El deporte más hermoso del mundo

“El futbol, como la vida, se trata de elegir caminos, posiciones, la que a uno le vaya mejor…; primero la seguridad, después la especialización y, de pronto, listo, un nuevo profesional ha nacido. Si usted no ha sido portero aunque sea una vez en la vida entonces nunca ha estado realmente solo…” Por Mauricio del Olmo.

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R. Mauricio del Olmo Colín

—¿Cómo explicaría usted  a un niño lo que es la felicidad?

—No se lo explicaría, le tiraría una pelota para que jugara.

 Dorothee Soller

El futbol es para pobres, para tontos, para gordos, para feos, para cobardes, para débiles, incluso para solitarios y mediocres; también es para la clase media y la alta, para los intelectuales que no abominan la idea de ser masa un momento, para galanes atléticos que satisfacen sus fantasías de estrellato con un par de buenas jugadas semanales, para fortachones ganadores, destructores de sus rivales, que ganan fama sometiendo y humillando a los demás. Sin duda, lo más hermoso del futbol es que es para todos.

Si usted es fanático del futbol le recomiendo que se acerque a la lectura. Los autores que debe leer son el uruguayo Eduardo Galeano, el argentino Jorge Valdano y el mexicano Juan Villoro. En sus textos encontrará, en buena medida, aquellas emociones que todos hemos sentido al tocar una pelota, al fallar un gol o al lograr una atajada; brillantes y melancólicos ensayos sobre los jugadores, los remalditos árbitros y, por supuesto, el público de ese magnífico coliseo santificado.

Ahora bien, si usted es fanático de la lectura tome sus dos libros favoritos, los más gordos de preferencia, ponga uno en el piso y, según el espacio en el que esté, camine un poco para dejar el otro en una posición paralela –siete pasos grandes si está en la calle, cuatro pequeños si está en casa o en la oficina–, a continuación, pídale a su rival más odiado que repita el procedimiento unos metros delante de usted: ya tiene la cancha. El balón es lo de menos: un vaso de unicel, una maraña de cinta adhesiva o los arrugados reportes del año pasado dentro de una bolsa amarrada pueden hacer bien el trabajo. Entonces sí, que Ulises y Aquiles envidien su inteligencia, su fuerza y su valentía, que Sor Juana lo mire con celos por rebelde, que Minos sea el juez del encuentro y retuerza la cola las veces que sean necesarias. Si es usted el jefe saque el pecho –o la panza, lo que tenga más amplio– y siéntase el soldado filisteo más poderoso y grande que el mundo haya conocido jamás; si es usted un subordinado del hogar o del espacio de trabajo, aproveche la metáfora gastada y apriete los dientes, aliste la honda, la piedra, el legado de Saúl y prepárese para la batalla con la que será recordado por la humanidad.

El futbol, como la vida, se trata de elegir caminos, posiciones, la que a uno le vaya mejor, la que más reditúe, en donde uno se sienta más cómodo, más útil o más protegido; primero la seguridad, después la especialización y, de pronto, listo, un nuevo profesional ha nacido.

Si usted no ha sido portero aunque sea una vez en la vida entonces nunca ha estado realmente solo, no lo han abandonado sin oportunidad de despedidas, no conoce el sufrimiento –dolor de corazón– ni la angustia –dolor de estómago– que nace de ver al objeto de deseo danzar con alguien más; usted no sabe lo que es ser utilizado, no ha vivido la horrible sensación –la verdadera– que se tiene al saber que un movimiento de más, o uno de menos, puede significar la gloria que surge del amor o la muerte que llega junto al olvido. Nunca ha sido Miguel Hernández, no ha parado balas y cañones con las manos, no ha movido ejércitos con la voz, no ha llevado en la espalda el mágico número 1, el del primero que vive, el primero que hieren, el primero que muere, el eterno solitario.

Los equipos, como los hogares, necesitan alguien que los resguarde constantemente, que los piense, los vigile con cariño y con paciencia, los aliente en los momentos complicados, les sonría con recato en las victorias y los consuele en las derrotas. El papel del defensa central es como el de la señora Ramsay: mientras cose la media parda nota cómo las cosas se deterioran un poco más cada verano; o como el del Golem: arcilla inanimada que sólo se mueve cuando alguien ofende a los suyos y, a veces, adquiere autonomía, se libera de su condición y sale disparado a rematar un tiro de esquina. Su norma de vida es el número que lleva a cuestas, los puntos cardinales, los elementos, los jinetes del apocalipsis, las nobles verdades budistas, la muerte oriental, la configuración geométrica del universo.

En la media cancha se encuentra Legión, ahí donde las piernas se multiplican el balón se detiene; así, los hombres se ven expulsados del hombre y se convierten en cerdos, comen todo a su paso, huesos, sangre, carne y, sin embargo, ahí se encuentra la proporción áurea, la respuesta divina a todos los problemas, el número y la distribución de los pétalos en las flores, la distancia entre el ombligo y la planta del pie, la relación perfecta entre el sufrimiento de la defensa y la gloria de la delantera. Desde este centro místico, que no geográfico, se formulan las hipótesis, se conjuran las estrategias, es donde se ganan o se pierden las batallas.

Al frente, la fama, la victoria, la alegría. Cientos de nombres, una posición y un objetivo que es grito, suspiro y experiencia. Ahí va el 10, el único número que vale la pena que tenga dos dígitos, el que crea la magia, el que ilusiona, el que genera épocas, al que todos prefieren patear antes que enfrentar: el Neruda, el Lorca, el Vallejo, el Pessoa. Al llegar a la última línea blanca, queda la única historia que vale la pena contar, el único poema que vale la pena escribir. Es el éxtasis y la tragedia, la catarsis, el infierno, el alma que descansa al ver que el trabajo sí tiene una recompensa terrenal. El gol, como todas las cosas buenas de la vida, es olvido y es instante; breves segundos en que el obrero no recuerda la fábrica ni el miserable sueldo, la madre no sabe de regaños ni de salir a trabajar para lograr el mes, los niños no saben de tarea, las estudiantes no saben de historia, el mundo no sabe de tragedias y el diablo no sabe de la humanidad.

El futbol es, ante todo, una lección de perspectiva: la lucha eterna del bien contra el mal, oficiada por un pobre Paris que siempre tomará la decisión equivocada y provocará todas las guerras de la historia. Cuál ejército nos salva y cuál nos condena depende siempre del espectador, de la fe, del llanto y del tiempo que se le haya invertido en mirar con esperanza su recorrido. El mundo del futbol es maniqueo y, por eso, bello; no hay espacio para las medianías: se nos ofende gravemente con las fallas propias y los logros ajenos, se nos consuela fácilmente con promesas de victoria que no creemos, pero de las que esperamos, al menos, el intento.

¿Que si el futbol es de los poderosos Estados y las tecnocracias? Sí, a medias. ¿Que si el futbol es del pueblo? Sí, a medias también. En el campeonato mundial de 1938, la selección italiana recibió un telegrama de Mussolini antes de la final, en el que amenazaba como el dedo de Satán: “Vencer o morir”. Se llevaron la copa al ganarle 4-2 a Hungría. En su festejo, los jugadores saludaban con el brazo y la mano derecha estirada al complacido dictador. Mientras tanto, el portero húngaro Anta Szabo confesó «Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos». El 9 de agosto de 1942, el FC Start –equipo conformado por ex jugadores del Dinamo y el Lokomotiv de Kiev, ciudad recién tomada por los alemanes– jugaron un partido de futbol en contra del Flakelf –equipo de la Luftwaffe donde jugaron también soldados de la Wehrmacht–, advertidos de que no debían ganar a los soldados alemanes, los prisioneros de guerra ucranianos hicieron caso omiso y, por supuesto, sufrieron las consecuencias de derrotar, por cinco goles a tres, a la todopoderosa Alemania en un territorio ocupado: torturas por parte de la Gestapo con un muerto inmediato en la cuenta y cuatro más ejecutados en febrero de 1943. Se dice, sin confirmación alguna, que llevaban puesta la playera de su equipo al ser fusilados.

En el futbol siempre quedan muchas cuentas ideológicas por saldar, que si el Real Madrid embajador de Franco en el mundo, que si el Barcelona como la última frontera de resistencia, que si el primer América de los millonetas, el primer Atlante del verdadero pueblo y las primeras Chivas con su fervor nacionalista. También dicen que es un vicio, el otro opio del pueblo, un pequeñísimo placer que nos interrumpe de lo que es valioso de veras, que seguro nos quita vida para atender nuestros deberes ciudadanos; pues sí, lo es, al igual que las series de televisión, el cine, el internet, las misas, los conciertos, los videojuegos, la lectura, los rompecabezas, los noticieros, los colegios, las tarjetas de crédito y las charlas en el café. Esa igualdad no los disculpa, los explica: son rituales que tienen, como objetivo, darle sentido simbólico a nuestro fragmentario mundo y, como consecuencia, darnos un poco de alegría por vivir. Dentro de un sistema donde el pan ya no alimenta y el circo no entretiene, para muchos, muchísimos, el futbol es, como alguien dijo en el medio futbolístico, lo más importante de lo menos importante.

Consíguete un trabajo, anda, no seas golfo; emparéjate con alguien, ¿no ves que los primos ya se casaron?; dale nietos a tus padres que, además de que no te mueras de hambre, es lo único que esperan de ti; vístete bien que viene el jefe, vístete bien que viene el empleado, vístete bien que uno se arregla para sí mismo; sé normal, ve a que te corten el cabello, ve a comprarte esos zapatos, y el gorro y la bufanda; si estás triste ve al psicólogo, si estás feliz, también, toma pastillas para dormir, café para despertar, vitaminas para estar activo y Rivotril para estarte quieto; camina por la acera, no te cruces el alto, saca tu licencia ¿por qué no tienes credencial para votar?, acuérdate que el respeto al derecho ajeno… ¿Qué no ves las noticias? ¿Por qué no lees? ¿Por qué reprobaste? ¿Por qué te regañaron? ¿Por qué te despidieron? ¿Por qué no ahorras para cuando no tengas trabajo o para cuando te retires, lo que suceda primero? ¿Por qué no me han dado el aumento? ¿Por qué no aprovechas tu libertad?

Un día por semana nos es dada la gracia de regresar al estado primitivo: uno y ninguno más, pues sólo se le puede ir a un equipo –los demás son gustos morbosos. Un día por semana llega el carnaval bajtiniano: está permitido quitarse la playera en el estadio, emborracharse en sus inmediaciones, decir majaderías y pegar de gritos en la comida familiar; se puede los insultos y las burlas; se vale pensar que ahora sí ganamos; se vale las caras largas y las maldiciones porque perdimos; se vale el bufón vestido de rey.

En un inconcebible acto transgresor –el más– está permitido llorar; está permitida la pasión por el futbol, absurda, irracional, sin sentido, claro, como todas las pasiones, y como todas ellas comienza silenciosa, pero, a medida que se replica en el vecino, en el amigo, en el colega y hasta en el enemigo, se vuelve un grito incontenible.

El futbol, como la vida, es un juego de conjunto que le permite brillar a algunos individuos, el equipo es la red que soporta las miserias del colectivo, incluso el misántropo más solitario o el accidental espectador –sí: ése que llevaste a la fuerza al bar– se siente brevemente identificado con un grupo, con una borrosa identidad, cuando ve a once fulanos cumplir los sueños de otros seres humanos en los que, por más que le pese, se reconoce. ¿Quién sabe? Quizá un poco de masas con identidades distintas no le caigan nada mal a un mundo cada vez más egoísta y homogéneo ¿Quién sabe? Quizá por estas razones me emociono cuando escucho a Luis Omar Tapia decir «Comienzan 90 minutos del deporte más hermoso del mundo».

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Mauricio del Olmo Colín es maestro en Humanidades por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa. Se ha desempeñado como docente, investigador, editor y guionista. Se especializa en teoría literaria, literaturas alternativas y literatura y comunicación. Actualmente es investigador de la Fundación para las Letras Mexicanas y codirector del estudio Dinosaurio.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. No entiendo tu comentario sobre el fútbol. Compararlo con la vida y otros conceptos que no los veo en un deporte de masas. De las masas nunca ha salido o creado algo de valor para las civilizaciones o para la cultura…esto siempre ha sido el enriquecimiento de pequeños grupos o de uno solo. Jamás nos dará el futbol, personajes como Miguel Ángel, Leonardo, Sartre. La masa no conoce a este tipo de personajes, no los puedes comparar con Messi o Ronaldo ni con Pelé. La muchedumbre de los estadios está huyendo del aburrimiento y de una pelota que observan que no deja de rodar…no quieren espacios vacíos porque les llega el vacío…el base bol, fut americano, básquet Ball.. tienen espacios dentro del partido para pensar cómo elaborar una jugada. La pelota en el fútbol, en el centro de la cancha no tiene emoción… sólo en las áreas de gol…en el americano, la emoción está en el primero y diez en cualquier área del campo, todas las jugadas están pensadas, lo mismo en el base ball…

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