El deseo en tiempos modernos

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Presentamos «Pensamiento cinemático», columna mensual en la que Yelenia Cuervo invitará a los lectores de Cuadrivio a pensar de manera crítica el universo cinematrográfico examinando no solo el valor estético de las películas sino también la visión del mundo y las ideologías que proyectan. En esta primera entrega, Yelenia hace una crítica de Bang Gang: una historia moderna de amor, opera prima de la francesa Eva Husson que, tras las orgías y los orgasmos, esconde una silenciosa intención moralizante.

 

 

Yelenia Cuervo

  

De todas las historias, las más fascinantes siempre resultan ser aquellas que tienen que ver con el deseo, el crimen o la sexualidad, porque el erotismo es la fuerza que irrumpe todo lo establecido, violencia primigenia que trastoca el orden de la vida, del trabajo y del saber. Experiencia extática que aparece cuando perdemos nuestra individualidad para fusionarnos con otro que ha perdido también el mundo que lo sostiene. Suerte de salida de nosotros mismos, expulsión aterradora que nos trastoca hasta asemejar la experiencia erótica con una «pequeña muerte», aquella que la tradición francesa encarnó en el orgasmo.[1] En la práctica del erotismo ya nada importa, solo el ritmo con el que los cuerpos danzan y se religan en un instante.

La sexualidad desenfrenada y el erotismo que transforma la vida cotidiana de un grupo de adolescentes son los tópicos que guían la cinta Bang Gang: Une histoire d’amour moderne, opera prima de la realizadora francesa Eva Husson basada en hechos reales ocurridos en Atlanta. El filme se exhibió en el Festival Internacional de Cine de Toronto en el 2015 y llegó a México hace un par de meses en el circuito de exhibición de la Cineteca Nacional.

Se sabe que el término gang bang se refiere a un tipo de orgía donde se mantienen relaciones sexuales con varias personas al mismo tiempo; incluso existen sitios clandestinos en diversos países donde se practica de forma habitual (aunque todo se lleve a cabo furtivamente), donde las invitaciones se hacen por medio de internet y los participantes requieren de contraseñas para ingresar al lugar, que por lo general son casas comunes y corrientes. También se sabe que el gang bang es un género de la industria pornográfica donde una mujer tiene sexo con un número indefinido de hombres –incluso se ha establecido un récord: ¡con una cifra mayor a los 900!

 

 

Sin embargo, lo que observamos en el filme no es precisamente pornografía, pues esta produce un efecto inesperado a partir de una fantasía sexual y al mismo tiempo despliega lo ya conocido, en un juego que se manifiesta en el imaginario del espectador. En el caso de Bang Gang: una historia moderna de amor, las escenas sexuales están en planos cerrados y la desnudez que se muestra se parece más una exposición de los cuerpos en un estado de naturalidad, quizá desde la perspectiva que señala el filósofo Jean-Luc Nancy, donde nuestra única naturaleza es ser cuerpo en un constante vaivén de señales, advertencias, guiños o gestos descriptivos; siempre rozándonos unos con otros.

La crítica cinematográfica le dio una valoración media a la película y en algunos casos se dijo que era una cinta sosa sin ninguna aportación narrativa ni estética, pues a fin de cuentas solo exhibía los excesos y vacíos propios de la juventud contemporánea. No obstante, me parece que más allá de los juegos eróticos que se desarrollan en la trama, existe un ejercicio ideológico que opera a lo largo del filme y que se manifiesta en la transformación de los personajes, cuestión que me interesa rescatar y que expondré más adelante.

El largometraje narra la historia de un grupo de adolescentes situados en la ciudad de Biarritz, al suroeste de Francia. George, una chica de 16 años con gran belleza y sensualidad, es tachada como «fácil» y buleada constantemente por las otras chicas de la preparatoria, por lo que encuentra refugio en la amistad de Laetitia, que, a diferencia de George, es tímida y de un atractivo disimulado. Un encuentro sexual con Alex lleva a George a obsesionarse sentimentalmente con él y, para llamar su atención, empieza un juego colectivo: Bang Gang. Pronto Nikita, Gabriel y varios jóvenes de la escuela se incorporan a las fiestas sexuales donde exploran sus vivencias al límite.

En la primera escena la cámara enfoca las hojas de un jardín a través de una ventana. Un plano secuencia nos conduce hacia la intimidad de las habitaciones de la casa de Alex: ahí vemos a jóvenes desnudos tomándose fotos, chicas bailando al ritmo del efecto de una droga, algunos otros personajes metidos en una bañera, o grabando videos de una pareja teniendo relaciones sexuales. Festividad en la que imperan el deseo y la transgresión a través del ritmo de la banda sonora electrónica y electrizante que nos introduce a un estado de sensualidad voyerista.

Posteriormente, la estructura narrativa nos traslada al pasado por medio de un flash back que nos remite dos meses atrás. Una voz en off nos cuenta: «Fue un año que nadie olvidará, el invierno eterno y la oleada de calor… el año de Bang Gang». A partir de ese momento vamos conociendo la vida de los personajes: Laetitia vive únicamente con su padre, con el que lleva una relación aparentemente estable, a pesar de que en ocasiones las normas que le impone no le satisfagan. George, en cambio, vive con una familia que no está integrada, y se guía por su voluntad en la ausencia de autoridad; Alex experimenta una vida de tedio y de soledad sin ninguna figura paterna ni materna, pues su madre trabaja largas temporadas al exterior de Francia, situación que cambia cuando su amigo Nikita se muda con él. Por último, Gabriel es retraído y pocas veces se integra a la vida social, pues siempre está al cuidado de su padre, postrado en una silla de ruedas.

La transformación de los personajes se ve perturbada a raíz de las orgías que comienzan a realizar, pues George, que se mostraba sensual y segura durante la primera parte de la película, va develando una profunda soledad, primero a la luz de una obsesión por Alex y posteriormente al comenzar a explorar con mayor fuerza el juego del gang bang: una de las secuencias más significativas de la película es donde ella está recostada en una habitación y en el pasillo hay una fila de chicos que esperan su turno para fornicarla. Laetitia se descubre voyerista y prefiere observar más que tener sexo. Nikita y Alex comienzan una sexualidad sin mediación en un ir y venir de los cuerpos, y finalmente Gabriel, quien en su ostracismo se había negado a acudir a las fiestas, asiste con la intención de ver a George, de quien se ha enamorado.

La época de calor termina y junto con ella las orgías. A George le detectan sífilis y, bajo el interrogatorio que le hace la escuela, confiesa sobre sus prácticas sexuales. Pronto la noticia se expande, veintenas de estudiantes son llevados a la enfermería para realizarles exámenes de detección de enfermedades por transmisión sexual. Los padres reaccionan y aparece una redención moral en los personajes, como si la situación al límite los llevara a reencontrarse.

Es en este punto donde opera el contenido ideológico y la premisa de la historia: las situaciones extremas conllevan la claridad, pues al final todos los personajes pasan por un proceso de concientización: Alex se reencuentra física y emocionalmente con su madre en Marruecos; George y Gabriel comienzan una relación amorosa teñida por la luz: imagen romántica y trillada de ambos fundidos en un abrazo, bajo la luminosidad brillante de un sol que cubre sus cuerpos blancos y desnudos. En última instancia, prefiero pensar que, más que un happy end, lo que los ha unido es la magia de sus carencias emocionales, pues la oquedad de George se conecta inmediatamente con la inseguridad e introversión de Gabriel. Finalmente Laetitia es quien funge más como un personaje femenino empoderado, que quizá represente una visión de género de la directora, ya que en ella no hay culpa ni redención: simplemente continúa su vida, asume la responsabilidad de un aborto, la cura de la sífilis y continúa su vida sin aprehenderse a nada de lo acontecido.

Resulta interesante pensar sobre la forma en que son castigados estos adolescentes, pues pareciera que la sexualidad y el erotismo continúan siendo un tabú aún en nuestros días. De esta forma, la enfermedad es el catalizador para frenar la transgresión de lo prohibido y hallar una salvación existencial. Por supuesto, no afirmo que no deban existir prácticas de protección sexual, sino que el filme termina con un gran contenido ideológico moralizante, a pesar de que la juventud actual viva en una aparente relativización de los valores propia de la posmodernidad.

La película también expone el uso de la tecnología en la cotidianeidad de los adolescentes. La intimidad como espectáculo de la que hablaba Paula Sibilia –en donde las confesiones son más frecuentes en el discurso de las redes sociales– cobra relevancia no solo en la vivencia a partir del celular, los mensajes, las fotografías y el video, sino literalmente en la exposición de una intimidad sexual que se despliega en un sitio web, aunque en el caso de la trama solo sea accesible a los participantes del gang bang. Intimidad que adquiere sentido cuando es expuesta, reinventada y avasallada por los visitantes que se deleitan con su contenido.

En términos del lenguaje cinematográfico, también es rescatable la fotografía de la película, pues utiliza una paleta de colores apropiada para transmitir determinadas sensaciones al espectador. Las secuencias del verano y de la playa presentan colores cálidos, mientras que las escenas de corte erótico juegan con un dominio de la luz y de los claroscuros que generan la atmósfera propicia para la sensualidad y la transgresión.

Filme que invita a pensar en la manera en que los jóvenes viven actualmente: a través de la instantaneidad, de la intimidad vaciada en los artefactos tecnológicos, de la exploración de las drogas y los medios para reafirmar una identidad que a veces se antoja huidiza y efímera.

 

 

NOTA

[1] Cfr. Georges Bataille, El erotismo, traducción de Antoni Vicens, Barcelona, Tusquets, 1979.

 

 

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Yelenia Cuervo Moreno (1978, Ciudad de México) es licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, con estudios de posgrado en Estética por la misma institución, y maestra en Filosofía y Medios de Comunicación egresada del Instituto Salesiano de Estudios Superiores. Cursó el diplomado de Creación Literaria de la Sogem, así como el diplomado de Teoría y Análisis Cinematográfico en la Universidad Autónoma Metropolitana. Colaboró en la revista Horizontum con una columna sobre cine y actualmente escribe en la revista Sombra del aire.

 

 

1 comentario

  1. Maria del Rosario Haro Hernández

    Noviembre 1, 2017 at 6:40 am

    Con esta forma de ver el cine se antoja.

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