Desde el actor. El teatro, espejo y refugio de la conciencia

En una época dominada por la televisión, el cine y la avalancha de videos disponibles en internet, parecería un anacronismo acudir al teatro en busca de una experiencia estética o de un salvoconducto para huir de la agobiante cotidianidad. Sin embargo, como demuestra José Carriedo en este apasionado alegato, el teatro seguirá ofreciendo respuestas y alternativas al ser humano gracias a un ingrediente que, pese a su espectacularidad, los grandes medios audiovisuales de la actualidad no tienen: el vínculo directo, espiritual y muchas veces íntimo, entre el actor y el espectador que se congregan en un mismo espacio.

En una época dominada por la televisión, el cine y la avalancha de videos disponibles en internet, parecería un anacronismo acudir al teatro en busca de una experiencia estética o de un salvoconducto para huir de la agobiante cotidianidad. Sin embargo, como demuestra José Carriedo en este apasionado alegato, el teatro seguirá ofreciendo respuestas y alternativas al ser humano gracias a un ingrediente que, pese a su espectacularidad, los grandes medios audiovisuales de la actualidad no tienen: el vínculo directo, espiritual y muchas veces íntimo, entre el actor y el espectador que se congregan en un mismo espacio.

 

José Carriedo

 

¿De qué se trata la ficción teatral para ambas partes, actores y público?, ¿por qué importa tanto para el ser humano fugarse a mundos «irreales» a reír, llorar o simplemente conmoverse y entretenerse a través de historias vivas, de cuentos animados con carne y hueso?, ¿por qué, si existen mejores y más sencillos medios de acceder a la catarsis como son el cine, la televisión o internet, seguimos buscando el escenario repleto de actores, en la búsqueda de una ficción, de un gesto, de toda una obra que termine por responder a nuestras propias preguntas?, ¿por qué los actores nos desvivimos para hacer teatro, si no es negocio, cuesta muchísimo trabajo, no se compara la paga con lo que se recibe en la tele y lo ven tan pocas personas en relación con la audiencia de la televisión (el aforo de un recinto teatral es, cuando mucho, de unas mil personas, mientras que un programa televisivo con un bajo raiting es visto por uno o dos millones de personas). Quizás, como diría Bob Dylan, la respuesta está en el viento.

El teatro es una disciplina que no se encuentra en la lista actual de las llamadas «bellas artes» y, sin embargo, es la experiencia artística viva por antonomasia. Presenciar una obra abarca una relación cuasi litúrgica del actor y los espectadores, es casi imposible no conectar emocionalmente con el ser humano que desde el escenario nos transmite su visión de la historia que encarna (a menos, claro, de que se trate de un «mal teatro», el que está hecho sin rigor, sin calidad y sobre todo, sin discurso, un teatro cuya indiferencia al suceso que protagoniza lo hace tan desechable como los pañales para infantes recién llegados a este mundo). El buen teatro habla de la identidad y la verdad de los pueblos y refleja en un espejo la realidad en que vivimos. El hecho social que ya no es posible dejar en la escala de grises de una sociedad, se hace teatro; los sucesos que lo determinan acaban irremediablemente siendo representados en un escenario y desde que el mundo cuenta con memoria, el arte de la representación es necesaria pues, a través de la ficción, nuestra cada vez mas abrasiva realidad se torna entendible, edificante, despreciable o viceversa; lo más significativo, lo más grande, la aspiración de los pueblos, la vida misma es irremediablemente teatro. Es quizás este acto de realidad, encapsulado en el suspiro que dura abierto el telón, una de las relaciones más fuertes con el arte del mexicano promedio. La música sería la primera (está tan a la mano, que la conocemos y disfrutamos aún mientras manejamos), el cine (norteamericano, desde luego) la segunda, pero el teatro es probablemente la tercera según, reitero, la lógica de las taquillas (recordemos que el rating radiofónico y las hordas de gente en el Chopo o en el teatro Blanquita difícilmente mienten). La experiencia teatral, desde tiempos ancestrales, está presente como única forma de entender la realidad que nos rodea. La clave para entender su relación con nosotros reside en nuestras células mismas, en nuestra herencia genética que busca, a través de la representación, entender un poco más el entorno.

Los chamanes, los sacerdotes, los grandes juglares, los hechiceros y sabios, así como los oráculos de civilizaciones perdidas se valían del arte de la representación, de la ficción, del contacto consigo mismos para transmitir el vínculo del hombre con los «dioses», la necesidad del hombre de explicar los fenómenos más inauditos y bellos que proveía la naturaleza, la vida, los pesares mismos del existir. El actor es el juglar del alma, pues aspira a ser él mismo la obra de arte, trasladando su propio ser a la piel de un personaje que le permita transitar por su propia visión de la vida. El actor interpreta el mundo que pasa a través de su mirada, de su ser, de sus pasiones y penurias endémicas, de los propios latigazos que la sociedad le ha propinado así como de sus hieles más memorables. El actor, finalmente, es un filtro de la vida que busca incesante encontrar respuestas a sus propias preguntas y quizás, en esa infinita búsqueda, pueda alcanzar en ella misma algunas respuestas.

El cine y la televisión son, desde el punto de vista actoral, distintos (ni mejores ni peores), pues forman parte de obras consumadas, que nos conmueven y nos llevan al límite de nuestra catarsis, pero que dejan poco espacio para la interacción. Quizás por eso el teatro es tan potente, pues su vínculo vivo con el espectador es tan fuerte, que puede marcarnos de por vida con un simple gesto. Es muy difícil como actor decir que no a esa experiencia. Es casi como ser Dios, pues tú creas y controlas (o eso crees al menos) tu propio mundo y gritas lo que ves o percibes de la realidad en un máximo estado de verdad, de honestidad, en un trance que te permite hacer despierto lo que casi todos hacen dormidos. Compartir eso con el público se convierte en un diálogo, en una búsqueda compartida, la fe del espectador siempre es la del actor, que la vive y la transita de la mano de una audiencia que no puede buscar esas respuestas en la cotidianidad pues su vida implica trabajar, tener problemas, atender enfermedades y soportar los rigores de lo mundano; el espacio para la reflexión, para la liturgia, para el ritual de ver la vida, es la ficción.

Como actor, no encuentro otra forma de mejorar al mundo que no sea la de representar su belleza y su infinita complejidad en un escenario, frente a una cámara o detrás de un micrófono… pero la conexión con el público, el estado sublime inmediato y el pequeño submundo que se genera en cada representación teatral siempre será la experiencia máxima que como actor puedas vivir, pues es el más extremo de todos los deportes, el de vivir varias vidas, narrando al mundo montado en distintas miradas. Por eso sostengo que, quizás, el teatro es la revolución. Es el único medio real con el que podemos cambiar el destino de una sociedad, pues no sólo nos representa en un espejo, sino que puede, en un instante, cambiarnos, hacernos salir mejor de lo que entramos e incidir directamente con un susurro a la esencia misma de nuestra alma: ¿cómo mejorar o cambiar si no empezamos por nosotros mismos?

Finalmente el teatro es vida y ésta siempre se rebelará contra lo estático, los cambios sociales siempre serán dramáticos y sólo con actores sobre las tablas de un escenario podremos sobrellevarlos e integrarlos a nuestro entendimiento; por eso el teatro, ante la moral, siempre será un escándalo, porque cuestionará permanentemente lo establecido y se regodeará en la belleza de ver hacia el horizonte esperando lo mejor del más infame de los destinos…

Como dice André Malraux, «El arte es una rebelión contra el destino.»

…He dicho

 

MAtAdoR carriedo

Actor empedernido

 

 

 

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José Carriedo (Ciudad de México) es actor, director y comunicólogo. Vive tratando de ser honesto y productivo gracias al teatro y al cine. Sus días están plagados de sonrisas.

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

  1. Américo del Río Mayo 6, 2012 at 2:33 pm

    Amigo, me ha tocado en lo profundo esta reflexión y me reafirma que el camino en el que estamos es el mejor en el que nos pudimos meter.
    Dignidad y valentía, amigo. Hombro a hombro.

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