Descritura 3.7

Édgar Omar Avilés se confirmó como lector en 126 noches, pero desde antes de leer libros conoció la importancia de las historias y la imaginación.

Édgar Omar Avilés (1980) es un narrador mexicano, nacido en Morelia, Michoacán. Ha obtenido, entre otros, el Premio INBA de Cuento San Luis Potosí 2008, el Nacional de Cuento Joven Comala 2011 y el Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 2014. Su libro más reciente es la novela Efecto Vudú, publicada en 2017 por Ediciones B.

 

 

Édgar Omar Avilés

 

Tenía doce años cuando encontré a Don Quijote de la Mancha. Fue en un cuarto de tiliches en la casa de mis padres; el primer libro sin dibujos que leí. Mi abuelo paterno lo había recortado de las páginas de cultura del Excélsior. El diario presentó, durante un par de años de los sesenta, un capítulo cada semana, hasta completar los 126 capítulos de las dos partes de la obra más conocida de Cervantes. La letra era muy pequeña; el formato, medio tabloide. Mi abuelo, a quien guardo en mi imaginario como un ser lleno de misterio, le confeccionó tapas de cartulina y lo engargoló con un broche Baco.

Demoré 126 noches en leer las aventuras de Alonso Quijano, a la luz de un viejo reloj despertador que modifiqué para que también fuera lámpara con temporizador. Recuerdo muy placentera esa pérdida de virginidad que, además, duraba varias horas por noche, porque mi capacidad de lectura era pobre. Hasta este libro, solo había sido lector de Condorito, El Transas y Capulinita; también de las novelas hiperresumidas, con dibujitos, de la colección «Novelas Inmortales» y «Joyas de la Literatura» y de las enciclopedias infantiles y juveniles que estaban en el librero de casa de mis padres.

Durante mi adolescencia llegaron otros libros de autores como Allan Poe, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, H.P Lovecraft, Borges, Ray Bradbury, J.P. Sartre, Stephen King. Y a mediados de mis trece años empecé a jugar a ser escritor: juego que intercalaba con el básquet, el ajedrez, los videojuegos y la escuela, así que, de vez en vez, con gran inocencia intentaba copiar trucos de los autores que leía.

Pero, ¿me hice lector con aquella novela de Saavedra?

No. Fue antes cuando se cargaron las balas del revolver. Mis prelecturas fueron series como Dimensión desconocida, Alfred Hitchcock presenta, La gente del mañana y La hora marcada, caricaturas como Los Thundercats o Mazinger Z. Y estas prelecturas las encuentro tan valiosas como las posteriores, porque en su disfrute entendí que imaginar no es evasión, sino conocimiento y construcción del mundo; que la imaginación es un valor transversal que atraviesa el valor de los personajes, la historia y la construcción narrativa. Y esto me lo corroboró Don Quijote.

Hoy sé que leo para leer y reimaginar mi mundo. Como cuando atrapaba renacuajos y con las semanas veía cómo les crecían las patitas, o como cuando me golpeaba con mis compañeros de la escuela y aprendía que los otros existen y tienen puños fuertes, o como cuando jugaba con mi hermano y amigos a construir ciudades con muñequitos de plástico. Leo porque en las historias se sufre parecido a cuando vi atropellados a varios de mis perritos y a las palomas de mi hermano (al fermentarse el trigo que se les daba de comer, ebrias, fueron arrolladas por automóviles, pese a tener alas). Leo porque de niño escuchaba, intercaladamente, al Three Souls in my Mind y a Los pitufos… Luego uno va volviéndose adulto y la metáfora de la existencia se complica, perdiendo y ganando matices en el revestimiento de las obsesiones infantiles, que no son sino las obsesiones de la materia al ser arrojada a la vida.

En mis inicios como lector, los libros no fueron una obligación (nadie me invitó a leer ni me aplaudió que lo hiciera): eran la posibilidad de no perder la capacidad de sorprenderme (de no volverme una gris piedra) en una etapa en que tenía muchas preguntas, imaginación en bruto, hormonas, energía, y me sentía demasiado finito y deprimido. También, los libros eran la forma de reafirmar mi derecho a estar solo en una etapa en que estaba rodeado de amigos; eran la fe en un mundo que aguardaba aventuras, pese a parecer tan sinsentido. Leía para imaginar, construirme, armar y desarmar el manual de usuario de mi persona. Y en esa labor continúo. A veces logro desvincular la lectura con mi quehacer como escritor y vuelvo a gozar como cuando conocí a Dulcinea.

(La anterior descritura, claro, es un ejercicio violento del adulto que soy contra el niño que fui. Esta versión 3.7 a mis 37 años, sobre la versión .6 o la 1.3. Así funciona la Ley de la Selva. El león del presente y de la razón se cree con derecho de devorar a la gacela del pasado y de la intuición).

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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