Dos o tres balazos

Por Drusila Torres

Pero no quiero decirte cómo llegué a esa pollería, cómo es que caí debajo de la mesa, me escondí como un ratón, me encogí de miedo, me oriné y lloré, o quizá primero lloré y después me oriné del susto. Por eso no me gusta recordar, porque después de ver la cara de mi hijo y de cerrar los ojos no he sentido nada mejor. Ahí me quedé y ahí quiero seguir. ¿Por qué tengo que recordar todo eso?

Para mis huerfanitos:

Ehécatl y Kevin


Drusila Torres


Dejé de sentir dolor cuando vi que la sangre corría por el suelo y cerré los ojos. Lo último que vi fue la cara de un niño, de mi hijo; pensé en él y dejé de sentirme, me fui. Pero no quiero decirte cómo llegué a esa pollería, cómo es que caí debajo de la mesa, me escondí como un ratón, me encogí de miedo, me oriné y lloré, o quizá primero lloré y después me oriné del susto. No quiero decirte. No me hagas recordar lo que sentí cuando llegó el Chaval a darme dos, tres tiros en la cabeza y dos o tres tiros en el estómago (¿cuáles fueron primero?). No quiero recordar porque vuelvo a tener coraje. Me da rabia pensar que ese niño chaparro, flaco, que nunca hablaba con nadie y a quien estuve a punto de matar a patadas… Me da coraje que ese niño haya tomado la pistola (o se la prestaron), haya ido a buscarme hasta mi calle, me haya retado y después yo, mi miedo, correr, esconderme y… Qué coraje siento ahora. Por eso no me gusta recordar, porque después de ver la cara de mi hijo y de cerrar los ojos no he sentido nada mejor. Ahí me quedé y ahí quiero seguir. ¿Por qué tengo que recordar todo eso?

Al Chaval lo conocí cuando era apenas un niño, como lo sigue siendo, pero más niño. Tenía como diez años pero parecía de cinco o siete: chaparrito, flaco, sin color en la cara; parecía retrasado mental. Casi no hablaba; se la pasaba sentado en la escalera de la entrada de su casa, no sé si pensando; no creo. Sus papás ya estaban bien muertos. A su papá lo mató su mamá en el hospital, después de la golpiza que le metieron los Zardos. Dicen que la señora lo mató para quedarse con la casa. Cuando el señor se murió, la señora y sus seis hijos se dedicaron a hacer fiestas en la casa, casi todos los días. Las hijas ya eran unas putas. Pero no le duró mucho el gusto a la señora porque ni un año le sobrevivió a su esposo: ella se murió solita de un ataque al corazón. Gorda, la señora, y encabronada hasta la madre con sus hijos, un día la hicieron enojar más de lo normal y se murió. Ahí en su casa se quedó tirada. Yo mismo fui a ayudar a las hijas a sacarla de la casa para llevarla al hospital, pero se veía que ya no había remedio: estaba toda fría; daba pena cargar un costal de grasa muerta. La señora llegó muerta al hospital. Los hijos festejaron al día siguiente; de ahí en adelante la casa se convirtió en un burdel, las hijas en unas putas y los hermanos en los padrotes, aunque el Chaval apenas tenía como diez años. Pobre chavo, siempre andaba sentado afuera de su casa, pensativo; ya no iba a la escuela, nadie lo mandaba, no hacía nada más que estar sentado ahí afuera de su casa, hasta que un día le dije «ven con nosotros», y sí, le dimos la mona y le gustó; después seguía sentado afuera de su casa, pero con la mona en la mano; ya no estaba pensando, solo inhalando la mona. Le enseñamos a robar, aunque no es muy difícil: sólo eliges a la persona, a una que tenga miedo. El miedo se puede oler, como dicen que hacen los perros. El miedo se puede oler. Hueles a la persona, te fijas que nadie de su familia te conozca, lo agarras en una calle sola, le dices que afloje y, como tiene miedo, te da todo; si no quiere, te lo chingas: le das unas patadas, o le sacas la pistola y le das unos putazos en la cara; si no hay pistola le sacas la navaja, y a güevo afloja; si no, te lo chingas.

El Chaval aprendió rápido a robar; tenía que aprender, si no, no comía. Todos sus hermanos se habían olvidado de él; su casa no era casa, era un pinche burdel, y él, sentado ahí afuera. O robaba o no comía. En ese tiempo yo andaba de novio de una chava de su cuadra; después tuve un hijo con ella, pero no me gustaba tener que rendir cuentas con la familia, así que me la llevé a mi casa, con mis papás, y ahí vivimos un buen rato, hasta que la Magui me dejó porque le pegaba. Es que me encabronaba que saliera, que se llevara al niño, que le hablara a otras personas. ¿Qué chingados tenía que hacer en la calle si tenía que estar en la casa cuidando al niño? Y me la chingaba un rato y se iba de nuevo con su mamá. Me encabronaba más que se fuera, y agarraba la pistola, me iba para su casa y le aventaba unos balazos en la puerta. Es que me cae en la madre su familia, ¿qué chingados se meten en lo que no les importa? Les armaba un pedo, les dejaba toda la puerta llena de hoyos, pero ni así regresaba la Magui.

Yo andaba robando: robaba carros, robaba motos y a veces en las tiendas, pero lo que más dejaba era vender grapas. Las de a treinta se acaban rápido. Ésas se venden bien en la noche, en el campo de frontón, donde todos van a jugar o a ver los partidos; ahí les llevas las grapas y se venden como pan. Te las compran los que juegan, los papás de los que juegan, los borrachos, las señoras; los chavos riquillos a veces van por unas, los que se quieren creer grandes, las putas, los teporochos; todos te compran las grapas de a treinta y eso deja mucho. Aunque a veces también sirve robar, porque un carro nuevo o viejo en el pueblo te lo compran luego luego, o los estéreos de los carros, o las partes de las motos. Pero a veces nada más robaba por chingar: me caía mal la gente chismosa, los miedosos, los borregos, y con esos me desquitaba; les robaba nada más para chingarlos. Ahí andaban todos moreteados y chillando por su carro o su moto, pero nunca se volvían a meter contigo, ni a hablar de ti: por eso lo hacía.

Cuando la Magui ya no regresó conmigo después de que le fui a balear su casa, todos los de la colonia se hicieron mis enemigos; ya no querían ni verme por ahí. El padrastro de la Magui me quería madrear, igual su mamá y su hermano; por eso yo también les tomé odio y me los quería chingar a todos, y también a la Magui para que se le quitara lo pendeja.

Como el Chaval era de la colonia de la Magui, ya no se juntó conmigo, sino que andaba solamente con el hermano de la Magui. Ellos también vendían grapas, mota y robaban carros, y ya tenían su propio negocio. Yo también tenía el mío. Ellos vendían en La Unidad y yo en el campo de frontón. A veces nos encontrábamos por La curva vendiendo o consiguiendo clientes. En La curva todos venden droga, de todos tipos: grapas, mota, pastillas, inyecciones; por eso era buen lugar para ir a conseguir clientes. Podías ir con los amigos y decirles que te pasara unos clientes: no les afectaba en nada porque en La curva vendían de a madres. Ahí estaban en la banqueta, sentados como esperando algo, pero ya traían cada quien su bolsita con cien o más grapas y se acababan dos o tres paquetes al día; por eso no había pedo en ir a conseguir unos clientes: nomás les dices que tú las das a treinta y que el material es bueno; se los das a probar, les gusta y ya después te andan buscando en tu casa o en los campos de frontón, o donde te los encuentres te piden unas.

Cada uno tiene su propio negocio, pero los clientes van adonde quieren, adonde es más barata, adonde hay mejor material, adonde hay. Por eso luego tienes que andarlos consiguiendo, los buscas y se las dejas barata al principio; ya cuando están bien metidos pues vienen solos y consiguen el dinero de donde pueden: de su trabajo o robando o vendiendo sus cosas, pero clientes siempre hay y para todos.

Varias veces yo fui a balear la casa de la Magui: la primera, cuando se salió de la casa con el niño, la primera vez que le pegué; después, cuando me dijo que ya no iba a regresar: me encabroné y le fui a hacer un desmadre a su casa. La tercera vez nomás porque andaba yo hasta la madre y de puritito coraje fui a dejarle unos hoyos a su puerta. Su mamá me decía que me calmara, o si no, me la iban a partir, que me iban a dar un estate quieto. Para ese tiempo, el chaval ya estaba más grandecito, igual de chaparro y de pendejo, pero ya tenía como 15 o 16 años y trabajaba con el hermano de la Magui vendiendo grapas; también robaba. Así fue como se consiguió su moto, su celular, sus tenis. Se había vuelto más listo para conseguir clientes. Como no le importaba quedar bien o mal con nadie, iba a los campos, a la curva o a La Unidad a conseguir clientes, a todas horas y todos los días. Con su cara de niño mono pasaba desapercibido, pero ya muchos sabían que él traía droga y le decían a los demás. Un día fue a la curva a vender y llevaba su moto, una moto verde que ya traía el búfer instalado y se escuchó la música desde que iba entrando por la curva, cuando la atravesó y salió de ella, luciendo la moto, la música y vendiendo, todo al mismo tiempo. Ese día me dieron ganas de chingármelo, pero yo iba solo y no llevaba carro ni pistola ni nada, por eso lo dejé. Pero su moto estaba chingona y nada más por eso me dieron ganas de quitársela y dejarlo bien pendejo, nomás para que le bajara de huevos y que no pensara ese pinche chamaco que nos iba a ganar: él apenas empezaba; a mí ya me habían costado dos años en la cárcel mis clientes y mi espacio, y ése creía que me iba a ganar.

Una noche yo andaba vendiendo en los campos de frontón, ahí con toda la banda, jugando frontón y moneando. El Chaval también fue a monear un rato; llevaba su moto, pero él iba solo y yo ahí estaba con unos amigos, y supe que ese momento era el bueno para darle baje con la moto y darle una buena chinga. Cuando ya estaba bien pasado me paré frente a él. No fue muy difícil darle unas patadas para tirarlo: está tan flaco, y además nunca se había peleado con nadie, por lo mismo de que parece niño y casi no habla, pero a mí ya me había cansado. Después agarré un palo que andaba por ahí y lo golpeé, y él sin poder defenderse chilló, gritó, me decía que ya, que ya, que ya, que lo dejara. Otros amigos me ayudaron a darle más patadas, en la cara, en el estómago, en todas las costillas. ¡Qué le duela!, ¡que se chingue el cabrón!, ¡ándale pendejo, toma, para que dejes de andar de presumido, sintiéndote la verga, pendejo, ándale! Agarren la moto –les dije, pero el chamaco no sé de dónde sacó fuerzas y se levantó. Yo estaba tomando la moto, pero él me empujó, me quitó, me tiró al suelo; no sé cómo lo hizo. Se subió a su moto y se fue gritando que iba a traer a su banda, que esto no se iba a quedar así, que iba a traer a la banda del Jonny y que me iban a partir la madre a mí y a todos nosotros, bola de pendejos, que ya nos habíamos chingado.

Creo que hasta ese momento conocí el coraje del Chaval. Nunca lo había escuchado hablar tanto, pero no me importaron sus palabras. En el fondo estaba buscando que trajera a la banda del Jonny, el tío de la Magui, para agarrarnos a madrazos entre todos y a ver quién caía primero, si ellos o yo. Pero no tenía miedo: todos ellos eran una bola de chamacos pendejos; sólo el hermano de la Magui y otros dos habían pisado la Correccional; los demás sólo se dedicaban a robar. En mi banda ya casi todos habíamos estado en el Reclusorio y antes en la Correccional. A mí me habían dado unos piquetes como a los 15 años, me fui a la Correccional a los 17 y pisé el Reclusorio cumplidos los 18 porque me agarraron robando unos carros. Nosotros ya estábamos más grandes y ellos apenas eran unos chamacos. El más viejo era el Jonny, que ya llevaba dos entradas al Reclusorio: la primera, por robo; la segunda, por homicidio; a eso se dedicaba: cuando se armaba la grande, él llegaba hasta el último y sólo a matar, como pasó en la fiesta mi hijo, cuando armaron un pedo como a las dos de la mañana. La banda del Jonny traía bronca con unos que fueron a la fiesta, y se esperaron a que se armara la bola. Cuando todos estaban bailando en la calle y la música estaba a todo volumen, primero se empezaron a pelear a madrazos, pero cuando agarraron al Macota, por el que iban, lo persiguieron hasta la esquina de la calle; el Jonny lo quiso alcanzar y le tiró unos balazos por la espalda; no se había dado cuenta de que la novia del Macota iba corriendo también y se cruzó en los balazos. El Macota corrió, el Jonny tuvo que esconderse, pero la chava quedó ahí tirada, en la esquina de la calle, con dos balazos en la espalada; ni gritó, ni se quejó, ni nada: estaba ahí muerta. La fiesta se acabó y todos se fueron a su casa. El sonido recogió en quince minutos. Una hora después llegaron las patrullas; la chava seguía tirada en la esquina de la calle. Nadie sabía nada, nadie salió de su casa, nadie supo responder, nadie quiso ir a declarar, nadie vio, nadie supo nada; sólo quedó la cruz en la esquina de la calle. Del Macota no se sabe nada; el Jonny regresó unos meses después y sigue matando gente, porque él solo aparece para matar.

Pero ¿por qué me haces hablar de todo esto? Esto sólo me recuerda el dolor que sentí cuando me entraron los balazos en el estómago (¿o habrán sido primero los de la cabeza?). Ese dolor intenso de la pólvora dentro de la piel, dentro del músculo, tocando el hueso. Me habían contado que se siente caliente, que te quema, pero no me habían dicho que doliera tanto que te daban ganas de gritar, de llorar, de orinar; eso no me lo contaron.

Ese día me levanté muy temprano y quería ir a dar una vuelta por el tianguis para ver cómo andaba el negocio, encontrarme con mis chavos y pedirles la cuenta de las trescientas grapas que les dejé en la noche. Los encontré enfrente de la iglesia, platicando entre ellos; ya me estaban esperando. Me dieron la cuenta: eran nueve mil pesos entre billetes y monedas; le di a cada uno trescientos pesos por su noche de trabajo y los invité a desayunar en el tianguis. Llegamos a un puesto de tacos, nos sentamos y pedimos unos refrescos. Hacía mucho calor. En el tianguis de los martes siempre hay mucha gente, por eso el calor se siente más fuerte. Escuché la moto desde lejos, la música estaba muy alta, traía encendido el búfer. Yo sabía que eran ellos porque ya los esperaba desde hace una semana; ya se habían tardado. Venían a armarme un pedo aquí en el tianguis y yo no andaba cargado, pero no tenía miedo. El Chaval dejó la moto cerca de una panadería, me buscó entre los puestos del tianguis, me encontró, se detuvo frente a mí.

—Ahora sí ya te chingaste cabrón –me dijo–, no te la vas a acabar.

—¿Con quién vienes, pendejo?, ¿crees que tú solo me vas a hacer algo?

—Viene conmigo el Rafa, pero yo solo te voy a partir la madre, cabrón. Me la debes y te dije que te ibas a chingar.

—A ver, pendejo, a ver, ¿qué me vas a hacer?

El Chaval sacó la pistola; yo no me lo esperaba, mucho menos de ese chamaco hijo de la chingada, pinche escuincle flaco, pendejo. Ahí sentí miedo, corrí, corrí, corrí, y el Chaval atrás de mí; el canijo podía correr también, y corría mucho. Corrimos entre los puestos del mercado. La gente caminaba muy rápido; todos se escondían o se metían a sus casas. Yo seguía corriendo y el Chaval, atrás de mí, tiró un balazo, pero no me dio. Sentí más miedo. Sabía que no me iba a dar, pero debía esconderme. La pollería estaba abierta y me metí en ella, salté la mesa donde estaban los pollos y me escondí debajo de ella. El Chaval me alcanzó y ya no pude ni siquiera pararme; ya sabía lo que iba a pasar: ese pinche chamaco pendejo me iba a matar y yo no me estaba moviendo; yo estaba ahí tirado en el suelo, viendo nada más ¡qué pendejo soy!, ahí en el suelo, como marica, chillando, y me oriné, o me oriné y después chillé, no sé qué pasó primero. Vi la cara del Chaval, llena de odio; todavía la traía hinchada de la madriza que le dimos la semana pasada, pero su cara hinchada llena de odio era lo más horrible que había visto. Vi su cara entre roja y morada del odio y su mano que temblaba. «Ya te chingaste cabrón». Y me puse llorar y me oriné.

Creo que primero fue en el estómago. Sentí caliente, hirviendo; sentí fuego en el estómago y un pinche dolor… Quise gritar, pero no pude, porque vino otro y otro más, y cuando abrí la boca sólo salió sangre. No pude gritar, me dolía, me ardía, me estaba quemando la pinche pólvora dentro del estómago. Después la cabeza me estalló y me volvió a estallar; lo sentí en la sien y en la frente, sentí que todo mi cuerpo se incendiaba, explotaba, y sentí un inmenso dolor, y ya no pude gritar; sólo vi el piso lleno de sangre, mi ropa llena de sangre, mi cara llena de sangre, y entonces vi la cara de mi hijo y quise cerrar los ojos, y adentro de mis ojos estaba la cara de mi hijo; entonces dejé de sentir dolor, me sentí tan bien así, con la cara de mi hijo por todos lados, que ya no quise pensar y me fui.

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Drusila Torres Zúñiga (Ciudad de México). Licenciada en Letras Hispánicas por la UNAM. En 2009 obtuvo el Primer lugar del Premio Nacional al Estudiante Universitario José Emilio Pacheco, en la categoría de poesía.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. Sigo impactada!!

  2. Enrique Cabrera Colón Diciembre 9, 2010 at 2:51 pm

    Cuelquier parecido con la actualidad, es la pura neta! Para la próxima mejor algo parecido a las niñas bien, que necesidad de leer con el jesus en la boca!. Ah! prefiero leer tus poemas.

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