Doce machos

Última entrega de nuestra serie «Cuentos sobre el Norte mexicano». Elpidia García esboza la añoranza y el deseo en este relato cargado de buen humor.

Esta es la última entrega de «Cuentos sobre el Norte mexicano». Se eligieron a cuatro narradores contemporáneos –mujeres y hombres, norteños y no– de diferentes décadas, para lograr una mirada panorámica, general, a lo que se escribe hoy sobre el vasto imaginario en esta zona de México. La cuarta invitada es Elpidia García, escritora de los sesenta radicada en Ciudad Juárez, que en este texto inédito se aleja de sus narraciones bien ancladas en el espacio para contar, mediante un flujo de conciencia, una viñeta brevísima y redondeada. Aunque fue escrito por una narradora norteña, se trata del relato menos «norteño» de los cuatro: podría situarse en cualquier parte, pero es inevitable notar que el imaginario del Norte rezuma, sutilísimo, en la atmósfera cálida, en ciertos símiles. Es este un tratado sobre el deseo femenino, con una mirada incisiva, crítica, y con un muy saludable sentido del humor.

 

 

Elpidia García

 

Doce hombres con corbata salieron en fila de la sala de juntas en la que habían estado por un buen tiempo a puerta cerrada. Era una reunión semanal en la que discutían soluciones para problemas reportados por los clientes. En esa ocasión, la queja ameritaba debatir y analizar con detalle las acciones propuestas. Yo era la responsable de agendar las reuniones en ese lugar. Después de ellos, la sala se ocuparía con los asistentes a la junta gerencial, así que me adelanté para asegurar que todo estuviera listo: el proyector, la televisión y el teléfono de videoconferencias; también había que preparar el café y poner galletas en un platón.

Nada más entrar, noté un fuerte aroma en el ambiente que me hizo pensar en algo animalesco, en cavernas y neandertales. Esto animó mi curiosidad. Cerré la puerta por dentro, para evitar que las moléculas aromáticas escaparan, y me puse a olisquear como un perro tras un hueso escondido alrededor del rectángulo de la mesa. Quería saber si el olor provenía de alguna de las doce sillas acojinadas o si se esparcía por todo el lugar. No pude averiguarlo. Más intrigada aún, descubrí que era más intenso en la parte inferior, quizá a la altura de las sillas o algo más abajo, y para indagarlo me metí debajo de la mesa. Cerré los ojos para concentrarme mejor y me puse a gatear sobre la alfombra. Percibí efluvios de pies aprisionados en zapatos de piel mezclados con los de macho. Husmeé en los asientos de algunas sillas. Hubiera querido tener el olfato del can, diez mil veces mejor que el de los humanos, para identificar la huella olorosa de cada uno de los que estuvieron allí. ¡Vaya idea insensata la mía! ¿Se habría sentado Arturo, el gigante de dos metros y ocho centímetros, en esta silla? Tal vez por su altura y corpulencia habría dejado más rastro. O quizá Javier, el jefe de todos ellos, que para hacerse notar como el líder de la manada emanaría sus humores de macho alfa sin limitación. Doce hombres argumentaron ahí, algunos estresados por el peso de la responsabilidad. Discutieron. Hicieron sus planteamientos con agudeza. Compitieron entre ellos por ofrecer el mejor arreglo. Sudaron. Seguramente todo eso activó su sistema hormonal y dejó la estancia perfumada a madriguera. Con cierta dificultad, salí de ese cubil de cuatro patas.

Más arriba de las sillas era otra la impronta almizclada. Fragancias de colonias también flotaban como el ámbar gris del cachalote en el mar, amalgamadas con la testosterona de los doce. Sí que identifiqué alguna, e incluso a los que se perfumaron con ellas. Las usaban a diario, como la Lacoste Bleu de Roberto, pero el olor animal era más poderoso todavía. ¿Qué me estaba sucediendo? Mi olfato estaba hipersensible esa mañana. ¿Se debería a mi nivel de estrógeno en su punto álgido? Una sensación de euforia me invadió: mi cerebro producía endorfinas a lo loco. Aspiré todavía más los hálitos suspensos y me pensé desnuda en una cueva de trogloditas a merced de sus instintos primitivos. Mis doce compañeros peludos, locos de excitación, gruñían amenazantes a punto de pelear a garrotazos hasta la muerte por poseerme. Fantaseé, pícara, con que Arturo, el gigante, tendría más posibilidades de ganar la lucha y me vi frente a él como gata acorralada y llena de espanto en un rincón.

Los desvaríos que me provocó lo que ondeaba, incorpóreo, que debía provenir de los poros de las ingles, las axilas, o el sudor del grupo de los doce, ya eran exacerbados y aun advertí cierta humedad en la entrepierna. ¡Qué loca, absurda imaginación! Tocaron a la puerta y supe que eran los gerentes de la junta. Salí turbada, como quien abre la puerta de su dormitorio sin airear a un desconocido: con vergüenza y preocupación de que descubra sus humores y ensanche sus narinas. Pregunté con discreción a una amiga que acababa de entrar si percibía algún olor extraño. Me respondió que no, se acercó a la mesita de la cafetera y me reclamó:

—Sarita, ¿no ha hecho el café todavía? ¿Y por qué no ha prendido el aire acondicionado, mujer? ¡Con el calor que hace!

Poco a poco, el aire acondicionado y la puerta abierta oxigenaron el ambiente y el olor a semental desapareció. O eso creí.

El recuerdo de ese olor concentrado se quedó conmigo todo el día: mientras preparaba correspondencia y ordenaba papelería, al contestar el teléfono y al redactar emails. Me hizo compañía durante la comida y mucho después. No era desconocido ni mucho menos: me trajo recuerdos, experiencias de voluptuosidad, de gozo, y logró que algo silenciado, algo que el tiempo no había cubierto totalmente de olvido, renaciera. No sentí nostalgia de aquel ardor juvenil, sino alegría de que la naturaleza, que nos aturde la pasión, que la reemplaza con la razón en el crepúsculo de la existencia, me permitiera revivir el deseo, latente solo, y me di cuenta de que jamás moriría. Hubiera querido aprisionar esa evocación perfumada en una cajita, como se guardan las cartas de amor, las fotografías amadas.

Al llegar a casa, deseé encontrar a Alfonso esperándome lujurioso, listo para arrancarme la ropa y llevarme a la cama como antaño, pero solo estaban su retrato en la pared, un perro medio ciego meneando la cola y una gata aburrida echada en el sillón. ¿Qué más podía tener una vieja como yo?

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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