El acontecimiento como espectrografía

La disciplina historiográfica ha tenido una vida dura entre el resto de las ciencias y hoy enfrenta una crisis nueva e ineludible que le exige repensar su labor: aquella planteada por el pensamiento deconstruccionista. Ricardo Nava expone en este ensayo que el acontecimiento histórico se va de nuestras manos en el mismo momento de ser pensado como tal. Representación de lo inaccesible, el acontecimiento es repetición del infinitivo, sentido de palabras atravesadas por su propio tiempo, supuesta realidad de un espectro.

La disciplina historiográfica ha tenido una vida dura entre el resto de las ciencias y hoy enfrenta una crisis nueva e ineludible que le exige repensar su labor: aquella planteada por el pensamiento deconstruccionista. Ricardo Nava expone en este ensayo que el acontecimiento histórico se va de nuestras manos en el mismo momento de ser pensado como tal. Representación de lo inaccesible, el acontecimiento es repetición del infinitivo, sentido de palabras atravesadas por su propio tiempo, supuesta realidad de un espectro.

 

La historia misma es un efecto de espectralidad. El retorno de los romanos en la Revolución Francesa pertenecería a un modo de transmisión espectral sobredeterminante de todos los acontecimientos históricos, y esto de manera irreductible. Por otra parte, tal vez debería decirse que esta espectralidad pertenece a lo que podría llamarse una historia en tiempo diferido, una historia en juego de la escritura que tiene por estructura, me parece, salvo en casos muy particulares, una distención irreductible entre el acontecimiento y su registro. Me parece que la escritura ortográfica, constituye masivamente un tiempo diferido. Hoy en día, vivimos una determinada cantidad de acontecimientos “en directo”, “en tiempo real”. ¿En qué medida la espectralidad que actúa en ellos es inconmensurable con esta espectralidad en tiempo diferido? Dicho de otra manera, ¿cuál es la problemática de la construcción del acontecimiento que se anuda hoy en torno de esto?

 

Jacques Derrida, Ecografías de la televisión.

 

Ricardo Nava

 

Philip Dick, novelista norteamericano, en una de sus obras, El hombre en el castillo[1], construye una historia diferente respecto a quién ganó la Segunda Guerra Mundial; en ella, EU aparece gobernado por las potencias del Eje. De esta novela, la anécdota entre dos de sus personajes que llamó mi atención es la siguiente: Roosevelt fue asesinado. Uno de los personajes le muestra a su amante dos encendedores idénticos; le indica que uno de ellos es el que llevaba Roosevelt el día que lo asesinaron; ella no le cree, por lo que a continuación él indica cuál de los dos es el «auténtico», diciéndole «toma, siente su historicidad». Ella, por supuesto, no siente nada, y él, al punto, le dice: «para que me creas, aquí tengo el certificado de autenticidad».

¿Qué nos muestra esta escena respecto a la representación, la memoria, el archivo y el acontecimiento? Por una parte, que hay distintas experiencias del tiempo, lo que F. Hartog llama regímenes de historicidad[2]; por la otra, que la historicidad carga a cuestas el deseo de memoria, donde éste se concibe a partir de una huella material o representación que testimonie el acontecimiento, produciendo desde el ámbito de la ficción o la realidad ficciones de presencia.

En este trabajo, quiero comenzar con la siguiente pregunta, construida desde el epígrafe citado y en relación a lo que cualquier trazo, dibujo o representación hace presente: ¿cómo es que toda representación produce acontecimiento, se vincula con el espacio historiográfico, el cual, a su vez, es transformado por las nuevas tecnologías de la comunicación y sus continuas y aceleradas mutaciones? En realidad no pretendo responder de ningún modo a la pregunta, sino más bien problematizar algunas cuestiones propias de una deconstrucción en curso que permitan una reflexión orientada hacia la investigación de lo que el dibujo, el arte o el discurso histórico representan y no representan.

Para estas cuestiones, partiré de dos enfoques del acontecimiento: uno, desde la perspectiva concreta de la historia, y el otro, desde de la filosofía, con la reserva de que en cada una de estas disciplinas, los modos de argumentación y reflexión son distintos, así como el modo de tratamiento del objeto-acontecimiento. Se indicarán algunas paradojas, y posteriormente delinearé la noción de acontecimiento, continuando la deconstrucción elaborada por Derrida.

La perspectiva histórica se basa en la noción construida por Michel de Certeau[3]. El acontecimiento cobra su forma de hecho histórico en la escritura de la historia, y una vez que se ha erigido como hecho histórico, es la diferencia, entendida no sólo como aquello que, mediante un acto de escritura, se constituye como diferencia entre un pasado y un presente, sino también en el sentido de que el pasado vuelve como diferencia mostrando un tiempo de ausencias. El acontecimiento es, de este modo, siempre una ausencia. El trabajo del historiador consistiría en un acto de duelo: producir el hecho histórico para exhumar restos de los muertos y establecer las relaciones que mantiene un presente con su pasado. Así, la operación historiográfica es aquélla que produce el acontecimiento a partir de las relaciones entre un lugar, varios procedimientos de análisis y una escritura. El acontecimiento es posible en tanto el historiador se da un lugar al establecer sus fuentes a partir de un problema de investigación y una hipótesis de trabajo. El acontecimiento, por tanto, sólo ocurre en el lenguaje, discurso o comunicación. El historiador imagina mundos posibles; se podría decir que el historiador impide lo real al simbolizar mediante este gesto al pasado, es decir, al  inventar el acontecimiento al interior del orden simbólico. De este modo, lo real del pasado nunca es.

La perspectiva filosófica, por su parte, se fundamenta en la construcción del acontecimiento elaborada por Gilles Deleuze, según la lectura que hace de él Michel Foucault[4]. Para él, el acontecimiento es siempre efecto ajeno a los nexos de causas y efectos. El acontecimiento es efecto producido por cuerpos que se entrechocan, se mezclan o separan, pero ese efecto del que habla Deleuze implica que no pertenece nunca al orden de los cuerpos: es impalpable e inaccesible, de algún modo.

 

Megan M. Amabile, «Pasión entre dos mundos» ©

El acontecimiento, por tanto, se estructura no como un estado de cosas que puede servir como referente a una proposición, sino como un agregarle a la proposición algo más que la designación, la expresión y la significación, es decir, añadir el sentido; por ejemplo: el hecho de estar muerto es un estado de cosas en relación a la que una afirmación enunciada puede ser verdadera o falsa; morir es un acontecimiento que nunca verifica nada. La afirmación «John Lennon está muerto» designa un estado de cosas, expresa una opinión o creencia que alguien tiene, significa una afirmación y, además (este es el cuarto término que Deleuze agrega a la proposición en su libro Lógica del sentido), tiene un sentido: el morir. El sentido aquí es lo impalpable; por ejemplo, morir sucede como acontecimiento a John Lennon, pero la proposición indica que morir es lo que se dice de John Lennon en un enunciado. Por tanto, morir es la dimensión, el efecto incorporal que produce la bala, sentido y acontecimiento, punto sin espesor ni cuerpo que es esto de lo que se habla y que corre en la superficie de las cosas. El acontecimiento es lo que se dice de las cosas (no lo que le es atribuido, la cosa misma) y lo que sucede (no el proceso, no el estado). Para Deleuze, el sentido-acontecimiento es neutro como la muerte. Por lo tanto, él propone la necesidad de una gramática centrada en otro aspecto en relación con el lenguaje. El acontecimiento debe ser apartado de la forma de su atributo y categoría de ser, para introducirlo en otro verbo: morir, envejecer, etc.; así, el infinitivo otorga sentido en el lenguaje y lo hace circular en el discurso: aquello de lo que se habla. El sentido-acontecimiento es siempre tanto punta desplazada del presente como la eterna repetición del infinitivo. En conclusión, para Deleuze el acontecimiento es un incorporal en la superficie de las cosas y las palabras, es el sentido de la proposición; en el discurso, está atravesado por el verbo punto infinitivo del presente.

Desde ambas formas de mirar el acontecimiento, podemos constatar que éste nunca es, salvo en el orden del discurso, de la escritura de la historia; de ahí que el acontecimiento, como un incorporal que corre por la superficie de los cuerpos, sólo muestra del pasado o del presente un tiempo de ausencias, aquello que ya no está de un otro pasado, aquello que se escapa en el instante del presente y que ronda sólo como un espectro. De este modo, lo que se puede problematizar como deconstrucción en curso es que el espacio de la representación, del trazo o del discurso histórico nos atraviesa como una espectrografía[5], en donde aquello que llamamos lo virtual (la mediación teletecnológica) permite una experiencia del tiempo en donde lo real es lo que se resiste siempre a ser simbolizado y al mismo tiempo es su condición de posibilidad.

Esta es la paradoja que nos lanzan estas dos formas de conceptualizar el acontecimiento: por un lado, se tiene el efecto de realidad que produce en el espectador, en el usuario, en el productor mismo: el acontecimiento es real, está ahí, en la fotografía, en la imagen, aun en el discurso. La experiencia misma del sujeto constata que el acontecimiento ocurre, que algo pasa sobre el cuerpo, la vida y el lenguaje; sin embargo, lo real se resiste a ser simbolizado al ser mediado por la técnica, es decir, sólo nos genera un efecto de realidad. Por otro lado, el sujeto asume una posición de lo que  Slavoj Žižek llama «sujeto supuesto creer»[6]. Una lección que las reflexiones teóricas sobre la historia han dejado, es que la visión teleológica recorre al discurso histórico, haciendo casi imposible salir de ella. Conocemos el final de la historia, ¿cuál es nuestro verdadero interés en saberla? Si aplicamos esta noción de «sujeto supuesto creer», podemos decir que los sujetos están conscientes de cómo son las cosas, es decir, la historia no es exactamente como la dicen los historiadores; la paradoja es, por tanto, que actúan como si no lo supieran y siguen una ilusión de realidad del pasado histórico, fetichizándolo como cosa. Al mismo tiempo, se juega la posición de lo que Lacan llama «sujeto supuesto saber»; esto implica que lo que realmente nos interesa no es que se demuestre el final de la historia, cómo llegaron las cosas a ser lo que son, ni sus causas o efectos, puesto que ya los conocemos de antemano; el verdadero interés está en el mero proceso de desciframiento, no en el resultado.

Ante esta problemática y paradojas, hay que insistir en la pregunta: ¿cómo el espacio de la representación vinculado al espacio historiográfico es transformado por las nuevas tecnologías de la comunicación y sus continuas y aceleradas mutaciones? Cualquier respuesta posible implica pensar, aquí, en lo virtual.

Aquí es donde una deconstrucción en curso ha delineado los contornos para pensar de otro modo el acontecimiento y continuar reflexionando sobre su constitución. Para Derrida el tiempo, el acontecimiento y nuestra percepción y experiencia del tiempo son radicalmente transformados por la técnica, al mismo tiempo que la técnica es transformada por el tiempo. Esto lo lleva a un interés por reconstruir de qué manera la representación de toda actualidad o de la ficción, así como de la historia, son afectadas por las transformaciones técnicas.

Para Derrida, como muestra en Ecografías de la televisión, la deconstrucción es sensible al modo en que los medios crean técnicamente el acontecimiento al producirlo. Derrida llamará a este acto artefactualidad, es decir, a la técnica que produce la realidad que da a ver, pero que no produce el acontecimiento[7]. La artefactualidad no es tanto la negación del acontecimiento como la demostración de que la realidad y el acontecimiento son producidos y performados técnicamente, de tal modo que no existen los hechos; esto es, acontecimientos cuyo sentido estaría dado, registrado y no modificado por su recepción en la información en la historia. A diferencia de Baudrillard, para Derrida no se trata de fingir creer que la guerra del golfo nunca tuvo lugar, pues aunque es cierto que para nosotros no tuvo otra existencia más que mediática, y de algún modo virtual, lo que Baudrillard en realidad indica es que los simulacros de imágenes, la televisión, la manipulación de la información, el reportaje han anulado el acontecimiento, o más bien, diría yo, lo han producido como un simple simulacro.

Por eso, para Derrida se trata del acontecimiento como un devenir-simulacro del acontecimiento inscrito en el centro mismo de la estructura del acontecer: el acontecimiento deviene simulacro de sí mismo, se des-realiza a partir del momento en que deviene acontecimiento (repitiéndose a través de la información y diferenciándose entonces de sí mismo). De esta manera, el acontecimiento está atravesado por la iterabilidad, pues la repetición y la exposición es lo que lo constituye. El acontecimiento es, de este modo, repetido y alterado. Es por eso que esta iterabilidad altera el acontecimiento y lo determina desde que hay archivo, memoria, representación, en suma, historia. En consecuencia, se puede afirmar que el acontecimiento se deconstruye en su propio movimiento, borrándose, pues no sucede sino repitiéndose y alterándose.

Para Derrida, este borrado estructural del acontecimiento implica una responsabilidad en cuanto a la memoria de lo que ha tenido lugar, de tal modo que el acontecimiento se borra en la memoria que lo repite, y debe, por lo mismo, trabajarse para no olvidarlo y para no olvidar ese borrado constitutivo de la memoria. Ese tener lugar se sella en aquello que los muertos tienen de imborrable: su singularidad.

Por otra parte, si se recuerda que la deconstrucción no opera dialécticamente sino a partir de la différance, la deconstrucción de la actualidad y de su producción técnica mediática no es unilateral tampoco: no reconcilia en ninguna síntesis la contradicción aparente que hay entre el devenir-simulacro del acontecimiento y la singularidad de su tener-lugar. Derrida afirma que resistir y pensar esta contradicción implica la responsabilidad deconstructiva en relación con el acontecimiento. Esta responsabilidad consistiría en analizar, al mismo tiempo, la singularidad del acontecimiento y su borrado en el simulacro mediante la posibilidad del trabajo sobre el archivo y lo que éste borra para preservarse. En otras palabras, se trata de analizar el archivo del acontecimiento, en cuanto a cómo éste ha sido producido y archivado.

La técnica es lo que altera los valores de espacio y tiempo: hace pensar el futuro antes del pasado y el pasado luego del futuro, lo que nos coloca, precisamente, en la noción de espectros que articula Derrida. En varios trabajos, Derrida se refiere a ellos: los espectros aparecen desde que hay inscripción o registro técnico: «Como sabemos que, una vez tomada, una vez captada, tal imagen podrá ser reproducida en nuestra ausencia, estamos ya asediados por ese futuro que lleva nuestra muerte. Nuestra desaparición ya está allí»[8].

Se plantea la nueva interrogante: ¿qué significa entonces esta proliferación de espectros o de fantasmas por la técnica? Los espectros no son sólo aquello que nos mira y aquello cuya mirada no podemos cruzar: son también lo que regresa, el retorno de lo que ha pasado, el retorno en otro, lo que altera la cronología, pues lo que ha pasado se vuelve, por ellos, futuro.

Por tanto, el acontecimiento lo podemos situar ya como una espectrografía que cumple con la noción de huella derridiana: ser reproducido en ausencia de quien lo produjo. La reproducción técnica es constitutiva de la huella, por lo que es posible pensar la huella como lo que vuelve, y la reproducción técnica produce un efecto de asedio: deja entrever y hace aparecer la posibilidad de nuestra desaparición y nuestra ausencia: en una fotografía, la imagen nos sobrevivirá, además de que ya ha comenzado a hacerlo desde que ha sido tomada.

¿Qué queda, pues, del acontecimiento? Una espectrografía; la paradoja entre sus efectos; el fingir creer, y la responsabilidad de la deconstrucción del concepto de archivo; pero además, lo que Derrida llama el acontecimiento por-venir.

 

 

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Ricardo Nava Murcia.Universidad Iberoamericana.

 

NOTAS


[1]Philip K. Dick, El hombre en el castillo, Barcelona, Ediciones Minotauro, 2002.

[2] François Hartog, Regímenes de historicidad, México, Universidad Iberoamericana, 2007.

[3] Michel de Certeau, La escritura de la historia, México, Universidad Iberoamericana, 1993, pp. 67-118.

[4]Michel Foucault, “Theatrum philosophicum” en Michel Foucault y Gilles Deleuze, Theatrum philosophicum seguido de Repetición y diferencia, Barcelona, Anagrama, 2005, pp. 7-47.

[5] Concepto tomado del trabajo colectivo sobre el libro de Espectros de  Marx de Jacques Derrida, coordinado por Cristina de Peretti, intitulado Espectrografías (desde Marx y Derrida), Madrid, Editorial Trotta, 1998.

[6] Slavoj Žižek, Mirando al sesgo. Una introducción a Jacques Lacan a través de la cultura popular, Buenos Aires, Editorial Paidós, 2000, pp. 45-60.

[7] Jacques Derrida y Bernard Stiegler, Ecografías de la televisión. Entrevistas filmadas, Buenos Aires, Editorial Eudeba, 1998, p. 15.

[8] Ibid., p. 141.

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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