación y cruzó hacia el otro lado de la calle.

—Una desgracia atroz –murmuró a Coyle el carnicero.

Nadie se preocupó por el Guerrero y la dura escarcha trepó sobre su saco de Crombie cubriéndolo como una piel blanca. A la hora de cerrar Frank Hogan intentó moverlo, no por simpatía o consternación sino por miedo de que el viejo soldado pudiera estallar durante la noche y llamarlo a gritos. Pero el soldado estaba muerto. Retorcido como una parra, pálido como el hielo. El Guerrero se había ido y sólo su robusto cuerpo permaneció.

Sus restos fueron llevados a la iglesia en un ataúd austero pagado por Bridgey Luny y Ned Duffy. Recostado en su buen traje azul parecía un santo en muerte. Después de la misa, la mañana de navidad, sólo unos cuantos dolientes siguieron el ataúd con manto tricolor a través de las calles. Los cohetes navideños estaban en silencio, los niños habían declarado una tregua para el funeral.

Hacía un frío amargo en el cementerio sobre la ciudad y el padre Hannon apresuró las oraciones. Ned Duffy disparó cuatro tiros de un viejo revolver y los niños en el pueblo contestaron con mil cohetones.

—El héroe está en casa –murmuró Bridgey–. Que Dios esté contigo, Guerrero Carty.

 

 

Traducción de Sergio Contla

 

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Eddie Stack (1960) nació en County Clare, al oeste de Irlanda. Recibió el premio Top 100 Irlandeses-Americanos gracias a su colección de cuentos The West: Stories from Ireland. Su segunda colección de cuentos, Out of the Blue, trata la experiencia inmigrante entre Irlanda y América.

Sergio Contla Guerrero (Ciudad de México, 1984) ha vivido, vive y vivirá en la incertidumbre afectiva producida por su afición a la música y la literatura. Es egresado de la Escuela Superior de Música del INBA en guitarra clásica y de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en Letras inglesas. Participa en un proyecto de investigación sobre estudios culturales estadounidenses en el CISAN-UNAM.

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Posted by Revista Cuadrivio

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