El curioso caso del candidato que propone el cambio para que todo siga igual

Ricardo Anaya, el candidato de la coalición Por México al Frente, pasó de criticar al actual gobierno a admitir una posible alianza con él para obtener la victoria. En este ensayo, Alejandro De Coss sostiene que, en realidad, Anaya siempre representó la continuidad del actual régimen.

El lanzamiento de la campaña del candidato del Frente –la alianza entre el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC)­–, Ricardo Anaya, dibuja una imagen clara de quién desea ser este. Desde un inicio, Anaya buscó dejar en claro que ese evento no era un mitin más, aunque los aplausos y gritos que aparecían en los silencios del candidato traicionaran ese deseo. Esto era algo distinto: un hackatón. Ahí, durante 12 horas, 1,200 jóvenes usarían herramientas tecnológicas y su creatividad para buscar soluciones a los tres grandes problemas de México: la corrupción, la violencia y la desigualdad. El discurso continúo afirmando que el Frente no se acostumbra al olor de la mierda que caracteriza a México hoy, y lo dijo de forma literal a través de una anécdota que no provocó las risas que buscaba. Terminó afirmando que el régimen actual, corrupto, tenía sus días contados.

Apenas un mes después, Ricardo Anaya abría una puertapara lograr una alianza con Enrique Peña Nieto y, por lo tanto, con José Antonio Meade. Lejos quedaban las arengas contra el gobierno corrupto, que ahora daban paso a una potencial alianza con el régimen al que supuestamente se oponía Anaya. Se pueden especular sobre las razones particulares de esta decisión. Podemos pensar que se trata de una negociación para evitar la investigación sobre el supuesto lavado de dinero que Anaya habría realizado. Es posible que se trate también de una apuesta desesperada por ganar la elección, ante el ya evidente fracaso de la candidatura de Meade y la lejanía entre Anaya y López Obrador. Puede ser también que, como muchos simpatizantes del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y el propio López Obrador han señalado, el PAN, el PRD, el PRI y sus satélites no sean más que distintos rostros de una misma entidad que se ha apoderado del poder como una mafia.

La razón que Anaya ha dado es distinta. Él afirma que lo hace ante la posibilidad de que López Obrador declare una amnistía en el marco de la guerra contra el narcotráfico (tema que discutiré en la próxima entrega) y para preservar la muy criticada reforma educativa. Así, la razón que da el candidato es abiertamente la de defender la continuidad de dos pilares del régimen: las reformas estructurales del gobierno de Peña Nieto y la estrategia belicosa inaugurada por Felipe Calderón. Anaya se presenta entonces no como un férreo opositor al régimen, sino como otra forma más de su continuidad. No debería haber sorpresa en esto. Incluso cuando Anaya busca presentarse como un joven que pone su esperanza en el poder disruptivo de la tecnología y de una ciudadanía ilustrada, la continuidad sigue siendo aquello que le guía. En el resto de este ensayo argumentaré por qué esto es así, analizando los imaginarios tecnopolíticos del candidato en el marco del neoliberalismo y la guerra contra el narcotráfico.

 

El Elon Musk queretano: el futuro de la democracia como una tecno-utopía

En un spotreciente, Anaya explica que la principal propuesta del frente es un Ingreso Básico Universal (IBU). Citando a diferentes personajes, que van de Friedman a Deaton, a Mark Zuckerberg, Elon Musk y Albert Einstein, Anaya explica las bondades del esquema. Un ingreso básico, nos dice, detendría al clientelismo, superaría la supervivencia del empleo en un mundo crecientemente automatizado y valoraría la labor de reproducción social, ignorada por la economía dominante hoy. La legitimidad de la propuesta viene no solo de estos intelectuales y empresarios, sino de los experimentos que en otros países han ocurrido ya. El candidato es claro: las pruebas del IBU no solo se han dado en países desarrollados como Finlandia, sino en algunos «más pobres que México», como la India. Cobijado por los gurús de la tecnología y por otros gobiernos, la idea, nos promete, podría cambiar a nuestro país.

El IBU no es, claramente, un invento de Anaya o del Frente. Es una propuesta de política pública que atrae a políticos, académicos, intelectuales y ciudadanos a la derecha e izquierda del espectro político. Promete, al menos, dos cosas. Por un lado, la posibilidad de reducir los costos del sistema de seguridad social, fortaleciendo las políticas de austeridad que la derecha privilegia. Por el otro, se presenta como una posibilidad de reducir la pobreza y la desigualdad en un mundo en el cual los trabajadores están crecientemente precarizados, desempleados y con la amenaza de la obsolescencia total como causa de la automatización de la economía. A una izquierda que no quiere hablar sobre la propiedad de los medios de producción, esta propuesta le resulta por demás atractiva. No debe resultar sorprendente, entonces, que sea el IBU lo que une a PAN y PRD, la derecha e izquierda unidas, o eso que hoy algunos llaman el centro: el manejo continuado del neoliberalismo, paliando tal vez algunos de sus excesos.

Expreso mis reservas a la idea, aun en términos abstractos. Creo que confunde por completo cuál es la fuente de la riqueza en una sociedad capitalista: el trabajo humano. En el caso de México, la ventaja competitiva de la economía nacional es su mano de obra barata en tanto abundante y disciplinada. Los salarios mínimos bajos, los salarios reales igualmente miserables, las obreras prescindibles y el ejército de personas que están esperando por un trabajo mal pagado, peligroso y sin seguridad social garantizan el bajo costo de producir en México. Imaginar que es posible terminar con esta realidad mediante un IBU, sin tocar el régimen de producción y propiedad en el país, es una ilusión absoluta. Es comprar la receta creada en la abstracción de las fórmulas o en los sueños de futuros posibles de los capitalistas de Silicon Valley, a quienes Anaya parece deseoso de emular.

Esta voluntad de imitación aparece en las formas del candidato. Se aleja, a su parecer al menos, de los formatos políticos tradicionales. Habla de hackatones, automatización, robots y tecnología. Imagina que el escape hacia el futuro que promete el capitalismo contemporáneo es para todos. Supone que surge de la voluntad creativa de los empresarios y que, tal vez, en México esos empresarios estén esperando a surgir una vez que el estado se retire de la economía, salvo por el IBU y el soporte a la propiedad privada y a la libre empresa. Ignora entonces que estos procesos de innovación surgen del dinero estatal, como en el caso de Elon Musk, cuyas empresas han recibido miles de millones de dólares a través de subsidios gubernamentales. El gran impulso a la modernidad y la posibilidad del capitalismo no ocurren a pesar del estado sino a través de él.

En México, el estado tiene una forma particular, tal vez resultado de su desarrollo colonial y subordinado en el marco del capitalismo como un sistema-mundo. Los vicios del clientelismo y la captura del estado que Anaya imagina pueden combatir con el IBU no son desviaciones de una realidad posible, sino la condición de posibilidad del capitalismo y el estado en México. Son características históricas, no por ello ineludibles, pero sí mucho más profundas que como aparecen si se les piensa como el resultado de las políticas públicas del último sexenio, o tal vez de los últimos cinco. No niego que estos sexenios hayan resultado en una transformación profunda del país; sería un disparate afirmar que la instauración del neoliberalismo no ha cambiado la estructura socioeconómica de México, a la par de sus políticas laborales, de producción cultural o de desarrollo infraestructural. En todo caso, el clientelismo como forma de organización social se adapta a esta nueva estructura, cambiando como todo proceso histórico en su desarrollo a través del tiempo y el espacio.

Pero no conviene demasiado seguir en la abstracción. Tal vez valga más la pena volver a las campañas políticas presentes y al fervor tecnológico de Anaya. En las diversas propuestas que se pueden encontrar en su sitio web, la tecnología aparece casi como una panacea. A menudo, ella misma, sin mayor explicación, podría solucionar problemas diversos. Así, por ejemplo, un mejor gobierno sería resultado parcial de su digitalización y simplificación; la paz no se lograría sin el uso extendido de tecnologías de la información para la acción policial y el combate al narcotráfico, y la vigilancia en línea sería una forma de combatir la corrupción en las compras gubernamentales. Esto, por supuesto, no es descabellado. La tecnología puede ser útil en esto y muchas cosas más. Sin embargo, la forma en que esta es concebida es lo que falla aquí y en muchos otros casos. Se piensa a la tecnología como una herramienta neutral, que se aplica sobre un sistema político, económico o social. Se imagina como separada de la política, como algo que la pueda arreglar o mejorar mediante su uso. Se ignora que la tecnología es ya siempre política. El sueño de la tecnología como herramienta neutral pierde de vista que ningún instrumento existe separado de lo social, ni viceversa.

 

La distopía del presente y la continuidad del régimen

Antes de continuar, debo confesar algo. Escribir textos sobre las propuestas de los candidatos a la presidencia, y sobre sus imaginarios tecnopolíticos e infraestructurales, parece cada vez más una labor fútil. En muchos casos, las propuestas son vagas o irrealizables, apuestas imposibles de candidatos derrotados: el Registro Nacional de Necesidades de José Antonio Meade podría ser un buen ejemplo de ello. En otras, parecen menos relevantes que las pulsiones emocionales de candidatos, voceros, simpatizantes y curiosos del proceso electoral. La animadversión casi patológica que hay hacia Andrés Manuel López Obrador, causante de delirios graves como el que parece sufrir el expresidente Vicente Fox, obnubila cualquier discusión de fondo. Las campañas se tratan ahora de encontrar epítetos cada vez más grotescos, en una carrera lingüística hacia la nada. La campaña cae en las mismas estrategias de siempre: el miedo, la mentira, la manipulación y el deseo enfermizo de una élite por conservar todo el poder en un país que se cae a pedazos.

Después recuerdo que, si es verdad que la tecnología siempre es política, y que las infraestructuras son resultado de estas disputas, así como aquello que permita que estas ocurran, algo debe de poder decirse todavía. No se trata entonces de desterrar las emociones del análisis o de pensarlas como algo superfluo. Así, no habría una oposición insalvable entre el futuro automatizado al que Anaya parece aludir y el presente en el cual interpela a los votantes en torno del temor al supuesto autoritarismo y populismo de López Obrador. No habría tampoco una distancia insalvable entre el ataque a las bases del crimen organizado que el Frente propone y la continuidad de la estrategia de guerra y muerte que Anaya defiende. Estas no son sino las contradicciones que existen en el esfuerzo por dar continuidad a la forma actual del capitalismo en México y al poder de las élites que le dirigen y se benefician de él. Un proceso que, aunque sea solo un poco, parece estar amenazado por la aparente victoria de López Obrador y su esquizofrénica alianza, que analizaré en el próximo texto de esta serie. Es ahí donde el sueño tecnológico del capitalismo neoliberal y la oferta del miedo como estrategia de campaña se juntan.

Me parece que la insistencia de Anaya de criticar la amnistía que López Obrador ha mencionado, y varios de sus colaboradores han desarrollado, tiene al menos dos funciones. Una es atacar al candidato de la coalición Juntos Haremos Historia en algo que se percibe como una debilidad frente al electorado. Siguiendo la sangrienta tradición de los sexenios de Calderón y Peña Nieto, la promesa de la mano dura sigue siendo una forma de mantener bajo control a una sociedad que vive asustada no solo por crimen, sino por la irrupción del criminal en la vida cotidiana. Ese criminal es una abstracción concreta. Es un joven de clase trabajadora, marginado, racializado y dispensable, que en su otredad radical amenaza la paz de la gente de bien, que solo sosteniendo la desigualdad que impera en el país puede simular que vive tranquila. Afirmando que es a ese otro peligroso a quien AMLO busca perdonar, Anaya se busca colocar como el candidato de quienes vencen en esta terrible guerra.

La otra es seguir manteniendo a la guerra como algo también separado del resto de los procesos sociales y económicos. El pensamiento binario que está detrás de la concepción de la tecnología como algo no-social, aquí imagina al crimen organizado como un cuerpo bien definido, que puede ser combatido con precisión. La guerra de Anaya continúa, en tanto las labores de inteligencia mejoran y los cárteles de desmantelan desde su base. Esa base estaría de alguna forma separada de los barrios, pueblos y redes de parentesco y amistad en las cuales existe. El narcotráfico sería también entonces una otredad radical, que es posible destruir con las herramientas tecnológicas adecuadas. Como dice un alegre joven en el comercial sobre el hackatón del Frente: «voy con Anaya porque es un fregón y va de frente y con todo contra la violencia». La confrontación frontal sigue siendo el horizonte imaginado, el futuro deseado, la realidad inescapable y la estrategia segura. Los cientos de miles de muertos y desaparecidos no bastan para aceptar el fracaso de la guerra, o, alternativamente y de forma tal vez más precisa, que su éxito es justamente esta realidad de muerte y violencia.

Mención aparte merece que en la discusión sobre las bases del narcotráfico no exista discusión sobre la legalización de las drogas, la sustitución de cultivos ilícitos o ninguna otra medida relacionada a la producción. Las propuestas del Frente se detienen en consideraciones sobre las dinámicas financieras del narcotráfico, relacionadas con la corrupción de funcionarios públicos y el lavado de dinero. Estos procesos sin duda forman parte integral de la economía de la producción y el tráfico de drogas, pero de ninguna forma le agotan por completo.

Lo mismo sucede al plantear únicamente estrategias de reducción de consumo y de riesgos como formas de combate al narcotráfico, de nuevo asignando la responsabilidad final al consumidor, moralizando el tema, desviándose de la esfera de la producción y garantizando que la guerra continúe de forma indefinida. Aquí de nuevo la economía del narcotráfico se presenta como si fuera algo separado del resto de la economía y la sociedad en México, lo cual permitiría este combate abstracto, preciso y eficaz de la mano de esa supuesta tecnología neutral que Anaya promueve.

Una lógica análoga existe en lo relativo a la reforma educativa. Aprobada con el apoyo de amplios sectores de dos de los partidos que conforman al Frente, el PAN y el PRD, y con la oposición del hoy aliado MC, la reforma reduce la calidad educativa a la acción de los docentes. Desapareciendo enormes desigualdades materiales en lo referente a la infraestructura escolar, a la disponibilidad de materiales y recursos, y a los contextos socioeconómicos en los que las escuelas existen, la reforma responsabiliza al maestro de los fallos de la totalidad del sistema. Al mismo tiempo, ignora la diversidad lingüística que existe en el país, reafirmando procesos de subordinación de los pueblos originarios que conforman al país. La reforma continúa marginando a las escuelas normales, que por décadas han subsistido en condiciones de precariedad extrema. El apoyo del Frente a la reforma, ignorando las críticas de maestros, estudiantes, padres de familia, académicos y otros expertos, se fundamenta en una fe radical en la idea del individuo como medida única y última de la sociedad.

Ahí tal vez se encuentre el hilo conductor de las utopías tecnológicas y las distopías presentes de Ricardo Anaya y de la plataforma del Frente. En el centro de todas ellas está un individuo abstracto, que puede existir en contextos desiguales, los mismos que pueden ser solucionados enfocándose en aquél. La idea de un IBU, de la tecnología y la disrupción como valores democráticos, de la guerra como un asunto del consumidor y de la educación como responsabilidad de una maestra individualizada hablan de esta fe liberal. Es una que lo coloca contra los conceptos colectivos que López Obrador a menudo despliega, que son problemáticos en sí mismos por razones que serán exploradas en el futuro. Por ahora, baste decir que la fe liberal de Anaya y el Frente resulta en un abanico de contradicciones que no dan pie a una propuesta transformadora, sino a un oscilar constante entre el deseo del futuro de liberación que promete la tecnología subordinada al capitalismo y la pesadilla de la guerra presente. Los lleva también a asumirse como la salvación contra un futuro casi apocalíptico que supuestamente vendría de la mano de López Obrador, ignorando que el terror cotidiano es ya el presente de millones.

Visto así, no resulta demasiado sorprendente que Anaya tienda una mano a Peña Nieto y el PRI, aunque sea para después guardarla de nuevo. En ambos proyectos hay visiones del individuo, el mundo, la política, la economía y el futuro similares. Los dos prometen la continuidad del estado actual de las cosas, con algunas diferencias superficiales que quedan superadas una vez que el análisis es profundizado. Estas desavenencias también resultan nimias cuando el riesgo real de una derrota pone a ambas alianzas en una misma esquina. Esta es tanto la de un proyecto ideológico, como uno de clase. Es la defensa del grupo en el poder, del sector de la élite económica, política y cultural al que representa, y la de un México idílico, que existe solo para ellos, sostenido en las espaldas de millones que se enfrentan a la muerte y la marginación diariamente. Detrás de la utopía tecnológica de Anaya está la cara conocida del capitalismo y la guerra. Este es el curioso caso del hombre que promete cambio y ofrece solamente continuidad.

 

(Visited 1.141 times, 1 visits today)

Posted by Alejandro De Coss

Alejandro De Coss (Ciudad de México, 1984) es licenciado en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es también maestro en Sociología por la London School of Economics and Political Science (LSE) en el Reino Unido, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina. Su investigación explora el proceso de urbanización del agua en la Ciudad de México a través de un análisis etnográfico e histórico de las infraestructuras que componen al Sistema Lerma.

  1. Disfrute mucho tu análisis mi querido amigo y coincido en tú conclusión de continuidad. Creo que no es una sorpresa el deseo de continuidad en una visión “abstracta” al final PRI y PAN pertenecen a corrientes capitalistas de derecha, la idea fatídica de cambio en las élites no es ni será alcanzada nunca en nuestro tradicional sistema democratico en donde nuestros representantes son impuestos por los partidos mismos y no son líderes sociales que nazcan como en los tiempos revolucionarios.

    En la gran lucha contra el narcotrafico coincido y me molesta muchísimo el análisis y la voluntad simplista de todos los candidatos y sus grupos a mi parecer ninguno tiene la voluntad de acercarse a este tema con una propuesta de fondo.

    Con tristeza comparto que en esta elección no se trata de un cambio o avance ese cambio en tecnología se dio en este sexenio con la reformas energéticas. Deberíamos de estar buscando quien de continuidad a esta oportunidad de cambio a largo plazo y no empezar de nuevo como cada seis años…

  2. El envejecido relevo que anhela sentarse a la mesa con Macron, Trump, Merkel y May para fustigar el “populismo” de los movimientos y gobiernos progresistas. Es meritorio extraer conclusiones de tanta opacidad discursiva dentro del programa presidencial panista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.