El feminismo es para la buena vida. Entrevista con Francesca Gargallo

Mariana Oliver entrevista a Francesca Gargallo, escritora y académica mexicana.

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Francesca Gargallo. Foto: ® Helena Scully, 2010

 

Había escuchado a Francesca Gargallo (Siracusa, Italia, 1956) un par de veces antes de entrevistarla. La primera vez hace varios años en el Centro Cultural España y, más recientemente, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde habló de su libro más reciente, Feminismos desde Abya Yala. Un lunes de noviembre Francesca Gargallo me recibió en su casa, un espacio acogedor que se antoja para platicar y curiosear entre los libros. Con una taza de té chileno hablamos sobre feminismo, su historia y sus diversos momentos. Francesca es una mujer que con la pasión inherente a su manera de hablar llena todo el espacio que la rodea.

Escritora, feminista, licenciada en Filosofía por la Universidad de Roma «La Sapienza» y doctora en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, Francesca llegó a México hace más de veinte años. Entre sus obras literarias se encuentran Estar en el mundo, Marcha seca, La decisión del capitán, Los pescadores del Kukulkán, así como el poemario Verano con lluvia. En su trabajo académico destacan Garífuna, Garínagu, Caribe, Ideas Feministas Latinoamericanas, Feminismos desde Abya Yala, y Saharaui, el pueblo del sol.

 

MARIANA OLIVER

 

 

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RAZONES PARA ABRAZAR EL FEMINISMO

La mayoría de las mujeres que hemos llegado al feminismo en algún momento de nuestra vida no somos asalariadas del género, llegamos al feminismo haciendo lo que hacíamos. Somos feministas: personas que hemos pensado, dialogado y vivido la necesidad de cambio de esta sociedad tan injusta en muchos sentidos, injusta en clase, injusta en división geográfica, injusta por racismo, pero la primera de las grandes injusticias del mundo es que el 50% de la humanidad ha sido tratada por cientos de años como si debiera ser tutelada. Las mujeres no eran totalmente adultas, no eran totalmente humanas, no eran totalmente iguales a los hombres partiendo de la condición en que los hombres estaban. Y los hombres tenían el supuesto derecho de protegerlas. Toda persona tutelada es una persona no libre a la que se le quita la posibilidad de experimentar y, sobre todo, el reconocimiento de lo que hace: su creatividad, su capacidad reflexiva, el valor de sus pensamientos, la calidad de su escritura, la belleza de su música, la capacidad de trazo de su pintura eran tuteladas porque ellas eran tuteladas y por lo tanto pasaban a ser propiedad, orgullo, pero muchas veces también secreto del tutor.

Esa injusticia es la que me movió al feminismo, porque yo como la mayor parte de las mujeres en el mundo era víctima de esta situación de injusticia, sólo que a diferencia de la mayoría de las mujeres no sólo me había dado cuenta de ello, sino que tenía un ambiente donde mi enojo, mi rechazo, mi reflexión, podían manifestarse. A lo mejor mi abuela también se había dado cuenta o mi bisabuela, pero ellas no tenían un mundo en el cual su rebelión hubiera podido ser escuchada, recuperada, transformada. El feminismo de la década de los setenta nos ofreció algo a las mujeres: nos ofreció a las otras mujeres para construir con ellas algo diferente de aquello de donde veníamos.

 

FEMINISMO: ¿PARA QUÉ Y PARA QUIÉN?

El feminismo es para la buena vida. El feminismo es una reflexión que toca la vida toda: la ecología, la economía, las relaciones afectivas. Yo no renuncio a mis relaciones afectivas, claro, no las quiero en una familia patriarcal, pero eso no quiere decir que yo renuncie a nada. Tengo amigas y amigos maravillosos. Que no quiera una relación de pareja es otra cosa, pero afecto sí quiero, porque sin amor no se vive o se vive muy mal.

Eso es el feminismo: un instrumento de reflexión para la vida, organizado por las mujeres que tenían que pensar cómo se había construido el hecho de que eran una mayoría considerada una minoría y tratadas como tuteladas legalmente, como personas sin autonomía y con una cultura negada.

 

EL FEMINISMO: SU HISTORIA Y SUS ETAPAS

La historia de los feminismos nunca ha sido una sola. El feminismo tiene muchas precursoras, momentos en que las mujeres tienen cierta capacidad de reflexión, como durante la Querelle des femmes en Francia, pero en realidad el feminismo viene de la Revolución francesa. Ésta demostró que las mujeres son capaces de hacer de política, de ser manipuladas, de buscar la justicia por su propia cabeza y que tienen derecho a la igualdad, a una igualdad de trato, porque es desigual que tengas todas las responsabilidades y ningún derecho. Lo primero que dice Olympe de Gouges cuando escribe su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana en 1791 es que las mujeres, puesto que pueden subir al cadalso, es decir, que pueden ser decapitadas (como le sucederá a ella), también deben tener derecho de subir a la tribuna, es decir, no puede ser que si pecas o si cometes un delito todo el peso de la ley recaiga sobre ti, pero que no tengas derechos, ni siquiera el acceso a la ley cuando se trata del goce de los derechos civiles, políticos y públicos.

A partir de este origen se empiezan a dar diversas formas de pensar. Durante todo el siglo XVIII tendremos un empuje de feminismo liberal para que las mujeres accedieran a espacios que les garantizaran una economía propia en caso del fallecimiento del padre o del marido. Se pidió derecho al estudio. ¿Quién estudiaba en ese entonces? La burguesía. ¿Quiénes eran las mujeres que pedían derecho al estudio? Las mujeres de la burguesía. Pidieron después el derecho de poder manejar sus propios bienes, el equivalente a  tener una cuenta bancaria a su propio nombre. ¿Quién puede manejar sus propios bienes? Quien los tiene, o sea, nuevamente eran las mujeres de la burguesía.

El camino fue poco a poco así, derecho al estudio, derecho al manejo de los propios bienes, derecho a la custodia de los hijos en caso de divorcio. Muy tardíamente, por 1848, se dan también las primeras reivindicaciones del voto; hay que recordar que en el siglo XIX el voto no era universal, ni siquiera universal masculino, se votaba partiendo de determinadas clases sociales, votaban los propietarios, votaban aquellos que no hacían trabajos en las casas. Nuevamente son las mujeres de la burguesía las que piden el voto. Todas estas demandas sobre la ley burguesa eran demandas burguesas de mujeres burguesas, pero no se equivocaban; sus demandas eran muy limitadas, no eran capaces de romper con las relaciones de su propia clase, tenían muchísimo miedo de romper con la feminidad y con ciertas actitudes de construcción de algo que también es burgués, como la familia nuclear, nunca se fueron contra la familia.

A finales del siglo XVIII empiezan a surgir corrientes feministas, socialistas, que vienen de una relectura del trabajo de las mujeres en la producción de seres vivos y lecturas sobre la familia como núcleo de acumulación originaria, pero también de posesión del trabajo de las mujeres por parte de los hombres. Marx y Engels lo trabajan mucho y poco después las mujeres se hacen de este instrumento y empiezan a pensarlo. Así, tendremos una corriente feminista socialista, sus personajes más importantes se manifiestan a principios del siglo XX, pero vienen desde mediados del siglo XIX: Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, Aleksandra Kolontái. Ellas son las primeras en decir que las mujeres tenemos una sexualidad, que no somos ajenas al deseo, que nuestro deseo nos pertenece, no le pertenece a los hombres.

A la par, quizás con más fuerza a finales del siglo XIX y principios del XX, surge una corriente muy radical, que no se llama feminista a sí misma porque identifica al feminismo con las demandas de las burguesas al voto, a la propiedad, al control de los hijos y a la educación. Son mujeres que vienen del trabajo fabril y que se levantan al grito «Ni Dios, ni patrón, ni marido». En ese sentido las anarquistas son las feministas más radicales y aquellas que han dado la pauta para pensar que no hay una verdadera separación entre la opresión de clase y la opresión de sexo-género-familia. Desde entonces no hay un feminismo, hay tres por lo menos, seguramente muchos más, seguramente había mujeres en Malasia o mujeres mayas que empezaron a decir en sus comunidades que había que obtener mejores formas de vida y de reconocimiento. Desgraciadamente no las conozco, no todavía.

Durante la primera mitad del siglo XX tenemos la derrota de las anarquistas, tenemos el voto concedido y por lo tanto la belicosidad de las mujeres disminuida por los estados que se los conceden. Por otro lado tenemos un gran movimiento nacionalista de mujeres de izquierda en América Central y en México, que luchan en contra de las intervenciones estadounidenses, intervenciones de características imperialistas. Son mujeres que fundan organizaciones, escriben cosas extrañísimas, como «proclamas a las señoritas de mi país», «a las señoritas y las damas», pero a final de cuentas lo que les piden es que sean activas políticamente, para ello deben de tener cierta libertad de movimiento y ciertos conocimientos.

Así que tenemos una primera mitad hasta los años cuarenta, ya en la Segunda Guerra Mundial, donde las mujeres son muy activas, en países donde han perdido todo: en la Italia fascista, en la Alemania nazi y en todos los países que estos dos invaden, las mujeres pierden los derechos que habían obtenido. En América Central todos los movimientos guerrilleros de reivindicaciones antiimperialistas pierden y con ellos pierden las mujeres, vuelven al silencio. Cuando reprimes a un pueblo provocándole miedo, reprimes antes a los sectores que son más débiles en la reivindicación de sus derechos y en la obtención del ejercicio de los mismos.

Yo diría que en los años cuarenta y cincuenta el feminismo casi desaparece de la historia de la modernidad, de no ser por una serie de mujeres increíbles, todas escritoras, que empezaron a pensar, reflexionar y plasmar el mundo desde la perspectiva de lo que no quieren. Estoy pensando en Teresa de la Parra, en Nellie Campobello (cada vez que puedo impulso que la traduzcan, me parece la más importante escritora de la Revolución mexicana, yo dejo a todos los hombres sólo para leer Cartucho), estoy pensando en diversas narraciones de construcción de vida en las que ya no se habla de la construcción de vida de una mujer para los hombres, aquí tenemos mujeres hablando de mujeres, describiéndose como mujeres y al describir lo que no les gusta de la sociedad hacia ellas, definen lo que es el machismo y el patriarcado. Son las escritoras quienes lo hacen y están acompañadas por otro grupo de grandísimas artistas: las pintoras, pintoras de todo el mundo.

Desde los años sesenta el feminismo resurge con mucha fuerza, sucede que se descubren los anticonceptivos orales y se piensa que nos podemos liberar del riesgo implícito en el ejercicio de la sexualidad, que es el riesgo de quedar embarazada, que era impuesto y convertido en obligatorio a través del matrimonio tradicional. Las mujeres estaban siempre en riesgo de estar embarazadas si estaban casadas, un riesgo terrible que además les interrumpía constantemente una, dos, tres, cinco, nueve veces sus proyectos inmediatos, porque a través del embarazo eran traídas de vuelta al cuidado de otra persona que dependía de ella para sobrevivir.

Cuando aparecen los anticonceptivos orales se empieza a pensar de otra forma el marxismo, como una filosofía o una mirada sobre la libertad, sobre el trabajo, sobre el derecho, sobre la alienación de las personas y entonces la mujeres descubren que son alienadas en el mundo patriarcal. En el 68 además son parte del movimiento estudiantil y resulta que nuevamente son hombres quienes lo dirigen y las tratan como si fueran sus secretarias, reducen su pensamiento al «aporte de la compañera» y esperan que ellas les sirvan el café y les pasen sus escritos a máquina. Hasta que las mujeres dicen «basta» y descubren que su liberación sexual va a ser suya sólo cuando el sexo deje de ser trabajo para ellas.

El feminismo fue un movimiento muy importante en la década de los setenta. Las mujeres salíamos por miles a la calle, había manifestaciones de 30,000 mujeres en París, en Roma; en Alemania había manifestaciones enormes. Es un gran momento de regreso a las demandas feministas que durante doscientos años estuvieron ahí, doscientos años de presencia feminista en la historia de la modernidad que el sistema hizo y hace de todo para ningunear; pero en los setenta no pudo, eran miles de mujeres en la calle, era su presencia en la vida de las ciudades.

Las feministas de la década de los setenta pensaban en todo: en el ingreso a la escuela, en la maternidad, en la importancia del trabajo, por qué llevas el apellido de tu padre, por qué no se castiga la violación, sino que se criminaliza a la mujer violada, por qué cuando secuestran a una mujer los familiares hacen mucho menos esfuerzo para reunir el rescate. Esto sigue siendo cierto, sólo que ahora nadie lo dice, nadie lo piensa, porque nos separaron de esa constante de ideas que venían, que se reproducían. En cambio, nos pusieron en una ONG que obligatoriamente debía trabajar la violencia, lo que implicó revictimizarnos, volver a vernos no como agentes de la transformación –cosa que éramos– sino como víctimas de la violencia del otro, y por lo tanto, ya revictimizadas no teníamos en nuestras manos los instrumentos de liberación. La porquería de giro que hizo la ONU junto con el Banco Mundial de ofrecernos organizarnos en ONG para al mismo tiempo liberar al Estado, adelgazar al Estado de sus responsabilidades.

El problema de la violencia no es un problema de mujeres, es un problema del Estado; el problema de la salud reproductiva no es un problema de una ONG de mujeres, es un problema del Estado y el Estado no es un gobierno, es la estructura en la cual estamos; los gobiernos pueden cambiar, el Estado es la estructura. Cuando se adelgaza el Estado, se quita la responsabilidad estructural al espacio en que vivimos para dárnosla de manera grupal o individual y, por lo tanto, garantizar que la justicia no llegue a todas. Eso son las ONG. Es terrible. Claro, nos liberaron de los gobiernos, podíamos aparentemente hacer algo más allá de un gobierno, romper con las fronteras nacionales y todo eso, pero nos quitaron la posibilidad de transformar la estructura de organización en la cual vivíamos. Eso significó el adelgazamiento del Estado, después de esto empieza a surgir un interés por las mujeres que hacen ciertas cosas y no otras.

Entonces tenemos un feminismo muy extraño en la década de los noventa que sale de la calle, que ya recluido en las ONG puede entrar a las universidades. La mayoría de las chavas jóvenes de hoy que admiten ser feministas es porque han tenido maestras feministas, porque han estudiado ciertas cosas del feminismo en la escuela, y porque obviamente se han hecho cotos de saber que implican becas, bequitas, sobre las diferentes situaciones de las mujeres. Las feministas escribíamos novelas, escribíamos poesía, tomábamos las calles, hacíamos radio, tocábamos rock en las plazas. Hoy las feministas son las que escriben o analizan cómo hacer y si existe la poesía de las mujeres. Pero, en fin, también son feministas; puede ser que de una forma que no irrumpe tan abiertamente en la realidad, pero como en todos los momentos de repliegue, es mucho mejor que existan a que no existan, es mucho mejor que exista, qué se yo, la escuela de feminismo de la UAM-Xochimilco a que no exista, porque tampoco estamos en la calle.

Esto es, hasta cierto punto, una concesión; es en parte el trabajo de las mujeres fundadoras de esa escuela, y es en parte un espacio de resistencia. Es muchas cosas. Por supuesto que si nos limitáramos a eso, estaríamos perdidas, pero qué bueno que eso existe, qué bueno que de ahí o de otros espacios similares puedan volver a salir mujeres que piensan o reconstruyen parte de la reflexión sobre la realidad.

 

SOBRE EL RECHAZO AL FEMINISMO

El rechazo al feminismo tiene que ver con el miedo, con el miedo a la revolución. El feminismo es un pensamiento revolucionario. Tiene que ver con el miedo a no acomodarte en esos resquicios de la realidad siempre más difícil en un país donde hay 120 mil muertos en menos de ocho años, donde hay grupos de sicarios que agarran a las mujeres, las ponen de rodillas, las desnudan y las degüellan. Tú quieres encontrar cierta protección y el lugar de la protección es casi siempre la prisión. Hay un miedo que va ligado con este aparente ordenamiento de la pérdida de la politicidad de la vida. En la década de los noventa se construyó una idea de que el arte no debe ser político, la reflexión debe ser objetiva y no ideológica, como si ese ordenamiento no fuera una ideología.

Se quiere hablar del arte, de las mujeres y de la vida como si pudiéramos no ocuparnos del lugar que habitamos y que intervenimos con nuestra sola presencia, eso es la política en el sentido más antiguo de la palabra. Hay una voluntad expresa del sistema de que nosotras perdamos politicidad, y una de las formas de perderla es decir que si te adscribes a cualquier pensamiento político, como se decía en esos años, a cualquier «ismo» (y en eso cabe el feminismo), entonces estás reduciendo el espacio de la reflexión libre y tus escritos dejan de ser válidos. Piensa en cuántas escritoras empiezan a tener miedo de declararse feministas porque pierden editoriales.

Hay  todo un discurso que viene de los medios de comunicación más dispares: de la radio, la televisión, pero también la publicidad, el cura que habla y dice cualquier cosa. También estas nuevas revistas de sociales que extrañamente se inventan y que son espantosas, recuperando una especie de cultura de clase muy ignorante, pero que vende mucho, porque la gente se quiere identificar o ver o imitar ciertos modales de una clase alta a la que no tienen acceso.

Este tipo de cultura de masas para la desobjetivación del pensamiento, para la pérdida de reflexión, es aquella que impone que seamos apolíticos, que no pensemos con «ideología», «¡ay, las mujeres feministas, tan machorras!» ¿no? Es muy fuerte, pero sí, es el miedo, esta imitación de la vida de los sectores altos, es la pérdida de radicalidad de la escuela y es también una escuela que deja de ser autocrítica para volverse muy mecánica, es también una crisis económica real.  No es sólo el salario, se pierden cada día más derechos laborales, los jóvenes están literalmente secuestrados en trabajos donde se les exige estar diez horas, tanto públicos como privados. En ciertos espacios te ponen a escoger entre la jornada de ocho horas o el seguro social, cuando los dos son tu derecho y los dos van juntos. Ahora te dan uno o te dan el otro.

En esta situación las mujeres tienen miedo de manifestar una posición política, hay todo un juego, va de la publicidad hasta todos esos periódicos de ínfima calidad que intentan construir una falsa sinonimia en la que el feminismo sería el antónimo del machismo, como si fueran lo mismo pero en contrario: «yo no quiero obviamente ni siquiera parecer una persona que tiene un vínculo con un sistema de opresión como el machismo, por lo tanto, tampoco quiero ser feminista: si el feminismo es el machismo de las mujeres, y el machismo es una cosa asquerosa, opresiva, yo no lo quiero ser». Pero, ¿cómo me pueden decir que el feminismo es sinónimo de «machismo de las mujeres»? Porque se ha perdido la historia del feminismo, porque a las mujeres ya no nos escuchan, porque ya no nos publican, ya no nos invitan al radio.

En 1975 salió Fem y entre 1975 y 1981 prácticamente todos los periódicos tuvieron un suplemento de mujeres en algún momento. Hoy no hay ninguno, ni uno. No nos publican, quieren sofocar nuestra historia una vez más. ¿Y cuál es la forma de sofocarla? No diciendo qué son y qué hacen las feministas.

Ahora se han inventado otro terminajo asqueroso que hasta algunas compañeras ingenuamente utilizan, que es el de «feminazi». Entonces me dicen: «Pero si tú no eres una feminazi» y yo digo «¿Qué? ¿Qué término es ése? ¿Quién lo ha inventado? ¿Por qué lo usas? ¿No te das cuenta de lo que dices?» El feminismo no tiene nada que ver con el nazismo. El nazismo fue un sistema de opresión, de autoritarismo absoluto, de negación del derecho de las personas y los colectivos. El feminismo fue una reivindicación de la justicia y de la vida de las mujeres en un sistema que las negaba. Ahora no hay nadie que no se divierta hablando de las «feminazis».

Debo decir que quizás por eso hay también una recuperación de una construcción de feminismos mucho más profundos y tranquilos, de pequeño grupo, nuevamente, como habían sido los primeros grupos de reflexión en los sesenta; algunos se dan en espacios de mixitud, hoy hay hombres que hacen un esfuerzo real para vivir según los elementos de deconstrucción del sistema patriarcal llevados adelante por el feminismo y que se reivindican feministas, tanto si son heterosexuales como si son gais porque entre otras cosas entienden cómo el sistema de género, al construir el género masculino, al construir a los hombres y al construir las mujeres, también los oprime, pero ¿cómo los oprime para permitirles oprimir a las mujeres? Yo veo también otras formas de construirse del feminismo.

 

LAS «CUOTAS DE GÉNERO»

Las «cuotas de género» me parecen una medida mínima de acercamiento, pero tienen una diferencia con lo que yo digo, todavía no es una mirada de las mujeres. Es importante porque la ciudadanía abstracta se construye sobre la existencia de ciudadanas y ciudadanos, sexualmente, materialmente definidos. La presencia de las mujeres y de los hombres es importante, pero no es suficiente.

Lo suficiente sería transformar las redes de organización social y política desde la mirada de las mujeres. Hay una verdadera guerra contra las mujeres, ahora nos dicen que debemos de trabajar también asalariadamente para el bienestar del núcleo familiar, que con un solo salario no funciona, pero al mismo tiempo debemos de tener todo el trabajo de reproducción de la vida. Ésa es una guerra contra las mujeres.

En el campo no hemos logrado que la tierra se asigne a las mujeres en las reparticiones, ni en las herencias de los ejidos, ni en la producción de las tierras comunales. Es guerra contra las mujeres. Somos todavía mucho menos de la mitad de las propietarias en el mundo. Si fuera cierto que las cuotas significan algo no sólo deberíamos ser el 50% de cualquier congreso del mundo, deberíamos ser el 50% de las propietarias de casas, el 50% de las propietarias de tierras, el 50% de las escritoras publicadas, el 50% de los cantantes y músicos que se escuchan por radio. Deberíamos poder pensar las matemáticas desde otro lugar que no sea la abstracción masculina sin vínculo con la vida. Deberíamos resimbolizar la realidad.

El conocimiento de las mujeres debemos buscarlo desde nosotras mismas y desde nuestros diálogos. El verdadero instrumento de reconstrucción de pensamiento feminista es el diálogo.

 

EL FUTURO DEL FEMINISMO

El feminismo debe mirar a la organización de las mujeres por las mujeres. El feminismo no es sólo una reflexión sobre la vida toda, es también la práctica de las mujeres en la construcción de su buena vida, y estas prácticas son múltiples, no hay una sola práctica; puede ser facilitado por una sociedad o puede ser contrastado con una sociedad, y puede ser facilitado en ciertas cosas y contrastado en otras, que eso es también un poco la ambivalencia del feminismo.

Ahora,  lo que veo hoy con mayor fuerza es un esfuerzo para reconducir a  las mujeres a un neutro indiferenciado que, sin embargo, es masculino. Este neutro que no es tal, porque es un masculino generalizado, es el espacio de nuestra derrota. Es cierto que vivimos en una sociedad mixta, qué bueno que sea una sociedad mixta. Hay espacio de mixitud donde construir diálogo, pero también hay espacios donde subrayar el encuentro de las mujeres entre sí, las acciones de las mujeres, las producciones artísticas de las mujeres es también muy importante.

Estoy trabajando sobre las mujeres del Salón de la plástica mexicana que acaba de cumplir sesenta años y que tiene aproximadamente 400 miembros, 200 son mujeres, ¿dónde están? Por ejemplo, en el pasado comité de organización del Salón había una sola mujer: Aliria Morales. Siempre lo mismo. Somos la mitad de los movimientos, pero somos una de siete en cualquier dirección, por lo tanto la dirección es masculina, te lo puedo asegurar. ¿Por qué masculina? Porque va a negar la especificidad de la mirada de las mujeres. Como una especificidad necesaria para construir la mirada humana. La mirada humana cuando es una mirada de hombres es la mitad de la mirada humana, hasta ahora hemos vivido el neutro global, general, la construcción de lo indefinido, sobre la mirada de la mitad de la humanidad.

 

EL SIGNIFICADO DE SER FEMINISTA

Ser feminista en la actualidad significa muchas cosas. Para mí significa fundamentalmente defender la vida, defender la buena vida, defender el derecho al afecto, el derecho a la libre expresión, la libertad de movimiento, la economía de subsistencia, el derecho a decrecer en la explotación de la tierra y de sus materias primas. También significa algo muy concreto: para mí, ser feminista significa tener el derecho a no vivir en una familia tradicional, tener el derecho de escribir y construir el imaginario para otras en mi literatura, desde personajes femeninos; significa repensar la historia, significa luchar contra la violencia contra las mujeres, porque es un instrumento de dominación, es una violencia dedicada a la dominación y, por lo tanto, a la obediencia y en particular, hoy en día, significa mi aporte para la vida, por la paz.

 

 

 

 

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Mariana Oliver (Ciudad de México, 1986) es maestra en Literatura comparada por la UNAM, becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y editora de la sección literaria de Cuadrivio.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. “Defender la buena vida”.

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