De alma americanoespañola: Rubén Darío

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Figura central del modernismo en las letras, Rubén Darío constituye acaso el mayor ejemplo de la universalidad de la literatura en lengua española. En este texto, Berta Guerrero ejemplifica y reflexiona sobre la mutua relación influyente entre el escritor nicaragüense y España.

 

 

            Español de América y americano de España.

Rubén Darío, Historia de mis libros

 

… americanoespañola…

Rubén Darío, España contemporánea

 

 

Berta Guerrero Almagro

 

Quizá una de las síntesis más estrechas en la literatura en lengua española sea la que forman Rubén Darío y el ámbito hispánico. En la persona de Darío queda concretado el proyecto modernista: universalidad y, a la vez, autoconocimiento. La armonía fraterna entre España y América se define bajo el rótulo de «hispanismo», del que Darío será uno de los principales embajadores. Son variados los testimonios donde manifiesta dicha comunión. En verso, recoge alabanzas hispánicas en poemarios como Cantos de vida y esperanza, y confirma tal evidencia sobre la obra en Historia de mis libros, donde apunta que se encuentra «mucho hispanismo en este libro mío; ya haga su salutación el optimista […] o celebre la aparición de Cyrano en España […] o haga hablar a D. Diego de Silva Velázquez y a D. Luis de Argote y Góngora, o loe a Cervantes, o a Goya, o escriba la Letanía de Nuestro Señor Don Quijote, ¡Hispania por siempre!» (1919, 206-207). En prosa, Darío muestra este enlace desde el inicio de España contemporánea y transmite su encanto por «el país maternal que el alma americana –americanoespañola– ha de saludar siempre con respeto, ha de querer con cariño hondo» (2013, 37).

Si el modernismo implicó un afrancesamiento, no es menos cierto que supuso una potenciación del concepto de hispanidad (Abellán: 2007, 16) al proclamar la vinculación de los continentes al saludo musical de «Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / Espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!» («Salutación del optimista» [Darío: 2003, 344]).

Pero también en su producción anterior puede rastrearse este sentimiento. En la obra de Darío está el culto a los grandes autores españoles; así se revela en una obra impregnada de cosmopolitismo como Prosas profanas, donde dichas figuras son recordadas en las «Palabras liminares»:

 

El abuelo español de barba blanca me señala una serie de retratos ilustres: «Éste, me dice, es el gran don Miguel de Cervantes Saavedra, genio y manco; éste es Lope de Vega, éste Garcilaso, éste Quintana». Yo le pregunto por el noble Gracián, por Teresa la Santa, por el bravo Góngora y el más fuerte de todos, don Francisco de Quevedo y Villegas. Después exclamo: «¡Shakespeare! ¡Dante! ¡Hugo!… (Y en mi interior: ¡Verlaine…!)» (Darío: 2015, 97).

 
Aun en la universalidad interna de Prosas profanas –«Ámame así, fatal, cosmopolita,/universal, inmensa, única, sola/ y todas; misteriosa y erudita: ámame mar y nube, espuma y ola» («Divagaciones», Darío: 2015, 107, vv. 129-132)– queda sitio para lo español:

 

O amor lleno de sol, amor de

España, amor lleno de púrpuras y oros;

amor que da el clavel, la flor

extraña regada con la sangre de los toros;

flor de gitanas, flor que amor recela,

amor de sangre y luz, pasiones locas;

flor que trasciende a clavo y a canela,

roja cual las heridas y las bocas.

(«Divagaciones», Darío: 2015, 107, vv. 81-889).

 
Viajero incansable, España fue destino repetido en la vida de Rubén Darío. Su primer viaje es en 1892 y tiene como objetivo asistir al IV Centenario del Descubrimiento de América en representación de Nicaragua. De este modo traba amistad con Juan Valera, Emilia Pardo Bazán, José Zorrilla y Ramón de Campoamor, entre otros. Se siente acogido en España[1] y en el país va a estrechar lazos con personas fundamentales para su producción, como Juan Ramón Jiménez, en su segundo viaje seis años después.

El 8 de diciembre de 1898, Darío se embarca en el vapor Vittoria con destino a España. Debe enviar cuatro crónicas al mes para el periódico La Nación donde informe sobre la situación en la que había quedado el país tras la Guerra hispano-estadounidense y el desastre del 98 –cuarenta crónicas, desde el 8 de diciembre de 1898 hasta el 7 de abril de 1900, que conformarán el volumen de España contemporánea–. El día 22 ya está en Barcelona, realiza un viaje a Navalsauz, en la provincia de Ávila, y el 1 de enero de 1899 llega a Madrid, donde residirá hasta abril de 1900.

Poeta de apasionada constancia –antes de Azul…, que escribe con veinte años y publica un año después, Darío ya había ensayado poemas con métrica, vocabulario y estilo diverso; «no se sabe de ningún otro poeta en ningún idioma que haya tenido un (auto)entrenamiento semejante» (Pacheco; 1999, 59)– y franco periodista –sus crónicas, según expresara Ángel Rama (1985), bien valieron como ámbito de experimentación modernista, pero Darío no solamente aprovechó ese espacio como tentativa innovadora, sino que dejó constancia de aspectos relativos a su biografía e incluso de su perspectiva ante determinados acontecimientos[2]–, la desbordante producción de Darío muestra apego a España también por la preocupación que hacia ella expresa; son muchas las alusiones apesadumbradas de Darío ante la decadencia del país: «porque si [España] ya no es la antigua poderosa, la dominadora imperial, amarla el doble, y si está herida, tender a ella mucho más» (Darío: 2013, 37). Esta preocupación emparenta a Darío con los escritores de la denominada Generación del 98, pero sin sucumbir a la abulia que caracteriza a estos. En Darío confluyen mundos y él los proyecta con el entusiasmo festivo del mejor anfitrión, irradiando en lo posible ese ardor a los escritores que intercambiaron circunstancias con él. Así lo registran testimonios posteriores como el de Gerardo Diego (2003, 455):

 

La esperanza en España, la fe en España en esos soberbios y luminosos versos –ningún poeta español ha cantado a España con inspiración tan soberana–, y poco después la fe y esperanza común a todas las patrias de la hispanidad en la sublime Salutación del optimista, que, con razón, consideraba Maeztu como el evangelio poético de nuestros destinos, convierten a Rubén Darío en el más alto poeta de cuantos cantaron a España, reaccionando con acentos de verdadera grandeza en medio de la desolación de la política y el derrotismo de la literatura.

 
Precisamente la atracción que Darío despierta en los escritores españoles del momento –Juan Ramón Jiménez, Ramón María del Valle Inclán o Jacinto Benavente– resulta fundamental para la renovación de la literatura española, con él en posición principal (Pacheco: 1999, 61). Esta relación, además de contribuir al progreso de la literatura, implicó el beneficio personal del propio nicaragüense: aunque, a comienzos del siglo xx, Darío se estableció en París –donde conoció a Antonio Machado, con el que conectó inmediatamente–, en 1905 regresó a España nombrado por el gobierno de Nicaragua para resolver un problema de territorio con Honduras, y fue en Madrid donde Juan Ramón Jiménez editó Cantos de vida y esperanza.

Además de íntimas amistades, Darío encontró en España una pareja sentimental. Conoció en Madrid a Francisca Sánchez del Pozo, quien sería su última compañera. Aunque estaba casado con Rosario Murillo, convivió con Francisca y tuvieron cuatro hijos –solo el último sobrevivió–. Además, su siguiente viaje a España es con ella como acompañante. Tras una estancia en Río de Janeiro y París, Darío viaja a Mallorca entre noviembre de 1906 y la primavera de 1907. Allí conoce al poeta Gabriel Alomar y al pintor Santiago Rusiñol, e inicia su novela La isla de oro, que queda inconclusa –algunos capítulos son publicados en La Nación–. Hubo un retorno a Mallorca, él solo, en 1913, desde octubre hasta el 27 de diciembre, invitado por Joan Sureda. Se hospedó en la cartuja de Valldemosa, donde ya habían recibido alojamiento Chopin y George Sand. Comenzó la novela El oro de Mallorca, casi una confesión autobiográfica a través de Benjamín Itaspes, álter ego de Darío. Al año siguiente, en 1914, se instala en Barcelona y se edita Canto a la Argentina y otros poemas.

Fecundas son, en definitiva, las relaciones entre Rubén Darío y España, un país donde era admirado y querido y un país que él también quiso. Con Darío se potencia el sentimiento de hispanismo, los contactos fueron tan productivos que todavía hoy se siguen recogiendo sus frutos al renovar la literatura en lengua española por siempre.

 

 

 

NOTAS

[1] «No sea yo sospechoso de falto de afectos a España. He probado mis simpatías de manera que no admite el caso discusión» (Darío: 2013, 64).

[2] «La Nación me ha enviado a Madrid a que diga la verdad, y no he de decir sino lo que en realidad observe y sienta. Por eso me informo en todas partes; por eso voy a todos los lugares» (Darío: 2013, 64).

 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

Abellán, José Luis Abellán, «España-América latina (1900-1940): la consolidación de una solidaridad», Revista de Indias, vol. LXVII, nº 239, 2007, pp. 15-32.

Darío, Rubén, Prosas profanas y otros poemas, edición de Ignacio Zuleta, Madrid, Castalia, 2015.

—, España contemporánea, edición de Noel Rivas Bravo, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2013.

—,  Azul…/ Cantos de vida y esperanza, edición de José María Martínez, Madrid, Cátedra, 2007.

–, La isla de oro/ El oro de Mallorca, edición, prólogo y notas de Luis Maristany, Barcelona, J.R.S. Editor, 1978.

—, Obras completas, El viaje a Nicaragua/ Historia de mis libros, vol. XVII, Madrid, Mundo latino, 1919.

Diego, Gerardo, «Los poetas de la generación del 98», Arbor, vol. 174, nº 687-688, 2003, pp. 453-462.

Pacheco, José Emilio, «1899: Rubén Darío vuelve a España», Letras libres, nº 6, 1999, pp. 58-61.

Rama, Ángel, Rubén Darío y el modernismo, Barcelona, Alfadil, 1985.

 

 

 

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Berta Guerrero Almagro (Murcia, 1990) realiza su tesis en poesía hispanoamericana comparada, dirigida por el catedrático Vicente Cervera Salinas en la Universidad de Murcia. Ha publicado El trasmundo dantesco en Ramos Sucre (2014). Artículos suyos se encuentran en revistas como Cartaphilus, Quimera, Tonos digital o El coloquio de los perros. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y Graduada en Piano por el Conservatorio Superior de Música de Murcia.

 

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