El «darwinismo puro»: la teoría de la evolución de Alfred R. Wallace

Juan Manuel Rodríguez Caso nos cuenta una historia diferente sobre el nacimiento de la teoría evolutiva desde el trabajo del naturalista Alfred R. Wallace, quien alcanzó conclusiones paralelas a las de Charles Darwin en la misma época, utilizando conceptos como el de selección natural y declarándose darwinista, aunque no para referirse al trabajo de Charles. Una historia que despeja dudas y aclara diferencias.

ce5b1e871dccf5afad907ee1b1e7243a (1)Juan Manuel Rodríguez Caso nos cuenta una historia diferente sobre el nacimiento de la teoría evolutiva desde el trabajo del naturalista Alfred R. Wallace, quien alcanzó conclusiones paralelas a las de Charles Darwin en la misma época, utilizando conceptos como el de selección natural y declarándose darwinista, aunque no para referirse al trabajo de Charles. Una historia que despeja dudas y aclara diferencias.

Juan Manuel Rodríguez Caso

El darwinismo es un concepto muy utilizado dentro de la biología, y su simple mención lleva a cualquier lector a la idea de la evolución y a su autor más reconocido, el naturalista británico Charles Darwin (1809-1882). Pese a la relación de ideas, la historia sobre el darwinismo es muy distinta. Hasta hace muy pocos años, los historiadores de la ciencia empezaron a reconocer la relevancia que otros personajes tuvieron en el desarrollo de la teoría de la evolución, y es por eso que aquí retomaré el caso de otro naturalista británico, calificado en ocasiones como un hereje de la ciencia, pero que sin lugar a dudas fue mucho más que un elusivo victoriano, Alfred Russel Wallace (1823-1913).

Wallace es reconocido por haber llegado de manera paralela y casi al mismo tiempo a una teoría muy similar a la de Darwin. Después de regresar del viaje del Beagle (1831-1836), Darwin trabajó por más de 20 años en lo que sería su gran teoría para explicar la transformación de los organismos, mientras que Wallace en mitad de un viaje al archipiélago Malayo (1854-1862) había logrado concretar en escasas doce páginas básicamente la misma idea. De esa teoría, que como la de Darwin se publicaría a mediados de 1858, resulta el mecanismo básico que permite explicar la transformación de los organismos a lo largo del tiempo, la selección natural.

Lo que presento a continuación es la visión evolutiva de Wallace, una propuesta que él mismo definió en 1889 como «darwinismo». Hay que hacer notar aquí que la palabra «darwinismo» se utilizó desde 1840 para describir el estilo filosófico y poético de Erasmus Darwin, el abuelo de Charles, y no fue sino hasta 1860 cuando Thomas H. Huxley, «el bulldog de Darwin», empezó a utilizar la palabra para referirse a la concepción filosófica de Charles Darwin. Sería la definición de Wallace la que se centraría en dar protagonismo absoluto a la selección natural como el único mecanismo mediante el cual explicar la evolución.

Wallace empezó su búsqueda de un mecanismo para explicar la transformación de las especies en 1845, motivado por la lectura de uno de los libros más leídos y criticados de la época victoriana, Vestigios de la historia natural de la Creación (1844), publicado anónimamente por el periodista escocés Robert Chambers (1802-1871). Esa motivación sirvió para que Wallace realizara dos viajes, uno al Amazonas (1848-1852) y el ya mencionado al archipiélago Malayo (1854-1862), en los que, a la par de numerosas lecturas, obtuvo las evidencias necesarias para concluir que las especies han cambiado de manera gradual a lo largo del tiempo geológico mediante una continua lucha por la existencia en la que los menos aptos a las condiciones ambientales han sido eliminados. En términos generales, esta idea, que a Wallace no le gustaba llamar «selección natural» por temor a provocar malentendidos sobre la posible personificación del proceso, es la que defendería ferozmente hasta el último de sus días.

Wallace tuvo la férrea convicción de que el único mecanismo que podía dar cuenta del origen y diversificación de las especies a lo largo del tiempo era la «selección natural», una razón por la que se le ha llegado a denominar como «hiperseleccionista». Pero es aquí donde surge uno de los puntos más controvertidos y contradictorios de la propuesta evolutiva de Wallace: a partir de 1869 hizo una excepción sobre la capacidad explicativa de la «selección natural»: las capacidades mentales del ser humano. Éste es posiblemente el punto más criticado de la visión de Wallace, debido fundamentalmente al malentendido entre muchos historiadores sobre el acercamiento de Wallace al espiritismo a partir de 1865. A decir verdad, las razones de Wallace para no aplicar la «selección natural» a las capacidades mentales del ser humano poco tuvieron que ver con una supuesta creencia en fantasmas o espíritus. Durante sus viajes, Wallace tuvo la oportunidad de convivir con diversos grupos indígenas. Inspirado en el utilitarismo del filósofo británico Jeremy Bentham y en la diferencia del estado de civilización de esos grupos y los «avanzados» europeos, hizo una comparación a nivel físico, para llegar a la conclusión de que en términos generales no había mayor diferencia física entre los diversos grupos. Él suponía que era cuestión de tiempo para que los indígenas lograran alcanzar el nivel de avance civilizatorio que tenían los europeos. En otras palabras, la «selección natural» había dejado de actuar en las diversas razas humanas después del surgimiento del cerebro, para dar paso a la civilización, cuyo avance se daba de manera diferenciada en las diferentes culturas.

Ahora bien, la manera en la que Wallace aplicó la teoría da cuenta inequívoca de una visión en la que la transformación, el proceso de cambio en la naturaleza, era fundamental. Uno de los mejores ejemplos de la manera en la que Wallace describe su propuesta es una serie de ensayos que fueron el resultado de un viaje que hizo a Estados Unidos y a Canadá entre 1886 y 1887 y cuyo objetivo era difundir y defender la evolución. Esos ensayos fueron publicados en 1889 en un libro con el curioso y simple título de Darwinismo. En el prefacio de la obra, Wallace aclara que en esta obra busca ilustrar la importancia del darwinismo, o sea, la más que importante función de la selección natural por sobre «otras agencias en la producción de nuevas especies».

Con el objetivo claro de reforzar lo dicho por Darwin, Wallace reafirma que su posición es la de «ser el defensor del darwinismo puro», y para ello se vale de una estructura muy similar a la utilizada por Darwin en El origen de las especies (1859). Con la idea de presentar al público la propuesta de manera general, empieza por plantear qué es una especie y la manera apropiada de abordar el problema de su origen, para poder retomar la importancia de la variabilidad tanto en la naturaleza como en el estado doméstico. Una vez planteada la base teórica, dedica varios capítulos a discutir sobre objeciones y críticas para valerse entonces de ejemplos que muestren la eficacia de la propuesta. Entre esos ejemplos, retoma el caso del aislamiento reproductivo producido por las barreras de fertilidad entre especies (un fenómeno de especiación conocido hoy en día como «efecto Wallace»), el uso del color y el mimetismo en los animales como estrategias de supervivencia, las evidencias tanto geológicas como geográficas que dan cuenta de la presencia de especies diferentes a las actuales en diferentes lugares del globo, para concluir con su particular visión sobre los límites de la selección natural en el caso del ser humano.

La visión evolutiva de Wallace se puede definir como una teleología evolutiva teísta, en especial a partir de la década de 1870. Los primeros acercamientos de Wallace, entre 1845 y 1870, corresponden a una propuesta enmarcada en el naturalismo científico, en el que lo importante era buscar respuestas a partir de considerar leyes naturales absolutas, en la línea de lo que sucedía en la física. Con el paso de los años, el compromiso de Wallace con el naturalismo científico fue disminuyendo, hasta llegar a concebir la necesidad de que en ciertos momentos de la evolución de la vida actuara un ente externo que además provocaba que el proceso siguiera un determinado camino. Aunque es claro que esta segunda etapa provocó numerosas fricciones con otros connotados naturalistas de la época, como Darwin y Huxley, la visión evolutiva de Wallace no se redujo a su aplicación dentro del ámbito de las ciencias naturales, sino también en las ciencias sociales. El compromiso de Wallace con la evolución lo llevó a no sólo aplicar la teoría en fenómenos naturales como el mimetismo, la biogeografía y la esterilidad, sino también en la anti-vacunación y los derechos de las mujeres. Éste fue un punto que le generó numerosas críticas de la naciente comunidad científica, pero que al mismo tiempo dejaba en claro el profundo compromiso que a lo largo de su vida tuvo con la evolución.

Para Wallace, la «selección natural» fue la base de un pensamiento evolutivo que lo mismo se podía aplicar a los fenómenos naturales que a la sociedad en la que vivimos. Resumido todo esto en una palabra, darwinismo.

Bibliografía

The Alfred Russel Wallace Page: <http://people.wku.edu/charles.smith/index1.htm>.

Wallace Online: <http://wallace-online.org/>.

Wallace Correspondence Project (WCP): <http://www.nhm.ac.uk/research-curation/scientific-resources/collections/library-collections/wallace-letters-online/index.html>.

Rodríguez Caso, J.M., 2008, El darwinismo de Alfred R. Wallace. Tesis de Maestría, Posgrado en Ciencias Biológicas, Facultad de Ciencias, UNAM. Disponible en: <http://132.248.9.195/ptd2008/septiembre/0631671/Index.html>.

Rodríguez Caso, J.M. y R. Noguera Solano, 2011, «Alfred R. Wallace: ciencia y humanismo bajo el prisma de la evolución», Ciencias, núm. 104, pp. 15-21.

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Juan Manuel Rodríguez Caso (Puebla, 1976) es candidato a doctor por la School of Philosophy, Religion and History of Science de la Universidad de Leeds, Reino Unido. Sus principales áreas de interés son la historia del darwinismo, el diálogo entre ciencia y religión, y el desarrollo dela antropología victoriana. Actualmente participa en el proyecto Ciencia y religión en América Latina, coordinado por la Universidad de Oxford, y en el Programa Universitario de Bioética de la UNAM.

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Posted by Revista Cuadrivio

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