Dos cuentos de Alberto Chimal

Ofrecemos dos cuentos de «Manda fuego», antología personal de Alberto Chimal publicada por el Fondo Editorial Estado de México en 2013.

La catarata

Al bebé, pequeño, frágil, su cabeza todavía desnuda, lo tienen ya sobre la pila. Está despierto: siente la humedad, intuye el frío que cala a la piedra aunque no los conozca ni sepa nombrarlos. Los padres, de pronto, parecen indecisos. Pasan segundos. Los mira el sacerdote. Nosotros, amontonados, quitándonos la palabra en murmullos temblorosos, trepidamos, especulamos. ¿Qué harán? ¿Le irán a poner (después de todo) Hermenegildo? ¿Le pondrán Óscar, Diocleciano, Ramachandra? ¿Piotr, Leonardo? ¿Humberto, Lloyd, Sabú, Carlos, Antonio, Werner, François, Pendelfo, Abderramán, Fructuoso, Berengario, Clodomiro, Florián, Jasón, Guglielmo, Lee, Clark Kent, Martín Lutero, Rocambole, Cthulhu…? —Mauricio –dicen. —¿Qué? —Ya dijeron Mauricio. —¿Mauricio? —Y Alberto. De hecho, Mauricio Alberto. —¿Mauricio Alberto? —¿A qué horas? –y algunos no lo quieren creer, se demoran en la negación, pero es verdad: el agua del cuenco se derrama sobre la piel tan joven, y todos caemos con ella, todos desesperados, todos queriendo nadar con al menos una ilusión de bracitos y piernitas, de fuerza corporal y en verdad 50 de cuerpo, y como no tenemos, no nos queda sino seguir para abajo, cada vez más rápido, hasta dar con la frente que no entiende nada, y a la que solo Mauricio, el muy detestable, y el perro de Alberto, se pueden asir con las garras que les dio el rito, y se vuelven marca en el cuerpo y se vuelven el niño, y nos ven a todos los demás mientras resbalamos, rechazados; mientras volvemos, todos, Óscar, Diocleciano, Ramachandra, Piotr, Leonardo, Humberto, Lloyd, Sabú, Carlos, Antonio, Werner, François, Pendelfo, Abderramán, Fructuoso, Berengario, Clodomiro, Florián, Jasón, Guglielmo, Lee, Clark Kent, Martín Lutero, Rocambole, Cthulhu, Peter, Terencio, Goran, Emil, Cuauhtli, todos los nombres que volvemos en la catarata pequeñísima hacia el fondo de la pila, el fondo de los recuerdos y las posibilidades, a dormir hasta la siguiente ceremonia. Mauricio es «oscuro» y Alberto es «brillante»; la elección, nos decimos, tiene su poesía: —Aunque el conjunto suena horrible. —Espantoso. —¡Lo van a hacer un desdichado! –grita Belerofonte, pero los padres y Mauricio Alberto, que ya se van, no pueden escucharnos. Nuestras voces son el rumor del agua que se agita. Abajo, más en lo oscuro, laten los sueños y los monstruos.

[2006]

 

 

Manda fuego

Luego del primer canto y del sermón y del segundo canto, a la hora de cantar otra vez, el grupo tocó tan bien, entonó la invocación con tal fervor y fe y sentimiento, que los 20 o 25 de todas las semanas empezaron tras pocos minutos a tambalearse y caerse y hablar en lenguas, pero cuando ya estaban en el suelo, de pronto, también cayeron otros 10 o 12. Y luego otros tantos. Y luego cuatro desde el entrepiso, espectaculares. Y luego 40 de un solo golpe. Y luego el pastor, que hasta entonces no creía. Y luego los del grupo, sin dejar de cantar, dieron todos en el suelo, y se quebraron las guitarras bajo los cuerpos, pero ya no lo supieron, y luego hasta la señorita Herlinda, que chillaba de miedo cuando los caídos se convulsionaban y se agarraban a sus piernas, chilló otra vez pero de gusto porque de la boca le salían el arameo y el judío y saliva y la lengua pero también quién sabe cuántos otros idiomas extra, todos juntos, y tanta era su alegría y su paz que levantaba las dos piernas hacia arriba y luego daba en el piso de cemento, y también con las manos y con la cabeza, y no había pasado nada de tiempo y ya se le estaba olvidando su nombre y dónde acababan su cuerpo y su ropa y dónde empezaba el mundo, y qué lejos está Dios, y dijo AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA y todos en el templo decían AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA AAAAAA y ya no se enteraron pero ¡oh, maravilla!, porque mientras el templo se llenaba con sus voces cada vez más jubilosas, 162 y ellos más se entregaban y lo sentían en su alma, en su corazón, en lo profundo de su ser lo sentían, en el taller y la bodega y en el hotel y en todos los edificios alrededor, la gente oía el AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA y tan hermosas eran la fe y la alegría y la energía musical del AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA que también ellos se ponían también a decir AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA, y se caían al suelo o por las ventanas o en medio de las calles y se retorcían y se golpeaban sobre los coches y en las banquetas y unos encima de otros y cada vez era más fuerte el AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA, y se extendía en todas direcciones y se escuchaba cada vez más fuerte y después de un rato la gente lo podía ver además de oír y desde muy lejos, como una ola de carne palpitante y serena y dulce que hacia AAAAAAAAAAAAAAAAAAA, y estaba feliz feliz feliz feliz feliz porque Dios es grande y Dios llega hasta el mundo y hace milagros y de pronto tenían miedo los que veían, pero en cuanto les llegaba la fe, en cuanto les llegaba la palabra, en cuanto les llegaban el testimonio y el AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA todo tremendo y salpicado por ahí de romano o de filisteo o de lo que sea que fuera ya no tenían miedo ni nada y también les llegaba la alegría y se tambaleaban por la alegría y decían AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA y entonces de ese modo crecían la presencia de Dios, el testimonio de Dios, y lo malo era que algunas personas eran menos abiertas que otras, más cerradas, más hechas al mundo y entonces en lugar de decir AAAAAAAAAAAAAAAAAAA como todos los demás decían AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA, pero de otro tipo y se echaban a correr y no dejaban de decir AAAAAAAAAAAAAAA y corrían todo lo que era posible y cuando ya no podían se subían en coches o camiones o bicicletas o patinetas o si lo que pasaba era que había demasiada gente adelante tapando la calle se empujaban y se pisoteaban y se trepaban unos en otros, y lo mismo 163 pasaba en donde estuvieran, ya fuera en los túneles o los pasos a desnivel o las terminales de autobuses o los aeropuertos, y sin detenerse y sin dejar de decir su AAAAAAAAAAAAAAAAAAA, que no era como el otro AAAAAAAAAAAAAAAA, se echaban unos sobre otros y se mataban y se arrancaban las orejas y los ojos y dejaban cuerpos aplastados en pistas y andenes y banquetas y corrían y conducían y volaban locamente, y luego de tanto horror como habían sentido por el AAAAAAAAAAAAAAA que no era de ellos sino de los demás que se quedaban en tierra, avanzando y diciendo AAAAAAAAAAAAAAAAA y felices porque hablaban japonés y ruso y BASIC y esperanto y todo y el mundo entero los podría escuchar dar fe de la alegría de Dios y de la gloria de Dios y de la palabra de Dios y de la presencia de Dios, de tanto horror que sentían los que escapaban, digo, no se les olvidaba nada de lo que dejaban atrás pero ya lejos sentían alivio, sentían contento, paraban de sufrir y daban gracias y hasta empezaban a cantar y a gritar AAAAAAAAAAAAAAAAA y sobre un mapa se podían trazar sus rutas, regueros de chispas como avanzada de la explosión, rayos de una misma rueda grande grandísima, oh, qué grande, qué grande es el Señor, haces de luz abriéndose cual flores, una sola flor de la paz y la felicidad…

 

[2006]

 

Cuentos reproducidos en Cuadrivio con la autorización del autor.

(Visited 183 times, 1 visits today)

Posted by Alberto Chimal

Alberto Chimal (Toluca, 1970) es narrador, dramaturgo y ensayista. Colaborador de Arena, Casa del Tiempo, Crítica, El Ángel, Hoja por Hoja, La Jornada Semanal y Letras Libres. Artista residente en el Banff Centre for the Arts, en Alberta, Canadá, 2002. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés, húngaro y esperanto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.