El cine mexicano que Hollywood arrasó

La firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN) entre Canadá, Estados Unidos y México en 1994 ha tenido repercusiones en prácticamente todas las esferas de la vida política, económica y social de nuestro país. La industria cinematográfica, por supuesto, no ha sido la excepción. En este texto, Fernando Cruz describe cómo se gestó esta transición y las profundas implicaciones que para la cinematografía nacional ha tenido la apresurada –y desequilibrada– apertura que México ha tenido ante el exterior en las últimas décadas.

La firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN) entre Canadá, Estados Unidos y México en 1994 ha tenido repercusiones en prácticamente todas las esferas de la vida política, económica y social de nuestro país. La industria cinematográfica, por supuesto, no ha sido la excepción. En este texto, Fernando Cruz describe cómo se gestó esta transición y las profundas implicaciones que para la cinematografía nacional ha tenido la apresurada –y desequilibrada– apertura que México ha tenido ante el exterior en las últimas décadas.

 

 

Fernando Cruz Quintana

 

 

El negocio del cine

Contrario a lo que en primera instancia pudiera pensarse, en muchos casos cultura y negocio constituyen un binomio exitoso que genera divisas al tiempo que fomenta tradiciones, experiencias y cualesquiera significados propios de una nación. El caso de la cinematografía no es la excepción: tenga o no la magnitud para poder hablar de una industria, el cine es tanto una actividad lucrativa como un medio para la expresión humana.

Es imposible desligar la cuestión económica cuando hablamos del séptimo arte, y ello no necesariamente resta algo al valor artístico que pudiera contener una obra. Desde luego, existen películas que se producen con la clara intención de generar el máximo posible de ganancias para recuperar la inversión que las produjo, y otras que, antes que constituirse como redituables, pueden preciarse de ser fieles a la expresión y la búsqueda artística de los autores que las hacen posibles. Sea cual sea el caso, debemos comprender que estamos tratando con industrias culturales (como la editorial, la del cine, la de la radio, etc.) que producen objetos muy particulares, puesto que además de tener un valor monetario, tienen contenidos simbólicos y significativos que deben de tratarse con mucho cuidado.

Si continuamos la reflexión anterior dentro del marco de un mundo globalizado en el que se crean acuerdos internacionales que, en muchos casos, favorecen el libre comercio, debemos detenernos y pensar en las consecuencias que esto puede traer consigo. ¿Qué consecuencias puede traer la libertad de comercio de productos culturales? En el mejor de los escenarios posibles, el conocimiento de otras culturales ajenas a la propia y por ende un mayor enriquecimiento de nuestra propia cultura. En el peor de los escenarios posibles, una inundación de productos extranjeros (con sus significados, con sus ideas, con sus propias maneras de entender el mundo) que desplace a los locales y que debilite a la industria cultural (o negocio) nacional, tal como sucede con cualquier tipo de industria.

Para nuestro infortunio como país, el segundo de los casos se asemeja a nuestra realidad y la razón de ello cumple 20 años este 2014: la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

 

El cine mexicano ante el TLCAN

Si bien es cierto que durante las décadas de los ochenta y noventa la industria del cine mexicano acarreaba una serie de problemáticas que nada tenían que ver con Hollywood, mucho de lo malo de nuestra actual condición cinematográfica se debe a la gran apertura comercial que suscitó el TLCAN, que provocó que la industria se desarticulara casi en su totalidad. Habría que recordar que el gran aparato estatal de cine con el que se contó durante la mayor parte del siglo XX ‒que incluía empresas de producción, distribución y exhibición de cintas‒ sucumbió durante las administraciones de los presidentes Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari, ante su intención neoliberal de dejar todo en las manos de particulares.

Si bien la desarticulación alcanzó su punto cumbre en 1989, con la liquidación de Conacine y Conacite II (empresas de producción de cine) y la venta de la Compañía Operadora de Teatros (que administraba los cines y las dulcerías de los mismos), uno de los hechos que más afectaron a la ya de por sí moribunda industria fue la promulgación en 1992 de una nueva Ley Federal de Cinematografía que vino a suplir a la ley de la Industria Cinematográfica de 1949 (a la que se le hicieron reformas en 1952). Esta nueva ley, propuesta del presidente Salinas, modificaba la relación de protección que el Estado había tenido con la cinematografía nacional, una de cuyas medidas era destinar el 50 por ciento del tiempo en pantalla de los cines a la exhibición de películas mexicanas. En el contexto de lo que sería el «libre comercio» con Estados Unidos y Canadá, no era «libertad» favorecer a nuestros propios productos y por tanto había que cambiar la ley para que del 50 por ciento que se tenía establecido se disminuyera a un 30 en 1993, a un 25 en 1994, a un 20 en 1995, a un 15 en 1996, y a un 10 en 1997.[i] Magistral estocada final entreguista.

Hay que ser ingenuos o muy mal intencionados para pensar que el libre comercio internacional en condiciones desiguales puede ser una opción viable de modelo económico que beneficie a la gente. Había una industria y se desarticuló, se vendió (como muchos de los cines que fueron dados al señor Salinas Pliego como parte del paquete estatal mediático que se le ofreció, y que no tardaron en transformarse en tiendas Elektra) y se liquidó. Entonces nos quedó un cine sin industria que se tenía que preparar para competir con Hollywood en los siguientes años.

A diferencia de México, Canadá entendió muy bien el riesgo de agregar a sus industrias culturales dentro del paquete del TLCAN y decidió protegerlas de manera especial, como comenta Néstor García Canclini:

Los canadienses, que exceptuaron su cinematografía y le destinaron más de 400 millones de dólares, produjeron en la década posterior un promedio constante de 60 largometrajes cada año. Estados Unidos hizo crecer su producción de 459 películas a principios de la década de los noventa a 680, gracias a los incentivos fiscales a sus empresas y al control oligopólico de su mercado y del de otros países. México en cambio, que en la década anterior a 1994 había filmado 747 películas, redujo su producción en los 10 años posteriores a 212 largometrajes.[ii]

 

Necedades a favor de la excepción cultural

Sin un afán de nacionalismo ciego, ni tampoco con el de querer mostrar una visión maniquea de Hollywood, es incuestionable la manera tan fuerte en que el cine estadounidense está posicionado en México (y en casi todo el mundo), al amparo del descuido de nuestras industrias culturales.

Pienso que todas las industrias nacionales merecerían una protección estatal (me declaro en contra de un modelo económico neoliberal), y con más razón las culturales: insisto en reflexionar sobre los riesgos de que perdamos la posibilidad de reconstruir nuestra cultura en ellas y que nos arrollen otras culturas. La vía para hacer efectivo lo anterior es la de la llamada Excepción cultural, por la que, como se establece en la Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural del 2 de noviembre de 2001, los Estados están obligados a hacer prevalecer la diversidad cultural y los productos culturales que cada nación emane puesto que «por ser portadores de identidad, valores y sentido, no deben ser considerados como mercancías o bienes de consumo como los demás».[iii] Si bien en tal declaración no se prescriben acciones concretas, sí se suscriben orientaciones que los Estados deberían seguir en conjunto con la sociedad civil y el sector privado.

La Excepción cultural no siempre tiene buen recibimiento. Algunas personas, como el escritor peruano Mario Vargas Llosa, ven en ella el riesgo de estancamiento cultural y un atentado contra la diversidad que pudiera despertar un nuevo tipo de «despotismo ilustrado y el nacionalismo cultural».[iv] El mismo Vargas Llosa ahonda en el tema y argumenta que la cultura no tiene que ser defendida por nadie, que ella se defiende sola y que no correspondería a ningún funcionario de ningún tipo el deber de decir qué es lo que se debe ver y qué no.[v] No comparto estos argumentos puesto que conozco de primera mano la opinión y, sobre todo, el desconocimiento que se tiene sobre el cine mexicano dentro de México. No es que quiera que se obligue a ver películas nacionales, pero sí me gustaría que hubiera más posibilidades de exhibición.

Quizá parezca extremo pensar que porque no tenemos una industria de cine nacional eso nos conduzca a la pérdida de nuestra identidad. Es cierto, parece extremo y no hemos perdido nuestra identidad, sin embargo ‒y gracias a la globalización‒ no deja de asombrarme cuán semejantes se han hecho los estilos de vida en todo el mundo. ¿En qué medida el cine y los medios de comunicación habrán contribuido a ello? ¿Qué tanto hay de necedad en la protección de lo nacional? ¿Es irreversible la globalización cultural al grado de dirigirnos a una uniformidad de ideas y de pensamientos?

Coincido con otro de los necios excepcionistas culturales, Armando Casas, quien dice:

La diversidad cultural tiene que ver con la ampliación de nuestro propio imaginario con el conocimiento de las diferentes estéticas que son propiciadas por cada cultura en particular. [Esto] evidencia la universalidad de la obra artística en su propia identidad. El cine mexicano debe estar inscrito como un bien nacional, como parte de la «excepción cultural», de la diversidad cultural, que actualmente impulsan varios países a favor de su patrimonio cultural y que redundará con seguridad en nuevos planteamientos estéticos.[vi]

Si bien el panorama del cine mexicano parece tener indicios de mejoramiento, como el número cada vez mayor de películas que se producen año con año, estos asomos representan meros espejismos que sirven para justificar el desempeño de los fondos para la protección del cine (Foprocine y Fidecine) y el estímulo fiscal a la producción (Eficine 226). Se hace mucho cine, se apoya a la producción, sí, pero ¿qué sucede con la distribución y la exhibición? ¿De qué sirve tener cintas de las que se cuenta con 10 o menos copias para su distribución y a las que además no les está garantizado más que el 10 por ciento de exhibición en salas (tiempo que se cumple en horarios nada favorables para asistir al cine)?

Otro mundo, no con menos Hollywood (no queremos eso), sino con más cine de todo el mundo es posible, y puede haber muchas acciones encaminadas a lograrlo, que van desde la educación y el fomento a la cultura hasta la protección estatal para la cinematografía.

 

 

 NOTAS

[i] Lucila Hinojosa Córdova (2003), El cine mexicano: de lo global a lo local. México, Trillas, p. 42

[ii] Néstor García Canclini, «La nueva escena sociocultural», en Néstor García Canclini y Ernesto Piedras Ferias, Las industrias culturales y el desarrollo de México (2002), México, Siglo XXI, p.28

[iii] Koitchiro Matsura, Declaración Universal dela UNESCO sobre la Diversidad Cultural, reproducida en Estudios Cinematográficos, año 11, núm. 29, pp. 91–93.

[iv] Mario Vargas Llosa, «Razones en contra de la excepción cultural», en El País, 25 de julio de 2004, consultado en: http://elpais.com/diario/2004/07/25/opinion/1090706405_850215.html.

[v] Ibidem.

[vi] Armando Casas, «El cine mexicano y la excepción cultural: apuntes», en Estudios Cinematográficos, año 11, núm. 29, p. 78.

 

 

 

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Fernando Cruz Quintana (Ciudad de México, 1984) es doctorando en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM. Sobre cine ha publicado en Relatos e historias de México y en la Revista Mexicana de Comunicación. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

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Posted by Revista Cuadrivio

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